El carrito que se llevó la luna
Por Levi Díaz Echeverri
Desde aquella ventana,
con la mirada fija en la luna llena,
sentí que su luz me acompañaba
en aquella noche de tristeza y pena.
Y de pronto regresó a mi memoria
aquel carrito blanco, pequeño tesoro,
que un niño empujaba con aire de gloria,
mientras yo, en silencio, soñaba con él como el oro.
Lo paseaba orgulloso,
siguiendo con sus ojos cada movimiento,
y en su gesto, quizás malicioso,
yo descubrí la crueldad de un momento.
Mi cabello, negro, enmarañado y largo,
caía sobre mis ojos para ocultar el llanto;
y allí, acurrucado bajo el peso de mi letargo,
aprendí a disfrazar de calma mi quebranto.
Mis dientes blancos, grandes,
dibujaron una sonrisa fingida;
fui cómplice de aquella escena lacerante,
mientras algo se rompía dentro de mi vida.
¡Cuánto habría querido tenerlo entre mis manos!
Contemplar sus formas, descubrir sus secretos,
acariciarlo con la ternura de quien ama
a un pajarillo y teme lastimar sus sueños.
No habría necesitado caminos lejanos,
ni riquezas, ni palacios, ni fortuna;
tan solo aquel carrito entre mis manos
y un instante de felicidad bajo la luna.
Recuerdo su blancura,
sus pequeñas puertas que podían abrirse,
y aquellos ojos que, con extraña malicia,
buscaban en los míos el dolor que no podía decirse.
Desde entonces, el carrito quedó suspendido
en algún rincón secreto de mi pensamiento,
como un sueño que nunca fue mío,
como una herida que sobrevivió al tiempo.
Y vuelvo a aquella noche,
a la ventana, al silencio, a la luna llena;
y allí lo encuentro, recorriendo su esfera,
como si el cielo quisiera aliviar mi pena.
Imagino que subo a su diminuto universo,
que me pierdo en sus caminos de alegría,
y que abandono por un instante este mundo adverso
para jugar con los niños que soñaban como yo,
con las manos vacías.
Habría hecho de la luna una rueda,
de sus cráteres caminos de esperanza;
y habría invitado a tantos niños sin juguetes
a subir conmigo en aquella carroza blanca.
¡Cuántos pequeños corazones
habrían encontrado allí su paraíso!
¡Cuántas tristezas, cuántas desilusiones
habrían quedado atrás, suspendidas en el infinito!
Pero llegó el alba,
y la luna comenzó a despedirse.
Parecía decirme, con su luz cansada:
«Nuestro insomnio es el lazo que nos une;
cuando amanezca, tendré que irme».
Y se marchó lentamente,
dejándome la noche guardada en la memoria.
Yo seguí allí, con mi silencio de siempre,
sin saber que aquel instante escribiría mi historia.
Hoy tengo juguetes que antes no tuve,
puedo sostenerlos, mirarlos, sentirlos;
pero hay sueños que el tiempo destruye
y alegrías que no regresan por conseguirlos.
Porque ya no brilla igual aquella luna,
ni mi corazón responde como respondía;
la vida me entregó, al fin, tantos juguetes,
pero no pudo devolverme al niño que los quería.
Y esa es la tristeza que nadie ve:
tener hoy aquello que ayer tanto anhelabas
y descubrir, con lágrimas que no se ven,
que la ilusión se marchó
mucho antes de que lo alcanzaras.
Ahora comprendo por qué la luna
parecía mirarme con tanta ternura:
ella sabía que aquel niño no deseaba un carrito solamente,
sino una pequeña puerta hacia la felicidad futura.
Y aunque mis manos hoy sostengan
los juguetes que un día me faltaron,
hay noches en que mis ojos regresan a aquella ventana
y buscan al niño que mis años alejaron.
Quizá siga allí, acurrucado en la sombra,
con el cabello cubriéndole el llanto,
sonriendo para que nadie descubra
que por dentro está sufriendo tanto.
Y si alguna noche la luna lo encuentra,
que se acerque despacio, que no lo despierte;
que ruede junto a él, blanca y eterna,
y le enseñe que no fue su culpa
haber deseado tan solo un poco de suerte.
Porque aquel carrito nunca fue solamente un juguete:
fue el sueño de un niño,
la herida de un hombre
y la prueba de que existen tristezas
que ni siquiera el tiempo consigue hacer desaparecer.
— Levi Díaz Echeverri