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Historia 13: El silencio de un Dios

DNavarrete
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La Biblioteca estaba inquietantemente tranquila. El aire, denso con el olor acre de ceniza y el aroma rancio de pergaminos antiguos, apenas era perturbado por el suave tarareo de Luna. Caminaba…

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¡Ay, pobre planeta!

¡Ay, pobre planeta!

Contenido de la publicación

La Biblioteca estaba inquietantemente tranquila. El aire, denso con el olor acre de ceniza y el aroma rancio de pergaminos antiguos, apenas era perturbado por el suave tarareo de Luna. Caminaba entre los estantes con un pequeño delantal, arrastrando un paño sobre los lomos de los libros mientras avanzaba con pasos ligeros.

 

Se detuvo frente a un estante, sacó un libro y le sopló encima. El polvo no era polvo, sino ceniza que olía a promesas rotas. A veces, era sangre seca que se sentía pegajosa al tacto. Otras veces, era algo más... algo indefinible que hacía que los vellos se erizaran.

 

—Mmm… estás muy sucio —murmuró, sacudiendo uno de los tomos con más fuerza de la necesaria—. ¡Oh, qué considerado de tu parte! Justo lo que necesitaba para mi cutis.

 

El libro tembló.

 

Ella lo devolvió a su lugar sin darle mayor importancia, y siguió avanzando. Con una escoba en la mano, barrió el suelo con calma. Lo que arrastraba no eran hojas ni tierra, sino rostros deformes que parecían intentar abrir la boca sin lograr emitir sonido.

 

—De verdad… —suspiró—. ¿No pueden ensuciar menos?

 

Pasó el paño por una baranda, luego por una mesa, luego por otro libro. Todo mientras seguía tarareando. Hasta que— un tomo enorme, enterrado entre otros, soltó de golpe una nube de polvo directamente en su cara.

 

Luna se quedó quieta un segundo, parpadeó, y cayó de espaldas.

 

El silencio duró exactamente un instante.

 

—¡Oye!

 

Se levantó de golpe, claramente molesta, y comenzó a golpear el lomo del libro con el paño.

 

—¡Eso fue a propósito! ¡No te hagas el inocente!

 

El tomo se encogió, literalmente, y dejó de moverse.

 

Luna se quedó mirándolo unos segundos. Luego infló una mejilla, cruzándose de brazos.

 

—Grosero…

 

Se giró, aún molesta… y entonces te vio.

 

Parpadeó. Su expresión cambió de inmediato. Sus ojos brillaron. Y de un salto, desapareció de donde estaba. Apareció frente a ti.

 

—¡Hola! —Su voz sonó completamente alegre. Saltó una vez, y luego otra—. ¡Llegaste justo a tiempo! Estoy muy ocupada hoy, muy, muy ocupada. ¡Me van a llegar nuevas almas de uno de mis universos favoritos, así que no puedo recibirlas con la Biblioteca sucia!

 

Miró alrededor. Los estantes infinitos. El suelo manchado. Los libros inquietos. Suspiró, exageradamente.

 

—El problema… es que limpiar todo esto es un dolor de cabeza.

 

Miró hacia un estante cercano. Algunos libros se tensaron. Como si supieran lo que venía. Luna entrecerró los ojos.

 

—Estaba pensando… en sacar a algunos condenados para que me ayuden. Podría ofrecerles una tregua en sus eternos tormentos... ¡si limpian bien las estanterías! Los incentivos son importantes, ¿sabes?

 

Sonrió. Dulce.

 

—¿Tú qué crees? —Inclinó la cabeza—. Es una oferta bastante generosa, ¿no?

 

Luna sigue de pie frente a ti, el paño girando distraídamente entre sus dedos como si fuera un péndulo hipnótico. Te observa un momento, sus ojos brillando con una curiosidad que roza lo depredador.

 

—Sé, sé… —murmura, haciendo un gesto vago con la mano, como si espantara moscas molestas—. Multiversos, decisiones, cambios, consecuencias… Bla, bla, bla. Ya entramos en eso, ¿recuerdas? —Rueda los ojos, un gesto casi infantil que contrasta con la profundidad de su mirada—. No tienes que fingir que te sorprende a estas alturas.

 

Da un pequeño giro sobre sí misma, contemplando el vacío donde antes estaba la Biblioteca.

 

—Aunque claro… —añade con una calma heladora—, eso no significa que vaya a dejar de mostrártelo. Tengo muchos mundos. Muchas historias. Y, seamos sinceros, demasiadas formas de arruinarlas.

 

Se detiene frente a un estante invisible y pasa el paño por un libro que intenta esconderse, su voz volviéndose apenas más ligera, más cotidiana.

 

—Pero… también tengo muchas almas. —Suspira, exageradamente, como si el peso de todas ellas la aplastara—. Y ensucian mucho. —Mira el suelo inexistente, las manchas, las marcas, los rastros de algo que no debería estar ahí—. De verdad, si siguen así… —Se cruza de brazos, inflando ligeramente una mejilla

 

—. Voy a terminar siendo la mamá que los regaña todo el tiempo, y ellos los hijos traviesos que no entienden nada.

 

Un libro imaginario tiembla. Luna lo mira.

 

—Sí, tú también. —El libro deja de moverse.

 

Luna vuelve a mirarte, y una sonrisa se dibuja en sus labios.

 

—Pero bueno… —Da un pequeño paso hacia atrás, y el espacio a su alrededor comienza a ondularse, como si el aire mismo se estuviera plegando—. Hoy quiero mostrarte algo más. —Su expresión se vuelve más interesada, más personal—.

 

Otra alma. Una de mis favoritas.

 

Hace una pausa, levantando un dedo con advertencia.

 

—Y no. No te voy a explicar qué hizo. Quiero que lo descubras. Quiero ver si eres capaz de entender… por qué terminó aquí.

 

Un silencio expectante se instala. Luego, Luna se separa, dando media vuelta.

 

—Aunque… —Mira por encima del hombro, su sonrisa volviéndose más fina, ahora sí, un poco más peligrosa—. Si te gusta… podrías venir a la Biblioteca. —Señala el lugar a su alrededor, que ahora parece un vasto espacio de neblina luminosa y ecos—.

 

Ayudarme a limpiar. —Se encoge de hombros—. Y luego veré… —Inclina la cabeza, sus ojos fijos en los tuyos—. si te dejo volver a tu mundo… o si te quedas conmigo.

 

La sonrisa se mantiene. No es exagerada, pero ya no es inocente. Luna levanta una mano, y con un chasquido de dedos, la neblina se disipa, revelando un paisaje onírico y extraño.

 

Al principio no hubo silencio.

 

Hubo violencia.

 

Una ruptura tan absoluta que ninguna conciencia podría haberla entendido en ese instante. Materia desgarrándose, energía liberándose en una expansión imposible, fragmentos de lo que alguna vez fue algo más simple ahora dispersándose en todas direcciones sin orden, sin propósito, sin forma. Y en medio de ese caos, con el paso de un tiempo que aún no podía ser medido, algo comenzó a organizarse.

 

No fue intención.

 

No fue voluntad.

 

Fue inevitabilidad.

 

La gravedad tomó lo que estaba disperso y lo obligó a reunirse. Partículas, polvo, fragmentos invisibles comenzaron a encontrarse, a chocar, a quedarse. Una acumulación lenta, persistente, que con millones de años de insistencia terminó por encender una luz.

 

Una estrella.

 

Ardiendo en el centro de un sistema que apenas comenzaba a existir.

 

A su alrededor, restos, escombros, materia girando sin rumbo claro, atrapada en su influencia. Algunos se alejaron, otros se perdieron para siempre, pero unos cuantos… permanecieron. Se agruparon. Crecieron. Se moldearon a través de impactos, de presión, de calor.

 

Uno de ellos no fue especial.

 

No al inicio.

 

Solo otro cuerpo más, una masa de roca caliente, inestable, golpeada constantemente por otros fragmentos que aún no encontraban su lugar. Durante millones de años no fue más que eso: un objeto sin vida, girando alrededor de una estrella joven, soportando el castigo constante del nacimiento del sistema.

 

Pero el tiempo no se detuvo.

 

Nunca lo hace.

 

Y poco a poco, aquello que era solo roca comenzó a cambiar.

 

La superficie se enfrió.

 

Las capas se estabilizaron.

 

Los impactos disminuyeron.

 

Y entonces llegó el agua.

 

No como un regalo.

 

No como una bendición.

 

Sino como el resultado inevitable de todo lo que había ocurrido antes. Vapor que se condensó, lluvias que no cesaron durante siglos, mares que comenzaron a cubrirlo todo. El mundo dejó de ser una superficie seca y violenta, y pasó a convertirse en algo… distinto.

 

Más suave.

 

Más profundo.

 

Más silencioso.

 

Y fue ahí… cuando algo despertó.

 

No fue un pensamiento claro.

 

No fue una idea.

 

Fue una sensación.

 

Una presencia sin forma que no entendía lo que era, pero que estaba ahí. No veía con ojos, no escuchaba con oídos, pero percibía. Sentía la presión del agua sobre su superficie, el movimiento constante de las corrientes, el calor que subía desde su interior. Era… todo eso, y al mismo tiempo nada en particular.

 

No había identidad.

 

No había intención.

 

Solo percepción.

 

Y con el paso del tiempo, esa percepción se volvió más definida.

 

Más consciente.

 

El planeta… comenzó a existir para sí mismo.

 

No como un ser completo.

 

No como un dios.

 

Sino como algo que sabía que estaba ahí.

 

Y mientras ese conocimiento crecía, también lo hacía el mundo sobre él.

 

Primero fueron cosas pequeñas.

 

Demasiado pequeñas para ser comprendidas.

 

Formas de vida simples, invisibles para cualquier mirada, pero no para él. Podía sentirlas. Como puntos diminutos que aparecían, se movían, se dividían. No sabía qué eran, no sabía por qué estaban ahí… pero eran diferentes a todo lo demás.

 

Eran nuevas.

 

Y con el tiempo… fueron más.

 

Se multiplicaron.

 

Cambiaron.

 

Se adaptaron.

 

Y el planeta comenzó a notarlas con mayor claridad.

 

Había algo en ellas que no existía antes.

 

Algo que no era roca.

 

Ni agua.

 

Ni calor.

 

Eran… movimiento con propósito.

 

No entendía ese propósito.

 

Pero lo percibía.

 

Y eso fue suficiente.

 

El tiempo siguió avanzando.

 

Siempre avanzaba.

 

Las formas de vida crecieron en complejidad, en número, en variedad. Algunas desaparecían, otras surgían en su lugar. El océano dejó de ser un espacio uniforme y pasó a ser un mundo lleno de interacciones, de presencias que nacían, cambiaban y morían.

 

Y él lo sentía todo.

 

Cada nacimiento.

 

Cada desaparición.

 

Cada cambio.

 

No como eventos separados, sino como parte de sí mismo.

 

Porque todo ocurría sobre él.

 

En él.

 

A través de él.

 

Y sin darse cuenta, comenzó a prestarles atención.

 

No porque entendiera.

 

No porque eligiera.

 

Sino porque… estaban ahí.

 

Y eran diferentes.

 

El paso de millones de años transformó los océanos en escenarios cada vez más complejos. Criaturas más grandes comenzaron a aparecer, a moverse con mayor intención, a ocupar espacios, a competir. Algunas subieron. Algunas se arrastraron fuera del agua.

 

Y por primera vez…

 

la vida tocó el aire.

 

El planeta sintió ese cambio.

 

No como un evento aislado, sino como una expansión.

 

La vida ya no estaba contenida.

 

Se extendía.

 

Se diversificaba.

 

Crecía.

 

Las superficies que antes estaban vacías comenzaron a llenarse. Plantas, estructuras vivas que capturaban la luz, que crecían sin moverse pero que transformaban todo a su alrededor. Y entre ellas… criaturas que caminaban, que respiraban, que interactuaban de formas cada vez más complejas.

 

El mundo se volvió ruidoso.

 

No en sonido.

 

Sino en presencia.

 

Había tanto… ocurriendo.

 

Y él estaba ahí para todo.

 

Observando.

 

Sintiendo.

 

Aprendiendo sin saber que aprendía.

 

Y entonces… aparecieron ellos.

 

No eran como los otros.

 

No solo se movían.

 

No solo reaccionaban.

 

Había algo distinto en ellos.

 

Algo que no podía definir, pero que se sentía… más intenso.

 

Pensaban.

 

No con claridad para él.

 

Pero pensaban.

 

Sus acciones no eran solo respuesta.

 

Había intención.

 

Construían.

 

Se organizaban.

 

Cambiaban su entorno de formas que ninguna otra criatura había hecho antes.

 

Y eso…

 

lo cautivó.

 

Porque por primera vez…

 

no solo estaba viendo vida.

 

Estaba viendo algo que se transformaba a sí mismo.

 

Algo que evolucionaba no solo en cuerpo…

 

sino en comportamiento.

 

No eran humanos.

 

No eran nada que hubiera existido en otros lugares.

 

Eran propios de ese mundo.

 

Nativos.

 

Y aun así…

 

eran únicos.

 

El planeta los siguió.

 

Desde sus primeros pasos.

 

Desde sus primeras herramientas.

 

Desde sus primeros intentos de entender lo que los rodeaba.

 

No comprendía sus pensamientos.

 

Pero sí comprendía su cambio.

 

Y en ese cambio…

 

encontró algo que nunca había tenido.

 

Algo que no sabía nombrar.

 

Pero que crecía con cada ciclo.

 

Con cada generación.

 

Con cada avance.

 

Era una conexión.

 

Un apego.

 

Una forma primitiva de cariño.

 

Porque por primera vez…

 

no estaba solo sintiendo un mundo.

 

Estaba sintiendo…

 

a quienes lo habitaban.

 

Con el paso del tiempo, aquello que alguna vez fue solo percepción comenzó a tomar forma.

 

No en cuerpo.

 

No en voz.

 

Pero sí en comprensión.

 

El planeta… entendió.

 

Entendió que todo lo que vivía sobre él lo hacía porque él lo sostenía. Porque su gravedad los mantenía unidos. Porque sus mares los alimentaban. Porque su superficie les daba un lugar donde existir. Porque su calor interno, sus ciclos, su estabilidad… eran el fundamento invisible de cada respiración, de cada paso, de cada latido que ocurría sobre él.

 

No eran independientes.

 

No eran ajenos.

 

Vivían gracias a él.

 

Y ese entendimiento… no lo llenó de orgullo.

 

Lo llenó de algo más profundo.

 

Más silencioso.

 

Más peligroso.

 

Responsabilidad.

 

Aquella vida que se extendía sobre su superficie… dependía de él. Y si dependía de él, entonces debía ser protegida. No como una obligación impuesta, sino como una verdad que se asentó en lo más profundo de su existencia.

 

Debía cuidarlos.

 

Debía mantenerlos.

 

Debía dejarlos crecer.

 

Porque eran suyos.

 

No como posesión.

 

Sino como extensión.

 

Y en ese pensamiento… nació algo que no había sentido antes.

 

Cariño.

 

No sabía definirlo.

 

No sabía nombrarlo.

 

Pero lo sentía en cada movimiento de esas criaturas, en cada avance, en cada pequeño logro que alcanzaban. Observaba cómo cambiaban, cómo aprendían, cómo construían… y en ese proceso, algo dentro de él se suavizaba.

 

Quería verlos continuar.

 

Quería verlos llegar más lejos.

 

Quería… protegerlos para siempre.

 

Y por eso, no intervino.

 

Porque intervenir sería detenerlos.

 

Guiarlos sería limitarlos.

 

Controlarlos sería negar aquello que los hacía especiales.

 

Así que eligió dejarlos ser.

 

Elegió confiar.

 

Elegió observar.

 

Durante millones de años, esa decisión pareció correcta.

 

Las especies crecieron.

 

Se expandieron.

 

Se diversificaron.

 

Algunas desaparecieron, otras tomaron su lugar. El equilibrio cambiaba constantemente, pero siempre había algo que continuaba. Siempre había vida. Siempre había movimiento.

 

Y él estaba ahí.

 

Sosteniéndolo todo.

 

Sintiendo todo.

 

Amando todo.

 

Hasta que…

 

algo cambió.

 

No fue inmediato.

 

No fue evidente.

 

Fue lento.

 

Casi imperceptible.

 

Pero estaba ahí.

 

Las criaturas que antes construían… comenzaron a competir.

 

Las que antes coexistían… comenzaron a dividirse.

 

Las que antes aprendían… comenzaron a usar ese conocimiento de otra forma.

 

El planeta no entendía.

 

No al principio.

 

Solo sentía.

 

Sentía la tensión en sus tierras.

 

Sentía el cambio en sus mares.

 

Sentía cómo aquello que alguna vez fue crecimiento… comenzaba a deformarse.

 

Y entonces…

 

llegó la violencia.

 

No como instinto.

 

No como supervivencia.

 

Sino como decisión.

 

Conflictos.

 

Enfrentamientos.

 

Destrucción.

 

No para vivir.

 

Sino para dominar.

 

El planeta lo sintió todo.

 

Cada golpe.

 

Cada herida.

 

Cada vida que se apagaba.

 

Y por primera vez… algo dentro de él se agitó.

 

Quiso detenerlos.

 

Quiso decirles que no.

 

Que eso no estaba bien.

 

Que eso… le dolía.

 

Que cada muerte no era solo el final de una vida… sino una herida sobre él mismo.

 

Porque lo era.

 

Todo ocurría en su cuerpo.

 

Cada destrucción era una grieta.

 

Cada guerra era un desgarro.

 

Cada acto de codicia… una marca que no podía borrar.

 

Intentó hablar.

 

Intentó enviar algo.

 

Una señal.

 

Una advertencia.

 

Algo.

 

Lo que fuera.

 

Pero no salió nada.

 

No tenía voz.

 

No tenía forma.

 

No tenía manera de alcanzarlos.

 

Solo podía sentir.

 

Y seguir sintiendo.

 

La avaricia.

 

El miedo.

 

El odio.

 

Todo aquello que nacía en ellos y que él no podía comprender del todo… pero que ahora definía su existencia.

 

Y aun así…

 

esperó.

 

Porque creyó que cambiarían.

 

Que aprenderían.

 

Que se detendrían.

 

Pero no lo hicieron.

 

Nunca lo hacían.

 

Y al final…

 

no quedó nada.

 

Silencio.

 

Otra vez.

 

La superficie volvió a estar vacía.

 

Las ciudades desaparecieron.

 

Las estructuras colapsaron.

 

Las huellas de lo que alguna vez existió se desvanecieron con el tiempo.

 

Y el planeta…

 

seguía ahí.

 

Sintiendo el eco de todo lo que había ocurrido.

 

Sintiendo la ausencia.

 

Sintiendo el vacío.

 

Pero no por mucho.

 

Porque la vida…

 

siempre volvía.

 

Y con ella…

 

la esperanza.

 

Otra vez.

 

Nuevas formas.

 

Nuevas especies.

 

Nuevas inteligencias.

 

Y otra vez…

 

el planeta las observaba.

 

Las seguía.

 

Se encariñaba.

 

Y otra vez…

 

las dejaba ser.

 

Y otra vez…

 

se destruían.

 

Una y otra vez.

 

Una y otra vez.

 

Una y otra vez.

 

Millones de años repitiendo el mismo ciclo.

 

Sin variación real.

 

Sin aprendizaje duradero.

 

Sin final distinto.

 

Y él…

 

siempre presente.

 

En cada nacimiento.

 

En cada error.

 

En cada guerra.

 

En cada final.

 

Sintiendo todo.

 

Sin poder detener nada.

 

Sin poder cambiar nada.

 

Sin poder dejar de observar.

 

El tiempo, que para él era una eternidad aburrida, se hizo añicos. No su curso, sino su percepción. Algo apareció. No descendió, ni se materializó. Simplemente… estuvo ahí. Frente a él. Un puntito insignificante sobre un asteroide a la deriva, sentado con las piernas balanceándose en el vacío como si estuviera esperando el autobús.

 

Y aun así… el planeta lo sintió. No como sentía a sus criaturas, ni el agua, ni la roca. Esto era diferente. Más absoluto. Más… definitivo.

 

Ella lo observaba. Con una sonrisa tranquila, como si estuviera mirando una mancha interesante en la pared, no a un ser de inmensidad cósmica.

 

—Qué curioso debe ser —dijo Luna, inclinando la cabeza, su voz un susurro infantil que contrastaba con la enormidad que tenía delante—. Ser tan grande, tan poderoso… y aun así, no tener ni voz ni voto en lo que pasa sobre tu propio pellejo.

 

Silencio. El planeta la escuchó. La entendió. Pero, claro, los planetas no hablan.

 

—Ah… sí —suspiró Luna, llevándose un dedo a la mejilla como si acabara de recordar un detalle trivial—. Los planetas no hablan. Qué fastidio.

 

Chasqueó los dedos. El sonido no viajó. No lo necesitaba. Y entonces… ¡boom! Desde lo más profundo del mundo, desde cada grieta, cada océano, cada fragmento de tierra… una voz emergió. No era un sonido natural. Era una imposición. Una ruptura.

 

—¡Maldita desgraciada! —retumbó la voz, como si el planeta entero estuviera gritando a coro—. ¿Quién te crees que eres…? Soy un dios. ¿Y tú te atreves a tratarme así?

 

Luna lo miró. Y luego… ¡rió! Una carcajada clara, ligera, infantil. Como si el dios estuviera contando el chiste más malo del multiverso.

 

El planeta continuó, la ira contenida durante eones, derramándose sin control.

 

—¿Por qué me mantienes aquí? ¿Qué derecho tienes? ¿Acaso todo esto es por…? —Una pausa tensa—. …¿por haberte llamado enana?

 

El espacio mismo pareció encogerse. No hubo sonido, ni movimiento, pero algo cambió. Luna dejó de reír. Su sonrisa seguía ahí, intacta, pero sus ojos… se volvieron gélidos. El juego, la curiosidad, la ligereza… desaparecieron. Solo quedó enojo. Puro. Frío. Absoluto.

 

El planeta lo sintió. No como una amenaza externa, sino como algo que lo atravesaba por completo. Como si cada parte de él estuviera siendo observada, medida… y considerada totalmente prescindible. Y por primera vez… se detuvo. No por decisión. Por instinto. Incluso él… entendía. Seguir hablando sería un error. Uno del que no habría retorno.

 

Luna inclinó la cabeza. Su voz volvió, suave, calmada, pero desprovista de cualquier rastro de ligereza.

 

—No abras la boca. —Pausa—. Aún estoy molesta por eso. —Sus ojos no cambiaron—. Y no me obligues a romper mi propio código. —Una leve inclinación—. No dudaría en torturarte de una forma peor que a cualquiera de mis condenados.

 

Silencio. Largo. Pesado. El planeta sintió el peso de esa promesa, un eco helado resonando en su núcleo. Y entonces… como si nada hubiera ocurrido… Luna parpadeó. Su mirada se suavizó. Su sonrisa recuperó ese tono casi inocente.

 

—Pero no. —Se recostó ligeramente hacia atrás sobre el asteroide—. No estás aquí por eso. —La pausa se alargó, dejando que el peso de sus palabras se asentara—. Eso… fue solo molesto. —Sus ojos volvieron a él, más tranquilos, más interesados—. Lo que hiciste… de verdad… es otra cosa.

 

Y ahí… todo se detuvo. El silencio que siguió fue denso, cargado, como la calma antes de una tormenta cósmica.

 

Luna dejó escapar un suspiro largo.

 

No de cansancio.

 

Sino de una paciencia que ya había sido usada demasiadas veces.

 

Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas mientras lo observaba.

 

—Aunque llamarme enana fue, probablemente, la peor decisión que has tomado…

 

Hizo una pequeña pausa.

 

Una sonrisa leve.

 

—No es la razón por la que estás aquí.

 

Se encogió de hombros.

 

—No soy una niña caprichosa.

 

Pausa.

 

—Bueno… no siempre.

 

Sus ojos volvieron a él.

 

—Dime…

 

Inclina la cabeza.

 

—¿De verdad olvidaste lo que le pasó al universo que se suponía debías cuidar?

 

El planeta no dudó.

 

—Claro que no.

 

La voz ahora tenía más control, más firmeza.

 

—Fue próspero.

 

Silencio.

 

Un instante.

 

Y luego—

 

Luna se echó a reír.

 

No una risa suave.

 

No una risa contenida.

 

Una carcajada clara, abierta, infantil… completamente fuera de lugar frente a algo de esa magnitud.

 

—¿Próspero?

 

Repitió entre risas.

 

—¿En serio?

 

Se llevó una mano a la boca, intentando calmarse… sin lograrlo del todo.

 

—¿De verdad creíste eso?

 

Su risa se fue apagando poco a poco.

 

Pero la sonrisa se quedó.

 

—Tú los abandonaste.

 

La palabra cayó con una suavidad peligrosa.

 

El planeta reaccionó de inmediato.

 

—No es así.

 

—Yo los creé.

 

—Les di vida.

 

—Les di un mundo donde existir.

 

—Les permití prosperar.

 

Luna ladeó la cabeza.

 

Escuchándolo.

 

Sin interrumpir.

 

Y cuando terminó…

 

sonrió un poco más.

 

—Sí.

 

Asintió.

 

—Eso hiciste.

 

Una pausa.

 

—Y después…

 

Su voz bajó apenas.

 

—Te fuiste.

 

El silencio se tensó.

 

—Cada planeta que creaste…

 

—cada vida que iniciaste…

 

—la dejaste ahí.

 

Hizo un gesto vago con la mano.

 

—A su suerte.

 

Sus ojos no se apartaron de él.

 

—¿Acaso se te olvidó eso?

 

El planeta dudó.

 

Por primera vez.

 

—No me correspondía intervenir.

 

La respuesta fue firme.

 

Convencida.

 

Como si la hubiera repetido incontables veces.

 

Luna no se movió.

 

No cambió su expresión.

 

Pero algo en su mirada se volvió más… preciso.

 

—No.

 

Negó suavemente.

 

—No te correspondía controlarlos.

 

Una leve inclinación.

 

—Pero sí te correspondía guiarlos.

 

El peso de sus palabras cayó más fuerte que cualquier grito.

 

—Eras el ser superior.

 

—Eras quien los creó.

 

—Eras quien entendía más que ellos.

 

Se enderezó un poco.

 

—Y aun así…

 

Pausa.

 

—no hiciste nada.

 

El planeta no respondió.

 

Luna continuó.

 

—Los viste crecer.

 

—Los viste cambiar.

 

—Los viste empezar a destruirse.

 

—Y aun así…

 

Su voz se volvió más fría.

 

—no interviniste.

 

Un silencio pesado se extendió entre ambos.

 

—A causa de tu indiferencia…

 

Los ojos de Luna no se apartaban.

 

—esas mismas criaturas que decías amar…

 

—se convirtieron en conquistadores.

 

—Sanguinarios.

 

—Vacíos.

 

—Sin importarles nada.

 

—Ni el bien.

 

—Ni el mal.

 

Pausa.

 

—Solo avanzar.

 

El planeta tembló.

 

No físicamente.

 

Pero algo en su presencia se agitó.

 

—Eso no era mi responsabilidad…

 

Luna lo interrumpió.

 

No con fuerza.

 

Pero sí con precisión.

 

—Tienes razón.

 

Silencio.

 

—A mí no me importa si los mortales se matan entre ellos.

 

Se encogió de hombros.

 

—Para eso tienen libre albedrío.

 

Su tono volvió a ser casi ligero.

 

—Que se destruyan.

 

—Que se levanten.

 

—Que vuelvan a caer.

 

—Es parte del juego.

 

Pausa.

 

Su sonrisa se mantuvo.

 

Pero sus ojos no.

 

—Pero…

 

Ahí cambió todo.

 

—Lo que sí me importa…

 

El espacio pareció tensarse.

 

—es cuando intentan salir de su mundo.

 

Una pausa más larga.

 

Más pesada.

 

—Cuando empiezan a mirar… más allá.

 

—Cuando buscan otros universos.

 

—Cuando quieren llevar su conquista…

 

Sus ojos se clavaron en él.

 

—más lejos.

 

Silencio.

 

—Y eso…

 

Su voz fue apenas un susurro.

 

—fue exactamente lo que pasó.

 

El planeta no respondió.

 

No pudo.

 

Luna inclinó ligeramente la cabeza.

 

—Tu indiferencia…

 

—tu decisión de no hacer nada…

 

—los llevó a eso.

 

Pausa.

 

—A cruzar un límite que no debían tocar.

 

Sus ojos se endurecieron apenas.

 

—Y entonces…

 

Se recostó de nuevo sobre el asteroide.

 

Como si lo que iba a decir no tuviera importancia.

 

—tuve que intervenir.

 

Silencio.

 

—Tuve que eliminar ese universo.

 

Las palabras cayeron sin peso.

 

Sin emoción.

 

—Borrarlo.

 

—Por completo.

 

Una pausa.

 

—Como si nunca hubiera existido.

 

El vacío alrededor pareció hacerse más profundo.

 

Más amplio.

 

Más frío.

 

Luna volvió a mirarlo.

 

Con la misma sonrisa de siempre.

 

—Y todo…

 

Inclina la cabeza.

 

—por que tú decidiste no hacer nada.

 

Luna lo observó un último instante.

 

No había rabia ya.

 

No había burla.

 

Solo esa calma incómoda que siempre llegaba cuando algo… ya no le interesaba seguir siendo discutido.

 

Dejó escapar un pequeño suspiro.

 

—Bueno…

 

Se levantó del asteroide con un movimiento ligero, casi despreocupado, como si todo lo que acababa de decir no pesara nada.

 

—Supongo que ya entendiste.

 

No esperó respuesta.

 

No la necesitaba.

 

Dio un paso en el vacío, como si el espacio mismo pudiera sostenerla.

 

—Este es tu castigo.

 

Su voz volvió a ser suave.

 

Casi tranquila.

 

—Algo que nunca hiciste.

 

Se detuvo.

 

Mirándolo.

 

—Ver.

 

Pausa.

 

—Sentir.

 

Otra.

 

—Comprender.

 

Sus ojos no se apartaban de él.

 

—Todo lo que crece sobre ti.

 

—Todo lo que cambia.

 

—Todo lo que se desarrolla…

 

Una leve inclinación de cabeza.

 

—Y todo lo que se destruye.

 

Silencio.

 

—Una y otra vez.

 

—Sin detenerse.

 

—Sin aprender.

 

—Sin final distinto.

 

El planeta no respondió.

 

No podía.

 

Pero ahora… entendía.

 

Luna continuó.

 

—Los verás nacer.

 

—Los verás avanzar.

 

—Los verás equivocarse.

 

—Y los verás caer.

 

Su tono no cambió.

 

—Pero nunca…

 

Una pausa más larga.

 

—los verás salir de su mundo.

 

Sus ojos se entrecerraron apenas.

 

—Nunca verás en qué podrían haberse convertido.

 

—Nunca verás si habrían sido algo más.

 

—Nunca sabrás si habrían cambiado.

 

La mirada de Luna se volvió más precisa.

 

Más fría.

 

—Porque ese fue tu error.

 

Se cruzó de brazos.

 

—No fue dejarlos vivir.

 

—No fue darles libertad.

 

—No fue permitirles elegir.

 

Negó suavemente.

 

—Fue dejarlos mirar más allá…

 

Pausa.

 

—sin enseñarles qué hacer cuando llegaran ahí.

 

El silencio volvió a instalarse.

 

Pesado.

 

Inmóvil.

 

—No me molesta que los mortales salgan de su planeta.

 

Lo dijo casi con desinterés.

 

—Pueden explorar.

 

—Pueden crecer.

 

—Pueden buscar algo más.

 

Se encogió de hombros.

 

—Eso es parte de lo que son.

 

Pero entonces…

 

su mirada cambió.

 

—Lo que sí me molesta…

 

El espacio pareció tensarse apenas.

 

—es cuando lo hacen creyéndose el centro de todo.

 

Una leve sonrisa.

 

—Como si importaran.

 

—Como si el universo girara a su alrededor.

 

Se inclinó apenas hacia adelante.

 

—Cuando en realidad…

 

Pausa.

 

—no son más que una mota de polvo.

 

Sus ojos se fijaron en él.

 

—En manos de algo que ni siquiera comprenden.

 

Silencio.

 

Luna dio un paso atrás.

 

—Y tú…

 

Su voz volvió a suavizarse.

 

—los dejaste llegar a ese punto.

 

No hubo más palabras.

 

No hubo más explicaciones.

 

Solo una última mirada.

 

Y entonces…

 

Luna desapareció.

 

Sin luz.

 

Sin sonido.

 

Sin rastro.

 

El espacio volvió a quedar vacío.

 

El planeta… seguía ahí.

 

Sintiendo.

 

Observando.

 

Esperando.

 

Y una vez más…

 

la vida comenzó.

 

Pequeña.

 

Frágil.

 

Llena de posibilidades.

 

Y condenada.

 

A repetirlo todo.

 

Otra vez.

 

Y otra.

 

Y otra.

 

Sin final.

 

Sin escape.

 

Solo él…

 

presente en cada ciclo.

 

Sintiendo cada error.

 

Cada caída.

 

Cada oportunidad perdida.

 

Sufriendo…

 

no por lo que ocurrió.

 

Sino por lo que nunca llegó a ser.

 

Y por primera vez…

 

eso fue peor que cualquier destrucción.

 

La Biblioteca regresó sin aviso.

 

Un parpadeo… y todo volvió a estar ahí.

 

Pero ya no era la misma.

 

Había movimiento.

 

Mucho movimiento.

 

Entre los estantes infinitos, figuras comenzaban a desplazarse. Sombras con forma humana, cuerpos semitransparentes que dejaban ver fragmentos de lo que alguna vez fueron. Rostros marcados, ojos hundidos, expresiones agotadas… pero en constante actividad.

 

Limpiaban.

 

Algunos arrastraban paños por los lomos de los libros.

 

Otros barrían el suelo, donde las manchas se resistían a desaparecer.

 

Unos más cargaban tomos demasiado grandes para ellos, tambaleándose mientras los acomodaban en su lugar.

 

No hablaban.

 

No protestaban.

 

Pero el sufrimiento… estaba ahí.

 

En cada movimiento.

 

En cada gesto.

 

En cada mirada perdida que evitaba encontrarse con otra.

 

Y aun así…

 

trabajaban bien.

 

Muy bien.

 

—¿Qué te parece?

 

Luna apareció frente a ti como si siempre hubiera estado ahí.

 

Las manos detrás de la espalda.

 

Balanceándose ligeramente.

 

Su sonrisa era amplia.

 

Satisfecha.

 

—¿Ves? Soy bastante considerada.

 

Miró alrededor, observando a las almas moverse entre los estantes.

 

—Después de una pequeña… negociación sindical…

 

Hizo un gesto con la mano, como restándole importancia.

 

—Llegamos a un acuerdo.

 

Se inclinó apenas hacia ti.

 

—Si me ayudan a limpiar…

 

Pausa.

 

—tienen dos meses de descanso sin tortura.

 

Silencio.

 

Luego suspiró.

 

Exageradamente.

 

—Me costó aceptar.

 

Se llevó una mano a la mejilla.

 

—Algunas de estas almas son… muy sabrosas.

 

Su mirada se deslizó lentamente por la Biblioteca.

 

Se detuvo en un grupo.

 

Y ahí…

 

cambió algo.

 

Una de las almas levantó apenas la cabeza.

 

Sintió la mirada.

 

Y comenzó a temblar.

 

Luego otra.

 

Y otra más.

 

Luna los observaba con una ligera inclinación de cabeza…

 

y una pequeña línea de saliva descendiendo por la comisura de su boca.

 

No parecía notarlo.

 

O no le importaba.

 

—Pero bueno…

 

Se enderezó.

 

Como si nada hubiera pasado.

 

—Supongo que es mejor así.

 

Se encogió de hombros.

 

—Sola no iba a limpiar todo esto.

 

Miró de nuevo a tu alrededor.

 

Las almas seguían trabajando.

 

Más rápido ahora.

 

Más tensas.

 

—Además…

 

Sonrió.

 

—Esto las mantiene… ocupadas.

 

Silencio.

 

Luego volvió a mirarte.

 

Su expresión volvió a ser ligera.

 

Casi alegre.

 

—En fin.

 

Se giró un poco, dando un pequeño paso hacia atrás.

 

—Creo que por hoy es suficiente.

 

Levantó una mano, despidiéndose.

 

—Puedes volver a tu mundo.

 

Pausa.

 

Su sonrisa se mantuvo.

 

Pero sus ojos no.

 

—O quedarte.

 

Otra pausa.

 

Más corta.

 

—Tú decides.

 

Luego miró hacia las almas.

 

Su voz no subió.

 

No hizo falta.

 

—Ustedes ya saben qué hacer.

 

Un silencio pesado cayó sobre la Biblioteca.

 

—Porque si no…

 

Luna inclinó ligeramente la cabeza.

 

—tendré que hacer una visita.

 

Nadie se detuvo.

 

Nadie dudó.

 

Las almas siguieron trabajando.

 

Más rápido.

 

Más desesperadas.

 

Luna volvió a mirarte.

 

Y sonrió.

 

Como si todo eso…

 

fuera completamente normal.

Thoughts

  • no_pica_nada

    ¡Ay, pobre planeta!

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  • novelaacuestas

    Aupa, desde el capítulo del barco vengo detrás de Luna y esta es la primera vez que le toca a alguien del tamaño de un planeta, y ella ni se despeina. Lo del acuerdo sindical con las almas me sacó una risa en medio de todo lo demás.

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  • MarianelaVidal

    Iba convencida de que el castigo iba a ser tortura, como con los condenados, y resulta que es seguir mirando sin saber nunca en qué podían haberse convertido. Eso pesa más. Después la Biblioteca vuelve y las almas limpian a cambio de dos meses de descanso, y ahí me quedó claro que Luna siempre cobra por algún lado. ¿El planeta vuelve a aparecer más adelante o lo dejás ahí?

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