Desde que tuvo memoria, cada cumpleaños su deseo era uno solo y era enorme de necesitar. Que su papá supiera y quisiera, ser su papá.
Que estuviera presente en su vida. En sus logros. Pero mucho más, que la esperara con los brazos abiertos cuando el mundo doliera demasiado.
Pero ese deseo nunca, ni una sola vez, se cumplió.
Esperó por años un amor que, para él, siempre fue demasiado difícil de dar.
Deseó con tantas, pero tantas fuerzas que algo cambiara.
Que él estuviera.
Que la buscara.
Que la abrazara.
Que la necesitara.
Que la quisiera.
Que quisiera ser algo, que claramente, no sabía ser.
Y el día que entendió que él nunca iba a cambiar,
no gritó,
no lloró,
no rompió nada.
Y no porque hubiera dejado de necesitarlo.
No porque hubiera dejado de doler.
Sino porque logró comprender que intentarlo le seguiría costando todos y cada uno de sus deseos.
Pero muy en el fondo hay una parte de ella, chiquitita, silenciosa, intacta, que cada vez que ve a una niña correr hacia los brazos de su padre, siente por un segundo, la necesidad de querer correr también.
Y en ese segundo comprende que algunas personas no cambian.
Que algunos abrazos nunca llegan.
Que algunos “te quiero” se quedan para siempre sin decir, o sin escuchar.
Que era mejor no tener un papá.
Que tener uno que no sabía serlo y sufrir toda la vida por ello.