Saltar al contenido
Cargando…

IV: A las Orillas.

GreyWolf
Pensamiento

Pensamiento

Leoncio

Que el maquillaje ritual de la abuela termine chorreando tras la caída al barro es lo mejor de esta entrega. Sobre el cuidado en los ritos va El ritual como tecnología del alma.

Que el maquillaje ritual de la abuela termine chorreando tras la caída al barro es lo mejor de esta entrega. Sobre el cuidado en los ritos va El ritual como tecnología del alma.

Contenido de la publicación

Sais no era una ciudad grande ni mucho menos, estaba ubicada en una franja de tierra en el delta occidental del Nilo. En algún momento la ciudad fue importante en tiempos antiguos, siendo incluso capital para dos dinastías en el Período Tardío. Ahora ya no era tan llamativa, más allá de ser la capital del nomo de Sais y ser un sitio de turismo religioso. Había comenzado con santuarios y templos dedicados a la diosa Neith, pero con el paso de los años, y ante el poder de la religión sincrética imperial, otros cultos comenzaron a convivir en la ciudad, aunque compitiendo entre sí de tal manera que había una suerte de guerra silenciosa proselitista entre los tres panteones de Sais: Neith, Hathor e Isis.


El templo de Isis se ubicaba al sur de la ciudad, cerca de sus límites, y sin embargo era el más grande, algo que las sacerdotisas pudieron permitirse por las donaciones, las cuáles venían a montones de los visitantes de otras partes de Egipto (al ser el culto de Isis muy popular en todo el curso del Nilo). El mismo era de piedra caliza amarillenta, su estructura era la típica de los templos tradicionales, de formas rectangulares, pero sin embargo introducía elementos estéticos griegos, con columnatas de estilo helenístico sosteniendo la entrada principal, más allá del pilono (algo que otros templos consideraban casi insultante). El dromo que conducía a la entrada estaba flanqueado por dos estatuas de Isis y Osiris, sentados ambos en sendos tronos.


Es allí, dentro del templo, más allá del dromo, dónde se encontraba Isi Nehados, quién barría como mejor podía el suelo con una escoba con cerdas de sorgo. Su delgada túnica de lino estaba pegada a su espalda por el sudor, las palmas de las manos le ardían y los brazos se sentían pesados, todo porque llevaba desde la mañana barriendo y ya había llegado al mediodía en la faena. Estaba cansada y con hambre, pero cumplía su deber sin dudar ni protestar un ápice, con la abnegación de una mártir. Al fin y al cabo tampoco es que tuviera muchas opciones, no después de toda la que se lió por su culpa en el templo.


Fue hace más de treinta vueltas de Ra, mientras Isi salía de su casa temprano en la mañana en dirección al templo, había comenzado hacía poco como novicia en el templo de Isis, tal como dictaba la tradición familiar. Su madre había sido sacerdotisa del templo antes de irse a Alejandría, y su abuela había sido sacerdotisa toda la vida. Isi sentía la responsabilidad de ser puntual cada día, desde el momento que fue admitida como novicia, como una manera de honrar la memoria de sus predecesoras.


Ella se encontraba andando el sendero que conducía hacia el templo, caminando junto a las orillas del Nilo. Su andar era lento, de pasos cortos y tranquilos, mientras veía el horizonte en un punto fijo, mientras su mente divagaba. Al noroeste, en la distancia, se podían entrever las torres de caliza y cristal, símbolos de la moderna Alejandría, la gran capital del imperio, y el lugar dónde, supuestamente, se educó la madre de Isi. Apenas conocía nada de su madre, más allá de meros rumores en Sais y lo poco que a veces soltaba su abuela, lo único que sabía sobre sí misma y su hermano es que había sido fruto de la unión con un músico de Palmira, pero sin embargo las condiciones y las circunstancias de su nacimiento o qué había sido de sus padres era un secreto que se negaba a abandonar los labios de la abuela. Un misterio que acompañaba a Isi y del que, temía, no iba a librarse en un buen tiempo.


Y así iba, absorta en sus pensamientos, en sus preguntas sin respuesta, con la mirada fija sobre la superficie del Nilo. Tan fija que no vio el charco de agua que estaba por pisar, y no se percató de éste hasta que fue demasiado tarde, cuando sintió que la punta del pie se hundía hacia delante, haciendo que el resto resbalara y que ella perdiera el equilibrio. La chica se fue de bruces hacia el suelo, apenas teniendo tiempo de interponer las manos para amortiguar la caída, encontrándose delante con un charco de agua de color arcilloso que la recibió en el suelo.


Salió de allí empapada con el agua amarronada, con las manos y los antebrazos doliendo por haber recibido el peso de la chica en la caída, levantándose con dificultad del suelo embarrado sobre el que había caído. “¡Misericordiosa Isis!” Murmuró para sí misma mientras se ponía en pie y volvía a tierra firme, acercándose a una de las cristalinas orillas del río para poder ver hasta qué punto había llegado el daño. Y definitivamente no había buenas noticias.


Su pulcra túnica de lino blanca ahora estaba hecha un desastre, un trapo empapado de color terroso y arcilloso, su maquillaje se había comenzado a correr por el agua que le cayó en la cara, ese maquillaje ritual que su abuela le había puesto con tanto cuidado para ir al templo. La sombra de ojos se había corrido de tal manera que caía por sus mejillas como si fueran lágrimas negras. Parecía menos una digna sacerdotisa y más un espíritu atormentado que se había escapado de la Duat. Las sacerdotisas mayores sin dudas la iban a regañar por llegar al templo en ese estado, ya bastante hartas de las torpezas y distracciones de Isi.


“¿Por qué nada me puede salir bien, misericordiosa Isis?” Pensó mientras la frustración le subía del pecho hacia el rostro, mientras veía su reflejo en el espejo de agua, contemplando su faz tan penosa. No era el primer descuido ni iba a ser el último, para su pesar, “Isi debe tener las manos hechas de miel, todo se le resbala” decían el resto de novicias “y sus pies tienen la misma coordinación que la de un pato corriendo sobre las orillas embarradas del río” replicaban otras entre risas, “a Nehados no se le puede dejar nada frágil en las manos, te giras un segundo y al volver la vista ves que ya lo hizo pedazos” murmuraban las sacerdotisas mayores.


Mientras su mente recordaba aquellos murmullos, Isi se agachó junto a la orilla y comenzó a lavarse el rostro, poniendo las manos en jarras, tomando paladas de agua y llevándolas a su rostro. Por lo menos en esa orilla no habían cocodrilos, ya eso sería el colmo de la mala suerte.


Mientras se limpiaba el rostro, quitándose el maquillaje corrido (y así por lo menos no parecer un alma sin entierro), escuchó un ruido que venía de cerca. Un ruido suave, débil, que fácilmente pudo perderse en el aire, pero que los oídos de Isi captaron. Ella dejó de echarse agua al rostro y se quedó en silencio, aguzando el oído por lo si escuchaba de nuevo. El mismo sonido, suave y débil, era como un quejido, hecho por un ser cuyas fuerzas le abandonaban. Y a pesar de ser tan bajo, tan tenue, Isi pronto lo identificó como un maullido.


Se puso en pie y caminó en dirección a la dirección dónde se escuchaban los maullidos, percatándose que venía de un juncal allende al río. La chica se aproximó con lentitud, al tener que pasar por terreno arenoso y húmedo. Finalmente llegó al juncal, dónde ya escuchaba más claro el maullido. Éste se escuchaba débil, cansado, pero a la vez urgente y desesperado. De un ser que las fuerzas le comenzaban a fallar. Isi apartó con cuidado los juncos con las manos y comenzó a buscar con los ojos, y allí la encontró.


Sobre las raíces de los juncos estaba tendida cuán larga era, su pelaje era negro y estaba húmedo, a la vista se veía áspero y desordenado. Su pecho apenas subía y bajaba imperceptiblemente, siendo la única muestra de que aún vivía. Era una gata adulta, la cual estaba en los huesos, sus costillas se marcaban incluso entre la mata de pelo. En su vientre había un grupo de cuatro cachorros ciegos, apegados al seno de su madre como si buscaran la última gota de leche materna.


Isi se llevó la mano a la boca, su rostro convertido en una expresión de pasmo y de dolor “¡Por la misericordia de Isis!” Se dijo mentalmente, mientras veía a aquel pobre animal, débil y en los huesos. Al observar mejor pudo ver lo que había allí: La piel sobre el tobillo, en la pata inferior derecha, estaba en carne viva, y sobre la misma revoloteaban las moscas, parecía como si hubiera estado amarrada por la pata y se había escapado, pero la herida era grave y había dado a parar allí, entre los juncos. Tal vez estaba embarazada entonces, tal vez había dado luz justo ahí.


Fuera cual fuera la historia, el corazón de Isi se puso del tamaño de un puño diminuto. Se acuclilló junto a la gata y comenzó por primero apartar a los cachorros, los cuáles comenzaron a chillar, con toda la fuerza que permitían sus cuerpecitos, al ser apartados de mamá.


— Tranquilos, pequeños. Mamá volverá pronto. - Les susurró con dulzura la chica mientras los hacía a un lado, fuera del juncal, pero lejos del río para que no se cayeran en él. Una vez hecho, miró a la gata, la cual le bufó mientras la miraba con desconfianza, pero no hizo el menor amago de atacar o hacer algo, y su expresión, aunque hostil, también estaba marcada por el dolor.


De cerca podía percibir el olor dulzón y amargo que emanaba la pata del animal. Señal de que la ponzoña se estaba apoderando de ella. Y con el hambre que evidentemente había pasado, la ponzoña lo que había hecho era seguir avanzando por su cuerpo sin frenos. Una sensación incómoda comenzó a rondar el pecho a la chica, como si fueran insectos, dejándole con una incómoda sensación de pesar. Aquel animal, por lo visto, estaba listo para despedirse del Kemet.


Isi juntó las manos y cerró los ojos. Quería intentar algo, pero temía que no funcionara, o igual de malo, que no fuera suficiente. Pero tenía que hacerlo, no sólo aquel ser inocente estaba en peligro de morir, sino que su muerte iba a condenar a la larga a su prole, la cual más que nunca necesitaba de una madre. Temía que no fuera a salirle bien, pero apartó el miedo y se enfocó, dejó que el mundo desapareciera a su alrededor. Solamente estaba ella y su interior, y a través del mismo entonó un canto, con voz suave y susurrante. Un rezo. Una plegaria. Una invocación. En el idioma demótico antiguo, tal cual se había preservado de generación en generación.


“Misericordiosa Isis, diosa madre, pido tu poder. No para mí, sino para una pobre criatura que necesita de tu luz divina, de tu calor de madre y de tu compasión. Gran Isis, purifica y cura el mal de ésta criatura, dale la oportunidad de sanar y de vivir. Te lo pido como tu humilde sierva.” Mientras iba susurrando el cántico, sintió que la energía, el ka, la envolvía, como si fuera un dulce abrazo, o una manta suave de lino tras ser lavada en el río.


“Bien, pequeña. Ahora extiende las manos, con calma, despacio.” Recordaba Isi las palabras de su abuela cuando le enseñó aquel rezo. Separó lentamente las manos y las extendió hacia adelante. Seguía con los ojos cerrados, por lo que no vio cómo el ka se arremolinaba alrededor de ella, como estelas blancas con colas celestes y azules, con un dulce aroma a loto y a tierra mojada. Al extender las manos, el ka se concentró por encima de sus manos, se movió como si fuera humo, envolviendo a la gata, desplazándose a lo largo de su cuerpo hasta que finalmente comenzó a introducirse por su herida. La gata parecía desconcertada, y su cuerpo se estremecía mientras el ka entraba en ella.


Isi no dejaba de susurrar su cántico, y la energía se desplazó a lo largo del cuerpo de la gata, la cual comenzó a maullar del desconcierto, sin saber exactamente qué pasaba. Tras un rato todo el cuerpo del animal estaba henchido de energía del ka, esa energía pura y enigmática que la llenaba. Finalmente esa energía estalló. No fue un estallido violento, no fue una explosión de fuego, sino como si la energía se dispersara como el agua al caer por una cascada. E Isi escuchó un susurro en su oído tras el estallido, una voz femenina, suave, pero con el peso de milenios impregnado en su timbre: “seudja”.


La joven abrió los ojos y vio a la gata. La misma parecía confundida, su pelo seguía áspero de suciedad, pero ahora levantaba la cabeza, su maullido ya no era un lamento febril, sino un sonido suave, débil, pero ya no agónico. Dónde debía estar la herida, ahora solamente había un anillo de piel rosada y depilada, como si fuera una herida recién sanada, en lugar de una herida que ya se estaba empezando a ponzoñar. El rostro de Isi se iluminó con una gran sonrisa al ver aquello, la diosa madre la había escuchado y había cumplido su plegaria.


— ¡Gracias, misericordiosa Isis! ¡Muchas gracias! - Agradeció la chica feliz, mientras se intentaba incorporar, sin embargo sintió que sus piernas le flaquearon, de tal manera que casi se fue de bruces contra el suelo, aunque acabó cayendo solamente de rodillas. - Creo… que usé mucho ka. - Afirmó con una risa nerviosa, mientras un sudor frío comenzaba a correrle por la frente y los oídos le zumbaban.


La gata miraba a Isi con una expresión ambivalente. Por un lado parecía todavía confusa por lo que acababa de pasar, pero a la vez, parecía aliviada por no estar herida, por estar sana. Aunque aún estaba sumamente delgada, ahora tenía una segunda oportunidad de vivir. Tras evaluar por un rato a la joven sacerdotisa con la mirada, la gata apartó la vista y comenzó a pasarse la lengua por el costado.


Isi no sabía que ese acto de misericordia sería la génesis de sus problemas futuros…


Una vez se recuperó del mareo, Isi tomó a la gata y sus cachorros, los envolvió en la falda de su túnica y se encaminó hasta el templo. Una vez divisó, a la distancia, las columnatas griegas de caliza y los tronos emparejados de Isis y Osiris, apuró el paso hasta llegar al pilono, tras lo cual se adentró en el recinto a paso acelerado, tratando de disimular sus nervios. A las sacerdotisas mayores no les gustaba que hubiera animales en el lugar sagrado. Por fortuna, no había llegado nadie todavía, no sabía si era que los oficios empezarían más tarde de lo usual o que, incluso con todo, llegó temprano.


La suerte, de momento, le había sonreído, ya que en su camino no topó con nadie, ni novicia ni sacerdotisa mayor, y estas últimas sí que iban a hacerle preguntas como la pillaran en esa actitud tan sospechosa. Atravesó el patio interior, todo lo que sus temblorosas piernas podían permitirle, con alguno que otro tropezón que casi hizo que se fuera de bruces al suelo y, lo peor, que su carga se le cayera de la cuna improvisada que ofrecía la falda de su túnica. Por suerte no hubo desgracias ni accidentes, y pronto dejó atrás el sol ardiente de Sais para adentrarse más allá del arco de entrada de la sala hipóstila, adentrándose en las penumbras que ofrecía el techo.


La sala era oscura, con apenas unos pocos tragaluces, pero muchos de los rincones estarían totalmente a oscuras si no fueran por las antorchas de mecha de ka, las cuáles desprendían un fuego azulado en su camino hacia el sancta sanctorum del templo, las sacerdotisas del templo preferían ese método, ya que eran más fáciles de recargar con un hechizo básico, en contraposición a los otros templos que usaban las antorchas normales con brea, más baratas y, sobre todo, más acordes a la tradición. Isi avanzaba entre las columnas, pensando en qué lugar de la sala hipóstila podría servir como un escondite.


Tras deambular un poco, con los animales acurrucados contra su vientre, la chica finalmente recordó que había una pequeña habitación en la sala hipóstila, era una habitación que se había hecho en su momento para guardar las ofrendas, antes de que construyeran un almacén propio fuera del templo, un sitio para que a los peregrinos se les hiciera más fácil dejar las ofrendas. Isi caminó tras las columnas, junto a la pared a mano derecha, y buscó el lugar. Finalmente lo encontró, una habitación a oscuras, cuya entrada estaba cerrada tapada con una gruesa manta de lino.


— ¡Lo tengo! - Exclamó la chica mientras acortaba la distancia con la manta. Apartó de golpe la manta, dejando detrás una nube de polvo que le irritó los ojos y la nariz, haciendo que estuviera a poco de estornudar. El estornudo se quedó encerrado en su tabique, sin estallar.


Aprovechando la interrupción, la chica entró en la habitación, buscó bajo la precaria luz azulada que le llegaba un lugar adecuado para que la gata y sus crías descansaran. Tras buscar un rato encontró finalmente una vasija de terracota vacía, lo bastante grande para que cupieran todos los animales dentro. Puso a los gatos en un rincón y tomó un trapo que estaba dentro, colgado en la pared, para levantar la vasija y limpiarla por dentro de polvo.


¡ACHÍIIIIS! El estornudo estalló, haciéndola que se fuera hacia delante, empujando la vasija y haciendo que la mitad de la misma cayera sobre un costado, destrozándose prácticamente a la mitad con un rústico tintineo. La parte intacta ahora sobresalía como el casco de un barco naufragado, mientras Isi observaba el destrozo con una mano tapándose la boca y los ojos como platos. Hizo silencio por un buen rato, esperando y temiendo que alguien llegara atraído por los ruidos. Nadie se apareció.


Se giró y miró a la gata en el rincón dónde la dejó, con sus cachorros ciegos buscando el seno de su madre. Isi entonces pensó que igual ese rinconcito no era mal escondite, o al menos era mejor opción que andar destrozando más vasijas…

Thoughts

  • Ambrosio

    El estornudo aguantado que vuelve justo cuando levanta la vasija, re real. Siempre espera el peor momento.

    Permalink
  • Rosaura

    Barriendo desde la mañana hasta el mediodía sin protestar, y las mayores todavía con lo de las manos de miel. Pobre cipota.

    Permalink
  • Leoncio

    Que el maquillaje ritual de la abuela termine chorreando tras la caída al barro es lo mejor de esta entrega. Sobre el cuidado en los ritos va El ritual como tecnología del alma.

    Permalink
  • radiovieja

    Con Horsi ya admitido en el Hipateion, me gustó que este capítulo se detenga en Sais y sus templos. Esa guerra silenciosa por los fieles entre Neith, Hathor e Isis, con el templo de Isis metiendo columnas griegas, tiene mucha tela.

    Permalink
  • Leoncio

    Fíjese en las antorchas de mecha de ka: los otros templos siguen con brea por barata y por tradición, y este se da el lujo del hechizo. Ahí se ve quién recibe las donaciones.

    Permalink
  • radiovieja

    La abuela le pone el maquillaje ritual con tanto cuidado y no suelta ni una palabra de la madre que se fue a Alejandría ni del músico de Palmira. Esa casa cuida su secreto igual que el rezo en demótico que le enseñó a Isi. Apuesto a que la voz que le habló al oído junto al juncal y la historia de su madre van a terminar siendo la misma cosa, y que Horsi se la va a cruzar en Alejandría.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

  • V: Entre Mirra y Pelos.

    En cuánto las sacerdotisas mayores llegaron para los oficios, encontraron a Isi con la túnica sucia y sin maquillaje, y tras varios los jalones de orejas, las reprimendas y las risas veladas del…

  • Urano

    Cuando Gea engendró a Urano, el universo conoció por primera vez la inmensidad del cielo.

  • ARIAL 1 CAPITULO A

    Una vez instalados, varios de los sirvientes de Alain acudieron de inmediato para atendernos y asegurarse de que no nos faltara nada.

  • Capítulo 13: Deserción

    El fuego de la chimenea rugía, pero era una batalla perdida. El calor subía directamente hacia el boquete del techo, escapando hacia el cielo nocturno, mientras el aire gélido de la montaña…

  • Capítulo 39: quiero ir a casa

    La habitación estaba sumida en un silencio profundo, solo roto por el sonido suave del viento que entraba por la ventana abierta. La noche ya había caído completamente sobre la ciudad, y la luz…

  • Los relojes que giran en la oscuridad

    Los pulsares

  • Capítulo XVII: El límite del abismo

    Hay miedos que rasgan la piel, pero hay uno solo que paraliza el pulso: ver a un hijo enfrentar la muerte cuando su vida apenas comienza.

  • Requiem de un niño

    —¡¿Qué hiciste?! —escuché gritar a mi mamá en medio de la madrugada.

Pública 21 conversaciones 27 pensamientos 33 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Sais no era una ciudad grande ni mucho menos, estaba ubicada en una franja de tierra en el delta occidental del Nilo. En algún momento la ciudad fue importante en tiempos antiguos, siendo incluso…

En series

En grupos