Serapis cayendo a hachazos y el piso de Alejandría abriéndose como en el Gólgota. Ahí tembló hasta el mármol, causa.
Hybris (Titulo pendiente) parte 17
Pensamiento
Serapis cayendo a hachazos y el piso de Alejandría abriéndose como en el Gólgota. Ahí tembló hasta el mármol, causa.
Contenido de la publicación
Historiador —¡Me marcho para seguir esparciendo la crónica al mundo conocido! ¡Que quede registrado en las páginas del tiempo: Hipatia muere desmembrada por los seguidores del nazareno.
El eco de sus pasos se pierde en la distancia. El Poeta permanece inmóvil, petrificado por la revelación del acontecimiento. En sus ojos fijos, el espacio comienza a fracturarse; el mármol del Ágora se vuelve poroso, blando, como si el peso de las épocas aplastara la piedra de golpe. El aire del norte de África se espesa, cargado de una quietud antigua. En el centro de la plaza vacía, el tiempo deja de ser una línea recta y se despliega como un manto donde dos noches distintas, separadas por tres siglos, se cosen por el mismo hilo de sangre.
El Poeta ve al Prefecto de Alejandria, atrapado en una marea humana, rodeado por su ejército romano. Las águilas de las legiones tiemblan bajo una luz cenicienta, idénticas a las insignias que una vez custodiaron el pretorio en una provincia oriental más antigua. Los mismos cascos de bronce, el mismo paso rítmico de una marcha fúnebre e indiferente del hierro que solo sabe obedecer decretos divinos , el mismo repliegue de los hombres de armas ante el avance de las hogueras. A ambos lados del tiempo, el poder de Roma observa la marea teológica sin comprender el idioma de su furia.
Frente a la multitud, el gobernador repite un viejo ademán de la cuenca del Jordán. El espejo de los siglos se quiebra en un juego de simetrías invertidas. El Poeta ve la vasija de plata donde el antiguo procurador de Judea sumergió los dedos; el agua corrió limpia sobre su piel, transformando la cobardía del burócrata en una fría absolución . El romano de Jerusalén se desprendió del cuerpo, soltó la soga del destino y sobrevivió a la noche, dejando que el templo entregara al heterodoxo galileo a la muerte.
Pero la escena muta con la lentitud de una pesadilla. El cuenco de agua del procurador se seca antes de que las palmas lleguen a tocarlo. Donde hubo transparencia, brota un rubí denso de manera violenta. El lino imperial se le tiñe de un óleo oscuro que emana de las mismas calzadas donde se astillan los astrolabios y dónde los clavos perforan la piel al unisono descuartizada las falanges del buen designio. No hay olvido para el prefecto de Alejandría. Sus manos se llenan de la misma sustancia que se derrama en el Cesáreo y de la misma que corrió por la llaga del niño de Belén, sangre virgen, noble y libre del pecado. Mientras el primer procurador se limpia y se redime para la historia, el segundo se hunde, sintiendo en las entrañas el peso del asesino Barrabás: esa culpa asfixiante del que sabe que ha sido liberado de la muerte solo porque otro cuerpo, más puro y más digno, ha tomado su lugar en el patíbulo. El procurador arrastra la condena del superviviente que contempla el suplicio desde la orilla del hierro incapaz de cambiar el designio de la muerte.
La masa avanza con la inercia de una masacre. Quienes ayer fueron las víctimas de la Roma Barbara hoy son los violentado res de la justicia, los perseguidos que cantaban en las catacumbas, visten hoy los ropajes del verdugo. Los monjes parabalanos repiten, paso por paso, el mismo rigor de la vieja ortodoxia que entregó a su profeta de Galilea; la misma furia étnica, el mismo celo dogmático que no tolera la disidencia en el territorio de lo sagrado. Son los hijos del mártir original utilizando el madero que una vez los redimió para tallar el hacha que ahora rebana la carne de la sabiduría.
En el corazón de la tormenta, el estrépito se vuelve cósmico. El Poeta mira hacia el templo de Serapis mientras las hachas caen sobre la imponente efigie de madera y marfil del dios protector de la ciudad. El impacto del hierro contra el ídolo pagano reverbera en el suelo con una fuerza geológica. En la visión del Esteta, la caída de Serapis no es el derribo de una estatua; es una réplica exacta de aquella tarde en que el velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos y la tierra tembló en el Gólgota. El suelo de Alejandría parece abrirse en grietas profundas, un abismo negro que bosteza bajo los pies de las legiones y de la turba. La piedra cruje y se fractura como si la naturaleza misma protestara ante el fin de una era, repitiendo el sismo místico que acompañó la última exhalación del nazareno. En ambos linderos de la historia, el mundo subterráneo reclama su parte del dolor humano cuando la divinidad —o la sabiduría— es fragmentada por la intolerancia de los hombres.
En el reverso de la visión, donde la iconografía del dolor busca un consuelo, las siluetas del duelo también intercambian sus nombres. El Poeta ve a Teón de Alejandría, el padre anciano, el geómetra que midió los cielos, contemplando los restos esparcidos de su hija entre las grietas del suelo herido. Su figura cansada se funde con la de la madre que lloró al pie del madero en la colina. El luto de la carne es idéntico, las vísceras acciones son las mismas no hay sutileza alguna que calme a los padres del brutal acto contra sus hijos
Teón alza el rostro hacia la penumbra del templo desmantelado. No hay ángeles en su firmamento, solo las estrellas mudas que él mismo enseñó a catalogar. Con una voz que arrastra el eco de todas las paternidades truncadas por el dogma, el anciano habla hacia la nada, pronunciando las palabras que el primer padre de la nueva fe habría callado ante el sacrificio de su propio hijo:
—¿Es esta la sagrada verdad con la que pretenden sostener sus cielos? ¿Exigen la sangre de la sabiduría para alimentar el fuego de sus altares? Al igual que aquel nazareno que entregaron al madero por combatir la opulencia de sus dirigentes y la masacre de los ciudadanos del mundo al no encajar en la ley de sus sacerdotes, hoy desmiembran la geometría de mi carne en nombre de una pureza ilusoria que solo sabe destruir la pureza. No hay divinidad en el silencio que permite este festejo. Si vuestro Dios necesitó la muerte de su hijo para fundar un imperio, los hombres de la tierra nos quedamos huérfanos de luz cada vez que apedrean a una maestra para levantar un monumento. El templo que se edifica sobre los huesos de los justos jamás será una morada para el espíritu; será únicamente una tumba hermosa donde el miedo adorará la madera después de haber asesinado al verbo.
Las palabras de Teón caen sobre el Ágora como el polvo de los papiros raspados. El Poeta parpadea y la visión se apaga de golpe, dejando solo el hollín de las eras caídas en el fondo de su retina. La plaza vuelve a estar vacía, sumida en la penumbra del atardecer. En el suelo, la sombra de una columna proyecta una línea recta que divide el espacio como una cicatriz.
Poeta —(Para sí mismo, contemplando el vacío)— Hay una tragedia que jamás debe ser expuesta y es la vida misma de los martires es un recuento de la violencia de los ritos de los dioses, lo mejor que hizo El mundo Heleno fue prescindir de los rituales a los dioses y buscar la sabiduría.
Thoughts
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PermalinkSerapis cayendo a hachazos y el piso de Alejandría abriéndose como en el Gólgota. Ahí tembló hasta el mármol, causa.
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PermalinkEl prefecto queriendo lavarse las manos como el de Judea, fíjese, y el agua que se le seca antes de tocarla. Y el Poeta, que en la parte anterior juraba no usar a Hipatia para una tragedia, termina viendo una entera. Esa promesa no le va a durar.
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