Cargando…

Interludio 2

DNavarrete
Pública 1 conversación 5 pensamientos 22 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

No hay bibliotecas.

En series

Pensamiento

Pensamiento

calleyplaza

En mi asociación hay una señora que lleva ocho años reclamando lo del contenedor. Nunca lo movieron y nunca faltó un jueves.

En mi asociación hay una señora que lleva ocho años reclamando lo del contenedor. Nunca lo movieron y nunca faltó un jueves.

Contenido de la publicación

No hay bibliotecas.

 

No hubo ninguna transición, ni luces extrañas, ni sensación de caída. De repente, sin más, el mundo se movió y, cuando parpadeaste, ya estabas en otro sitio.

 

Una calle.

 

Silenciosa. Demasiado silenciosa.

 

Desconocida. Nunca habías visto este lugar en tu vida.

 

Las casas se alineaban a ambos lados, construidas con líneas sencillas y paredes limpias, idénticas a las de cualquier barrio tranquilo… y, sin embargo, había algo inquietante en esa normalidad absoluta. Después de todo lo que habías visto, de la sangre, el humo y el caos, ver algo tan común resultaba extraño, casi irreal.

 

Frente a ti, una puerta de madera se mantenía entreabierta.

 

No parecía forzada. No tenía marcas de golpes ni cerraduras rotas.

 

Tampoco parecía abandonada. Estaba limpia, bien cuidada.

 

Simplemente… estaba abierta. Como si te estuviera esperando.

 

Desde el interior llegaban sonidos amortiguados. Murmullos que no se entendían bien, palabras entrecortadas que se perdían antes de llegar a tus oídos. Pero había algo más, un ruido mucho más claro y constante que se imponía sobre todo lo demás.

 

Un sonido seco.

 

Rítmico.

 

Paf.

Paf.

Paf.

 

Golpes suaves, casi cómicos, pero repetidos con una insistencia que dejaba claro que quien los daba no tenía ninguna intención de parar.

 

Te acercaste despacio, con cuidado, y empujaste la hoja de madera. Esta crujió levemente al moverse, un sonido normal que, aquí adentro, pareció amplificarse en el silencio.

 

El interior era tan sencillo como el exterior. Una sala pequeña, con pocos muebles y apenas iluminada por la luz que entraba desde la calle. Todo estaba colocado en su sitio, ordenado, limpio… demasiado ordenado, demasiado limpio. Como si nadie viviera allí, o como si todo estuviera preparado para ser visto.

 

Pero el sonido venía del fondo, desde la habitación que quedaba más allá de un short pasillo.

 

Paf.

Paf.

Paf.

 

Y entonces, por encima de ese ruido constante, la escuchaste.

 

—¡Oye, tú! ¡Te estoy hablando, desgraciado!

 

Una voz cargada de molestia, de ese tono agudo y quejoso que se pone alguien cuando siente que no le hacen el menor caso. Sonaba infantil, sí, pero con un deje de autoridad que nadie se atrevería a ignorar… si no fuera porque parecía que ella estaba hablando con una pared.

 

Y, sin embargo, te resultaba terriblemente familiar.

 

—¡Que te estoy hablando, he dicho! ¡No te hagas el sordo!

 

Avanzaste un paso. Luego otro, guiado por esa voz y por esos golpes incesantes, hasta llegar al origen de todo.

 

Y ahí estabas.

 

Frente a un escritorio sólido, colocado contra la pared del fondo.

 

De espaldas a ti, había un hombre sentado en una silla.

 

Aparentemente normal: tendría unos treinta y tantos años, era delgado, de estatura media, con el cabello corto y oscuro, vestido con ropa sencilla y cómoda. Nada en su figura llamaba la atención a primera vista… y, sin embargo, había algo en él que te ponía la piel de gallina. Algo pesado, inmóvil, absoluto.

 

No podías verle la cara. Solo veías su espalda recta y su mano derecha, que se movía con velocidad sobre una hoja de papel.

 

Escribía. Sin detenerse ni un solo instante.

 

Como si nada más existiera en el mundo. Como si no escuchara nada, ni siquiera la voz que le gritaba a su lado.

 

Paf.

Paf.

 

Justo detrás de él, casi pegada a su silla, estaba Luna.

 

Estaba de pie, inclinada hacia adelante, y con una mano tiraba de la tela de su camisa con tanta fuerza que se le tensaba el cuello. Con la otra mano sostenía un objeto pequeño: un martillo de goma, de un rojo brillante y chillón, ridículamente inofensivo a la vista… aunque por la forma en que lo usaba, estaba claro que ella pretendía todo lo contrario.

—¡Oye, oye, OYE! —repitió, golpeando con fuerza la espalda del hombre con ese martillo—. ¡¿Te crees muy gracioso, ¿verdad?! ¡¿Eh?! ¡¿Te divierte hacerme esto?!

 

Paf.

 

—¡En serio, eres insoportable! —se quejó con voz aguda, refunfuñando con todas sus fuerzas y sacudiendo la cabeza con furia—. ¡Te crees el mejor por escribir cosas y ya está, pero a la hora de la verdad no tienes ni pizca de gusto! ¡Menuda estupidez lo que has hecho!

 

Golpeó otra vez, más fuerte, y luego empezó a sacudirle la ropa con rabia, como si quisiera moverlo de sitio.

 

El hombre no se movió ni un milímetro. Siguió escribiendo, la mano ágil y constante, como si ella no estuviera allí.

 

Luna infló ambas mejillas hasta parecer que iba a explotar, roja de la rabia, y soltó un bufido tan fuerte que le revolvió el flequillo.

 

—¡Ay, qué rabia me da, por todos los abismos! —gruñó entre dientes, dando pataditas en el suelo que no hacían ningún ruido—. ¡Podrías haberte esforzado un poco, solo un poco! ¿Era tan difícil? ¿Eh? ¡¿Tan difícil era hacer las cosas bien?! ¡Siempre haces lo mismo, siempre lo mismo! ¡Me pones de los nervios!

 

Tiró de la camisa con más fuerza, sacudiéndolo de arriba abajo.

 

—¡Mírame cuando te hablo, imbécil! ¡Mírame!

 

Se inclinó todo lo que pudo, intentando asomarse por encima de su hombro para verle la cara o leer lo que escribía… pero él simplemente inclinó apenas el cuerpo hacia el lado contrario, bloqueando su vista sin detenerse ni un segundo.

 

Ni siquiera la miró. No dijo nada. No se detuvo.

 

Luna frunció tanto el ceño que casi se le juntaron las cejas y soltó un quejido largo y arrastrado, lleno de indignación.

 

—¡Qué maleducado! ¡Qué grosero! ¡Qué persona tan desagradable y aburrida eres! —se quejó sin parar, moviendo los brazos y el martillo por el aire como si quisiera pegarle en todas partes a la vez—. ¡No tienes ni una sola gota de cortesía! ¡Me tratas como si fuera nada, y eso que soy yo, eh! ¡Yo! ¡Deberías tener más respeto!

 

Levantó el martillo otra vez y lo dejó caer sobre su hombro con ganas.

 

Paf.

 

—¡Te estoy reclamando algo muy serio, caray! ¡Deja ya de escribir un momento y escúchame, que no es tan difícil! ¡Si es que eres terco como una mula! ¡Me vas a sacar de quicio, te lo aseguro!

 

Se cruzó de brazos, resoplando fuerte y pateando el aire, pero no pudo quedarse quieta ni dos segundos. Al instante volvió a agarrar su ropa y a tirar.

 

—¡Por lo menos podrías haberme hecho más alta! —se quejó con voz llorosa de pura rabia—. ¡¿Tan costoso es eso?! ¡Siempre me haces bajita! ¡Es injusto! ¡Todos son altos y yo parezco una niña al lado de cualquiera! ¡Menuda vergüenza!

 

Paf.

 

—¡O más imponente! ¡Con una presencia que asuste nada más verme! ¡¿Te imaginas?! ¡Eso sí que sería genial! ¡Pero nooo, tú tienes que hacerme siempre tan… tan normal! ¡Tan aburrida!

 

Paf.

 

—¡O con tentáculos! ¡Sí! ¡Tentáculos! ¡Eso daría mucho miedo y sería genial! —dijo rápidamente, con los ojos brillantes por la idea, pero se detuvo al instante y torció la cara con asco—. Bueno… bueno, quizás eso no. Sería muy difícil ponerse ropa, y limpiarlos debe ser un asco… ¡Pero algo mejor que esto, vaya! ¡Algo que impresione de verdad! ¡¿Es que no tienes imaginación o qué?!

 

Suspiró entonces, un suspiro largo, exagerado, cargado de toda la frustración del mundo, y dejó caer los brazos a los lados.

 

—¡Ay, Dios mío, ¡qué cruz! —gimió refunfuñando entre dientes—. ¡Tengo que aguantar esto y encima aguantarte a ti! ¡Menuda suerte la mía! ¡Seguro que lo haces adrede para fastidiarme, ¿verdad?! ¡Lo sabía! ¡Eres una mala persona!

 

Se miró a sí misma de arriba abajo con desdén, y luego volvió a acercarse a él, pegando la cara casi contra su mejilla, aunque él seguía sin mirarla.

 

—¡Parezca lo que parezca, tenga la altura que tenga o tenga la forma que tenga…! —empezó a decir con voz amenazante, dándole un golpecito seco en la cabeza con el martillo—, ¡sigo siendo importante! ¡Muy importante! ¡Deberías tratarme con más respeto y más cuidado! ¡¿Me oyes?! ¡Más respeto!

 

Silencio.

 

Solo se oía el rasgueo constante y rítmico del bolígrafo sobre el papel. Indiferente. Ajeno a todo su enfado.

 

Luna se quedó quieta un par de segundos, mirándole la nuca con la boca abierta por la incredulidad.

 

—…¿Me estás ignorando? —preguntó bajito, con voz peligrosa, aunque enseguida volvió a subir el tono gritando—. ¡¿Me estás ignorando ahora mismo?! ¡¿Después de todo lo que digo?! ¡Eres increíble! ¡El ser más desconsiderado que existe! ¡Te odio! ¡Te odio mucho!

 

No hubo respuesta. Ni siquiera una pausa en su escritura. Ni el menor movimiento.

 

Luna entrecerró los ojos lentamente, y poco a poco, su cara de enfado absoluto se transformó en algo muy distinto.

 

Entonces sonrió.

 

Esa sonrisa.

 

Esa sonrisa que siempre ponía cuando se le ocurría una mala idea, una sonrisa dulce por fuera pero afilada como una navaja por dentro. Peligrosa. Muy peligrosa.

 

—Sabes… —empezó a decir, arrastrando las palabras con suavidad aterradora mientras se inclinaba un poco más hacia él—. Te crees muy listo escribiéndolo todo, ¿verdad? Crees que lo controlas todo y que nadie puede cambiar nada… ¡Pero te equivocas! —exclamó, volviendo al tono refunfuñón y acusador—. ¡Podría cambiar algunas cosas! ¡Podría poner todo patas arriba solo por fastidiarte! ¡Y mira que tengo ganas de hacerlo! ¡Ya verás, ya verás qué hago! ¡Te voy a dar motivos para que te arrepientas!

 

Se quedó callada esperando alguna reacción, esperando que al menos dejara de escribir un segundo… pero nada. El bolígrafo seguía deslizándose sobre la hoja con la misma velocidad de siempre. Ni se detuvo ni un instante.

 

La sonrisa de Luna se mantuvo clavada en su rostro. Pero sus ojos… esos ojos brillantes y oscuros… ya no sonreían. Miraban con una intensidad helada y fija, llena de promesas oscuras.

 

El silencio se hizo denso en la habitación.

 

Y durante todo ese tiempo, él no dejó de escribir. Ni un solo momento.

 

Luna levantó el martillo una vez más, con esa determinación obstinada que parecía formar parte de su naturaleza.

 

Paf.

 

El golpe resonó suavemente contra la parte trasera de la cabeza del hombre, un sonido sordo y seco que, curiosamente, pareció tener más efecto que todos los anteriores juntos.

 

Porque fue justo en ese instante… cuando sus ojos se movieron.

 

Sin girar la cabeza, sin dejar de escribir, sus ojos se desviaron levemente hacia un lado y te encontraron. Te miraron directamente, como si hubiera sabido desde el principio que estabas allí, pero solo ahora hubiera decidido prestarte atención.

 

Parpadeó despacio, una sola vez.

 

Y en el breve espacio de ese parpadeo, su expresión cambió por completo. Pasó de esa concentración absoluta y casi inhumana a una neutralidad serena, casi amable.

 

—Ah —dijo simplemente, con voz tranquila y sin levantar la vista del papel.

 

Luna bajó el brazo y dejó caer el martillo a su costado, como si no acabara de golpearlo y como si nada hubiera pasado entre ellos.

 

—Perdona —murmuró ella, aunque sin el menor rastro de arrepentimiento, como si solo cumpliera con un trámite obligatorio—. Es que estaba muy ocupada molestándolo y casi se me olvida que estabas ahí parado.

 

Se giró un poco sobre sí misma, acomodándose mejor junto a la silla, y te miró con atención, aunque seguía con esa cara de pocos amigos y ese aire de refunfuño permanente.

 

—Hoy no hay historia —anunció de pronto, como si eso lo explicara todo, con un tono que dejaba claro que para ella era algo obvio y que tú deberías haber sabido desde el principio.

 

Hizo una pausa dramática, cruzándose de brazos y mirando de reojo al hombre que seguía escribiendo sin descanso.

 

Luego volvió a clavar sus ojos brillantes en ti.

 

—Ni mundos nuevos, ni aventuras, ni nada de eso —continuó, arrastrando las palabras con desgana—. Así que no esperes nada emocionante, porque hoy no toca.

 

Paf.

 

Levantó rápidamente el martillo y le dio otro golpecito en el hombro, seco y rápido.

 

—Estoy ocupada —afirmó con voz tajante, como si eso justificara todo su mal humor y sus golpes—. Tengo cosas importantes que hacer, como quejarme de lo mal hecho que está todo.

 

Lo dijo con la mayor naturalidad del mundo, como si quejarse fuera su trabajo principal y el más importante del universo.

 

Se impulsó ligeramente con las piernas y, sin hacer el menor esfuerzo, se subió a la silla y se sentó cómodamente sobre la espalda del hombre, cruzando las piernas y acomodándose como si ese fuera el lugar más cómodo del mundo y él no fuera más que un mueble cualquiera.

 

Él ni siquiera se movió. No se quejó, no se giró, no dijo nada. Siguió escribiendo con la misma calma y velocidad, como si no tuviera a nadie sentado encima, como si su cuerpo fuera de piedra.

 

Luna se balanceó un poco hacia adelante y hacia atrás, meciéndose suavemente, tranquila y relajada ahora que tenía una posición ventajosa.

 

—Aunque supongo que debería explicarte de qué va todo esto… —murmuró, más para sí misma que para ti, como si estuviera pensando en voz alta—. Si no te lo digo, te vas a quedar ahí parado con cara de tonto sin entender nada, y me molestaría mucho tener que aguantar tu cara de confusión.

 

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus propias rodillas y dejando caer la barbilla entre las manos, mirándote fijamente.

 

—Y también debería explicarte quién es este tonto de aquí abajo —añadió, bajando el pulgar y señalando hacia él con un gesto despectivo, como si hablar de él le diera asco.

 

Se quedó en silencio un segundo, frunciendo el ceño y mordiéndose el labio, como si estuviera intentando encontrar la palabra exacta para definirlo y ninguna le pareciera adecuada.

 

—¿Padre? —dijo al final, con voz dudosa, arrastrando la palabra como si le pesara en la boca. Lo dijo de tal forma que quedaba claro que no estaba nada convencida de ello, como si esa etiqueta le pareciera pequeña, incorrecta o simplemente ridícula.

 

Se encogió de hombros con brusquedad, sacudiendo la cabeza.

 

—Algo así, supongo —resopló con desdén—. No es que sea un buen ejemplo de nada, ni que cumpla su función bien, pero bueno… algo así.

 

Miró al hombre de nuevo, recorriendo su espalda con la mirada, y su expresión se endureció un poco más.

 

—Existo en este mundo gracias a él —dijo con voz seria, perdiendo por un momento ese tono refunfuñón—. Todo lo que soy, todo lo que hago y todo lo que puedo hacer… viene de él.

 

Hizo una pausa y señaló con el dedo índice el movimiento constante, rápido y rítmico de la mano del hombre sobre el papel.

 

—A través de esto —añadió, bajando la voz—. De estas líneas que no paran de salir, de estas palabras que escribe sin cesar.

 

Su mirada se volvió extraña, lejana, y por un momento pareció mucho más mayor de lo que aparentaba.

 

—Sin esto… —empezó a decir, y se detuvo un instante, como si estuviera saboreando la idea—. Sin esta mano que se mueve y crea cosas… bueno, ni tú estarías aquí parado viéndome, ni yo estaría aquí hablando contigo. Nada de esto existiría.

 

Suspiró entonces, un suspiro largo, profundo y exagerado, de esos que solo ella sabía hacer, y se dejó caer hacia atrás apoyándose totalmente contra la espalda del hombre, usándolo de respaldo como si fuera una silla de terciopelo.

 

—Pero en serio, ya que tiene el poder de hacer todo esto… —empezó a quejarse otra vez, volviendo a su tono habitual y refunfuñón—. ¿Tenía que hacerme exactamente así? ¿Era necesario? ¡¿Eh?! ¡¿No podía haber usado un poco más de imaginación, por el amor de todos los abismos!

 

Se miró a sí misma de arriba abajo con expresión de asco y tiró con fuerza del borde de su falda, estirando la tela como si quisiera romperla.

 

—¡Una niña! —exclamó con rabia, levantando un dedo acusador—. ¡Me hizo con forma de niña! ¡¿A quién se le ocurre?! ¡Qué falta de gusto!

 

Se llevó una mano a la frente y se masajeó las sienes con el martillo todavía en la otra mano.

 

—¡Pequeña! —siguió enumerando, cada vez más indignada—. ¡Soy bajita y pequeña! ¡Parezco una muñeca o una cría cualquiera! ¡Es humillante!

 

—¡Con falda! —agregó, tirando otra vez de la tela con furia—. ¡Esta cosa incómoda que se engancha en todo y que no sirve para nada! ¡Menuda tontería!

 

—¡Y con esta cara! —señaló su propio rostro con desdén—. ¡Esta cara de niña buena, dulce, tierna e inocente! ¡Qué horror! ¡Da ganas de darle de golpes solo de pensarlo!

 

Lo dijo con tal molestia, con tanta frustración acumulada, que casi pareció que iba a echarse a llorar de pura rabia.

 

—Esto no da miedo —afirmó rotundamente, mirándote con ojos muy abiertos—. ¿Entiendes lo que te digo? ¡Nada de miedo! ¡Es ridículo! ¡Yo soy alguien importante, alguien terrible y poderosa, y parezco una niñita que acaba de salir de la escuela! ¡Es una vergüenza!

 

Se inclinó hacia ti, muy cerca, y se señaló a sí misma con insistencia.

 

—Mírame bien —ordenó con voz grave—. Mírame la cara, mírame la ropa, mírame todo.

 

Hizo una pausa dramática, esperando tu respuesta o tu reacción.

 

—¿Tú te asustas? —preguntó al final, con tono desafiante y una mueca fea—. ¿Verdad que no? ¡Exacto! ¡Ni tú ni nadie! ¡Así no puedo asustar ni a una mosca!

 

Se cruzó de brazos con fuerza, apretando el martillo contra su costado, y frunció tanto el ceño que casi se le juntaron las cejas. Estaba claramente furiosa por ese detalle que consideraba un insulto personal.

 

—Después de tantos autores y tantas historias… —empezó a decir, levantando una mano y contando con los dedos mientras hablaba, cada vez más alterada—. ¡Ellos hacen criaturas enormes, gigantescas, que ocupan habitaciones enteras! ¡Hacen sombras incomprensibles que cambian de forma y dan escalofríos solo de verlas! ¡Hacen cosas llenas de ojos por todas partes, de bocas y dientes afilados, de tentáculos largos y pegajosos…! ¡Dejan volar su imaginación y hacen cosas impresionantes, aterradoras, grandiosas!

 

Bajó la mano de golpe, cerrando el puño con fuerza.

 

—¡Y a mí! —gritó, señalándose a sí misma con amargura—. ¡A mí me hace esto! ¡Una niña pequeña y bonita! ¡¿Es broma?! ¡¿Lo hizo solo para burlarse de mí?!

 

Suspiró otra vez, con tanta fuerza que su cuerpo entero se estremeció, y se dejó caer hacia adelante otra vez.

 

—Así no puedo intimidar a nadie —se quejó con voz llorosa de pura rabia—. Nadie me toma en serio, nadie piensa que soy peligrosa… ¡Todo el mundo cree que soy adorable o tierna! ¡Me dan ganas de gritar!

 

Se quedó en silencio unos segundos, mirándole la nuca al hombre con ojos entrecerrados y maliciosos.

 

Luego ladeó la cabeza lentamente, como si se le acabara de ocurrir una idea brillante.

 

—Aunque… —murmuró despacio, arrastrando la palabra y dibujándose poco a poco una sonrisa astuta y peligrosa en los labios. Una sonrisa lenta, calculada y llena de malas intenciones—. Tal vez… solo tal vez… no lo necesito.

 

Miró al hombre fijamente, con esa sonrisa que ya no llegaba a sus ojos oscuros y fríos.

 

Luego volvió a mirarte a ti, y por un instante sentiste un escalofrío recorrerte la espalda.

 

—Tal vez no necesito parecer aterradora para serlo —susurró con dulzura venenosa.

 

Levantó el martillo una última vez y lo dejó caer con fuerza sobre la cabeza del hombre.

 

Paf.

 

—¿Verdad? —preguntó, como si esperara que él respondiera o que tú le dieras la razón.

Pero nadie respondió.

 

El sonido de la pluma rasgando el papel continuaba sin pausa, monótono y constante. Nunca se detenía. Ni por sus golpes, ni por sus quejas, ni por sus amenazas, ni siquiera cuando ella se sentaba encima.

 

Seguía escribiendo. Siempre. Igual que siempre.

 

Como si… todo lo que estaba pasando en esa habitación, cada palabra que ella decía, cada golpe que le daba, cada pensamiento que tenía… todo, absolutamente todo, ya estuviera escrito desde mucho antes.

 

Luna dejó caer los hombros con desgana, como si de repente hubiera perdido toda la energía que gastaba en quejarse y golpear. Soltó un suspiro largo, profundo y exagerado, de esos que hacen temblar todo su cuerpo y que dejan muy claro lo cansada y fastidiada que está con la situación.

 

—En fin… —murmuró al final, arrastrando las palabras con pesadez.

 

Se llevó una mano a la frente y se frotó las sienes con los dedos, como si solo el hecho de estar allí, tratando de hablar con él, le provocara un dolor de cabeza insoportable.

—Perdona —dijo de pronto, mirándote de reojo con esa mezcla extraña de indiferencia y malhumor que le caracteriza—. Pero hoy no puedo darte mucho más de lo que ya has visto y oído.

 

Hizo una pausa breve, bajando la mano y mirando fijamente la nuca del hombre que seguía escribiendo sin cesar, ajeno a todo. Luego volvió a girar la cabeza hacia ti y te miró directamente a los ojos.

 

—Tengo que seguir con esto —anunció, levantando ligeramente el martillo rojo que seguía sosteniendo en la mano, como si ese objeto fuera la prueba irrefutable de su obligación—. Tengo asuntos importantes que tratar y problemas graves que resolver. Cosas que tú no entenderías, pero que son vitales.

 

Se quedó callada un instante y luego levantó ambas manos frente a su cara, flexionando los dedos para hacer comillas en el aire, moviéndolas con lentitud y desprecio mientras pronunciaba la siguiente palabra:

 

—Mi… “papá”.

 

Lo dijo despacio, estirando las sílabas, y la palabra sonó extraña, hueca y torpe incluso saliendo de su propia boca. Se notaba a la legua que no le gustaba nada decirla, que le resultaba incómoda y ajena, como si estuviera obligada a usarla solo porque no había otra mejor para definir lo que eran. Se notaba que, en el fondo, se negaba a aceptar ese título tal cual.

 

—Porque está clarísimo… —empezó a decir de nuevo, inclinándose hacia adelante otra vez y acercando la cara a la oreja del hombre, aunque él no se movió ni un milímetro—. Que si va a tener ideas tan brillantes, tan maravillosas y tan geniales como las mías…

 

Paf.

 

El martillo golpeó suavemente la parte trasera de su cabeza, con fuerza suficiente para hacerse notar, pero sin hacerle daño real.

 

—¡Debería esforzarse un poquito más, por el amor de todos los abismos! —exclamó ella, volviendo a su tono refunfuñón y exigente—. ¡No cuesta nada ponerle un poco más de ganas!

 

Le dio un tirón fuerte a la tela de su camisa, sacudiéndolo hacia un lado y hacia el otro.

 

—¡Un poco más de presencia, hombre! —reclamó—. ¡Algo que imponga respeto, que dé carácter! ¡¿Es que quieres que pasemos desapercibidos o qué?!

 

Paf.

 

Otro golpe seco y rápido.

 

—¡Un poco más de impacto! ¡Que cuando alguien nos vea o nos lea, se quede helado! ¡Que no se le olvide nunca!

 

Paf.

 

—¡Un poco más de… de todo! ¡Todo tiene que ser mejor, más grande, más intenso! ¡¿Es tan difícil de entender?!

 

El hombre siguió escribiendo. La pluma se movía ágil y constante sobre el papel, trazando líneas y letras sin parar ni un segundo, como si nada de lo que ella hacía o decía tuviera la menor importancia para él. No se detenía, no respondía, ni siquiera daba señales de haberla escuchado. Era como si ella fuera invisible.

 

Luna frunció tanto el ceño que casi se le juntaron las cejas, apretó los dientes y puso una expresión de pura indignación y molestia.

 

—¿Me estás escuchando, cabeza hueca? —le gritó cerca del oído.

 

Paf.

 

—¡Oye, te estoy hablando a ti! ¡Deja de escribir un segundo y contéstame, maldita sea!

 

Pero el sonido de la pluma sobre el papel continuó exactamente igual. Ni un segundo de pausa, ni un trazo más lento, ni el menor cambio en el ritmo. Era monótono, inalterable, absoluto.

 

Luna soltó otro suspiro, esta vez cargado de resignación profunda… aunque no de derrota. Ni por asomo. Estaba acostumbrada a esto, pero eso no significaba que fuera a rendirse.

 

—¡Ay, ¡qué difícil eres! —se quejó, sacudiendo la cabeza con desesperación teatral—. ¡Más terco no puedes ser! ¡Me vas a volver loca, te lo aseguro!

 

Se acomodó mejor sobre su espalda, cruzó las piernas con comodidad y se apoyó en él como si fuera el respaldo más cómodo del mundo, dejando muy claro que tenía toda la intención de quedarse allí todo el tiempo que hiciera falta.

 

—Pero no importa —añadió con voz firme y una sonrisita desafiante—. De verdad que no importa.

 

Levantó el martillo otra vez, preparándose para seguir con su labor.

 

—Yo tengo tiempo —aseguró lentamente—. Tengo muchísimo tiempo. Más del que te crees. Y puedo pasarme aquí siglos enteros si hace falta, dándote golpes y quejándome hasta que te canses y me hagas caso.

 

Paf.

 

—Mucho, mucho tiempo… repitió en voz baja, casi para sí misma.

 

Y entonces…

 

Algo cambió.

 

No fue en la habitación. Todo seguía igual: la luz tenue, el escritorio, el hombre escribiendo.

 

No fue en Luna. Ella seguía allí, sentada, preparada para seguir molestándolo eternamente.

 

El cambio ocurrió en ti.

 

Sentiste una fuerza extraña, invisible y silenciosa que te rodeaba por completo. No era fuerte ni violenta, no te empujaba ni te arrastraba, simplemente estaba ahí, envolviéndote todo, y era imposible resistirse a ella. Era como si algo o alguien hubiera decidido que ya era hora de irse, y esa decisión se imponía sobre todo lo demás sin esfuerzo.

 

Y de pronto…

 

La casa desapareció.

 

El escritorio se desvaneció.

 

El hombre y su escritura se borraron.

 

Luna, su martillo y sus quejas… todo se esfumó en un parpadeo.

 

Te encontraste de nuevo afuera, en la calle silenciosa y ordenada.

 

Estabas justo frente a la misma puerta de madera que habías cruzado antes. Pero ahora estaba cerrada. Bien cerrada, sólida y tranquila, como si nadie hubiera entrado ni salido nunca de ella.

 

Todo estaba en silencio.

 

Desde el interior ya no llegaba ni el menor ruido. No se oían golpes secos ni voces refunfuñonas. No se escuchaba el rasgueo constante de la pluma sobre el papel. No llegaba nada. Absolutamente nada.

 

Solo quietud absoluta. Un silencio espeso, cerrado y definitivo.

 

Te quedaste mirando esa puerta inmóvil, y tuviste la extraña sensación de que ese lugar… ese lugar donde habitaba la queja eterna y la escritura incesante, no estaba hecho para ti.

 

O al menos…

 

No todavía.

Thoughts

  • calleyplaza

    En mi asociación hay una señora que lleva ocho años reclamando lo del contenedor. Nunca lo movieron y nunca faltó un jueves.

    Permalink
  • argumentoFlojo

    Todos se van a fijar en Luna porque grita, pero el peso lo aguanta el otro, el que no levanta la vista. Se nota que él sabía que estabas ahí desde el principio y que eligió el momento para mirarte.

    Permalink
  • Ovid

    Un interludio donde ella anuncia que hoy no hay historia y la escena igual se sostiene sola. Luna sentada encima de él, usándolo de silla, y la pluma que no se detiene ni con eso. A mí me dejó dando vueltas que sus quejas salgan de esa misma mano, así que reclamar es lo único que él le dejó hacer. ¿Vas a publicar el siguiente interludio?

    Permalink
  • cvillar213

    Abro puertas ajenas desde hace veintiséis años y a mí me pone nervioso exactamente esa: entreabierta, sin marcas, la cerradura entera, todo limpio. Una forzada te cuenta quién entró y con qué. Una que alguien dejó así te dice que la decisión ya la tomaron por vos, y por eso el final pega aunque nadie la toque.

    Permalink

Related posts