Una vez, iba caminando por la calle con un amigo. Estábamos hablando de la vida cuando, de repente, me contó que estaba saliendo con una chica.
Me enseñó una foto de ella en Instagram. Era guapísima.
Se habían conocido en una discoteca. Hubo química y pasaron la noche juntos. Fue una sola vez. Después, él empezó a buscarla, a pedir explicaciones, a insistir. Al final, volvieron a quedar.
Pero ella lo rechazó.
Él estaba decepcionado. Decía que ella era simpática, que hablaban de cosas disparatadas, que congeniaban muy bien. No entendía por qué, de repente, había dejado de contestarle. Ella no lo había bloqueado en WhatsApp; simplemente había dejado de responder.
Él quería algo. Ella no.
En ese momento empezó a sonar Back to Friends, de sombr. Parecía que alguien hubiera puesto la canción allí a propósito.
Me miró:
—¿Por qué me hace esto? ¿Qué he hecho yo? Dame una solución.
—No tengo una solución. Tengo lucidez.
—Entonces, explícame.
—Cada persona tiene sus propios valores. Sentimentales, físicos, económicos... Al final, todo puede convertirse en un objeto de interés. Lo que cambia es el interés que sentimos por cada cosa.
Se quedó mirándome.
—El deseo no es un contrato. Es un préstamo.
—¿Cómo que un préstamo?
—Piénsalo. Alguien te presta un destornillador. Lo usas y lo devuelves. Perfecto. Después vuelves y exiges toda la caja de herramientas. La persona te mira y te dice: «¿Te has vuelto loco? Solo te presté un destornillador porque parecías un buen tipo».
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene todo que ver. Quieres convertir una experiencia que ella compartió contigo en una obligación que nunca asumió.
—Pero yo la quiero para mí.
—¿Lo ves? Tú la quieres. Y es precisamente ahí donde empiezas a asfixiarla.
—Pero ¿cómo es posible que no me diga nada?
—Porque no responder también es una respuesta.
Se quedó en silencio.
—Entonces, estuvo conmigo, volvimos a quedar varias veces y después me rechazó porque se dio cuenta de que yo quería algo más.
—Exactamente.
—¿Me estás diciendo que yo soy el problema?
—Te estoy diciendo que recibiste exactamente lo que ella estaba dispuesta a ofrecer. Tú querías más. Ella no. Y eso no convierte su deseo en una deuda.
Respiró hondo.
—No sabes cómo me siento.
—No. No lo sé.
—Entonces, ¿cómo puedes hablar así?
—Porque eres responsable de lo que sientes. No sé lo que sientes tú. Y tampoco sé lo que siente ella. La diferencia es que, en su caso, hay algo que sí sabes: no quiere continuar.
—Puede que esté con otro. O con otra.
—Puede.
—Entonces, ¿crees que simplemente tengo que aceptarlo?
—No. Puedes sufrir, estar triste, echarla de menos, cabrearte. Todo eso es tuyo. Lo único que no puedes hacer es convertir tu sufrimiento en una obligación para otra persona.
Me miró fijamente durante unos segundos.
—Estás loco.
—Te prometí lucidez, no una solución.
Negó con la cabeza.
—Eres demasiado duro.
—Puede ser.
Se marchó furioso.
Y quizá ese fuera precisamente el problema: no quería limitarse a sentir. Quería que aquello que sentía también significara algo para ella.
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