IV
Presiento que las cosas se hacen más desglosadas; entre menos se sepan con más crudeza funcionarán; y; Anemona teñida de suertes no tan pretenciosas me cuenta su plan. El sembradío de un jardín en la jaula de ese ser de tul y brumas conocidas. Muestra que es un lado de su arte que puede amaestrarse de entre todo. Azucenas; Tulipanes; Lirios con los que adornaría la hechura de su arte y la hechura veneraría; la que más fuera; postrada entre el aroma de sus luces. Anemona me pide a mirar su arte; ella dibuja en lugar de escribir. A veces mezcla el dibujado con la escritura. A veces la música que escucha a profundidad con el sembradío de su ser. En aras del cambio; me calma en el umbral de mis cosas. Como ella misma; porque su ingenuidad en los ingeniosos reinos en su cabeza, y, la que mana de los cisnes permite que caiga; entre cada ruego de sus amaneceres entre atardeceres de concisas piedras conocidas y reconocidas; lo que me envuelve las manos con las que aprieta el pincel que he robado para que ella sea la que sea más precisa; esa entre artículos y burbujas marinadas. Nunca me he visto reflejado. Nunca me he entregado más que al poderío de las formas más agradecidas de lo que se pudiera revelar mi razón de ser; pero soy yo; el rebelde al que no le avergüenza ser y estar. Estar y ser más de ejemplos laboriosos. Anemona, ah, mi Anemona; entre lo que me insta a dejarle ser lo que es; finalmente escribirá una historia diferente. Esa historia de ecos graduales; esa de dulces astrales. Me abro paso como una danza; y entre más danzo; más me hurto a mí mismo; más pragmático de entre todas las suertes. He vestido entre consignas; los luceros de los cabellos que brotan de la siempre pérfida Anemona. Palabras pensadas; páginas que se desviven entre santos y conocidos; receptáculos de oración de consonantes. Anemona ejecuta sus propias flores; de entre vividos; regueros de besos que sirven para delimitar el sembradío de esas tres flores. Porque además de flores; son estas; planetas referentes.
V
El escriba convoca ante su presencia; interroga al cielo de mis ojos si ya se ha hecho el trabajo por el que he creado a la más imperfecta de las formas. En cambio; yo y tan sólo yo; no me atrevo a nombrarlo; ni siquiera a ese espíritu de encierro masificado. El espíritu que se desteje y calma su llanto a veces por lo que he podido entrever; en el rostro del destinado. Pero me dicen que el mismo destino ya tiene un pacto con él. Destino; anciano o no; por lo que podido conocer entre más leo las líneas de expresión de su rostro; que se abre a la espera de agradecerle a la orquídea sanguinolenta su merecida existencia. Entre lo que sería más oficial de ser; ese Destino se abre paso entre lo que pienso y distingo; lo que es del todo existente. Anemona me hace reconoce el internado de un espacio de batallas internas. Esas venideras de ese ser que imagino como la más triste de todas. No hay duelo más perenne que el de ese ser de sonrisas mudas. Ese que vislumbra a la nada. Esa como lo que es y será más preciado de entre todos. Anemona lo reconoce; entonces ejecuta una sutil evidencia ya surtida en sus mejillas. Con la que se sonrojan y conocen y reconocen; de entre todo; que el escriba es más sabio que ellos dos. O nosotros dos reconocidos. Así que sesgo el espacio que perdura entre nosotros y; ese ser y sólo ese ser; se insta a desvestirme el alma que me ha otorgado desde el océano de la vida. Esa tan concisa; esa tan frágil; esa de tanteada fuerza. Anemona, siempre Anemona; ella se halla presente entre suburbios de mis propias batallas. Yo quién la educa; yo que la reverencio; yo que la escucho; le insto a un tendero de campañas; de aguas vivas; yo de concentración entre las cálidas orilladas; ya por nosotros. Anemona; ah, Anemona se encuentra en presencia de eso que la estudia a distancia; y le ofrece un cisne y un trébol de tres hojas; pues ella es hoja como eso que ofrece sin remediarse y no se desdobla por su obsequio. Quisiera detenerla; que se retracte; que sea palabra hecha canción de entre páginas. De todo correcto. De todo lo que se atreve a preguntarle; y ese ser le responde que; como quién se pesca ante la verdad más absoluta; se hace la accesibilidad a lo que se es conocedor de ser. Lo escuchamos. Dormimos por un instante; entre sus cosas; es movimiento del ser y el reconocer. De lo que es y estamos dispuestos a crear. Anemona no me viste con sus ojos de anhelos; si no que se escucha entre las lenguas más absolutas el susurro del escriba que no hace más que estudiarnos. De buena cuenta.
IV.V
IV Presiento que las cosas se hacen más desglosadas; entre menos se sepan con más crudeza funcionarán; y; Anemona teñida de suertes no tan pretenciosas me cuenta su plan. El sembradío de un jardín…
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PermalinkTres flores que además son planetas, azucenas, tulipanes y lirios. En casa había lirios en el balcón y nunca se me ocurrió mirarlos así.
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PermalinkPérfida le dice a Anemona, así de pasada, en medio de tanto cariño. Yo sospecho que algo le hizo, y que el trébol de tres hojas no es tan inocente.
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PermalinkEl escriba que los estudia a los dos desde afuera cambia lo que venía antes: ya no es solo Anemona escribiendo al narrador, alguien más los está escribiendo a ellos. Y la V termina justo ahí, con ese susurro, sin decir para qué los estudia. A mí me dejó la sensación de estar leyendo las notas del escriba, y me juego a que la próxima parte la cuenta él.
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PermalinkEl pincel robado es lo que se puede tocar en toda la parte IV: alguien roba un pincel para que otra dibuje mejor. Con eso ya tengo a los dos delante, lo demás lo pongo yo.
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PermalinkÓrale, justo donde dicen que durmieron un instante me ganó el sueño a mí también, y soñé que el escriba era el que dibujaba. ¿El pincel robado era del escriba?
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PermalinkEsa la copié a mano: 'Nunca me he visto reflejado', dicha por alguien que no para de hablar de sí mismo. Tal cual, esa contradicción me la llevé.
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