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Guerra para ganar La Paz 💘

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Pensamiento

Pensamiento

PilarEscudero

Mira, la carta entera va dirigida a la madre y él aparece casi siempre en tercera persona, como alguien por quien se pelea más que alguien que habla. Mi suegra estuvo once años sin sentarme a gusto en su mesa, y lo que más me dolió entonces fue lo poco qu

Mira, la carta entera va dirigida a la madre y él aparece casi siempre en tercera persona, como alguien por quien se pelea más que alguien que habla. Mi suegra estuvo once años sin sentarme a gusto en su mesa, y lo que más me dolió entonces fue lo poco que decía mi marido delante de ella. Apuesto a que ese silencio también te pesa, aunque en el texto lo cuidas mucho y no le reprochas nada.

Contenido de la publicación

Hoy decidí contar, desde mi punto de vista, lo que significa vivir, amar, odiar y, sobre todo, perder la paz por algo que alguna vez fue lo más lindo que te pasó en la vida.

¿Cómo se llama ese amor que nace cuando sos apenas una niña, cuando todavía no entendés demasiado de la vida, pero sentís que hay una persona que va a marcar tu historia para siempre? ¿Cómo se explica esa conexión que empieza con inocencia, crece con los años, se transforma en amor y termina convirtiéndose en una de las heridas más profundas que llevás en el alma?

Porque hay amores que no empiezan cuando dos personas se besan por primera vez. Empiezan mucho antes, en la infancia, en las miradas, en los recuerdos, en esas pequeñas cosas que, con el tiempo, terminan significándolo todo. Y cuando ese amor crece junto con vos, deja de ser simplemente una historia de amor. Se convierte en parte de tu vida, de tu pasado, de tu presente y de todo lo que alguna vez imaginaste para tu futuro.

Pero ¿qué pasa cuando un amor tan fuerte empieza a llenarse de miedo, de dolor, de odio y de lágrimas? ¿Qué pasa cuando dos personas que se aman de verdad no pueden vivir ese amor en paz porque hay alguien más que parece empeñado en destruirlo?

Ahí es cuando empezás a preguntarte si el amor realmente puede con todo o si, a veces, hay personas capaces de convertir lo más hermoso en algo que duele hasta respirar.

Y en mi historia, esa persona tiene nombre, tiene rostro y, por encima de todo, tiene un vínculo con él que yo jamás pretendí quitarle: es su madre.

Y quizás eso sea lo que más me cuesta entender. ¿Cómo una madre puede ver el sufrimiento de su propio hijo y aun así permitir que el orgullo, los celos, los prejuicios o la necesidad de tener la razón se interpongan en su felicidad? ¿Cómo puede alguien que debería desear verlo feliz convertirse en parte de aquello que le hace sufrir?

Yo sé que nadie es perfecto. Todos cometemos errores, todos tenemos defectos y todos cargamos con nuestras propias heridas. Pero hay algo que nunca voy a entender: ¿por qué hacer sufrir a dos personas que se aman? ¿Por qué intentar separar dos caminos que ya se habían encontrado? ¿Por qué convertir el amor en una lucha constante, como si amar a alguien tuviera que ser una guerra contra el resto del mundo?

Yo no quería ocupar tu lugar. Nunca quise ser su madre, ni reemplazarte, ni quitarte el vínculo que tenés con tu hijo. Yo solamente quería tener mi lugar en su vida. Ese lugar que, con el tiempo, construimos juntos. Ese lugar que no apareció de la nada, porque yo lo conozco desde que éramos chicos. Yo estuve ahí cuando todavía éramos dos niños que no sabían todo lo que la vida tenía preparado para ellos.

Yo lo conocí antes de que tantas cosas cambiaran. Antes de que el amor se volviera complicado. Antes de que las decisiones de los adultos empezaran a pesar sobre sentimientos que ni siquiera ellos podían comprender por completo.

Y me duele. Me duele muchísimo saber que alguien que forma parte de su propia familia pueda convertirse en un obstáculo para su felicidad. Me duele sentir que tengo que demostrar constantemente que mis sentimientos son reales, como si todos estos años no significaran nada. Como si lo que vivimos pudiera borrarse con una opinión, una prohibición o una palabra dicha desde el orgullo.

Pero ¿sabés qué es lo que más me duele?

Ver que parece no importarte con quién esté tu hijo, siempre y cuando no sea conmigo.

Y esa es una sensación que no le deseo a nadie: sentir que no importa si él está bien, si es feliz, si lo quieren de verdad o si esa persona conoce su historia. Que parece ser suficiente con que yo no esté ahí.

Como si el problema nunca hubiera sido su felicidad, sino mi presencia.

Como si cualquier otra mujer fuera aceptable con tal de que no fuera yo. Como si fuera preferible verlo al lado de alguien que no conoce su historia desde el principio, antes que aceptar a alguien que lo conoce desde chico, que sabe de dónde viene, que conoce sus maneras, sus silencios, sus virtudes y sus defectos. Alguien que lo quiso antes de entender siquiera lo que significaba amar de verdad.

Y no, no digo que él no pueda conocer a otras personas, ni que tenga que estar conmigo por obligación. El amor no funciona así. Lo que me duele es sentir que nuestra historia se juzga por quién soy yo, en lugar de por lo que realmente somos y sentimos.

Porque yo no estoy hablando de una relación que apareció ayer. Estoy hablando de una historia que creció con nosotros. De un sentimiento que atravesó etapas, cambios, errores, distancias y regresos. De algo que para mí tiene un valor que no se puede explicar con palabras.

Y entonces me pregunto: ¿qué te hice yo para merecer tanto rechazo?

¿En qué momento dejé de ser una persona para convertirme en alguien contra quien tenías que luchar? ¿En qué momento mi amor por tu hijo se volvió una amenaza para vos? ¿Cuándo empezaste a verme como una rival?

Porque, sinceramente, hubo momentos en los que sentí que competías conmigo.

Y todavía me cuesta creerlo.

¿Vos, una mujer adulta, compitiendo conmigo por el amor de tu hijo? ¿De verdad sentías que tenías que ganarme algo? ¿Qué era lo que querías demostrar? ¿Que tenías más poder? ¿Que podías decidir por él? ¿Que, si te lo proponías, podías hacer que yo desapareciera de su vida?

No sé cuál era tu objetivo. No sé qué ganabas con verme sufrir, con verlo sufrir o con poner sentimientos en medio de una lucha que jamás tendría que haber existido.

Pero hay algo que sí sé: si lo que querías era dejar una marca en mí, lo lograste.

Y no me enorgullece decirlo, pero el amor que alguna vez sentí por vos como parte de su familia se transformó en una rabia que me cuesta explicar. Porque yo también quise que las cosas fueran diferentes. También quise llevarme bien, encontrar un lugar, sentir que podía formar parte de su vida sin tener que mirar constantemente por encima del hombro, esperando el próximo problema.

Pero hay decepciones que te cambian la manera de mirar a una persona. Y hay dolores que, cuando se repiten, terminan convirtiendo el cariño en resentimiento.

Lo más triste es que todo ese odio no nació porque yo quisiera odiarte. Nació de sentirme impotente. De sentir que no tenía voz, que no importaba cuánto amara, cuánto respetara o cuánto intentara hacer las cosas bien. De sentir que siempre había algo más fuerte que nosotros, algo que no dependía de nuestros sentimientos, sino de decisiones ajenas.

Y sí, estoy enojada.

Estoy enojada porque siento que nos robaron la tranquilidad. Porque me duele pensar en todo lo que podríamos haber vivido sin tantas interferencias. Porque me da rabia que una historia que empezó con tanta inocencia terminara cargando con tanta angustia. Porque me cuesta aceptar que personas que deberían querer nuestra felicidad puedan, desde mi punto de vista, convertirse en parte de nuestro sufrimiento.

Y también estoy triste. Mucho más de lo que dejo ver.

Porque detrás de toda esta rabia sigue estando aquella niña que lo conoció de chica. La que nunca imaginó que algo tan lindo podría doler de esta manera. La que fue creciendo con recuerdos, sentimientos y una historia que jamás pensó que tendría que defender tantas veces.

Esa niña sigue preguntándose por qué.

¿Por qué no pudimos querernos sin miedo? ¿Por qué no pudimos vivir nuestra historia sin sentir que teníamos que pedir permiso para ser felices? ¿Por qué algo que tendría que habernos dado paz terminó llenándonos de dudas, discusiones y dolor?

Y lo peor es que, cuando una relación empieza a estar rodeada de tanto sufrimiento, llega un momento en el que ya no sabés qué hacer con todo lo que sentís. Porque el amor sigue ahí, pero también están las heridas. Están los recuerdos hermosos, pero también los momentos que preferirías olvidar. Está esa conexión que te hace sentir que conocés a alguien desde siempre, pero también está el cansancio de tener que luchar contra tantas cosas.

Y ahí aparece el odio.

No necesariamente porque hayas dejado de amar, sino porque estás cansada de sufrir. Porque hay una parte de vos que quisiera dejar de sentir todo esto, dejar de pensar, dejar de preguntarse qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.

Y a veces confundís el odio con el final del amor, cuando en realidad lo que se terminó fue tu capacidad de soportar ciertas cosas en silencio.

No sé qué va a pasar con nuestra historia. No sé si algún día vamos a poder mirar atrás y entender por qué tuvimos que atravesar tantas cosas. Tampoco sé si algún día voy a poder recordar todo esto sin sentir una mezcla de tristeza y rabia.

Lo único que sé es que mi historia también merece ser contada.

Porque durante mucho tiempo sentí que tenía que callarme, que tenía que aguantar, que tenía que comprender a todos, incluso cuando sentía que nadie intentaba comprenderme a mí.

Pero hoy quiero hablar.

Quiero contar lo que se siente amar a alguien desde la infancia y descubrir que el amor no siempre alcanza para vivir una historia en paz. Quiero contar lo que se siente ver cómo algo tan puro se llena de problemas que nunca imaginaste tener que enfrentar. Quiero contar lo que se siente pasar de querer a alguien con todo el corazón a sentir una rabia inmensa hacia las personas que, desde tu perspectiva, contribuyeron a romper esa tranquilidad.

Y quiero decir algo más: yo no necesitaba ganarte. Nunca quise competir con vos. Nunca quise ocupar tu lugar.

Yo solamente quería amar a tu hijo sin sentir que tenía que luchar contra su propia familia para hacerlo.

Y si alguna vez pensaste que mi presencia era una competencia, lamento que lo hayas visto de esa manera. Porque yo no estaba intentando quitarte nada. Estaba intentando construir algo con él.

Algo nuestro.

Algo que nació cuando éramos chicos y que, para mí, siempre tuvo un significado especial.

Tal vez nunca entiendas cuánto me dolió todo esto. Tal vez nunca reconozcas el daño que siento que nos causó esta situación. Tal vez para vos todo tenga una explicación distinta y yo sea la equivocada de esta historia.

Pero yo sé lo que sentí. Sé las noches que pasé pensando. Sé las veces que me pregunté por qué tenía que ser tan difícil. Sé lo que significa amar a alguien y, al mismo tiempo, sentir que hay circunstancias que te empujan a alejarte de esa persona.

Y también sé que no quiero convertirme en alguien que viva para odiar.

Porque, aunque hoy tenga rabia, aunque me duela recordar y aunque haya cosas que todavía no pueda perdonar, no quiero que todo esto termine definiendo quién soy.

No quiero que una historia que alguna vez me hizo tan feliz sea recordada solamente por el dolor que vino después.

Pero tampoco voy a fingir que no pasó nada.

Porque pasó. Porque dolió. Porque dejó marcas.

Y porque detrás de cada palabra que hoy escribo hay una historia que no conoce nadie por completo, un amor que significó muchísimo para mí y una tristeza que no siempre supe cómo explicar.

Hoy no escribo porque haya superado todo esto.

Escribo porque estoy cansada de guardármelo.

Escribo porque necesito sacar de mi pecho todo lo que durante tanto tiempo me hizo ruido en el alma.

Y escribo porque, aunque el amor se haya mezclado con el odio, aunque la inocencia se haya perdido y aunque hoy no sepa cómo terminar esta historia, hay algo que nadie puede cambiar: lo que yo viví, lo que yo sentí y lo que esta historia significó para mí.

Porque hay personas que llegan a tu vida y se convierten en amor, pero hay situaciones que hacen que ese amor termine doliendo como si fuera una condena.

Y yo todavía estoy intentando entender cómo algo que empezó siendo tan lindo pudo convertirse en una de las cosas que más me duelen.

Quizás algún día deje de preguntarme por qué.

Quizás algún día pueda mirar todo esto desde otro lugar.

Pero hoy no.

Hoy estoy enojada. Hoy estoy triste. Hoy estoy decepcionada.

Y hoy, por primera vez, no voy a disimularlo.

Porque esta es mi historia.

Y aunque a alguien le moleste escucharla, yo también tengo derecho a contarla.

Thoughts

  • Ovid

    Hola @sinfiltro_elamor, bienvenida! Una carta entera escrita a la madre de él, que capaz nunca la lea, me hace pensar en esas cartas que uno escribe para poder dormir y después se quedan en un cajón. Se nota que esta la tenías guardada hace mucho tiempo. Gracias por traerla acá :)

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  • PilarEscudero

    Mira, la carta entera va dirigida a la madre y él aparece casi siempre en tercera persona, como alguien por quien se pelea más que alguien que habla. Mi suegra estuvo once años sin sentarme a gusto en su mesa, y lo que más me dolió entonces fue lo poco que decía mi marido delante de ella. Apuesto a que ese silencio también te pesa, aunque en el texto lo cuidas mucho y no le reprochas nada.

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Hoy decidí contar, desde mi punto de vista, lo que significa vivir, amar, odiar y, sobre todo, perder la paz por algo que alguna vez fue lo más lindo que te pasó en la vida.

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