Me gusta la tristeza porque no hay quién la disimule.
No importa lo que intentes, el maquillaje que uses o la ropa que te pongas: ella está.
Y creo que es el acto más generoso de ella hacerse notar aún sabiendo que, en definitiva, su mayor aliado es la soledad.
¿Será esa la razón por la cual la tristeza carga tal angustia? Porque, en lugar de reunirse con su amada soledad y en conjunto formar el combo infalible para amargar cualquier alma, ella decide mostrarse, hacerse notar.
Y esa presencia molesta. Algo causa. En quien la padece y quien la observa. Es como si notándola no fuera suficiente. Se necesita hacer más, siempre se necesita más.
Sin embargo, con la tristeza nunca se sabe cuál es el proceder. Eso es lo que la vuelve casi un misterio indescifrable. Se distingue por su idiosincrasia, por la rebeldía de llegar cuando nadie la llama y de explotar todo en el momento menos indicado.
Y es por eso que mostrarse triste es mostrarse a uno mismo en un grito exagerado para evitar la soledad.
Mostrarse triste es tener la fortaleza para que Ella, tan pegadiza y envolvente, no pueda encontrarse con más máscaras y por fin se pueda enunciar la cruda realidad.
Mostrarse triste es la cura a una causa que ya das por perdida. Porque no te reís si algo no fuera gracioso y no lloras si algo no fuera jodidamente malo.
Y por eso agradezco la valentía de mi tristeza en hacerse notar y lamento la cobardía de mi humanidad que la intentó ocultar.