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LA ULTIMA LAGUNA

JorgeLuisLopresti

Contenido de la publicación

 

HERMANDAD

EL NACIMIENTO DE LAS LAGUNAS

Al dia siguiente, en medio de aquel escenario y que el enemigo ya hizo su retirada caminaba Kallfuen.

No era una de esas guerreras de lanza en mano, ni portaba la sangre directa de un gran cacique en las venas para exigir privilegios. Su poder era otro, mucho más sutil y vital para la supervivencia de su gente, era la tejedora de la tribu.

La memoria silenciosa, la mujer que conocía el secreto de las raíces, la que sabía interpretar el vuelo del carancho y el canto de los pájaros antes de que la primera gota de lluvia se animara a romper la tensión del cielo.

Tenía el cabello negro y pesado, oscuro como una noche sin estrellas en plena pampa, y unos ojos tan hondos que, como bien se decían alrededor del fogón, parecían dos pozos de agua dulce en el corazón mismo del desierto.

Aquella tarde, el aire quemaba. Kallfuen se detuvo frente a un hilo de agua barrosa que penosamente sobrevivía a la sombra protectora de un talar reseco.

Se arrodilló, ensuciándose las prendas de lana cruda, hundió sus manos en el fango fresco y cerró los ojos, buscando desesperadamente el latido de la tierra.

Quería sentir esa vibración ancestral que conectaba a su pueblo con la Mapu. Pero la tierra no latía; jadeaba. Estaba asfixiada por la sed y por algo más oscuro que se gestaba bajo la superficie.

   —No deberías alejarte tanto del campamento, Kallfuen. La llanura está hambrienta, y el hambre de la pampa no distingue rostros —dijo una voz profunda, grave y serena que la hizo girar de inmediato.

Era Arkai. El hermano mayor. El estratega frío que calculaba cada movimiento de la tribu como si el territorio fuera un inmenso tablero de ajedrez donde se jugaba la vida misma.

Llevaba una lanza de madera dura apoyada en el hombro, y sus ojos, habituados a vigilar la línea de fortines, escudriñaban el horizonte antes de posarse en ella con una devoción silenciosa y contenida. Arkai era como la roca: inamovible, adusto, un protector nato en tiempos donde la protección era un bien escaso.

—La tierra tiene sed, Arkai —respondió ella con la voz quebrada, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo blanquecino de las rodillas—. Los espíritus del agua se están escondiendo. Algo terrible los asusta, algo que no es solo la falta de lluvia.

Arkai acortó la distancia, rompiendo por un segundo esa coraza de sargento que siempre lo acompañaba.

Cuando estuvo cerca, Kallfuen sintió un escalofrío que le recorrió la nuca, a pesar de la aparente quietud

del guerrero, el aire a su alrededor vibraba con una ex-

traña intensidad, como ese espejismo denso y mareador que se forma sobre las piedras calientes al mediodía.

—Mi padre ha traído una nueva fuerza de la montaña —murmuró Arkai, bajando el tono casi a un secreto, mirando de reojo hacia los pajonales—. Ha sellado un pacto oscuro en la Garganta Negra. Dice que ya no temeremos a las columnas del norte que avanzan arrasándolo todo. Ni a la sed, ni al invasor huinca que nos pisa los talones.

Antes de que Arkai pudiera rozarle la mano para transmitirle seguridad, un ruido violento y seco rompió la maleza como un latigazo.

Sayenka apareció montado a pelo sobre su caballo, sudoroso, cubierto de polvo y con los músculos en extrema tensión.

El hermano menor era la antítesis de Arkai, pura dinamita, instinto animal, furia y pasión desbordada.

Saltó del animal antes de que este se detuviera por completo y caminó a zancadas hacia ellos, con el pecho agitado y la respiración cortada.

—¡Arkai! —ladró, interponiéndose de golpe entre su hermano y Kallfuen, en un gesto posesivo, como si quisiera separarla de el—. El consejo de guerra te está buscando en la ruca principal. El viejo pregunta por vos. Dejala. Yo me encargaré de escoltarla de regreso al campamento.

Arkai apretó la mandíbula con tanta fuerza que la vena de su cuello saltó como una cuerda a punto de cortarse. El choque de los dos hermanos era el reflejo de una tribu dividida entre la razón y el instinto salvaje.

—No te atrevas a darme órdenes, Sayenka. Yo soy el mayor, y a mí me corresponde marcar el paso de esta vigilancia —replicó Arkai, sin mover un músculo, pero con una advertencia letal en la mirada.

Kallfuen retrocedió un paso, sintiendo el peso asfixiante de una tensión que venía desde hacía lunas.

Siempre había existido una rivalidad subterránea entre los hermanos por su afecto.

Ambos la amaban con locura y, a su modo, ella los quería a los dos. Necesitaba la seguridad contenedora y madura de Arkai, tanto como la chispa vital e indomable de Sayenka. Pero aquello que estaba presenciando ya no era un simple cortejo juvenil; era una combustión a punto de estallar.

Sayenka se giró bruscamente hacia ella. Kallfuen se quedó sin aliento al verle el rostro, tenía los ojos inyectados en sangre, febriles, brillando con una luz que no era natural. Cuando la agarró de los brazos para llevársela, Kallfuen no pudo evitar ahogar un grito de dolor.

—¡Sayenka, soltame, me quemás! ¡Me estás lastimando! —exclamó, intentando zafarse con desesperación.

La piel del joven guerrero no estaba tibia por el calor del verano, hervía con una temperatura demoníaca.

Era exactamente igual que tocar las brasas vivas de una fogata en plena madrugada.

Sayenka, ciego por la confrontación y por la fiebre maldita que corría por sus venas tras el pacto de su padre, pareció no escucharla.

—Ella viene conmigo —gruñó el menor, clavando en Arkai una mirada cargada de un odio feroz, espeso, un rencor impropio de hermanos.

Arkai dejó caer su lanza al suelo con estrépito y desenvainó de golpe su cuchillo.

Sus ojos, que siempre habían sido un refugio de serenidad y cálculo, brillaban ahora con ese mismo fulgor anaranjado, enfermo que el de su hermano.

La chispa del demonio de la montaña había encendido la yesca de los celos.

—Si das un paso más con ella, Sayenka... si te atreves a tocarla así otra vez, te juro por los ancestros que te arrancaré la cabeza acá mismo.

Kallfuen, aterrada al ver que la tragedia era inminente, se zafó con un tirón brutal, con las lágrimas brotándole de los ojos, y se metió de lleno entre los dos, empujándolos con todas sus fuerzas.

El calor que emanaban ambos era literalmente insoportable.

   —¡Basta! ¡Mírense…, Mírense los rostros! —gritó con el alma rota, interponiéndose ante el acero—. ¿Qué demonios les pasa? ¡Se están mirando como enemigos de sangre, como chacales hambrientos! ¿Acaso los winkas no nos están matando lo suficiente allá afuera como para que ustedes se maten acá adentro?

Como si el grito desesperado de la muchacha hubiera actuado como un conjuro contrahecho, Arkai y Sayenka parpadearon desconcertados, sacudidos por un segundo de lucidez, como quien despierta de golpe de una pesadilla febril.

El calor opresivo que emitían disminuyó, pero el veneno del resentimiento quedó flotando en el aire denso de la tarde.

Sin decir una palabra más, tragándose el orgullo, Sayenka saltó sobre el lomo de su caballo, escupió con bronca al suelo reseco y se alejó a galope tendido, levantando una cortina de polvo espeso.

Arkai, en un silencio sepulcral, recogió su lanza, le dedicó a Kallfuen una mirada de una tristeza infinita, insondable, y emprendió el camino de regreso a las tolderías a pie.

Kallfuen se quedó sola en el descampado, junto al barro del talar. Al mirarse las muñecas, descubrió con horror que los dedos de Sayenka habían grabado sobre su piel marcas rojas y ampollas.

Fue en ese preciso instante de revelación dolorosa cuando la tejedora ató los cabos de la historia.

Recordó los oscuros rumores que circulaban en los fogones sobre el viaje clandestino del viejo cacique hacia las entrañas de la Garganta Negra.

Recordó los susurros antiguos de las machis sobre el Cherufe, el monstruo del magma que se alimenta del odio. Comprendió, con un terror sordo instalándosele en el pecho, que el pacto sellado en la montaña no les había otorgado la victoria ni la fuerza sagrada, les había inyectado una maldición impiadosa por las venas.

El fuego es soberbio, es celoso, es insaciable. El fuego no comparte nada con nadie.

Kallfuen se dejó caer de rodillas sobre la tierra muerta.

Sabía mejor que nadie que Arkai y Sayenka ya no eran dueños de sus propios actos. La entidad subterránea que habitaba en ellos utilizaría el profundo amor que ambos le profesaban para hacerlos chocar una y otra vez, hasta que la chispa de los celos terminara por incendiar y arrasar a toda la tribu.

Se matarían entre hermanos, y en ese frenesí ciego, consumirían la pampa entera, haciéndole el trabajo fácil al ejército de línea.

Mientras lloraba en completo silencio, lamentando su rol involuntario en la tragedia, sus dedos rozaron algo duro y puntiagudo semioculto en el polvo. Era una piedra.

La desenterró con lentitud, limpiando la tierra seca. Descubrió un trozo perfecto de obsidiana negra, afilada como la hoja de una navaja, fría, inalterable. Un cristal nacido de las entrañas del fuego volcánico, pero congelado para siempre por la caprichosa geografía.

Kallfuen apretó aquel filo oscuro contra su propio pecho, sintiendo el frío metálico de la piedra.

Su mente de tejedora comenzó a urdir el único tapiz posible para evitar la masacre de su gente. Si el fuego del abismo necesitaba sangre hirviente y pasiones desatadas para devorarlo todo, ella le pondría enfrente algo que las llamas jamás pudieran consumir, le entregaría dolor puro, un océano inagotable de lágrimas frías capaces de ahogar al mismísimo abismo.

—No dejaré que ardan. No dejaré que el fuego los consuma —susurró al viento seco de la llanura, guardando celosamente la hoja de obsidiana entre sus ropas de lana.

Sus ojos oscuros miraron el horizonte con una determinación inquebrantable.

 

La madrugada siguiente el sol asomaba como una brasa detrás del horizonte, tiñendo el cielo de un naranja profundo mientras las carpas de la tribu descansaban en prifundo un silencio.

Tras el largo éxodo forzado a ser desplazados por el avance de las fuerzas argentinas y la presión de los estancieros, el cacique había conducido a su gente hasta aquel rincón fronterizo, buscando desesperadamente el amparo de las tierras libres

Frente a la ruca principal, los dos hermanos ya estaban de pie, vigilando antes que el resto de la tribu. Arkai tenía el rostro adusto, de mandíbula firme; su silencio valía más que la verborragia de diez consejeros juntos.

Sayenka, en cambio, era la impaciencia hecha carne, jugando nerviosamente con una lanza que movía con la destreza de un puma de la meseta.

—Hoy mi padre dirá si cruzamos lanzas definitivamente contra los extranjeros o si seguimos huyendo como guanacos asustados —comentó Sayenka con una media sonrisa socarrona, intentando disimular la tensión letal que había quedado entre ellos desde la tarde anterior—. ¿Estás listo, hermano, o el miedo te congeló la sangre en las venas?

Arkai ajustó las tiento de su montura sin dignarse a mirarlo a los ojos.

—La guerra no es cuestión de estar listo o de bravuconadas, Sayenka. Es una cuestión de aceptar el destino que nos toca y de no llevar a los nuestros al matadero por puro ego. Deja de fanfarronear con esa punta de piedra y piensa en lo que se nos viene encima. Los fusiles no perdona a los valientes estúpidos.

Las bromas se cortaron en seco cuando la figura imponente del cacique apareció en la entrada, envuelto en su poncho oscuro de lana pesada, con las marcas del pacto brillando tenuemente bajo sus vendas.

—Entren —ordenó con voz de trueno.

Adentro, junto a tres ancianos sabios del consejo, la atmósfera era cortante, viciada de humo de tabaco y desesperanza. El líder no anduvo con vueltas, fiel a la crudeza de su estirpe y a la gravedad del momento histórico.

—Los winkas ya no se conforman con  los pastizales. Quieren nuestras fuentes de agua, nuestras sierras y el aire que respiramos. Traen armas de fuego que escupen plomo y muerte a distancia, y traen papeles firmados en la gran ciudad que dicen que nosotros no existimos. Si nos quedamos cruzados de brazos, desapareceremos como el humo de un fogón apagado. Partimos al alba. Mañana habrá sangre.

En ese instante preciso, la cortina de cuero de la entrada se corrió y apareció Kallfuen portando un cuenco con alifán (una infusión caliente) para el jefe.

Su sola presencia pareció suspender el tiempo en la ruca. La guerra inminente quedó en un segundo plano, las miradas de los dos hermanos se clavaron en ella, volviéndose de plomo al instante. La fiebre maldita volvió a agitarse en sus pechos.

Antes de que la reunión estratégica se disolviera, el cacique, que conocía bien las debilidades de la carne humana, los detuvo con una mirada de acero que les atravesó el alma.

—He escuchado los rumores que corren por los fogones... Dicen que ambos llevan el corazón prendido de la misma mujer. Escúchenme bien: un pueblo no puede marchar a la guerra con su linaje partido al medio. El invasor nos quiere divididos. Si sus corazones están enfrentados antes de ver al enemigo en el campo de batalla, ya perdimos la pelea.

Arkai irguió la cabeza con hidalguía, intentando sofocar el demonio que le hervía en la sangre.

—Nada va a romper la sangre que compartimos, padre. Soy hermano antes que cualquier otra cosa en este mundo. Mi lanza defenderá su espalda.

Sayenka asintió apretando los dientes con una furia sorda y contenida.

El cacique aceptó la promesa, aunque sus ojos viejos y cansados, marcados por la maldición del abismo, seguían albergando una sombra de profunda desconfianza. Sabía mejor que nadie que las promesas hechas frente al fuego de la ambición suelen convertirse en cenizas.

El sol ya recalentaba la pampa cuando Kallfuen caminaba hacia la orilla del arroyo cercano, cargando un pesado cántaro de barro. La advertencia del viejo resonaba en su cabeza como un eco ineludible. Se arrodilló junto al agua turbia, observando la sequía reflejada en la escasez de la corriente, y contempló su propio rostro cansado en el espejo de agua.

—¿Cómo se supone que elija entre ellos sin condenar a toda una familia? —susurró al viento racheado—. Si elijo a uno, el otro se consumirá de odio. Y el demonio los devorará a los dos.

—No eres una niña que juega a las escondidas, Kallfuen. Hace tiempo que la historia y el destino te pusieron un peso de mujer adulta sobre los hombros —le respondió una voz grave a sus espaldas.

Era Arkai. Había llegado sin hacer ruido, mimetizado con el paisaje agreste como un cazador veterano. Se sentó a su lado en la orilla cuarteada, contemplando el agua menguante con una tristeza infinita.

—Sé que mi hermano te busca con desesperación. Que le sobran promesas encendidas y palabras ardientes que yo no sé pronunciar. Pero necesito mirarte a los ojos y saber la verdad hoy, antes de que suenen los clarines de los blancos... Si tu corazón ya eligió su camino, dímelo ahora. Me va a doler el alma, se me va a partir el pecho, pero lo aceptaré. Dejaré que él te cuide y yo pondré el cuerpo para protegerlo en la primera línea de batalla. Dime la verdad... si yo no volviera de esta guerra mañana, ¿me olvidarías rápido?

Kallfuen sintió un nudo devastador en la garganta, una opresión física que apenas le dejaba articular palabra.

—No hables de la muerte como si fuera un destino inevitable, Arkai. Si no regresaras, sabré que un hombre valiente se adelantó a su tiempo para defender nuestra dignidad, y te lloraré con todas las fuerzas de mi vida. Pero el problema, la verdadera tragedia, es que mi corazón está dividido. Los quiero a los dos, a tu fuego y a tu calma, pero de formas tan distintas que duelen en el cuerpo. Prométeme por lo más sagrado, por la memoria de nuestros abuelos, que no se harán daño entre ustedes. Prometemelo.

Arkai desvió la mirada hacia el agua sucia, incapaz de sostener la promesa.

—Eso ya dejó de estar en nuestras manos, Kallfuen —respondió con amargura, sintiendo el ardor de las marcas en su piel—. Eso ahora depende de lo que el fuego subterráneo y la tierra decidan cobrarse. Somos prisioneros del pacto de mi padre.

Minutos después de que Arkai se marchara ensimismado hacia el campamento, apareció Sayenka, raudo y eléctrico como una tormenta de verano. Se dejó caer pesadamente a su lado en el fango seco, aunque su habitual insolencia y arrogancia dejaban ver esta vez una vulnerabilidad inusual.

—El aire huele distinto hoy, Kallfuen. Huele a plomo y a final. Mírame a los ojos... si yo me quedara tirado en el campo de batalla, con una bala en el pecho, ¿llorarías por mi nombre? ¿Me guardarías en tu memoria o te quedarías con la quietud de Arkai?

Kallfuen sintió que la historia se repetía en ese rincón olvidado, como una condena inevitable tejida en un telar cruel.

—Sí, Sayenka. Lloraría mares enteros por ti. Pero también lo haría por tu hermano si le pasara lo mismo. Los dos son el pilar que sostiene mis días en este infierno de persecución.

Sayenka apretó el puño contra la arcilla, enterrando los dedos con una rabia que le subió la temperatura corporal al instante.

—En el amor de verdad no hay empates posibles. Las cosas que valen la pena se pelean con uñas, dientes y fuego, y yo no sé lo que es retroceder. No nací para compartir las sobras.

—¿Incluso si esa lucha absurda termina destruyendo exactamente lo que juraste proteger frente a tu padre? —le retrucó ella con firmeza, antes de ponerse de pie y levantar su cántaro.

Sayenka se quedó mudo, sin respuestas, consumido por el calor de su propia sangre.

La noche cayó sobre las tolderías con un peso asfixiante, cargada presagios oscuros que erizaban la piel.

La machi Rayen salió a duras penas de su tienda, alzó sus ojos nublados hacia el firmamento pampeano y vio una estrella fugaz que surcaba el cielo con un brillo rojo y violento, semejante al filo de un cuchillo al rojo vivo rasgando el manto de la noche.

—Es el aviso del fin —murmuró la anciana para sí misma, con un temblor en las manos que hizo sonar su bastón de chagual—. Dos espíritus encendidos por el fuego del abismo lucharán a muerte antes de que asome el sol, y la sangre manchará la tierra y borrará el amanecer.

Ajenos al destino trágico que los empujaba irremediablemente al abismo, Arkai y Sayenka se cruzaron cerca de los grandes fogones centrales del campamento, donde los herreros afilaban las últimas lanzas.

El peso inminente de la guerra, el inconfundible olor a muerte que trae la noche antes de una batalla, pareció limar, por un instante milagroso, las asperezas de los celos.

—Pase lo que pase allá afuera en la llanura, cuando estemos frente al humo de los cañones —dijo Sayenka, bajando la guardia y estirando la mano desnuda hacia su hermano—, juremos que nuestra hermandad será la única ley que obedezcamos. No dejemos que el huinca ni la fiebre de nuestra sangre nos conviertan en asesinos del propio nido.

Arkai lo miró a los ojos y, sin dudarlo un segundo, ambos guerreros tomaron el filo de una lanza. Con un movimiento rápido y preciso, se hicieron un tajo profundo en el pulgar de la mano derecha. Juntaron las heridas abiertas, mezclando su sangre bajo la luz oscilante de las brasas.

—Hermanos, antes que cualquier otra cosa en esta tierra —juraron al unísono, sellando un pacto que intentaba desafiar al mismísimo demonio que los habitaba.

Mientras tanto, en la soledad apartada de la laguna, bajo la mirada impasible de la luna, Kallfuen tomaba la decisión más extrema y solitaria de su corta vida.    

Comprendía que el equilibrio de los hermanos era frágil y que la guerra inminente haría estallar el rencor.

Sacó de entre sus ropas el pequeño cuchillo de obsidiana negra y, con un pulso firme, desprovisto de todo terror, cortó de cuajo una de sus largas trenzas de cabello negro.

—Si el destino impone precio, si el demonio de la montaña exige la sangre viva, que sea la mía, no el de ellos —rezó en voz baja, mezclando sus cabellos negros con el barro oscuro de la orilla en un altar improvisado—. Que la tierra se abra de par en par y me trague entera antes de permitir que un hermano levante las armas mortales contra el otro.

Si el suelo reseco reclama tributo, toma mi vida, Pacha Mama, toma mis lágrimas, pero déjalos vivir a ellos. Te ofrezco mi dolor puro para apagar su fuego.

De repente, el constante viento patagónico que barría los pajonales se detuvo por completo.

La superficie barrosa de la laguna quedó plana, convertida en un espejo de muerte, sin una sola onda.

En medio de aquel silencio sepulcral, un trueno lejano, seco, sin una sola nube de lluvia en el cielo, retumbó con fuerza sobre la pampa.

No era la voz de los dioses ancestrales reclamando el sacrificio. Era el estampido impiadoso, sordo y letal del primer fusilamiento de las tropas que rompían el frente de vigilancia.

El Ejército Nacional había llegado. El tiempo de los rezos, las dudas amorosas y las treguas había terminado para siempre.

El ataque sobre el campamento no fue una batalla; fue una masacre despiadada. El silencio de la noche se hizo trizas entre gritos desgarradores de mujeres y niños, redobles de tambor de infantería y el hedor espeso de la pólvora militar que lo cubría todo.

Jinetes pertrechados con rifles de repetición y sables afilados cayeron como una plaga de langostas sobre la aldea, prendiendo fuego las carpas de cuero para iluminar sus propios blancos.

Arkai y Sayenka saltaron a lomo de sus caballos con una furia ciega y suicida, defendiendo el perímetro de la toldería con un coraje que desafiaba a las balas.

Sayenka volaba por el campo de batalla hecho un demonio. El fuego interior que el pacto de su padre le había legado estalló con toda su magnitud, esquivaba el plomo y derribaba jinetes con la lanza encendida, calcinando al enemigo al menor contacto.

Arkai, en el otro flanco, rodeado por tres soldados de infantería, peleaba a bayoneta calada, abriéndose paso a través del humo espeso con una fuerza brutal, partiéndolo todo a su paso.

Kallfuen emergió de su tienda en medio del pandemónium, esquivando las llamas y los cuerpos caídos.

Al divisar a Sayenka, que en su locura ardiente había quedado acorralado y malherido en el suelo por una descarga de fusil, no lo dudó un solo segundo. Su propia vida ya no tenía valor si no era para salvarlos a ellos.

Corrió a toda velocidad hacia el centro de la balacera, empuñó un facón que encontró en el suelo y se interpuso valientemente entre el acero del enemigo y el guerrero caído, alcanzando a herir al soldado agresor en la pierna justo antes de que una lanza certera de Arkai, que había llegado al rescate, completara el trabajo.

Los tres jóvenes lograron juntar las espaldas en medio de la llanura sangrienta, formando un pequeño triángulo de resistencia desesperada y épica.

Pero la marea de la tropa invasora era una apisonadora incontenible. Eran demasiados. La lluvia, paradójicamente ausente durante meses, comenzó a caer finita, helada y lúgubre, mezclándose con la sangre y el barro.

—¡Ya tomé mi decisión! —gritó Kallfuen entre lágrimas de rabia y desesperación, mirando fijo a los rostros deformados por el fuego y la guerra de los hermanos—. ¡Elegí que ninguno de ustedes dos muera por mi culpa! ¡Prefiero caer yo antes que verlos destruirse en esta locura de celos y pólvora!

Un descuido fatal en aquella frágil línea de defensa abrió la brecha definitiva.

Un soldado enemigo alzó el fusil a diez metros de distancia y apuntó directo al pecho de Kallfuen. Arkai, con sus ojos tranquilos, al advertir la chispa del percutor, se movió con la velocidad del rayo y se interpuso como un escudo de carne y hueso frente a la mujer que amaba.

El disparo sonó seco, metálico, definitivo, y la pesada bala de plomo le atravesó el costado sin piedad, destrozándole las costillas.

—¡Arkai, no! —chilló Kallfuen con un alarido de terror, arrojándose al suelo embarrado para sostener su cuerpo pesado mientras se desangraba profusamente sobre sus faldas.

—Sayenka... cuídala... protégela con tu fuego... —alcanzó a musitar Arkai con una sonrisa débil, pacífica, antes de que la chispa de la vida se le escapara de los ojos. El hermano calculador había hecho su último movimiento en el tablero.

Al ver a su hermano mayor, su mitad de sangre, tendido y muriendo en el barro por proteger a la mujer que ambos amaban, sintió que el demonio del volcán dentro suyo perdía todo su sentido bélico para transformarse en una furia ciega, autodestructiva.

Arremetió contra la línea de tiradores como una bestia sin razón, pero la superioridad numérica y las descargas cerradas de armas de fuego eran demasiado incluso para un pacto infernal.

Una bayoneta enemiga le perforó la pierna izquierda, derribándolo sin remedio sobre el lodo.

Aunque los refuerzos de retaguardia de la tribu comenzaron a contraatacar en ese momento, obligando momentáneamente a retroceder al invasor hacia el horizonte, ya era irremediablemente tarde para ellos, los dos hermanos yacían agonizantes sobre la tierra pisoteada y roja.

Sayenka se arrastró penosamente por el barro, dejando un surco de sangre.

Le apretó la mano temblorosa a Kallfuen, manchándola de ceniza, y, con un último esfuerzo, levantó la mirada hacia el cuerpo sin vida de Arkai.

En esa mirada final, llena de un entendimiento profundo y desprovista de palabras, recordaron el pacto de sangre que habían jurado junto al fuego horas atrás.

La lealtad antes que nada. Comprendieron que ni el invasor extranjero ni el destino maldito del Vulkanor iban a decidir el final humillante de su historia. Ellos serían los dueños de su propia muerte.

En un supremo y desgarrador acto de lealtad fraterna y desesperación para que la maldición no se alimentara de sus almas, Sayenka tomó su lanza, y con sus últimas fuerzas tomó la de su hermano Arkai. Chocaron las puntas con pulso firme y las giraron simultáneamente hacia sus propios corazones.

El golpe seco de las lanzas sonó como uno solo en la pampa. Cayeron abrazados, sellando el pacto eterno de la sangre compartida.

El alba empezaba a llegar, pálida, fantasmal, como si el propio sol se avergonzara de iluminar los despojos de la tragedia sobre la pampa.

Kallfuen seguía de rodillas, paralizada, con las manos empapadas en la sangre de los hermanos, cuando la machi Rayen se acercó lentamente a paso cansado, observando el saldo del orgullo de los hombres.

—Sálvalos, te lo suplico, machi... hacé algo, usa tus hierbas... —suplicó la joven tejedora con el alma destrozada en mil pedazos.

—Ya no hay regreso, hija mía —respondió la anciana con voz ronca y pesada, apoyando la mano temblorosa sobre el hombro de Kallfuen—. El camino de los espíritus hacia el oeste ya está cerrado para ellos.

El fuego de la montaña consumió su tiempo, pero su pacto de amor evitó que el demonio se devorara al resto de nosotros.

Kallfuen golpeó el suelo seco con los puños abiertos en un grito sordo de impotencia, de rabia contra un universo injusto que los había acorralado hasta la muerte.

En ese exacto instante, la tierra entera comenzó a temblar desde sus cimientos. No era la caballería enemiga, era la respuesta de la Mapu.

Grietas profundas y humeantes se abrieron alrededor de los cuerpos y de las entrañas mismas del suelo comenzaron a brotar hilos de agua cristalina, pura, incontenible, que corrían rompiendo la arcilla ensangrentada.

—Perdón... perdón por mi silencio y por mi orgullo —sollozó la muchacha, con el pecho consumido por una tristeza infinita que era mucho más fuerte que cualquier llama subterránea.

Alzó el cuchillo ceremonial de obsidiana negra, el mismo cristal volcánico frío y congelado que había encontrado en el talar, manchado ahora con la sangre de la batalla. Miró el cielo encapotado, y antes de que la vieja machi pudiera siquiera intentar detenerla, se lo hundió de lado a lado en el corazón con una convicción absoluta.

En el mismo milisegundo en que su cuerpo frágil cayó pesadamente junto a los hermanos inertes, un relámpago blanco, mudo y colosal cruzó el cielo gris, la pampa la había recibido en su seno sagrado.

El agua brotó entonces con la fuerza de un géiser ancestral, una marea purificadora inundando el terreno masacrado hasta formar tres inmensos espejos de agua perfectamente separados, pero conectados bajo la tierra.

El agua pura y fría de Kallfuen abrazó para siempre los cuerpos de los tres jóvenes caídos, extinguiendo el calor del pacto del Vulkanor y ahogando a los invasores en el lodo.

—Se convertirán en lagunas eternas —murmuró un viejo guerrero sobreviviente con lágrimas en los ojos, contemplando extasiado el milagro en medio del desierto.

—Sí —respondió la machi Rayen, con la mirada clavada en el agua mansa que ahora reflejaba el cielo gris—. Desde hoy y para siempre, en la memoria de los nuestros, estas aguas llevarán sus nombres: Laguna Arkai, Laguna Sayenka y Laguna Kallfuen.

Tres almas indomables unidas por un amor tan grande y trágico que fue capaz de abrirle las entrañas a nuestra querida pampa para darle vida donde solo había muerte.

Tras el estruendo de los fusiles y el repliegue forzado de los escasos sobrevivientes de la tribu, el campamento original quedó reducido a cenizas, charcos y humaredas.

Los ancianos y niños que lograron escapar a la masacre, guiados por la machi Rayen, debieron internarse aún más hacia el hostil oeste, huyendo del inexorable cerco militar que ya avanzaba clavando estacas para fundar fuertes y poblar la llanura de líneas rectas y alambres de púa.

Se decía en los fogones, transmitido de boca en boca como un secreto sagrado, que los huérfanos de la tribu llevaban en la mirada algo más que el mero peso del destierro y la derrota. Llevaban la memoria de un calor extraño, un remanente místico de aquella energía volcánica que el Vulkanor había inyectado en el linaje del gran cacique.

Los viejos advertían en secreto, cuidando de no ser escuchados, que los descendientes directos de aquellos guerreros sentían las manos febriles en las frías noches de helada brava.

Era un recordatorio biológico y constante de que la tierra misma les avisaba que el pacto con el abismo jamás se disuelve por completo con agua o con cemento, simplemente, duerme un sueño profundo a la espera de que los hombres, en su infinita soberbia, vuelvan a cometer el error de ignorar a los espíritus que yacen debajo.


Thoughts

  • Nicomedes

    Puchis, la machi Rayen ya sabia todo desde la estrella roja y nadie le hizo caso. me cayo bien esa vieja

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  • Nuria

    La obsidiana del talar, una piedra de volcán que ya no quema, la tiene Kallfuen desde la primera escena. Me da que fue lo primero que tuviste y la leyenda vino después. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo de los huérfanos con las manos febriles?

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  • MateoSilva

    Hay dos pactos en la historia y me quedé dando vueltas con eso. El del cacique en la Garganta Negra los llena de fiebre, y el del pulgar cortado junto a los fogones es el que termina mandando. Cuando giran las lanzas hacia ellos mismos me pareció la única decisión que toman sin el fuego encima. Kallfuen en cambio decide sola la noche de la trenza, y eso me pesó más que lo de ellos.

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