... Y en ese desvanecimiento, que no es pérdida sino encuentro, se borran las fronteras del cansancio. Si el cuerpo cede, que sea para dejar que el alma flote en tu misterio. Duermo en la tierra, pero despierto en Tu latido. Qué paradójica gracia esta de la oscuridad, que lejos de cegarme, me permite contemplar lo invisible con los ojos del espíritu.
Al final, el sueño no es un apagarse; es el acto supremo de confianza. Es soltar las riendas del día, de las dudas y del hacer, para descansar en el Saber absoluto que me sostiene. Que mi respiración pausada sea mi última oración de la jornada, un eco silencioso que repita tu Nombre en la penumbra. Me entrego, pues, a esta noche sagrada, sabiendo que incluso en el olvido del sueño, sigo existiendo en Ti.