Era un día de verano de 2024, quizás a principios de marzo. Pero para entender ese momento, hay que retroceder un poco.
Dos meses antes, me estaba adaptando a un mundo completamente nuevo para mí: plataformas que requerían números de visualizaciones, likes, múltiples usuarios, etc. Las vacaciones hicieron posible encontrar tiempo para diferentes actividades de mi preferencia, y el dibujo era una de ellas.
Antes de ese preciso momento en el que una publicación captó mi atención, no sabía que existían múltiples caminos a solo un click y que eso me llevaría a cosas que ni siquiera sabía que existían. Mi mundo era pequeño, pero jamás me habría cuestionado al respecto hasta que di ese click.
Pensé: «Oh, interesante, un curso de dibujo 3D». Mis expectativas eran altas; solo faltaba registrarme en una plataforma para ir siguiendo el curso de forma remota y esperar a la fecha de inicio. Sí, sabía que estaba en inglés, quizás no pensé mucho en ese pequeño detalle por la emoción. Me llevé una gran frustración al intentar seguirlo y no obtener resultados.
Un día, mientras veía una transmisión en directo de dibujantes entre pláticas, mencioné esta frustración. Uno de ellos me comentó que en esa misma plataforma del curso existían más minisítios con temáticas diferentes que reunían comunidades de personas. Los idiomas no eran la excepción. Jamás podré olvidar sus palabras: «Te aseguro que cuando empieces ahí, me lo vas a agradecer».
Una cosa es estar de simple espectador en un curso, pero otra muy distinta es empezar a ser parte de una comunidad e interactuar de forma activa. El abanico de posibilidades se abrió sin darme cuenta. Ya no sería solo observar una transmisión; la dimensión que tomó este paso para mí —alguien sin tanto contexto de lo que abarcan las pantallas— se redujo a comprender la verdadera importancia de los clicks.