Pasamos de lejos, como si fuéramos dos extraños que nunca cruzaron mirada. Pero la verdad era otra: yo ya conocía de memoria el aroma de tu perfume, la ubicación exacta de tus lunares y la forma en que cambiaba tu caligrafía según el día. Me bastaba ver una trazo tuyo para saber si tu alma estaba triste, alegre o cansada; tus letras me contaban todo sin que me dijeras una sola palabra.
En cambio, tú nunca supiste cómo estaba yo realmente. Jamás dejé que lo notaras. Me guardaba cada peso, me secaba las lágrimas a solas y me vestía con la mejor de mis sonrisas solo para asegurarme de que tú estuvieras bien. Te regalé mi luz mientras sostenía mis sombras en silencio, aprendiendo a ser un refugio firme para ti, aun cuando por dentro me estuviera cayendo a pedazos.