I’m Thinking of Ending Things no es una película fácil. No busca ser clara, ni lineal, ni cómoda. Desde el principio te mete en una sensación rara, como si algo no terminara de encajar del todo. La historia, en apariencia, es simple: Una pareja viaja en auto para visitar a los padres de él. Pero esa idea se empieza a desarmar casi de inmediato, los diálogos se vuelven extraños, los personajes cambian, los recuerdos se mezclan. Nada es del todo estable.
Y ahí es donde la película empieza a mostrar de qué va realmente. Más que una historia sobre una relación, es una película sobre la mente, la memoria y sobre cómo uno se cuenta a sí mismo su propia vida. Los personajes parecen deslizarse entre versiones distintas de sí mismos, como si la identidad no fuera algo fijo, sino algo que se construye y se reescribe todo el tiempo. Los nombres cambian, las profesiones cambian, incluso la dinámica entre ellos se siente inestable.
Pero para mí, uno de los temas más interesantes es la pareja.
Desde el comienzo, ella repite que está pensando en terminar la relación, pero nunca termina de sentirse como una decisión concreta. Es más bien un pensamiento que aparece y desaparece. Y cuanto más avanza la película, más extraño se vuelve el vínculo entre los dos. Cambian los detalles, cambian las dinámicas y empieza a aparecer la sensación de que esa relación quizás no sea completamente real, sino una construcción mental.
Y ahí aparece una pregunta bastante interesante: ¿cuánto de una relación pertenece realmente a la otra persona y cuánto pertenece a la versión que nosotros construimos de ella?
Porque todos, de alguna manera, imaginamos a las personas. Completamos lo que no conocemos, proyectamos deseos y construimos una historia alrededor del otro, la película lleva esa idea al extremo y convierte a la pareja en una especie de proyección, en una forma de construir una vida que quizás nunca terminó siendo como se esperaba.
Y eso conecta directamente con el otro gran tema de la película: la soledad.
No una soledad física, sino una mucho más profunda. La de sentirse desconectado incluso estando con alguien. La de vivir más en los pensamientos que en el presente, la pareja parece funcionar casi como un intento de escapar de esa soledad, como si crear un vínculo fuera una forma de no enfrentarse a uno mismo. Pero la película plantea algo bastante triste: que a veces ni siquiera eso alcanza. Uno puede imaginar, construir una relación y aun así seguir sintiéndose completamente solo.
Por eso las conversaciones son tan importantes. Hablan muchísimo, de arte, cine, literatura, ciencia y relaciones. Pero cuanto más hablan, más parece que están intentando llenar un vacío con palabras. Como si explicar todo fuera una manera de evitar hablar de aquello que realmente duele. Y ahí aparece una idea que atraviesa toda la película: la de una vida que no fue como uno esperaba. Lo que no se dijo, lo que no pasó y lo que podría haber sido distinto.
Kaufman construye la película como si estuviéramos dentro de una mente que no puede parar de pensar. Los recuerdos, las fantasías y el presente empiezan a mezclarse hasta que ya no sabemos exactamente dónde termina uno y empieza el otro. Y quizás justamente por eso I’m Thinking of Ending Things no sea una película para entender completamente, sino para sentir. Es como entrar en la cabeza de alguien que está recordando, imaginando y arrepintiéndose al mismo tiempo.
Y creo que ahí está lo más triste de la película. Todos tenemos alguna versión del “qué habría pasado si”. La persona con la que podríamos haber estado, el trabajo que podríamos haber conseguido, la decisión que podríamos haber tomado de otra manera. El problema aparece cuando empezamos a vivir más dentro de esas posibilidades que dentro de nuestra propia vida.
Porque quizás no habla solamente de una relación que se termina. Habla de una persona que mira hacia atrás y construye mentalmente todas las vidas que podría haber tenido. Y quizás la pareja sea justamente una forma de escapar de esa sensación de fracaso, de soledad y de tiempo perdido.
Por eso, cuando todo termina, no queda una respuesta clara. Queda una sensación. La de haber estado, durante un rato, dentro de una mente que no puede dejar de preguntarse:
¿Y si todo hubiera sido diferente?
Y quizás esa sea la verdadera incomodidad de la película. No que no sepamos qué es real, sino que nos obliga a pensar cuánto de nuestra propia vida vivimos realmente y cuánto tiempo pasamos imaginando la vida que podríamos haber tenido.