Un carraspeo seco, rasposo, interrumpió las dulces palabras de la sacerdotisa. Desde la penumbra del fondo, Urok avanzó con paso lento, apoyando su peso sobre un bastón de fresno cuya madera lucía pulida por las palmas de varias generaciones. El anciano no vestía mantos blancos ni llevaba el rostro pintado con arcilla clara; sus ropajes eran de cuero crudo y en su cuello colgaban las vértebras secas de los animales con los que sus antepasados habían compartido la llanura.
Se detuvo al borde del lecho de juncos, mirando fijamente el cuerpo inerte de la mujer y luego a Nara. En sus ojos, hundidos bajo cejas pobladas y canas, no había rabia, pero sí una terquedad antigua, dura como la raíz del roble.
— El fuego solo deja humo y ceniza vacía, Nara — dijo Urok con una voz profunda que parecía brotar directamente del suelo barroco sobre el que pisaban— . El humo se dispersa en el desfiladero, el viento se lo lleva y la sombra queda sola, vagando sin refugio entre las cumbres frías. ¿Quieres convertir a esta madre en un soplo sin hogar?
Nara no se inmutó ni perdió la compostura, pero el brillo de sus ojos se endureció apenas un instante.
— La Señora del Cielo no abandona a quienes elevan su aliento hasta sus estrellas — respondió la sacerdotisa con calma contenida.
— Los muertos no vuelan — sentenció Urok, inclinándose ligeramente hacia Aren, que lo miraba con los ojos muy abiertos— . Los muertos pertenecen a la tierra donde sus pies dejaron huellas cuando estaban vivos.
El anciano colocó la punta de su bastón sobre el suelo de tierra apisonada del cobertizo, justo debajo de la estera.
— Aquí debe descansar — continuó Urok, bajando el tono de su voz hasta convertirlo en un susurro grave, cargado de reverencia— . Debajo de la casa. Bajo el barro donde tú, niño, caminas cada día. Si la sepultamos aquí, en la tierra que la vio amasar el grano y encender la lumbre, su aliento no se irá a ningún sitio lejano. Permanecerá bajo las cañas, escuchando tus pasos, sintiendo el calor del fuego familiar y velando el descanso de sus hijos.
Nara apretó ligeramente el hombro de Aren, como intentando anclar el pensamiento del niño a la luz de las alturas.
— Los huesos en la tierra se vuelven polvo, Urok — dijo la sacerdotisa con cierta frialdad— . La carne se pudre en la oscuridad. El cielo es el único territorio que la corrupción no toca.
— El polvo es la madre de todo lo que nace — replicó el anciano sin vacilar, dando un golpe seco con su bastón contra el suelo— . Sepultarla abajo es devolverla al seno que nos alimenta. Si la quemas, la entregas a la nada del aire. Si la entierras aquí, ella se queda con nosotros.
En el pequeño recinto de estacas, la tensión se volvió tangible. No hubo gritos ni insultos; ni Nara ni Urok alzaron las manos con violencia. Cada uno hablaba con la naturalidad de quien pronuncia una verdad que no requiere demostración, una certidumbre tan antigua y sólida que cuestionarla resultaba impensable.
Los aldeanos se miraron entre sí, divididos en un silencio incómodo. Unos pocos inclinaron la cabeza hacia la abertura del tejado, buscando las estrellas de Nara; otros miraron la tierra oscura bajo sus propios mocasines, tocando instintivamente el barro con la punta de los dedos.
Aren sintió que la certidumbre que acababa de recibir se resquebrajaba antes de echar raíces. Miró la mano de la sacerdotisa sobre su hombro, que señalaba la inmensidad del cielo, y luego miró el bastón del anciano, clavado en la oscuridad del suelo.
¿Estaba su madre en la luz distante de las estrellas, o estaba en la sombra helada que aguardaba debajo de la tierra?
Ninguno de los dos adultos parecía dudar. Y, sin embargo, las dos respuestas no podían habitar el mismo lugar.