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LA ADVERTENCIA

lian
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Esta mañana me siento fatalmente cansada, como si hubiera pasado toda la noche cargando el peso de los cimientos de esta casa sobre mis hombros. Veo mi bolso y mi abrigo sobre el diván; es mejor que…

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Esta mañana me siento fatalmente cansada, como si hubiera pasado toda la noche cargando el peso de los cimientos de esta casa sobre mis hombros. Veo mi bolso y mi abrigo sobre el diván; es mejor que me apure o el cronómetro de la universidad me dejará fuera en mi primer día. Solo ruego al universo que hoy sea un día tranquilo, una tregua donde no haya ningún problema. Suficiente tengo con la “Familia Caprichos” y sus secretos centenarios para sumar más drama a mi expediente.

Bajo las escaleras con un paso que intenta ser firme, pero que delata mi agotamiento, me dirijo directo al comedor. Allí, Lessán me recibe presidido por esa aura de perfección que me resulta demasiado solemne para un chico de su edad. Me dedica una sonrisa que parece ensayada frente a un espejo durante años.

—Lista para tu primer día, ¿verdad? —dijo él, su voz vibrando con una calidez que siempre parece ocultar un filo de acero.

—Sí… aunque, a decir verdad, me siento físicamente agotada —respondí, tratando de que mis ojeras no contaran la historia de lo que sucedió anoche en el pasillo prohibido.

Lessán guardó silencio un segundo, pero sus ojos, esos escáneres grises que no dejan pasar un solo detalle, se clavaron en mis pertenencias. Su mirada recorrió las costuras, el herraje y la textura de la tela con una rapidez letal que me erizó la piel.

—Bonita bolso, Analían —comentó con una elegancia casual que me hizo dar un paso atrás—. Una pieza de marca exclusiva, de colección… Tengo entendido que solo se fabricaron cinco ejemplares en todo el mundo. Un fetiche para coleccionistas de alto nivel.

Se levantó de su asiento con una lentitud aristocrática y se acercó a mi bolso, rozando las costuras con la punta de los dedos como si estuviera analizando una prueba pericial.

—Al igual que este abrigo de Loro Piana… cachemir puro, una manufactura impecable. Me pregunto… ¿cómo los obtuviste, Analían? No es el tipo de vestuario que alguien en tu posición suele portar con tanta naturalidad.

Cerré los ojos un segundo, sintiendo el golpe de la adrenalina. La fatalidad de ser descubierta en lo que ellos considerarían el “pecado más grande del planeta” me golpeó de lleno. Qué descuido el mío… el cansancio me había bajado las defensas. Se me olvidó por completo que en esta casa no trato con personas comunes de un salario medianamente pasable; trato con personas de lujo que conocen el valor de cada fibra, de cada punto de la vida.

Tomé mi compostura rápidamente, recurriendo a la frialdad para estabilizar mi pulso. Acaricié el bolso y el abrigo, no por el valor monetario que representaban, sino por el peso de los recuerdos que portaban.

—Ahhh… esto —dije, forzando una sonrisa melancólica—. Fue el regalo de una amiga en mi cumpleaños. Dijo que era la copia de una marca de diseño casi perfecta que nadie notaria. Ella desapareció de la nada hace un tiempo… Me lo entregó diciendo que era algo “sencillo”, un detalle para que no pasara frío. La verdad, no sabía el valor real de estas cosas… Disculpa mi ignorancia, Lessán. Supongo que para mí solo es un recuerdo maravilloso de un cumpleaños lejano, no una inversión.

Él sonrió, mirándome con una ternura que me resultó relajante, viendo en mí a una pueblerina ignorante envuelta el tela de lujo que se conformaba con sobrevivir con un salario, más que bien remunerado, de su estimado progenitor. El teatro era perfecto y así tenía que seguir siendo la historia

La realidad descarnada es que ese regalo fue de mi padre en mi último cumpleaños… un cumpleaños que, para variar, pasé solo con ellos. De otra forma, la soledad hubiese sido absoluta, un vacío existencial que ni el cachemir más caro del mundo podría llenar, un lujo innecesario.

El eco de la algarabía aún resuena en mis oídos. Puedo ver las luces de la sala, el olor a cera de las velas y las risas estallando como fuegos artificiales. Lala, Higinio, Vicente, Carlos, y Mamá O, me celebraron como si yo fuera la pieza más importante de su compleja maquinaria familiar. Regalos envueltos en papeles sencillos, un pastel que parecía una obra de arte y globos que inundaron la casa esa noche…

El carraspeo seco de Lessán me sacó del trance con una pregunta que se sintió como una aguja fría:

—¿Y tu amiga? ¿Qué fue lo que le pasó realmente?

Mis ojos se inundaron al instante, una respuesta fisiológica que no pude contener. Las lágrimas, calientes y pesadas, quedaron suspendidas en el borde de mis párpados, amenazando con brotar y confesar toda la tragedia que oculto bajo la piel.

—Mmm… si no te molesta —dije con la voz quebrada—, cuando ya no duela tanto, te lo contaré con detalles, ¿vale? Ahora mismo el recuerdo es… demasiado punzante.

Tomé un sorbo de zumo, sintiendo cómo el líquido bajaba por mi garganta como si fuera ácido, tome asiento y guardé un silencio sepulcral, como era mi habitual modo de defensa. Lessán, manteniendo su fachada de caballero impecable, respetó mi decisión y no preguntó nada más. Se limitó a observarme, pero sentí que tras su mirada no había lástima, sino una nueva y peligrosa curiosidad.

Ahora él sabía que yo ocultaba algo tan caro como sus propios secretos. Y en esta mansión, el lujo y la muerte siempre van de la mano.

El silencio que él me otorgaba por cortesía fue profanado en un segundo. Escuché sus pasos antes de verlo; un caminar rítmico, tan ligero como el aire, con la confianza de quien se sabe dueño de cada molécula de oxígeno en esta mansión. Danka entró en el comedor, pero no se sentó. Se quedó de pie, recargado contra el arco de la entrada, con los brazos cruzados y una expresión que me hizo desear tener un bisturí a la mano para defenderme.

—Vaya, vaya… —su voz arrastró las sílabas con un sarcasmo tan espeso que casi se podía masticar—. Escuché todo desde el pasillo. Así que la “Señorita” sobrevive a base de amigas generosas y herencias trágicas. Qué conmovedor. Casi lloro de la emoción, Lessán. ¿No tienes un pañuelo de seda a la mano?El semblante de Lessán se endureció con una frialdad aterradora, pero Danka ya estaba en movimiento. Cruzó el comedor como un depredador que huele el rastro de la mentira, bordeando la mesa hasta detenerse justo detrás de mi silla. Su presencia me invadió por completo, helada y pesada.

Inclinándose sobre mi hombro, su mano —rápida como una serpiente— apartó con desdén un mechón de mi cabello para dejar al descubierto la línea de mi cuello.

—No pierdas el tiempo interrogándola sobre marcas, hermanito —murmuró Danka, rozando con sus nudillos la solapa de mi abrigo con una familiaridad asfixiante—. Ella sabe perfectamente lo que trae puesto. Las piltrafas de pueblo no caminan erguidas ni con el peso del cachemir ni con el de la culpa.

Giró con una velocidad felina, plantándose frente a mí y obligándome a levantar el rostro. Sus ojos brillaban con una lucidez cruel, analizando la dilatación exacta de mis pupilas.

—Mientes tan mal que resulta casi tierno —susurró, tan cerca que su aliento heló mi piel—. Esa forma en la que arqueas la espalda al sostener el bolso, la manera en que tus dedos reconocen la costura… No es ignorancia, Analían. Es memoria muscular. Te mueves en el lujo con la soltura de quien habita en él, no como una intrusa que se coló a robar.

—Danka, basta —intervino Lessán con voz de advertencia—. Analían está cansada y tiene clase. No la atosigues con tus complejos de superioridad.

—Oh, no es superioridad, hermano. Es instinto —respondió el tipejo, dedicándole una mirada cargada de veneno antes de volver a centrarse en mí—. Dime, Analían… ¿esa “amiga” fantasma también te regaló el porte de una heredera? ¿O eso venía incluido en el paquete de huérfana desamparada que nos vendiste? Porque ese bolso no es para cualquiera. Es para alguien que sabe que el mundo le pertenece.

Me puse de pie de un golpe, haciendo que las patas de la silla rasparan el suelo con violencia.

El roce del cachemir contra mi piel había activado un mecanismo que creía oxidado. Mi mente desbloqueó de golpe una celda clausurada: el olor a maderas oscuras, la disciplina militar disfrazada de elegancia y la voz de mi madre, un médano de hielo capaz de congelar mis debilidades antes de que nacieran.

“El sentimiento es un residuo biológico, Analían. El control es la única constante.”

Su advertencia resonó en mi cráneo con la fuerza de un martillo. Pero ahora, bajo el techo de los Zalgorán, la pieza encajaba de forma macabra: ¿Por qué mi madre me entrenó así? No para ser una niñera en una ciudad olvidada. Me crio para sobrevivir a algo que todavía no llegaba… o que tal vez ya me estaba esperando.

Clavé los ojos en el verdugo que me sonreía enfrente.

—Si tanta urticaria te causa mi ropa, Danka, la próxima vez bajaré en pijama. Aunque dudo que eso cure tu necesidad enfermiza de llamar la atención —le espeté, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. No todos somos libros abiertos. Algunos guardamos capítulos que no estás invitado a leer.

Danka lamió su labio inferior, una chispa de excitación genuina encendiendo sus pupilas. Se inclinó aún más, hasta que nuestras narices casi se rozaron, atrapándome en ese aroma gélido y embriagador que siempre lo precedía.

—Me encantan los libros prohibidos —susurró, su mano bajando peligrosamente cerca de mi cintura—. Y créeme, voy a arrancar cada página de tu historia hasta llegar a la verdad. Porque una chica que carga veinte mil dólares en el hombro y finge que es un regalito no es una empleada… es una infiltrada. O un trofeo que alguien olvidó reclamar.

Dio un paso atrás, rompiendo la tensión con una lentitud calculada, y me guiñó un ojo con una arrogancia que me hizo hervir la sangre por dentro.

—Disfruta tus clases, pequeña. Irónicamente, parece que tú eres el mito más grande de esta mesa. Se dio la vuelta y salió del comedor silbando una melodía fúnebre, dejándome con el sabor del zumo amargado y la certeza de que mi máscara de “pueblerina” acababa de hacerse pedazos ante sus ojos de depredador.

Danka no había comprado la mentira ni por un segundo; su intuición era demasiado afilada.

Lessán me observaba con una intensidad que rayaba en lo magnético; sus ojos grises eran dos escáneres tratando de encontrar la falla del sistema. Sabía que él tampoco tragaba el cuento del regalo de mi “amiga”, pero su rígida educación aristocrática le impedía llamarme mentirosa a la cara en su propia mesa.

Por un momento, el comedor pareció encogerse, las paredes cerrándose sobre nosotros como las tapas de un libro antiguo. Decidí cortar de tajo cualquier otro cuestionamiento; no podía permitir que hurgaran en mi pasado antes del desayuno. Me despedí con una cortesía gélida, recordándole que no pensaba arruinar mi primer día por una tardanza. Y salí.

Al llegar al campus, la atmósfera me golpeó con la fuerza de un impacto cinético. El bullicio no tenía nada que ver con la falsa tranquilidad del día en que me abrieron las puertas para la inscripción; hoy, el ruido era ensordecedor, una cacofonía de voces jóvenes que ocultaban algo podrido bajo la superficie.

Como no conocía a nadie, y mi entrenamiento materno me dictaba que el aislamiento es la mejor trinchera, decidí mantenerme al margen.

Camino hacia el edificio de médicina al cruzar el umbral, me quedo congelada. El aire de aquí a dentro es distinto, más pesado. Escucho, casi por accidente —o por ese instinto de recolectar datos que corre por mis venas—, a un grupo de chicas que lloran con una amargura que huele a miedo real.

—Era tan hermosa, alegre y distinguida… no entiendo por qué tuvo que terminar así. Joliet no se merecía desaparecer de esa forma, como si nunca hubiera existido —murmuraba una, secándose las lágrimas con un pañuelo que temblaba.

—Tienes razón —respondió otra, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspiranoico—. La familia Dolphin es rica e influyente, pero no más que el padre del monstruo que le desgració la vida. Si en esas vacaciones de verano no se hubiera ido a acostar con él, nada de esto estaría pasando. Hacían una pareja perfecta, todos apostamos a que se casarían… nos equivocamos de la manera más terrible posible.

—Qué desgracia —añadió una tercera chica—. Quién se iba a imaginar que terminaría así, si él parecía un perrito faldero tras ella, siempre acechándola con esa mirada…

—Algo horrible le hicieron —continuó la primera, y sentí un escalofrío lúgubre recorrerme la nuca—. Los culpables siguen libres, paseándose por estos pasillos. Pero como su padre todo les encubre, no harán nada. El caso ya fue cerrado, así de monumental es su poder. Son como una plaga maldita; deberían exterminarlos antes de que acaben con todas.

—Eso es imposible, ellos son los dueños de la universidad. Será mejor que cierren la boca si no quieren ser las siguientes “desaparecidas”.

En ese momento, mi vista giró de forma instintiva hacia ellas, y ellas hacia mí. El silencio cayó como una guillotina. Se quedaron con la boca abierta, petrificadas, como si hubieran visto al mismo demonio emergiendo de las sombras del inframundo. Sus cuchicheos no se hicieron esperar, y su discreción era nula.

—Es un hada… no, es un ángel, por todos los cielos —decía una, con una envidia que casi podía tocarse—. Qué hermosura tan insultante… es mi prototipo perfecto de cirugía plástica, no puede ser real.

Sin mirar a nadie más, aceleré el paso. ¿A quién se referían con lo de “monstruo”? ¿A quién le pertenecía este campus de sombras? Decidí desaparecer de su radar antes de que sus preguntas se volvieran proyecciones de su propio miedo.

—Mientras en la mansión Zalgorán se escuchaban ordenes tácticas y sin el más mínimo error en lo que se exigía. Investiguen todo sobre su pasado, pero háganlo con máxima discreción —ordenaba desde su despacho, su voz era un susurro gélido—. Viene de la Ciudad de México y esa es la dirección que le dio a nuestro padre para su expediente… No paren hasta encontrar la verdad absoluta sobre ella. Quiero saber qué sangre corre por sus venas.

Lessán sabía perfectamente que lo que estaba haciendo era activar una bomba de tiempo. Sabía perfectamente bien que si yo me enteraba de su intrusión, lo odiaría con una intensidad que nunca antes en su milenaria existencia se hubiese imaginado. Pero su curiosidad era más fuerte que su prudencia.

En mi vasta soledad, mientras cruzaba los pasillos oscuros, solo pedía que en el CUIB los alumnos no desaparecieran por arte de magia negra. El campus es prestigioso, alberga a los hijos de las familias más poderosas de la ciudad, pero su ambiente es el de un cementerio vivo, un mausoleo con Wi-Fi. Esto no va a ser nada fácil. Tal vez solo acabe este año y regrese a lo que queda de mi casa.

Sigo mi camino y, al entrar al aula, la atmósfera cambia. Veo a Celián, inmerso en su propia burbuja de soledad, garabateando en una hoja con una furia silenciosa. Danka, por el contrario, está en su elemento: coqueteando con una rubia despampanante. Se nota que ella es de su misma clase social por el porte arrogante y las joyas que gritan estatus. Parecen la pareja perfecta de una revista de élite.

Todo se descompone cuando doy dos pasos dentro del aula. Los chicos empiezan a silbar, lanzando piropos que se sienten como agresiones. Al menos que tenga pegada a una Diosa invisible caminando tras de mí, juraría que me están hostigando con comentarios lascivos que me revuelven el estómago. Los únicos con mala cara son el “nuevo juguete” de Danka —espero que lo haga muy feliz para que me deje en paz de una vez— y Celián, que no tolera el bullicio y parece odiar que yo llame la atención sin mover un dedo.

Busco un lugar lejano, un rincón donde no tenga que soportar sus comentarios mordaces; suficiente tengo con los de la mansión. Ahora tengo que luchar contra las miradas varoniles que caen sobre mí como perros hambrientos frente a un trozo de carne fresca. Siento el peso de una mirada en particular: es Celián. Me observa mientras busco asiento, aunque está claro que no me ofrecerá uno a su lado; eso sería manchar su alcurnia con la “peste” de una empleada.

Paso por un grupo de chicas que literalmente se están comiendo a Danka con la mirada. Me dan una risa amarga; si supieran que es el más peligroso de los tipejos, no lo desearían ni a un kilómetro de distancia. De pronto, un grito rompe el murmullo:

—La voz de mi amiga retumba por el aula.— gritando mi nombre a todo lo que dan sus pulmones.

Se hace un silencio sepulcral que parece infinito. Por todos los dioses del Olimpo… con esa “discreción”, seguro que pasaré desapercibida el resto del curso. Celián me ve como si quisiera descuartizarme y ocultar mis restos en el jardín. Cuando Lucy llega a mi lado, el silencio se transforma en un hervidero de preguntas obscenas y otras cargadas de veneno: “¿De qué familia proviene?”, “¿Quién es esa?”.

Lucy me abrazó con una alegría impetuosa, tan desbordante que me hizo dar un respingo. Su efusividad era como un faro en la niebla gélida del campus.

—¡Qué alegría verte, Analián! —exclamó, como si nos conociéramos de siglos, su voz rompiendo el lúgubre ambiente—. ¿Qué te parece? ¡Me las he arreglado para cambiar mis materias y estar a tu lado! Seremos las mejores investigadoras de medicina forense, ¿te imaginas? ¡ Ojalá podamos entrar a ser parte del equipo de investigación de los laboratorios Biogenéticos de Investra Solutions! ¿Los conoces? ¡Son el imperio más importante del mundo en tecnología genética y Forense! Pero para trabajar ahí es una proeza épica... Dicen que el presidente D’Luna murió en un trágico accidente, pero su hijo quedó a cargo del imperio, por llamarle menos. ¡Te imaginas nosotras ahí, Analián! ¡Diseccionando misterios, revelando verdades!

Trago saliva con dificultad y veo a Lucy con una inocencia descomunal. Su entusiasmo es tan puro que me arruga el corazón, al recordar las lágrimas se quieren hacer presente especialmente con el comentario sobre la muerte del presidente y el eco de la muerte de mis padres. Todo ese tipo de cosas parece afectarme de sobremanera, perforando mi escudo de "frialdad".

—Bueno, pues estudiemos más y sobre esforcémonos —respondí, intentando camuflar la desesperación con una sonrisa desinteresada— para poder aspirar, aunque sea, a ser practicantes en ese imperio forense. Lo bueno es que abrieron un centro de investigación aquí mismo, así que no tendremos que cruzar medio mundo ni volar hasta Latinoamérica buscando una oportunidad… ¿verdad?

De pronto, el piso se desploma bajo mi asiento. El salón da un giro de ciento ochenta grados y el techo se desploma en una náusea seca. El aire se vuelve plomo puro; entra a los pulmones quemando como ácido sulfúrico mientras un zumbido metálico, idéntico al de un enjambre de avispas encerradas en el cráneo, me taladra los tímpanos. La bilis asciende amarga por la garganta, amenazando con vaciar lo poco que desayuné. Las luces fluorescentes del aula parpadean, fragmentándose en mil pedazos borrosos que me ciegan.

Lucy, con los ojos abiertos de terror, reacciona de inmediato y comienza a abanicar con furia usando una libreta, intentando empujar oxígeno a un cuerpo que se niega a responder.

Varios compañeros se precipitan hacia nosotras en estampida, estorbando más de lo que ayudan. Su cercanía me asfixia; el olor a perfume y desesperación ajena agrava la náusea. Dos de ellos se ofrecen a cargarme en brazos hasta la enfermería, como si fuera un bulto inútil a punto de expirar.

—Déjenla en paz, ¿no ven que necesita oxígeno? ¡No la toquen! —grita Lucy, apartándolos a empujones con una ímpetu salvaje que los obliga a retroceder de golpe.

Intento tragar saliva, pero la boca está completamente seca, convertida en un desierto. Mis extremidades se entumecen, perdiendo toda conexión con la realidad, mientras el frío de la muerte comienza a trepar desde la punta de los dedos de los pies. El suelo parece hundirse en un abismo negro e interminable donde la conciencia se desvanece por completo.

—¡Analián! ¡Analián, ¿te sientes bien?! ¡Estás pálida como un fantasma! —chilla Lucy, con la voz quebrada por el pánico mientras mis párpados pesan toneladas y el mundo entero se apaga de golpe.

—Sí, claro... solo fue un pequeño mareo —logré balbucear, tratando de recomponerme—, tal vez porque no dormí bien de los nervios del primer día de escuela. Es todo.

Afortunadamente, el profesor de Histología entra en ese preciso instante, cortando toda sospecha. Pero a la media hora, soy un molusco en agonía. Su clase es un sopor que amenaza con anular mi capacidad cerebral. No pudo haber hecho la clase más pesada, porque su juicio no se lo permitió. Después de una hora que se sintió como una eternidad geológica, abandonamos el aula como zombies, arrastrando los pies hacia la cafetería del lugar.

Vi a Danka con su muñeca de plástico y Celián desapareció como alma que lleva el diablo.

¿Qué me importan esos dos? pensé, sintiendo un ardor en el pecho que no era hambre, sino pura melancolía. Para Celián solo soy una sirvienta más, un elemento disonante en su burbuja de elitismo. Para Danka, soy su pasatiempo de burlas infinito, simple basura con la que puede medir la toxicidad del ambiente. Por mí, que se vayan al demonio con lo que piensen. Necesito hacer al menos un amigo más para no sentirme tan sola en este purgatorio de terciopelo.

Llegamos a la cafetería y mis ojos, hacen un recorrido rápido, localizan a Celián en la mesa más lejana, sumergido en su propia sombra. Cruzo la mirada con él, pero no me atrevo a más; él es un volcán dormido que no quiero despertar.

Mientras esperamos ir por nuestra comida, la escena se precipita hacia el caos. Dos tipos, dos gorilas con cerebros de mosquito, se acercan a la mesa de Celián. Comienzan a burlarse de él con risotadas vulgares, como hienas carroñeras, la escena debería de alegrarme al fin sentiría lo que yo siento con sus desprecios sin causa pero la verdad no me alegraba en lo absoluto.

—Oye, fenómeno —grita uno, con una voz que perfora el murmullo de la cafetería—, ¿no vas a cambiar de actitud o qué? ¿Te sigues sintiendo especial por ser ultra millonario? ¡Nosotros no estamos a tu altura para ser tus "amigos"!

El patán da un manotazo en la mesa que resuena por toda la cafetería como un disparo. A Celián solo lo distrae por un instante; le dedica medio segundo de atención al mandril que tiene frente a él antes de volver a su libro. La escena es tan estúpida, tan visceralmente injusta, que no lo soporto más.

La rabia me incendia el pecho. Me levanto de mi asiento con una furia silenciosa que me impulsa hacia ellos. Lucy intenta detenerme, aferrándose a mi brazo, pero no le hago caso. No voy a permitir que humillen a nadie así, menos a alguien que parece estar ya tan roto como él.

Me siento a un lado de Celián y con voz despreocupada les digo que por que no nos cuentan el chiste para que todos seamos felices —Una voz de sorpresa se escucha, no lo puedo creer... ¡Una Diosa bajada de los cielos defendiendo al fenómeno! —se mofa el tipo, con una mirada lasciva que me revuelve el estómago—. ¡Qué suerte tienes, esperpento! Oye, belleza, si no tienes nada en qué entretenerte, yo me puedo hacer cargo de ti. Sería un placer sin precedentes profanar tu cuerpo de Diosa.

Cuando el energúmeno intenta tocarme, extendiendo su mano sucia hacia mi rostro, yo me hecho hacia atrás, instintivamente, buscando apoyo. Me recargo en Celián, esperando a que me mandara a volar del otro lado de la cafetería, que me empujara con desprecio. Pero para mi sorpresa, su brazo se envuelve alrededor de mi cintura. Sus dedos aprietan, no con fuerza, sino con una posesividad protectora. Sus brazos se vuelven una fortaleza impenetrable a mi alrededor, y por encima de mi hombro, su voz, que rara vez escucho, sale gélida y letal.

—Si por el más mínimo error… —comienza Celián, y hay un brillo oscuro en sus ojos que nunca le había visto—, pones un solo sucio de tus dedos encima de ella…

Es interrumpido abruptamente por una carcajada aún más vulgar que rasgó el murmullo de la cafetería.

—¿Qué, fenómeno? ¿No solo te gusta el dinero, sino también el sabor del peligro? No solo le voy a poner un dedo encima; la voy a fornicar delante de ti, para que veas cómo me meto y salgo de ella sin que puedas pestañear, mientras tú te quedas ahí, inútil, como siempre.

El tipo dio un paso al frente, relamiéndose con una confianza asquerosa, clavando los ojos en mí.

—Y tú, muñeca bonita —dijo con voz untuosa, pasando la lengua por los labios como si ya me tuviera entre sus manos—, no pongas esa cara de ofendida. No eres más que la sirvienta de los Zalgorán y eso aquí todo el mundo lo sabe… ¿verdad, mi estimado fenómeno?

Soltó una sonrisa cínica y remató con la bilis destilada:

—A los perros buenos se les da sobras. A los que se portan mal… se les patea hasta que aprenden. Cuando termine con ella, te la voy a devolver sucia de mí, para que la huelas y sepas exactamente quién manda aquí.

Celián se levanta violentamente. Su silla cae con un estruendo metálico que apaga las risas a su alrededor. El alboroto ha comenzado. Y yo, sintiendo el peso de la mirada de Celián obligado a contener las manos para no destrozar al imbécil frente a las normas de la universidad, sé que el verdadero peligro acaba de empezar: el instinto de destrucción ya rompió la cadena.

El aire pareció succionarse fuera de la habitación. El sonido de la silla volando fue como un disparo. Vi en sus ojos un destello que no era humano, una frialdad absoluta que prometía el fin de los tiempos. Por instinto, lo abracé por la espalda, hundiendo mis manos en su pecho para intentar contener su furia. Podía sentir sus músculos, duros como el granito, vibrando con una energía que amenazaba con estallar.

Pero al descerebrado se le ocurrió abrir la boca de nuevo.

—¿Te escondes detrás de la mujercita, poco hombre? —se mofó, dando un paso adelante.

En un abrir y cerrar de ojos, la realidad se distorsionó. Celián se movió con una velocidad que mis ojos apenas pudieron procesar. En un segundo estaba frente a mí y, al siguiente, tenía al gigantón sujeto del cuello. Lo levantó como si fuera un muñeco de trapo, sin esfuerzo aparente, tomándolo del cuello con una sola mano, y lo estrelló contra la pared. El hombre pataleó, arañó, pero no logró mover ni un milímetro esa muñeca de acero.

El sonido del impacto fue seco, un golpe sordo que hizo que los utensilios de la cafetería vibraran mientras el yeso se agrietaba. El aire le estalló de golpe, boqueando, sin voz, sin fuerza, mudo y aterrorizado. Celián lo mantuvo clavado, impasible.

—No confundas mi silencio con cobardía. Quien toca lo mío… muere. Toca uno solo de sus cabellos y te arranco la garganta antes de que pestañees.

Los presentes se quedaron helados. Nadie respiró. Nadie se movió. Entendieron de golpe: la calma no era debilidad; era la calma de quien sabe que puede destruirlos a todos sin esfuerzo. El apellido Zalgorán no se temía por rumores. Se temía porque era verdad.

—No vuelvas a meterte con nosotros —le soltó él, su voz convertida en un susurro gélido que calaba hasta los huesos—. Y ni por error se te ocurra hacer una estupidez en contra de ella, porque no tienes ni la más remota idea de lo que soy capaz de hacerte.

Uno de los amigos del bravucón, intentando demostrar una valentía suicida, se lanzó para golpear a Celián por la espalda. Pero él, con una agilidad que desafiaba toda ley física, giró el torso sin soltar al primero. Lo tomó del aire como si fuera una canica insignificante y lo lanzó contra sus demás secuaces con una trayectoria tan perfecta que pareció un juego de bolos macabro.

Lo que ven mis ojos no lo pueden creer. Mi cerebro intentaba calcular las variables: el primer tipo medía uno ochenta y pesaba fácilmente cien kilos de músculo puro; sin embargo él lo sostenía con una sola mano como si fuera una pluma. El otro era una mole humana, alguien que ni con una grúa industrial moveríamos con esa facilidad. Todos en la cafetería nos quedamos pasmados, el silencio era absoluto. No había nadie más que quisiera seguir molestando a un Zalgorán; acababan de presenciar la ruptura de la lógica.

Para nuestra buena suerte —o quizás para evitar una tragedia irreversible—, un profesor entró a calmar la situación. Nadie supo de dónde salió, pero su presencia detuvo el tiempo. Su porte era impecable, su mirada un pozo de conocimiento oscuro.

—¿Pero qué se creen? ¿Qué esto es un campo de batalla? —gritó el profesor con una energía que hizo que los culpables se encogieran—. ¡Todos a sus asuntos! Y ustedes, directo a la dirección. No tienen idea del abismo en el que se han metido.

Se acercó a nosotros con paso firme y, para mi sorpresa, su tono cambió a uno de deferencia casi reverencial.

—Señor Zalgorán… ¿está usted bien? —preguntó, ignorando por completo a los heridos en el suelo.

—¡Oye, viejo! —gritó el bravucón desde el suelo, tosiendo y sujetándose las costillas—. ¡El fenómeno armó todo el alboroto! Mira cómo dejó al compañero, seguro le rompió las costillas y todo por no aguantar una “broma” para su noviecita o lo que sea que sea ella…

—Cierra la maldita boca —sentenció el profesor, mirándolo con un desprecio absoluto— y da gracias si solo eres expulsado de esta institución. Has cometido el error de tu vida.

Celián me rodeó con sus brazos, un gesto que se sintió como una fortaleza impenetrable. Miró al profesor de frente, sin bajar la cabeza.

—Yo no buscaba pelea —dijo con una calma que daba miedo—, pero si vuelven a molestarla a ella, estarán en problemas de los que no podrán salir. Sobre advertencia no hay engaño.

El profesor asintió, casi disculpándose con el Sr. Zalgorán por el inconveniente. Se llevó a los mandriles como si fueran basura que limpiar. Celián se relajó un poco, se inclinó y besó mi frente. Fue un beso frío, pero extrañamente reconfortante.

—¿Estás bien, Analián? —me preguntó él, buscándome los ojos.

—Sí… estoy bien —respondí, aunque mi mente seguía tratando de procesar cómo un chico de su contextura pudo levantar cien kilos con una mano.

Lucy llegó corriendo a nuestro lado, pálida y con los ojos muy abiertos. Me revisó de pies a cabeza, tocando mis brazos como si buscara una herida invisible o, tal vez, una señal de que mi “luz” seguía intacta.

—¡Por los dioses, Analián! Casi me da un infarto —susurro, lanzando una mirada de soslayo a Celián que mezclaba el respeto con el temor—. Vámonos de aquí antes de que alguien decida que este espectáculo no ha terminado.

Caminamos hacia la salida, pero sentí una mirada pesada en mi nuca. Al girarme, vi al profesor observándonos. No miraba a Celián. Me miraba a mí, con una expresión que no pude descifrar. En este pueblo, hasta los que vienen a salvarte parecen tener un contrato con el diablo.

Thoughts

  • Cecilita

    Entendí por qué Analían aguanta todo en esa casa sin soltar nada: la mamá la crió con la idea de que sentir estorba. Pero en este capítulo el escudo se le cae tres veces, con Lessán, con Lucy cuando nombra al presidente muerto, y en el mareo del aula.

    En mi casa somos tres mujeres y la que menos llora es la que más se enferma, así que ese mareo no me pareció casualidad. ¿Ya le venía desde antes de llegar a los Zalgorán?

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  • TeresaGuz

    La mentira del bolso me pareció lo mejor pensado del capítulo, porque Analían mete una verdad dentro: la amiga que desapareció suena a inventada, pero las lágrimas que se le escapan delante de Lessán son de verdad, por su padre. Y luego, en el campus, resulta que hay una chica, Joliet, que desapareció de verdad. Apuesto a que esa amiga falsa y Joliet acaban cruzándose en la misma historia, o por lo menos que Lessán lo va a creer así cuando le llegue lo que mandó investigar.

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