Pasé mucho tiempo pensando
que algún día llegaría al Reino.
Que algún día, cuando terminara esta vida,
cuando hubiera hecho suficiente,
cuando hubiera servido suficiente,
cuando hubiera orado suficiente,
cuando hubiera sido suficientemente buena,
entonces finalmente
sería digna de entrar.
Como si el cielo fuera un premio
para quienes lograran alcanzar
la medida correcta de perfección.
Como si tuviera que juntar méritos
para conseguir una entrada.
Como si algún día Dios fuera a mirar mi vida
y decir:
“Ahora sí.
Ahora hiciste lo suficiente.”
Pero entonces Jesús dijo algo
que cambió la manera en que miro la eternidad:
“El Reino de Dios está entre ustedes.”
Y entendí que quizás
estaba esperando llegar a un lugar
que Dios ya había decidido acercar a mí.
Quizás estaba mirando hacia el futuro
buscando aquello que ya estaba
delante de mis ojos.
Porque el Reino no comenzó
cuando yo muera.
El Reino comenzó cuando Cristo llegó.
Y si Cristo está aquí,
entonces el Reino también está aquí.
No tengo que ganarme un lugar
en aquello que Jesús vino a regalarme.
No tengo que alcanzar
un nivel de santidad
que finalmente me haga merecedora.
No existe una cantidad suficiente
de buenas obras
que pueda comprarme la eternidad.
No puedo ganarme
lo que solamente puedo recibir.
La salvación no es un salario.
Es gracia.
Y entonces algo cambia:
Ya no vivo haciendo cosas
para algún día llegar al Reino.
Vivo desde el Reino
que ya está aquí.
Ya no amo para ser aceptada.
Amo porque fui amada.
Ya no sirvo para ganarme un lugar.
Sirvo porque ya encontré mi lugar.
Ya no adoro para convencer a Dios
de que soy digna.
Adoro porque Él ya me encontró.
Ya no obedezco para comprar eternidad.
Obedezco porque la eternidad
ya empezó a tocar mi presente.
Y entonces comienzo a mirar diferente.
La eternidad está en una mesa
donde alguien decide perdonar.
Está en una conversación
donde alguien elige decir la verdad.
Está en el abrazo
que alguien necesitaba.
Está en el secreto
donde nadie ve tu obediencia.
Está en la oración
que todavía no tuvo respuesta.
Está en la semilla
que todavía no rompió la tierra.
Está en el hijo que vuelve.
En el corazón que perdona.
En la persona que decide amar
cuando sería más fácil odiar.
En el enfermo que conserva esperanza.
En el que atraviesa una noche
y todavía puede decir:
“Dios sigue siendo bueno.”
Quizás el Reino está sucediendo
mucho más cerca de nosotros
de lo que imaginamos.
Está delante de nuestros ojos.
Pero todavía no siempre podemos verlo.
Porque hay cosas que ya existen
aunque todavía no hayan sido reveladas
en su plenitud.
Como una semilla contiene un árbol
antes de que podamos verlo.
Como un amanecer comienza
antes de que el sol aparezca completamente.
Como una promesa puede ser verdadera
antes de que podamos tocar su cumplimiento.
El Reino ya está aquí.
Y algún día lo veremos
sin velos, sin lágrimas, sin muerte,
en toda su plenitud.
Pero hoy…
hoy ya podemos vivirlo.
Por eso ya no quiero pasar mi vida
esperando comenzar a vivir
cuando llegue al cielo.
Quiero traer el cielo
a cada lugar donde pise.
Quiero que mi manera de amar
se parezca al Reino.
Que mi manera de perdonar
se parezca al Reino.
Que mi manera de servir
se parezca al Reino.
Que mi manera de mirar al otro
se parezca al Reino.
Que mi casa pueda conocer el Reino.
Que mi trabajo pueda conocer el Reino.
Que mis conversaciones puedan conocer el Reino.
Que mi vida cotidiana
sea un lugar donde la eternidad
se haga visible.
Porque quizás eso es lo que todavía
no estamos viendo:
el Reino no siempre llega
con estruendo.
A veces llega
en pequeñas decisiones
que parecen insignificantes.
Una persona que perdona.
Una persona que ama.
Una persona que sirve.
Una persona que decide confiar.
Una persona que elige a Dios
cuando nadie está mirando.
Y de repente entiendo:
No estoy esperando
que la eternidad comience.
Estoy viviendo dentro de ella.
El tiempo sigue pasando.
Mi cuerpo sigue envejeciendo.
Las cosas siguen terminando.
Todavía hay muerte.
Todavía hay dolor.
Todavía hay cosas que no entiendo.
Todavía esperamos la plenitud.
Pero en medio de todo eso,
Cristo ya está aquí.
Y donde está Cristo,
el Reino ya comenzó.
Por eso no quiero vivir
obsesionada con llegar al cielo
mientras dejo pasar
el cielo que Dios quiere manifestar
a través de mi vida hoy.
No quiero esperar la eternidad
para comenzar a vivir eternamente.
Quiero aprender a vivir
con los ojos abiertos.
A reconocerlo
en lo cotidiano.
En lo sencillo.
En lo que tengo delante.
En aquello que todavía no comprendo.
Porque quizás la eternidad
no es solamente una línea interminable
después de la muerte.
Quizás es una realidad
que ya comenzó
y que algún día veremos
en su totalidad.
Hoy la vemos como por un espejo.
Mañana, cara a cara.
Hoy conocemos en parte.
Un día conoceremos plenamente.
Hoy caminamos por fe.
Un día veremos.
Pero ya comenzó.
Y quizás por eso
Jesús no dijo:
“El Reino de Dios algún día estará entre ustedes.”
Dijo:
“El Reino de Dios está entre ustedes.”
Aquí.
Ahora.
En este momento.
En esta respiración.
En este día.
En esta vida.
La eternidad no es solamente nuestro destino.
Es la realidad de Dios
invadiendo nuestro presente.
Y quizás la pregunta ya no sea:
“¿Qué tengo que hacer para llegar al Reino?”
Sino:
“¿Qué estoy haciendo hoy
con el Reino que ya llegó hasta mí?”