Ser adolescente hoy en día implica enfrentarse a presiones que llegan de todas partes. Hay que ser siempre el mejor: abanderado, nunca escolta. Sacar siempre un 10; un 9 o un 8 parecen insuficientes, y ni hablar de un 7 o un 6.
Es cierto que suele considerarse positivo que los jóvenes tengan altas expectativas sobre sí mismos. Por eso, con frecuencia se piensa que el perfeccionismo en niños y adolescentes es una cualidad deseable.
Pero la realidad es otra: intentar ser perfectos no nos hace mejores; nos paraliza. El miedo a no cumplir con ese ideal puede ser tan intenso que, muchas veces, ni siquiera nos atrevemos a intentarlo. Y, en el caso de muchos adolescentes con un alto rendimiento académico, esa imagen de perfección es solo una máscara. Detrás de ella suelen esconderse el estrés, el agotamiento extremo y la fatiga mental, que con el tiempo pueden derivar en problemas mucho más graves.
Las estadísticas son alarmantes. Casi el 30 % de los adolescentes presenta lo que los especialistas llaman «perfeccionismo desadaptativo»: la tendencia a perseguir un ideal imposible que, lejos de beneficiarlos, termina perjudicándolos. Además, esta presión continúa aumentando en todo el mundo, especialmente entre las mujeres jóvenes.