La Odisea
Hay historias que sobreviven porque fueron bien contadas. Y hay otras que sobreviven porque, aunque pasen miles de años, seguimos sin encontrar una respuesta a la pregunta que hicieron. La Odisea pertenece a ese segundo grupo.
Es increíble pensar que un poema escrito hace casi tres mil años siga encontrando nuevas formas de ser contado. Podríamos creer que es por los monstruos, por las batallas o por la aventura de un hombre intentando regresar a casa. Pero creo que la verdadera razón es otra. Cada generación encuentra en ese viaje un reflejo distinto de sí misma. Nolan entiende eso mejor que nadie. Nunca filma mitos para hablar del pasado. Los utiliza para preguntarse qué seguimos haciendo igual tres mil años después.
Por eso siento que La Odisea no es una película sobre el regreso de Odiseo, es una película sobre un hombre que pasa toda su vida creyendo que puede imponerse incluso a los dioses, hasta descubrir que la verdadera sabiduría consiste en aceptar sus propios límites.
Hay una decisión de Nolan que me parece brillante y que, de alguna manera, define toda la película: elige llegar tarde.
Cuando empieza La Odisea, la guerra ya terminó. No vemos la caída de Troya, ni el Caballo, ni el instante en que los héroes se convierten en leyenda. Llegamos cuando el polvo todavía sigue suspendido en el aire y la euforia de la victoria empieza a convertirse en agotamiento. Solo quedan hombres intentando volver a una vida que, después de diez años de guerra, ya no saben si sigue esperándolos.
Ese cambio de perspectiva modifica por completo el tono del relato. La guerra deja de ser una hazaña para convertirse en una herida abierta. Nolan nunca parece preguntarse quién ganó, le interesa algo mucho más incómodo: Que queda de una persona después de haber sobrevivido.
Y creo que ahí aparece una de las grandes virtudes de la película. En lugar de construir una hazaña sobre la conquista, construye una reflexión sobre las consecuencias. La gloria queda fuera de campo, lo que ocupa el centro de la escena son el desgaste, la culpa y el peso de las decisiones tomadas cuando sobrevivir parecía más importante que cualquier otra cosa.
Hay algo que une a casi todos los protagonistas de Nolan. Nunca los define el momento en que toman una decisión. Los define el momento en que tienen que convivir con ella. Leonard, en Memento, vive atrapado por su memoria. Cooper carga con los años que perdió junto a su hija. Oppenheimer no puede escapar de aquello que hizo posible. Odiseo pertenece a esa misma familia. Su verdadero enemigo nunca termina siendo Poseidón. Es la suma de todas las decisiones que tomó para poder regresar.
Muchas veces se dice que Nolan está obsesionado con el tiempo, yo creo que está obsesionado con las consecuencias. El tiempo es apenas el instrumento, lo que realmente le interesa es mostrar que ninguna decisión desaparece. Todas permanecen, cambian de forma, se esconden durante años o regresan cuando creemos haberlas olvidado, pero siempre terminan alcanzando a sus personajes.
Mientras Odiseo intenta volver, Ítaca también sigue viviendo. Telémaco crece sin un padre, Penélope aprende a sostener un reino en soledad. El hogar cambia, la familia cambia, el mundo cambia. Y entonces entendemos que el verdadero conflicto nunca fue cuánto tardará Odiseo en regresar.
La película nunca me hizo preguntarme si Odiseo iba a volver, me hizo preguntarme qué estaba dispuesto a perder para lograrlo. Porque nadie regresa igual después de una guerra, pero tampoco después del tiempo. Ni después de la culpa, ni después de haber sobrevivido a decisiones que nunca creyó que iba a tener que tomar.
Los monstruos son apenas la excusa, el verdadero conflicto aparece cuando Odiseo entiende que sobrevivir también implica empezar a justificar las decisiones que tomó para lograrlo. Y hasta los propios monstruos parecen responder a esa lógica.
Hay una decisión de Nolan que me sorprendió muchísimo: Nunca intenta convertirlos en espectáculo. El Cíclope, por ejemplo, produce miedo mucho antes de aparecer. Primero escuchamos su respiración, después los pasos, la oscuridad, el silencio. La cámara evita mostrarlo por completo durante varios instantes y obliga a que sea nuestra imaginación la que termine de construir aquello que todavía no vemos.
Es un recurso que recuerda mucho a Jaws. Spielberg entendía que el monstruo más aterrador es el que el espectador completa en su cabeza. Nolan parece pensar exactamente lo mismo, el horror no nace de lo que muestra, sino de todo lo que decide ocultar.
Y esa decisión termina siendo coherente con el resto de la película. Porque los monstruos nunca son el verdadero problema, son la consecuencia visible de algo mucho más profundo: el viaje de un hombre que empieza a descubrir ninguna victoria se consigue sin pagar un precio.
Durante toda la película los dioses parecen decidir el destino de los hombres. Poseidón castiga, Atenea guía y Zeus impone leyes. Pero, cuanto más avanza la historia, más evidente resulta que el conflicto nunca fue simplemente entre dioses y mortales.
Hasta ahora hablamos del tiempo. Pero Nolan siempre hace algo más: Toma un conflicto externo y lo convierte en un conflicto filosófico. En Oppenheimer no hablaba de la bomba; hablaba del conocimiento. En Interstellar no hablaba del espacio; hablaba del amor y del tiempo. Acá, para mí, tampoco habla realmente del regreso, sino que habla del límite.
¿Qué ocurre cuando un hombre descubre que puede romper una ley sagrada... y seguir viviendo?
Porque romper la ley de Zeus no es simplemente desobedecer un mandato divino, es descubrir que incluso aquello que parecía absoluto puede ser desafiado. Y ese descubrimiento cambia para siempre la manera en que Odiseo entiende el mundo.
Durante buena parte del viaje actúa convencido de que siempre encontrará una salida. Si pudo engañar a Troya, sobrevivir a la guerra y vencer a los monstruos, ¿Por qué habría de existir un límite para su inteligencia?
Pero Nolan empieza a sembrar una duda que recién terminará de responder en el final. La verdadera pregunta nunca fue si Odiseo podía vencer a los dioses.
La verdadera pregunta era cuánto tiempo iba a tardar en comprender que jamás podría convertirse en uno. Quizá la historia de la humanidad no empezó cuando aprendimos a cultivar, ni cuando inventamos la escritura, ni siquiera cuando levantamos las primeras ciudades. Quizá empezó el día en que un hombre descubrió que podía romper una ley sagrada... y seguir viviendo.
Ese fue el nacimiento de la libertad, pero también fue el nacimiento de una carga inmensa. Porque mientras los límites dependían de los dioses, la responsabilidad también les pertenecía a ellos. Cuando esos límites empiezan a romperse, la responsabilidad cambia de lugar. Ya no pertenece al Olimpo. Pasa, inevitablemente, a pertenecer al hombre.
Por eso me parece brillante la imagen del Caballo de Troya ardiendo. Toda la vida lo vimos como el símbolo del ingenio, de la estrategia y de la victoria. Nolan lo resignifica y lo convierte en una advertencia. Mientras arde frente a lo que parece ser el nacimiento de una ciudad organizada (casi un parlamento, casi una institución) la imagen deja de hablar del pasado.
Empieza a hablar del nacimiento de una civilización, toda la vida interpretamos el caballo como el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Y Nolan parece preguntarse si no fue también el momento en que descubrimos algo mucho más peligroso. Que la inteligencia, cuando deja de estar limitada por la ética, puede justificar cualquier cosa, porque el caballo no gana solamente una guerra, sino que también inaugura una manera de pensar..
La idea de que un objetivo suficientemente importante puede convertir cualquier medio en aceptable y quizá desde entonces seguimos discutiendo exactamente lo mismo. Como si dijera que toda sociedad carga, desde su origen, con una contradicción imposible de resolver: necesitamos normas para convivir, pero las grandes transformaciones de la historia casi siempre ocurrieron porque alguien decidió romperlas.
¿Puede una civilización sobrevivir cuando convierte la excepción en regla?
Me gusta pensar que todas las tragedias empiezan con una frase muy parecida.
· "Solo esta vez."
· Solo esta guerra.
· Solo esta mentira.
· Solo esta violencia.
· Solo este límite que vamos a cruzar porque la situación lo amerita.
· Después viene otra excepción.
Hasta que un día descubrimos que ya no sabemos dónde estaba el límite original y creo que Nolan está diciendo que las civilizaciones no caen únicamente por enemigos externos. Empiezan a desmoronarse cuando olvidan por qué existían sus propias leyes, cuando dejan de verlas como principios y empiezan a tratarlas como obstáculos. Y quizá por eso la película nunca juzga a Odiseo de manera sencilla no lo presenta como un héroe perfecto y tampoco como un villano.
Lo presenta como el primer hombre que descubre el peso insoportable de tener que decidir dónde termina una excepción... y dónde empieza una nueva forma de entender el mundo.
Y ahí entendí por qué el regreso de Odiseo nunca se siente verdaderamente victorioso, porque ya no vuelve un héroe, vuelve alguien que aprendió que sobrevivir también puede ser una forma de perder, que existen decisiones capaces de salvarte la vida, pero también de cambiarte para siempre.
Tal vez por eso Penélope no abraza al mismo hombre que despidió y Odiseo tampoco encuentra el mismo hogar, no porque el tiempo haya destruido Ítaca, sino porque el viaje destruyó la ilusión de que podemos regresar intactos.
Hay, además, una decisión visual de Nolan que me quedó dando vueltas mucho después de salir del cine.
La sacerdotisa de Atenea asesinada durante el saqueo de Troya y la propia Atenea parecen construidas como si fueran el reflejo una de la otra. No sé si Nolan pretende decir que representan a la misma figura o simplemente establecer un puente simbólico entre ambas, pero la elección difícilmente sea casual.
La sacerdotisa representa la presencia de lo sagrado entre los hombres y su muerte no es solamente una víctima más de la guerra: Es la imagen de un límite que acaba de ser profanado.
Atenea, en cambio, aparece durante el viaje casi como una conciencia que acompaña a Odiseo y nunca la sentí únicamente como una diosa que lo guía, me dio la impresión de que también carga con la memoria de aquel acto. Como si cada una de sus apariciones le recordara que hay decisiones que, incluso cuando nos permiten sobrevivir, nunca dejan de perseguirnos y creo que esa idea encuentra su verdadero sentido en la última decisión de Odiseo.
Durante toda la película intenta imponerse al destino cree que su inteligencia puede encontrar una salida para cualquier situación. Si pudo engañar a Troya, al ciclope y sobrevivir a la guerra, ¿Por qué no podría también desafiar a los dioses?
Pero cuando se sube a la balsa ya no queda espacio para la estrategia. Ya no quedan planes, ni fuerza, orgullo. Solo queda aceptar, no interpretar el mar, vencerlo o buscar la forma de ser más astuto que Poseidón. Simplemente se abandona a él.
Y ese gesto, que podría parecer una derrota, termina siendo su verdadera transformación. Durante toda la película, Odiseo creyó que podía decidir su propio destino. Que la inteligencia era suficiente para doblar cualquier ley, incluso las impuestas por los dioses. Pero al final comprende algo mucho más profundo: La inteligencia puede salvarlo muchas veces, pero nunca convertirlo en un dios.
Por eso creo que La Odisea no termina hablándonos del triunfo del hombre sobre los dioses termina hablándonos del descubrimiento de sus propios límites. De la diferencia entre libertad y soberbia, Odiseo puede elegir, se puede equivocar y puede cargar con las consecuencias de sus actos. Pero también comprende que existen fuerzas que no responden a su voluntad y quizá esa sea la verdadera tragedia (y también la verdadera enseñanza) de Odiseo, no haber sobrevivido a la guerra, ni siquiera haber desobedecido a Zeus, sino descubrí que el verdadero héroe no es el que desafía a los dioses, sino el que finalmente comprende porque nunca podrá ocupar su lugar.