vengo con el alma al desnudo, despojado de corazas, con la devoción intacta de quien ama de verdad; naufragué en tu mapa eterno sin temer a las mareas, y al cruzar por tu tormenta descubrí mi claridad.
Tu historia jamás fue sombra, fue una luz esculpida, la fuerza noble del roble que aprendió a resistir; en el trazo de tu cuerpo encontré mi propia vida, el único refugio donde quiero convivir.
No guardo besos ajenos ni otras pieles en el viento, mi templo ha quedado intacto para custodiar tu lugar; los errores del pasado fueron solo un espejismo, un dolor de medianoche que me enseñó a sanar.
Desde aquella distante orilla donde el adiós nos dividió, el mundo perdió su brillo, la copa perdió su sabor; evito cualquier mirada porque el aire se extinguió, y la soledad me arropa con su manto de dolor.
Eres faro en la penumbra, constelación distinta, un verso inolvidable que la vida me regaló; los viajes, las confidencias, la costa que nos pinta, son marcas indelebles que el tiempo no borró.
Respeto tu alta corona de dignidad divina, imploro tu clemencia con la verdad por espada; al verte tras el cristal la emoción me liquida, mientras tú sigues siendo el sol de la amanecida.
No lanzo mi amor al río ni al viento del desierto, te entrego mis ruinas, mi calma y mi fe; espero la marea que me traiga hasta tu puerto, para sanar las alas y volar otra vez.