Lía para Jorge:
Estás tirado en el suelo de la celda que tú mismo cavaste, oliendo el humo, con la boca amarga y el pecho vacío.
Crees que porque estás a oscuras has engañado al soberano, pero tus quejidos no le asustan, Jorge. Él diseñó el barro que hoy te pesa y conoce la densidad de tu noche.
Dices que no tienes fruto, que no irradias,
que tu fe es una lámpara intermitente que pasa meses apagada. Pero la salvación nunca dependió de tu entusiasmo.
Si estás vivo, si todavía te ahoga el deseo de su nombre, es porque el decreto de su gracia sigue sosteniendo tu cuello para que no te hundas por completo en el fango. No tienes que fingir una alegría que no tienes para ser suyo.
A Dios no le impresionan las vestiduras limpias ni las sonrisas fáciles; Él habita en el quebrantamiento, en el desecho, en el hombre que escupe sangre y aún así estira la mano hacia la cruz. Tu parálisis no anula su elección.
Tu resistencia no nace de tus fuerzas agotadas,
sino de un pacto eterno que se firmó antes de que nacieras. Aunque te falte el aire y te canses de respirar, debes seguir.
No porque el mañana vaya a ser mágicamente fácil, sino porque el dueño de tu alma no ha terminado de escribir tu historia. Él es quien quiere que tú quieras.
Su luz no te ha dejado; está esperando pacientemente a que dejes de huir,
para romper los cerrojos de tus impulsos.
Quédate quieto en la negrura si es necesario,
pero no cierres los ojos. La soberanía de Dios es el suelo firme debajo de tu abismo.
— Lía Alejandra