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INTRODUCCIÓN

Alfarrikan_III
Pensamiento

Pensamiento

cuento77

Ay, mare, el emoji que me salió solo fue el del teléfono boca abajo. Para mí Elena sí sabe, por eso tarda más en la última respuesta, está decidiendo si insiste.

Ay, mare, el emoji que me salió solo fue el del teléfono boca abajo. Para mí Elena sí sabe, por eso tarda más en la última respuesta, está decidiendo si insiste.

Contenido de la publicación

La primera vez que Nicolás quiso desaparecer, no imaginó funerales, ataúdes ni despedidas.

 Pensó en dormir.

 Dormir durante horas. Durante días. Dormir tanto que el mundo aprendiera a funcionar sin él y que, cuando por fin abriera los ojos, él ya no estuviera allí.

 La idea apareció un martes de octubre, a las once cuarenta y siete de la noche.

 Nicolás estaba sentado en el borde de su cama, todavía vestido con la ropa del trabajo. Tenía un zapato puesto y el otro en el suelo. El calcetín izquierdo estaba ligeramente húmedo porque había pisado, sin darse cuenta, el pequeño charco que dejaba el garrafón debajo del fregadero.

 Había llegado a casa hacía casi una hora.

 No había cenado.

 No tenía hambre.

 Tampoco tenía sueño.

 Lo único que tenía era cansancio.

 Un cansancio extraño, distinto al de quien ha trabajado demasiado o necesita unas vacaciones. Era algo más profundo, como si incluso descansar requiriera una energía que ya no tenía.

 Miró la habitación: la lámpara, la cortina, el librero, la camisa que había dejado sobre una silla, una fotografía de sus padres en la playa y un vaso vacío.

 Todo estaba en su sitio.

 Todo parecía normal.

 Y eso fue precisamente lo que más le molestó.

 Porque cuando alguien se rompe un brazo, existe un yeso. Cuando alguien sangra, existe una herida. Pero cuando algo se quiebra por dentro, el mundo sigue funcionando como si nada hubiera ocurrido.

 La lámpara seguía encendida. El refrigerador continuaba emitiendo su zumbido constante. El vecino seguía viendo televisión del otro lado de la pared. La ciudad entera continuaba respirando.

 ¿Por qué nadie lo notaba?

 ¿Por qué nadie sabía?

 Nicolás apoyó los codos sobre las rodillas y se cubrió el rostro con las manos.

 Respiró tres veces antes de que apareciera.

 No fue una voz ni una orden. Ni siquiera un pensamiento completo. Apenas una posibilidad, una idea tan silenciosa que casi pasó desapercibida.

 Ojalá pudiera dormir durante mucho tiempo.

 Lo suficiente para no tener que explicar nada.

 Lo suficiente para no sentir nada.

 Lo suficiente para no regresar.

 Nicolás levantó la cabeza y permaneció inmóvil.

 —Qué pendejada —murmuró.

Se rio.

Una risa pequeña e incómoda, como si aquello lo hubiera pensado alguien más.

Se levantó y fue a la cocina.

 Abrió el refrigerador. Había medio aguacate, una botella de agua, queso, dos cervezas y un recipiente con comida que su madre le había llevado el domingo.

Tomó el recipiente y lo calentó.

Mientras esperaba, miró el teléfono.

Tenía seis mensajes: dos del trabajo, uno de su hermana Lucía, uno de su madre y dos de Elena.

Abrió primero el de ella.

¿Ya llegaste?

Había sido enviado hacía veinte minutos.

Nicolás comenzó a escribir.

Sí.

Se detuvo.

Borró.

Escribió:

Sí, ya llegué.

Pensó un momento y añadió:

Todo bien.

Envió.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

¿Seguro?

Nicolás observó aquellas cinco letras durante varios segundos.

Elena siempre hacía esa pregunta.

Como si hubiera aprendido a escuchar las grietas detrás de las palabras.

Podía decirle que no.

Podía escribir:

No estoy bien.

Podía decir:

No sé qué me pasa.

Incluso podía escribir aquella frase que acababa de asustarlo.

Ojalá pudiera dormirme y no despertar.

Pero no lo hizo.

Escribió:

Sí. Solo estoy cansado.

Elena tardó un poco más en responder.

Descansa. Mañana hablamos.

Nicolás leyó el mensaje otra vez.

Mañana.

Después dejó el teléfono boca abajo.

La comida estaba caliente.

Se sentó.

Comió tres cucharadas y no pudo terminar.

Hacía mucho tiempo que algo había dejado de entusiasmarlo. No sabía exactamente qué. Solo tenía la sensación de que la vida seguía avanzando mientras él se quedaba quieto.

A las doce y diecinueve se acostó.

Antes de cerrar los ojos pensó que quizá había sido solamente un mal día.

Y eso fue lo que se dijo durante las siguientes semanas.

Un mal día.

Después otro.

Después otro.

Porque hay cosas que comienzan tan pequeñas que nadie las ve venir: un pensamiento, una noche distinta, una incomodidad que no tiene nombre.

Y después, sin que nadie recuerde exactamente cuándo ocurrió, esa pequeña grieta empieza a extenderse.

Hasta partir la vida en dos.

Años más tarde, Nicolás intentaría recordar el momento exacto en que todo comenzó.

Creería que había sido una discusión, una pérdida, una decepción.

Pero estaría equivocado.

Todo había comenzado aquella noche.

A las once cuarenta y siete.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Ya sé cómo se partiría el club con esto: la mitad diría que Elena debió llamar en vez de textear, la otra mitad que un mañana hablamos ya es bastante. Yo voto por las segundas.

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  • rgaray4116

    Todo en su sitio. Uf.

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  • renglontorcido

    El título dice introducción y eso me da esperanza de que lo que sigue ya existe. El salto a años más tarde al final es una promesa, y a las promesas hay que ponerles fecha.

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  • novelaacuestas

    Me apunto para todo lo que venga, con ese título ya se ve que hay más detrás. ¿El próximo capítulo arranca en esa misma noche?

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  • cuento77

    Ay, mare, el emoji que me salió solo fue el del teléfono boca abajo. Para mí Elena sí sabe, por eso tarda más en la última respuesta, está decidiendo si insiste.

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  • RubenOrtega

    Quedarse una hora con un zapato puesto lo he visto en más de uno al volver de un turno malo, ho. Lo raro es que no tenga hambre.

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  • NoeliaBastida

    Qué duro leer esto.

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  • MarianelaVidal

    En la primera leída me quedé con el charco del garrafón y en la segunda con Elena, que pregunta dos veces seguidas. Cuando la mitad de los míos se fue a trabajar afuera los mensajes eran iguales, todo bien, cansado nomás, y una aprendía a leer lo que faltaba. Me quedé esperando a ver si insiste al otro día.

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  • LauraLetras

    Yo hubiera apostado a la discusión, igual que Nicolás años después. Y resulta que fue un calcetín mojado y un vaso vacío a las once cuarenta y siete. Da miedo que el principio sea tan poca cosa.

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  • IreneCalvo

    La madre ya sabe algo, seguro. Nadie manda un recipiente con comida el domingo a un hijo que come bien y contesta los mensajes. En mi casa el tupper decía lo que nadie decía en voz alta.

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