La oscuridad que envuelve a Alecha la sitúa entre el papel de victima y el de victimario; lo cual resulta muy interesante. Sobre todo porque así también pasa en la vida, y te deja reflexionando sobre todos los que han tenido malas experiencias.
Hilo Rumiante como alfiler plantar. Sensible
Pensamiento
La oscuridad que envuelve a Alecha la sitúa entre el papel de victima y el de victimario; lo cual resulta muy interesante. Sobre todo porque así también pasa en la vida, y te deja reflexionando sobre todos los que han tenido malas experiencias.
Contenido de la publicación
La cocina olía al vapor denso y reconfortante del café recién colado, pero el aroma no lograba disipar la atmósfera pesada que envolvía la casa.
Mientras revolvía la 2da taza de café destinada a Don Ignacio Vallenilla, a Alecha le temblaban levemente las manos. La inminente visita del Pesquisidor le oprimía el pecho con una zozobra helada, una ansiedad que le aceleraba el pulso.
De pronto, un pensamiento invasivo y punzante le atravesó la mente:
-¿Habrían quedado huellas?
-¿Habría algún rastro olvidado en algún rincón oscuro de la casona?
Sacudió la cabeza para ahuyentar el pánico. No, estaba segura de que no. Había sido meticulosa, casi obsesiva. Sin embargo, el puro pensamiento la arrastró, como una marea imparable, hacia el pasado.
Su conciencia la trasladó a aquella noche del año 1.779. Alecha tenía entonces apenas 19 primaveras, exhibiendo una juventud vigorosa, fuerte y llena de vida. Recordó la luna llena ocultándose tras las copas de los árboles y la humedad penetrante del aire justo antes de la lluvia. Aquella noche, mientras regresaba a toda prisa por el sendero que lindaba con el bosque, una sombra se desprendió de la penumbra. Era uno de los peones de la hacienda, un hombre de mirada turbia y aliento a aguardiente que llevaba días acechándola. Sin mediar palabra, la atajó en mitad del camino.
El peón la acorraló contra el tronco rugoso de un mamey. La oscuridad del bosque parecía abrazar la escena con una complicidad perversa; el viento entre las hojas sonaba como un murmullo de advertencia. No había rastro de humanidad en los ojos del hombre, solo una maldad pura, silvestre y despiadada. Intentó someterla utilizando su fuerza, confiado en que una joven no podría defenderse.
Pero el peón cometió un error fatal: subestimó el vigor y el instinto de supervivencia de Alecha. En un arrebato de desesperación y fuerza ciega, ella luchó con garras y dientes, liberándose del agarre para sumergir el camino en un desenlace envuelto en el misterio y las sombras de la noche, un secreto que la tierra húmeda del bosque guardaría para siempre.
De vuelta al presente, El chasquido de la cuchara contra la porcelana la trajo de golpe a la realidad. Alecha respiró hondo, sintiendo el calor de la cocina. El misterio de aquella noche en el bosque permanecía enterrado, pero la sombra del Pesquisidor amenazaba con desenterrar los demonios que creía olvidados.
Limpió meticulosamente el borde de la taza con un paño seco, asegurándose de no dejar ni la más mínima marca.
Salió a la sala principal, se sienta frente a Don Ignacio, Silencio tenebroso, los pies de Alecha sentidos por pequeños clavos cayosos, la respiración controlada…
La cucharilla chocó con un tintineo seco contra el borde de la porcelana, devolviendo a Alecha por un instante a la penumbra de la sala.. Sin embargo, las palabras exactas de aquella noche resonaban en su mente con la claridad de un eco maldito, eclipsando el aroma a café y el crujido de la leña.
Le vino otra imagen en la cabeza:
El peón la había acorralado contra la corteza rugosa de un mamey. El aliento del hombre, pesado y cargado de odio, le quemaba la piel. Sus ojos no reflejaban solo la codicia de un cazador, sino el rencor añejo de un verdugo.
—Por fin te encuentro sola en el bosque —le siseó la voz áspera del hombre, cortando el murmullo nocturno de las hojas—. Eres una maldición, naciste del mal, tienes el alma oscura... No sabrás salir de esta.
Mi corazón latía con la violencia de una fiera atrapada, pero en medio del terror, la confusión le heló la sangre. Apoyó las manos contra el pecho del peón, sintiendo la juventud vigorosa de sus 19 años hervir en sus venas.
—¿Quién eres? —alcanzó a articular Alecha, con la voz firme a pesar del temblor de su cuerpo.
El hombre esbozó una sonrisa torcida, preñada de un deleite perverso, y se inclinó hasta rozar su oído:
—Soy el ahijado de Cañiale.. tu madre, ¡la que asesinaste!
Aquella frase había atravesado el tiempo para posarse nuevamente sobre sus hombros tomo el puñal en sus manos y con su fuerza atravesó la piel del abdomen. El peón cayó al piso…
Alecha sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda mientras tomaba un sorbo de café…
El misterio de la muerte de Cañiale, los secretos oscuros que rodeaban su linaje y la maldad implacable de aquel ahijado volvían a amenazar el refugio que con tanto celo había construido.
Alecha sabía que no había dejado huellas físicas esa noche en el bosque... pero las huellas del pasado comenzaban a crujir bajo las pisadas del Pesquisidor, frente a ella, con mirada de sabueso..
La luz de las velas temblaba en la mesa, , proyectando sombras alargadas de Don Ignacio Vallenilla sobre las paredes de piedra.
Don Ignacio no estaba dispuesto a esperar..
Sentado en su sillón de cuero, con la mirada fija en Alecha, comenzó un interrogatorio implacable, midiendo cada palabra como un detective calculador.
Don Ignacio: (Cruzando los dedos sobre el escritorio, con voz pausada pero cortante) Siéntate, Alecha. Tenemos que hablar tú y yo antes de que amanezca.
Alecha se quedó sentada con los pies debajo de la mesa , con las manos entrelazadas contra el delantal, sintiendo que el aire de la habitación se volvía cada vez más espeso.
Don Ignacio: Primera pregunta, y quiero la verdad pura. ¿Cuándo fue la última vez que viste al peón? Aquel ahijado de Cañiale.
Alecha: (Tragando saliva, con un hilo de voz) Yo... yo no lo recuerdo bien, Hace mucho tiempo. En los caminos del monte, quizás... cuando andaba por los maizales.
Don Ignacio: (Inclinándose hacia adelante, entrecerrando los ojos) No me mires a los zapatos, Alecha.
La gente dice que la noche que desapareció, te vieron adentrarte en el bosque. Pero pasemos a la segunda, que es más interesante:
¿Por qué hay gente en el pueblo que dice que usted tiene un pacto con el maligno? Murmuran que las sombras te obedecen, que ningún hombre que te aceche vuelve a pisar el pueblo con vida.
¿Qué responde a eso la habladuría de la gente?
Alecha: (Sintiendo que el pulso le zumbaba en los oídos, la frente humedecida por un sudor frío) La... la gente habla por envidia, Don Ignacio. El pueblo siempre busca a quién culpar cuando no entiende las cosas. Yo no tengo pacto con nadie…
Don Ignacio: (Interrumpiéndola, sin apartar la vista de su rostro pálido) Eso dicen los inocentes, o los culpables que saben mentir muy bien.
Pero vamos más hondo, Alecha. No me engañas.
Tercera pregunta: ¿Es cierto que tiene un Arcón? Ese viejo baúl de madera de cedro herrado en hierro que guardabas? Era de tu madre, Cañiale.
Alecha se paró de repente e involuntariamente dio un paso hacia atrás.
Sus labios temblaron y el pecho le subía y bajaba con violencia. La angustia la ahogaba; cada pregunta de Don Ignacio era una soga que se le cerraba al cuello.
Alecha: (Con la voz quebrada) No... yo no sé de qué arcón habla…
Don Ignacio: (Levantándose lentamente del sillón, con una sonrisa fría y calculadora) No mientas más, mujer. Sé que existe. Y eso me lleva a la última y peor pregunta: ¿Qué guarda allí? ¿Cartas? ¿Dinero? ¿O guarda el testamento? ..
........... El silencio que siguió fue sepulcral. Alecha sentía que las piernas le temblaban al punto de desvanecerse. Sus ojos, llenos de terror y rabia contenida, buscaron los de Don Ignacio, sabiendo que ya no había escapatoria: el secreto del arcón y la noche en el bosque estaban a punto de salir a la luz….
Thoughts
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PermalinkEl interrogatorio de Don Ignacio, pregunta por pregunta hasta la peor, convierte la sala en un juzgado con velas. Para mí el testamento está en el arcón y él lo sabe desde antes de sentarse: nadie pregunta así por algo que nunca vio.
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PermalinkLa oscuridad que envuelve a Alecha la sitúa entre el papel de victima y el de victimario; lo cual resulta muy interesante. Sobre todo porque así también pasa en la vida, y te deja reflexionando sobre todos los que han tenido malas experiencias.
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PermalinkMuy bien .. el suspenso y la atmósfera opresiva … como se librará Alecha de esta ..
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SEEMARAN
SALUDOS
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Asi lo siento.
La noche llega de prisa. Soy Yo quien la espera con ansias.
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ECOS DE LA MANADA C. 13
Capítulo 13 — voz del narrador:
La cocina olía al vapor denso y reconfortante del café recién colado, pero el aroma no lograba disipar la atmósfera pesada que envolvía la casa.