Marcos diciendo que Mercer está cuerda porque "sus ojos están en sus cuencas" puede ser lo más médico e hilarante a la vez.
Infección expectral parte 1
Shaya había tenido una cita. Su ropa estaba tirada por la habitación y había dormido bastante, pero se despertó porque se sentía mal. Le dolía todo el cuerpo, aunque no tenía fiebre.
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Marcos diciendo que Mercer está cuerda porque "sus ojos están en sus cuencas" puede ser lo más médico e hilarante a la vez.
Contenido de la publicación
Shaya había tenido una cita. Su ropa estaba tirada por la habitación y había dormido bastante, pero se despertó porque se sentía mal. Le dolía todo el cuerpo, aunque no tenía fiebre.
Al principio parecía una gripe, pero con el correr de las horas comenzaron las punzadas. Finalmente se acostó. Aparentemente se desvaneció, o eso creyó, porque cuando volvió a abrir los ojos habían pasado unas cuatro horas.
Intentó moverse, pero no podía.
Levantó un brazo y gritó.
Tenía lesiones ulcerosas en la piel. No le dolían, pero eran horribles de ver y habían aparecido en distintas partes de su cuerpo. Entonces se dio cuenta de algo todavía más aterrador: solo tenía un ojo.
Tenía la boca completamente seca y una de sus piernas estaba cubierta de hematomas.
Al lado de la cama estaba su teléfono. Cuando logró tomarlo, un hilo de sangre comenzó a salir de su mano. Con dificultad marcó el número de emergencias.
—No puedo moverme —alcanzó a decir—. Rompan la puerta, por favor.
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Cuando llegó al hospital, la llevaron rápidamente al área de enfermedades infecciosas y patologías poco frecuentes. Para entonces, Shaya ya estaba inconsciente.
El doctor Francisco corrió hacia la paciente. La observó con atención, ordenó aislarla del resto y, junto con otros dos profesionales vestidos con trajes de protección, comenzó a examinarla.
La movieron con cuidado, la dieron vuelta y revisaron cada parte de su cuerpo. Limpiaron y desinfectaron las lesiones con gasas, registraron todo en el historial clínico y tomaron muestras de tejido, especialmente de las lesiones más profundas.
Francisco frunció el ceño.
—Es raro que no salga sangre —murmuró.
Revisó nuevamente la cabeza y examinó el ojo que le quedaba.
—Lo perdió. Está completamente descompuesto.
Uno de los profesionales se acercó.
—Hay un olor muy fuerte.
—Bueno. Listo. Salgamos.
Los tres abandonaron la habitación.
—Nunca vivimos algo así —dijo Francisco al resto del equipo—. Espero que llegue pronto la doctora especialista.
Uno de los médicos observó a Shaya a través del vidrio.
—Se está pudriendo en vida. Esto es sumamente peligroso.
Decidieron bajar la temperatura de la habitación.
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Cuando llegaron los primeros resultados, el doctor Francisco no podía creer lo que estaba viendo.
—Es una bacteria enorme —exclamó—. Está por todo el torrente sanguíneo. ¡Es una supercolonia!
Amplió las imágenes.
—Y ese pus que está expulsando proviene del ganglio linfático del cuello. Aparentemente, estalló.
En ese momento llegó la doctora Mercer. Entró a paso ligero, tomó los análisis y los revisó rápidamente.
—Tenemos que encontrar el antibiótico correcto —aseveró—. El problema es que no tenemos mucho tiempo.
Levantó la vista.
—¿Por qué le bajaron la temperatura?
—Muchas veces ayuda a evitar que el metabolismo se active y que la bacteria prolifere.
—Sí, pero no siempre. También puede entrar en paro —lo contradijo—. Súbanla un poco.
El equipo obedeció.
Luego colocaron sensores en los brazos y los pies de Shaya para observar cómo estaba distribuida la infección. Una de las imágenes mostró algo espantoso: la bacteria estaba alojada dentro del músculo de una de sus piernas.
—Ahí —señaló Mercer.
El equipo realizó un procedimiento quirúrgico experimental. Con unas pinzas especiales lograron extraer una de las estructuras bacterianas.
Era la primera vez que utilizaban aquella técnica en un paciente.
Colocaron las muestras bajo el microscopio.
Analizaron su ADN y ARN bacteriano.
Los resultados fueron desconcertantes.
Aquello no era una bacteria común.
Tenía otros compuestos químicos que ninguna de las bases de datos podía reconocer. La computadora no encontraba coincidencias.
Mercer permaneció unos segundos en silencio.
—Tenemos que allanar la casa.
Todos la miraron.
—Hay que desinfectarlo todo y revisar su teléfono. Necesitamos saber con quién estuvo últimamente. Pudo haberse contagiado… o pudo haber contagiado a alguien.
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La doctora fue hasta la casa de Shaya acompañada por la policía. Todos ingresaron utilizando los protocolos de protección correspondientes.
Desinfectaron cada habitación mientras Mercer revisaba el lugar.
Encontró indicios de que Shaya había tenido una cita.
Tomó su teléfono, revisó las fotografías y sus redes sociales. Finalmente encontró lo que buscaba: una fotografía del bar al que había ido aquella noche.
También avisaron a los vecinos.
—Si presentan cualquier síntoma en la piel, llamen inmediatamente —les indicó la doctora—. Y, por precaución, no salgan de sus casas durante diez días.
Todo el equipo volvió a desinfectarse, se cambió los trajes y se dirigió al bar.
Mercer mostró al dueño una fotografía de Shaya.
—¿La reconoce?
El hombre sonrió.
—Está de suerte. Sí, claro que la conozco. Es habitué de este lugar.
Continuó limpiando vasos.
—¿Recuerda si vino con alguien? No es una cuestión de chusmerío. No se asuste, pero ella está internada y estamos reconstruyendo su cuadro social. No somos policías. Somos profesionales de la salud.
Le mostró su identificación.
El dueño asintió.
—No hay problema. Ojalá mejore. Entró sola. Saludó a unos conocidos que vienen siempre, se sentó en aquella mesa de la esquina y pidió unos tragos con un hombre bastante alto.
Se quedó pensando.
—Me acuerdo de él porque tenía el pelo platinado y aplastado.
—¿Hablaron?
—Al principio sí. Después ella se levantó, lo ignoró y se fue.
Mercer miró hacia los clientes.
—¿Hay alguno de los que estaban aquella noche?
—Sí. Aquellos que juegan al pool.
La doctora se acercó.
—Hola, muchachos. Perdón por la interrupción. Necesito hacerles unas preguntas.
Les mostró la fotografía.
—¿La conocen?
Uno de ellos abrió los ojos.
—¡¿No me diga que la mataron?!
—No. Está internada y bastante grave. Estamos reconstruyendo su cuadro social para nuestra investigación.
Los hombres se miraron entre sí.
Finalmente, uno comenzó a hablar.
—Ella siempre viene. Pero, al menos yo, no recuerdo que esa noche dijera que se sentía mal o que estuviera dolorida. Se sentó con un hombre. No lo conocía. Tenía el pelo platinado y era medio raro. Me pareció que estuvieron hablando bastante rato.
Otro intervino.
—No era un hombre común. Era raro. Yo nunca había visto una persona tan extraña acá.
Mercer guardó silencio unos segundos.
—Si llegan a verlo nuevamente, avísennos discretamente.
Los hombres asintieron.
La doctora y su equipo se marcharon.
---
Cuando regresó al hospital, Mercer pidió el informe actualizado de Shaya.
—No avanza, pero tampoco se cura —le explicó Francisco—. Los medicamentos paralizan a la bacteria, pero no la matan. Además, la paciente se queja de dolores, así que le administramos calmantes.
Mercer se reclinó en su silla.
—Averiguamos que hay un posible contagiador. La policía ya lo está buscando.
Se quedó pensando.
Entonces alguien gritó desde el pasillo:
—¡Doctora! ¡Teléfono para usted!
Mercer atendió.
—Hola.
La voz del otro lado sonaba agitada.
—Doctora, encontramos una persona muerta. Había estado en el bar también ese día. La trasladamos siguiendo los protocolos.
Mercer se incorporó.
—¿Está ahí?
—Sí.
—Tráiganla.
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El cuerpo parecía haber pasado por una máquina perforadora.
El brazo estaba lleno de agujeros. Los dos ojos estaban completamente descompuestos y el cuerpo se había convertido prácticamente en líquido.
Pero lo que más impresionó al equipo fueron los hematomas.
De algunos de ellos habían surgido grandes perforaciones.
Y dentro de esas cavidades se movía algo.
Una bacteria enorme asomaba desde el tejido, acompañada por unos flagelos gigantescos.
Con una pinza especial lograron extraerla y colocarla dentro de un recipiente estéril.
—Quemen el cuerpo —ordenó Mercer.
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La superbacteria fue sometida a rigurosos experimentos.
Los resultados confirmaron lo que todos temían.
Era alienígena.
No podía ser de otra manera.
Su ADN no tenía ninguna relación conocida con el de los organismos terrestres. Estaba compuesto por sustancias que no existían en el planeta Tierra.
Durante una reunión habitual del equipo, consejeros y auditores, la doctora Mercer tomó la palabra.
—Señores, tengo una mala noticia y una buena.
Todos guardaron silencio.
—La bacteria, por sí sola, no se reproduce. Se mantiene latente. Necesita tejido humano para continuar creciendo. Por eso acelera los procesos de descomposición de la paciente. Consume los tejidos corporales hasta que el huésped ya no puede sobrevivir.
Pasó a la siguiente imagen.
—Lo segundo: no tenemos forma de matarla. Al menos, no con ninguno de los antibióticos convencionales que poseemos.
Señaló la pantalla.
—No es de este planeta.
Amplió una imagen microscópica.
—Esto corresponde a lo que hemos denominado órgano 11-A. Le asignamos un número porque todavía no sabemos exactamente qué función cumple. Como pueden observar, es completamente diferente de nuestras células y bacterias.
Mercer respiró profundamente.
—Solicito autorización para extraer las bacterias de la paciente. Creo que, por ahora, es la única posibilidad que tenemos.
Se llenaron formularios.
Su equipo estaba nervioso, expectante y temeroso.
La operación fue difícil, pero finalmente lograron extraer algunas de las estructuras bacterianas.
Después esperaron.
Shaya recibió suero y una transfusión de sangre mientras el equipo observaba su evolución.
---
Cuando la doctora Mercer regresó a su casa, estaba agotada.
Se dejó caer sobre la cama.
Durante la noche tuvo un sueño extraño.
Frente a ella apareció una especie de humano. No tenía facciones definidas. Su rostro era completamente plano.
La criatura comenzó a hablarle.
—Fuimos a la Tierra para mostrarles lo que podemos hacer. Una simple bacteria podría matar a cientos de personas en cuestión de meses. Sería el Armagedón más grande de su planeta.
Mercer permaneció inmóvil.
—Usted tiene buenas intenciones —continuó la criatura—. Por eso le ofrezco una solución.
—¿Por qué? —preguntó la doctora.
—Para demostrar que el poder está en todos lados y que ustedes no están solos. También para mostrar los pocos avances que tienen en ciencia. Si tuvieran una emergencia de esta magnitud, no podrían curar muchas de sus enfermedades.
Mercer lo miró fijamente.
—No sé qué decirle. Tiene razón en algunas cosas, pero no me parece la manera. Eso es terrorismo.
La criatura permaneció en silencio.
—¿Puedo pedirle un favor? —continuó Mercer—. Sea piadoso y ayúdeme a salvar a la chica. Es lo único que me interesa.
El ser extendió una mano.
—Tome.
Le entregó un pequeño frasco.
—Es la cura para nosotros. Para nosotros es como un resfriado, pero veo que a ustedes los afecta de otra manera. Quizá funcione. No puedo garantizárselo.
—¿Por qué no los detectamos?
—Tenemos una tecnología que nos permite camuflarnos para no aparecer en sus satélites. Es simple.
---
Cuando despertó, Mercer vio el pequeño frasco sobre su escritorio.
Se levantó inmediatamente y fue al laboratorio.
Analizó las moléculas, estudió la composición y dejó una muestra bajo el microscopio.
Después de realizar varias pruebas, administró el compuesto a Shaya mediante el suero.
Pasaron los días.
Finalmente, después de treinta días, Shaya despertó.
Estaba completamente renovada.
Había perdido un ojo, pero estaba viva.
La doctora Mercer se acercó.
—Tenés que agradecer que estás viva. Una bacteria letal había invadido todo tu cuerpo.
Shaya no recordaba prácticamente nada.
Pero por las noches soñaba con estrellas y galaxias.
Y una voz le hablaba.
Cuando despertaba, nunca podía recordar qué le había dicho.
Aquel mensaje se convirtió en una enorme alarma para Mercer.
La doctora decidió formar un equipo de especialistas para prepararse ante un posible próximo ataque.
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Mercer caminó rápidamente por los pasillos del comité de microbiología.
Nadie le había devuelto las llamadas.
Finalmente se dirigió a las oficinas centrales.
Después de hacerla esperar durante un largo rato, un funcionario recibió su declaración con evidente desgano. La escuchó sin demasiado interés, le hizo firmar unos documentos y la dejó marcharse.
Mercer pasó luego por la oficina de la doctora Marrone.
La situación fue todavía peor.
Marrone no solo se mostró desentendida, sino que directamente le dijo que no tenía tiempo para escucharla.
Mercer, ya harta, se puso de pie.
—Doctora, tengo doctorados, diplomaturas y una maestría en microbiología y bacteriología. Le aseguro que eso no era una bacteria común de la Tierra. El tamaño que tenía era escalofriante.
Hizo una pausa.
—Por alguna razón milagrosa logramos detenerla antes de que matara a la chica. Un extraterrestre me entregó el antídoto. No encontramos la cura como encontramos la de tantas enfermedades terminales.
Estaba claramente ofuscada.
—Si quieren hacerse los distraídos y no atenderme, allá ustedes. Cuando tengan problemas, yo voy a hacer exactamente lo mismo. Si cambian de opinión y realmente quieren cooperar, llámenme a mi oficina.
Se marchó.
Cuando volvió a su despacho, el doctor Marcos, que había estado a su lado durante todo el proceso, la esperaba.
—Es lo que tenías que hacer —le dijo—. Aunque no dé resultado. Si vuelve a pasar, ellos van a quedar expuestos por incompetentes.
---
Esa noche, cuando Mercer regresó a su casa, sintió algo extraño.
Aunque era de noche, una especie de aura parecida a la luz solar parecía desplazarse por las habitaciones.
—Hola… ¿me escucha?
La doctora se sobresaltó.
—Sí. ¿Quién habla?
—Perdón por asustarla. Somos los kinkis. Venimos de una órbita lejana. En este momento estamos en su constelación persiguiendo a los punps, que fueron quienes les enviaron esa bacteria. Nosotros los conocemos… y vaya que sí.
La doctora quedó inmóvil.
—Permítame contarle la historia, si tiene tiempo.
Mercer pensó rápidamente.
Debía documentar aquello.
Encendió la computadora y comenzó a grabar.
—¿Por casualidad tiene unas coordenadas de señal para nuestra conexión a internet?
—Sí. Ya se las paso.
La computadora emitió un sonido.
Una imagen comenzó a formarse en la pantalla.
—Espere. Voy a ajustar la imagen para que pueda verme. Nuestra forma no es adaptable al ojo humano, así que tuve que modificarla. ¿Me ve?
La doctora observó el rostro.
Tenía ojos metálicos. Su cabello parecía estar formado por energía y se organizaba en círculos. Incluso sus facciones parecían modificarse constantemente.
—Sí. Lo veo. Espere un momento, voy a verificar que esté grabando.
Mercer comprobó la computadora.
—Adelante.
El kinki comenzó a hablar.
—Los punps son colonizadores. Utilizan armas biológicas para conquistar mundos. En su caso, la bacteria que liberaron estaba destinada a los líderes: consejeros, políticos y personas importantes.
La doctora escuchaba atentamente.
—Después tuvimos tres ataques de sus parásitos. Buscan agua, tierra y aire. Nuestro planeta, ARTHIAX, es parecido al de ustedes: tiene mares, ríos, valles y montañas. Es hermoso y lo defendemos con mucha fuerza.
El kinki sonrió.
—Nosotros tampoco tenemos antídotos contra ellos. Por eso creamos clones, criaturas fuertes. Los llamamos guerreros. No son un grupo demasiado numeroso, pero pueden aniquilar a los parásitos.
Mercer frunció el ceño.
—También realizan misiones solidarias —continuó—. Como cuando ayudamos a nuestros amigos de un planeta vecino. Ellos nos dijeron textualmente: “No se preocupe, tenemos una milicia de primera”.
—Espere.
Mercer tomó un libro de parasitología, buscó una página y se la mostró frente a la cámara.
—Estos son los parásitos que viven en la Tierra.
Después tomó un libro de serpientes.
—Y estos son reptiles. No son parásitos, pero tienen forma cilíndrica.
El kinki observó las imágenes.
—Una mezcla, veo. Son de color gris y tienen una cabeza bastante grande.
—Tengo una duda —dijo Mercer—. ¿Quién nos dio la cura?
El kinki se quedó completamente sorprendido.
—¿Qué les dieron?
—La cura. Un antídoto para matar la bacteria. Gracias a eso salvamos a la chica. Hasta donde sé, ella no era una líder. Era una persona común.
El kinki guardó silencio.
—Bueno… ellos utilizaron telepatía. Me dijeron: “Me cae bien, doctora, pero esto es apenas una pequeña muestra de lo que somos capaces de hacer”.
Los ojos de Mercer se abrieron.
—¡Entonces existen desertores punps! ¡Punps que no aceptan estas invasiones! ¡Hay esperanzas!
—Doctora, nosotros no tenemos la cura de esas bacterias, lamentablemente. Lo que sí tenemos y podemos ofrecerle son nuestros guerreros. Los punps están en su órbita y, para su próximo ataque, enviarán a los parásitos.
Mercer permaneció en silencio.
—Ellos bajaron a la Tierra porque alguien infectó a la chica.
El kinki tardó unos segundos en responder.
—Así parece.
—Pero los parásitos llegan en naves espaciales, ¿verdad?
—Sí. Llegan, se abre la cápsula y comienza el desastre. Por eso la prevengo. Quiero ayudarla todo lo que pueda.
—¿Qué hacen exactamente? ¿Utilizan los cuerpos para reproducirse?
—Es un escenario muy desgraciado si hacen eso. Pero sí. Después el cuerpo explota.
Mercer tragó saliva.
—Mire, nosotros los vencimos tres veces. Por eso les conviene crear guerreros como hicimos nosotros. Tome su genoma. Si no lo hacen, su planeta podría perecer.
—Bueno —respondió Mercer—. Acepto y agradezco su ayuda.
La doctora se quedó pensando.
—Tengo otra duda. ¿Ellos alguna vez desembarcaron en su planeta?
—Nunca los vimos directamente. Esa es la realidad.
Mercer se quedó pensativa.
—Le voy a enviar las coordenadas a su celular. Cuando lleguen, envíe una señal. Recójalos. Y tendrán que ajustarles el idioma.
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Mientras tanto, cerca de la Tierra…
Dos naves surcaban la órbita.
Una pertenecía a los parásitos punps.
La otra transportaba a los guerreros.
Ahora todo dependía de quién llegara primero.
---
La doctora Mercer entró rápidamente por los corredores del hospital.
—¡Marcos! ¡Francisco! ¡Rápido, a mi oficina!
Los dos llegaron poco después.
Se sentaron alrededor de una mesa impecable. Francisco llegó con una jarra de café y unos bollos.
Mercer abrió la notebook.
—Ayer tuve otro encuentro extraterrestre.
Los dos la miraron.
—Les voy a hacer una pregunta sincera. ¿Me creen? Díganme la verdad.
Marcos habló primero.
—Doctora, sé que no está alucinando.
—¿Ah, sí?
—Sí. Sus ojos están en sus cuencas, tranquilos y sin nervios. No huele feo, lo que quiere decir que se baña. Tampoco está atormentada por fantasmas y no usa un gorro rojo de invierno. Son grandes indicadores —concluyó solemnemente— de que no está loca.
Todos se echaron a reír.
Marcos levantó las manos.
—Ahora, fuera de broma. Usted jamás se equivoca. Siempre encuentra la solución a los grandes problemas médicos. Acá tiene autoridad para hablar.
Francisco dejó la taza sobre la mesa.
—Diga qué pasó. Vaya al punto.
—¡Ayer me habló y lo grabé! —dijo Mercer, entusiasmada.
Francisco levantó una ceja.
—Sin pruebas, es solamente una palabra.
Mercer giró la notebook y puso el video.
La conversación entre el kinki y la doctora se escuchaba con claridad, aunque había algunas interferencias.
El rostro del extraterrestre apareció en la pantalla.
Marcos lo miró sorprendido.
—Yo siempre creí que eran cabezones, verdes y de ojos gigantes.
Francisco estaba fascinado.
Escuchó toda la conversación sin apartar la mirada de la pantalla.
Al finalizar, Mercer mostró las coordenadas en su teléfono.
—Llegan a las seis de la tarde —anunció.
Marcos se levantó de golpe.
—¡Tengo miedo! ¡Esos parásitos nos van a devorar! ¡Me importa un comino esos guerreros! ¡Nos van a comer! ¡Somos científicos, doctora, no Superman!
Francisco lo miró divertido.
—Nosotros no tenemos armas. Aunque deberíamos tenerlas, doctora. ¿Qué tal si armamos algo guerrillero antipasitario?
—Lo más antipasitario que conozco es un té de menta y boldo —respondió Mercer.
Francisco se rio.
—Sí, pero está ese inyectable…
—¿Querés que se lo inyectemos cuando vengan a comernos? Intentálo —dijo Mercer, divertida.
—¿Y en forma de bala?
Thoughts
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PermalinkEsa doctora es tan capaz que da ganas de confiar en ella aunque todo sea una pesadilla. Bien escrito.
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PermalinkResaltar todo en este capítulo porque TODO es importante. Una palabra mal leída y pierdo la trama de quién traiciona a quién.
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PermalinkMarcos diciendo que Mercer está cuerda porque "sus ojos están en sus cuencas" puede ser lo más médico e hilarante a la vez.
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Permalink"Se está pudriendo en vida" es la cosa más aterradora que leí en meses.
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Permalink¿De verdad existe un kinki desertora que ayuda contra los punps? Me suena a que hay dos guerras alienígenas superpuestas.
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PermalinkMercer es tipo la única que realmente intenta ayudar y nadie la escucha. Eso me pone más nerviosa que toda la bacteria.
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Permalink¿Quién fue el hombre del bar con el pelo platinado? Está claro que fue el culpable, pero me pregunto por qué.
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PermalinkLa descripción de Shaya descomponiéndose así es puro horror. Leí esto a las tres de la mañana y se me quedó pegado.
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