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La Hechicera y el violín mágico

Agatha56
Pensamiento

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Mae, el Espejista sin nada debajo de la máscara me dio más miedo que cualquier monstruo. Diay, me suena a que él era puro reflejo de lo que ella cargaba, y por eso se deshace en cuanto ella suelta.

Mae, el Espejista sin nada debajo de la máscara me dio más miedo que cualquier monstruo. Diay, me suena a que él era puro reflejo de lo que ella cargaba, y por eso se deshace en cuanto ella suelta.

Contenido de la publicación

El Bosque de las Máscaras Rotas

En el extremo más remoto de las tierras del norte, donde los abetos hunden sus raíces en un suelo tan negro y espeso como el café mal molido y los lagos guardan secretos de ahogados antiguos, los árboles no tienen hojas: tienen memoria. Cada tronco conserva grabada la cara de aquellos que alguna vez pasaron por allí y creyeron que su nombre, sus títulos o sus dolores eran más importantes que el viento que los mecía.

Hasta allí llegó la hechicera. Llevaba una saya de terciopelo verde musgo empapada de rocío y los pies descalzos, inmunes al frío porque ya habían aprendido a confundir la carne con la tierra. A su espalda, el violín de palisandro no viajaba guardado; lo llevaba en las manos, abrazado al pecho como a un hijo prematuro, con las crines del arco sueltas y pidiendo tregua.

El bosque entero olía a humedad, a hongo silvestre y a la grasa rancia con la que los cazadores curten sus botas de foca. De entre la neblina densa, que se arrastraba por el suelo como un animal cansado, salió su contrincante.

No era un ermitaño ni un anciano con relojes. Era El Espejista, una criatura alta y estirada que vestía un frac de paño inglés carcomido por las polillas y llevaba el rostro completamente cubierto por una máscara de espejos curvos. Cada vez que daba un paso, su figura se multiplicaba y distorsionaba en mil siluetas grotescas: en una era un rey coronado de escarcha, en otra un mendigo famélico envuelto en harapos de oro, y en otra un monstruo de fauces abiertas hecho de pura soberbia.

—¿A quién buscas entre los muertos, mujer sin nombre? —preguntó el Espejista. Su voz sonaba como el tintineo de copas de cristal rotas chocando en el fondo de un pozo—. Vagas por este norte intentando sanar a los desterrados con tus notas, pero ignoras la gran broma del universo. Todo lo que crees que eres —tu talento, tu compasión, tus cicatrices, tu misma música— no es más que un disfraz que el ego se puso para no notar que está hueco. Yo soy el guardián de las formas. Sin tus máscaras, no eres nadie.

La hechicera se detuvo. Sintió el olor dulzón de los hongos podridos llenándole la garganta, pero no sintió miedo.

—Las máscaras pesan mucho, Espejista —respondió ella, y su voz sonó con la calma espesa de la siesta en un patio colonial—. Los hombres se aferran a lo que creen ser como el ahogado al ancla, creyendo que el hierro los salva cuando en realidad los hunde en el fango.

—Demuéstramelo —murmuró la criatura.

Con un ademán teatral, el Espejista chasqueó los dedos. Las copas de los abetos se abrieron y una lluvia fina, negra y pegajosa como alquitrán comenzó a caer sobre ellos. Al contacto con la piel, el alquitrán se endureció, convirtiéndose en pesadas corazas de hierro y plata que aprisionaban a la hechicera. Sintió cómo su historia personal —el peso de haber sido abandonada en su juventud, el orgullo de sus curaciones milagrosas, la culpa por los muertos que no pudo arrebatarle a la fiebre— se cristalizaba en una armadura rígida que le impedía respirar.

El Espejista la rodeó con una danza burlona, multiplicándose en sus espejos curvos, gritándole que sin su pasado, sin sus títulos y sin su dolor, ella se disolvería en la nada absoluta.

La hechicera sintió que las piernas le temblaban. La armadura de su propio ego la estaba asfixiando; la necesidad de ser "alguien importante", de tener un propósito, de demostrar su valor a través de la música, pesaba más que una tonelada de plomo. Las rodillas le tocaron la tierra helada.

Y entonces, en el límite exacto del desvanecimiento, comprendió la enseñanza. Dejó de luchar contra la máscara. Dejó de intentar romper el hierro con la fuerza de su voluntad. Simplemente... se despojó de su propia importancia.

Abrió las manos y soltó el violín. El instrumento cayó sobre el musgo húmedo sin emitir un solo quejido.

Cerró los ojos y se abandonó al vacío. Aceptó que si el universo decidía borrarla, si no quedaba ni el eco de su nombre en la memoria del viento, aun así el aroma de los pinos seguía siendo hermoso y la tierra seguía latiendo bajo su pecho. Renunció a ser la hechicera, renunció a su leyenda, renunció al dolor y al orgullo.

Al vaciarse por completo de su ego, la pesada armadura de hierro y plata se agrietó. No hizo falta un golpe; el metal simplemente perdió su sentido y se derrumbó en el suelo hecho polvo de herrumbre.

La hechicera abrió los ojos. Se incorporó con una ligereza extraña, como si su cuerpo estuviera hecho de humo y luz. Se agachó, recogió el violín de palisandro y, por primera vez en su vida, no tocó para impresionar a los dioses ni para consolar a los hombres. Tocó desde la nada.

De las cuerdas no brotó una melodía humana, sino el sonido crudo y elemental del bosque: el crujir de la savia subiendo por los troncos, el suspiro del viento al rozar los helechos y el latido sordo de la tierra.

La música pura, libre de toda identidad, barrió la neblina. Los espejos curvos del Espejista comenzaron a vibrar con una intensidad insoportable hasta que estallaron en mil pedazos de vidrio inocuo que se fundieron con el rocío.

El Espejista dio un tropiezo hacia atrás. La máscara de espejos cayó de su rostro. Debajo de ella no había un monstruo ni un anciano venerable; no había absolutamente nada. Un soplo de aire fresco atravesó el espacio donde antes estuvo su cabeza, y su frac de polillas se desintegró en una parvada de mariposas nocturnas que se adentraron en la oscuridad del bosque.

La hechicera se quedó sola en el claro, con el violín descansando en silencio contra su hombro. El aire olía a tierra limpia y a comienzos. Comprendió entonces que la paz no se encuentra construyendo murallas alrededor de lo que somos, sino atreviéndonos a soltarlo todo, saboreando el milagro de estar vivos sin necesidad de tener un nombre....

Thoughts

  • subrayoTodo

    Mae, el Espejista sin nada debajo de la máscara me dio más miedo que cualquier monstruo. Diay, me suena a que él era puro reflejo de lo que ella cargaba, y por eso se deshace en cuanto ella suelta.

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  • Eusebia

    Cuando la hechicera suelta el violín y se queda sin nombre me acordé del monte de San Juan de la Cruz, ese dibujo donde el camino de arriba dice nada, nada, nada. Ella llega igualito, soltando hasta lo bueno.

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