La peor cárcel de alguien enamorado es una persona indecisa que no te suelta, pero tampoco te elige.
Porque no sabes qué hacer con alguien que un día parece querer tenerte en su vida y al siguiente actúa como si no supiera qué quiere.
No te dice que te vayas.
Pero tampoco te da razones para quedarte.
Y ahí es donde empieza la confusión.
Te acostumbras a esperar. A interpretar cada palabra, cada gesto, cada acercamiento. Empiezas a pensar que quizá mañana será diferente, que quizá solo necesita tiempo, que quizá cuando tenga las cosas claras finalmente va a elegirte.
Y mientras tanto, tú sigues ahí.
Esperando una decisión que nunca llega.
Lo más doloroso no es solamente que no te elijan. Es que tampoco te permitan sentir que puedes marcharte sin preguntarte constantemente si quizá estabas a punto de ser elegida.
Porque una persona indecisa puede mantenerte atrapada sin siquiera darse cuenta.
Te da un poco de esperanza y después distancia. Se acerca cuando siente que te estás alejando y vuelve a confundirte cuando intentas seguir adelante.
Y tú, porque estás enamorada, terminas justificándolo todo.
“Quizá tiene miedo.”
“Quizá necesita tiempo.”
“Quizá algún día se dé cuenta.”
Hasta que llega un momento en el que te preguntas cuánto de tu vida estás dejando en pausa esperando que alguien decida qué lugar quiere darte.
Yo también aprendí que no quiero vivir así.
No quiero ser una posibilidad.
No quiero que alguien me tenga cerca solamente porque no sabe cómo dejarme ir.
Y tampoco quiero convencer a nadie de elegirme.
Porque el amor puede necesitar tiempo, puede tener dudas y puede atravesar momentos complicados, pero no debería convertirse en una espera interminable donde una persona vive pendiente de la decisión de la otra.
Si alguien no sabe si quiere estar contigo, tiene derecho a tomarse su tiempo.
Pero tú también tienes derecho a no quedarte esperando.
Y quizá esa sea la parte más difícil de entender cuando estás enamorada:
que a veces no necesitas que la otra persona finalmente decida.
Necesitas decidir tú.
Decidir que mereces un amor que no te mantenga en pausa.
Que no tienes que competir con sus dudas.
Que no tienes que demostrar constantemente por qué debería escogerte.
Porque quizá la peor cárcel no es que alguien no te ame.
Es pasar demasiado tiempo esperando que algún día lo haga.