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Banco de los Sentimientos S. A.

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Todo el mundo valora sus sentimientos. Y, muchas veces, ese valor aumenta precisamente cuando sufrimos traumas por aquello que elegimos basándonos en una imagen que nos parecía atractiva, como una inversión, una referencia que nunca llegamos a comprobar de verdad.

Guardamos sentimientos como quien guarda dinero en un banco, esperando que el tiempo nos pague intereses.

Pero los sentimientos también pueden perder valor.

Son como el papel moneda que atraviesa distintas monedas y sistemas monetarios. Cambia el nombre, cambia la cotización, cambia el mundo. Aquello que ayer parecía tener un valor absoluto puede que mañana ya no alcance ni para comprar lo que compraba antes.

El amor puede parecerse a una inversión cuando sabemos, al menos, distinguir lo evidente de aquello que es un sueño.

Lo evidente también puede contener fantasías. Los sueños pueden ser irrealizables, y ni siquiera tienen por qué serlo. El problema empieza cuando confundimos el sueño de una persona con la obligación de la otra de hacerlo realidad.

Para que una relación funcione, ambos tienen que participar. Los dos necesitan estar, de alguna manera, en la misma sintonía. No tienen que pensar igual, desear las mismas cosas ni estar de acuerdo todo el tiempo. Pero deben tratarse como adultos.

Sin la participación de uno, el otro no puede sostener por sí solo aquello que debería construirse entre los dos.

Guardamos aquello que consideramos valioso dentro de lo que somos: en la carne y en los sentimientos. Ambas cosas se pudren.

Los sentimientos pierden valor con el tiempo. Y hay una ironía en ello: siguen teniendo un valor sentimental para nosotros, pero pueden perder por completo su valor para la otra persona.

Nosotros también perdemos valor poco a poco.

Perdemos belleza. Perdemos músculo. El colágeno desaparece lentamente. La piel cambia. El cuerpo cambia. El tiempo nos vence a todos.

Y llega un momento en que ese sentimiento ya no genera los intereses que imaginábamos.

Queda la amargura.

Pero la vida no le debe nada a nadie. Mucho menos los demás.

Una lección no dura para siempre.

La lucidez sí.

Veo muros de ciudades pintados con la frase «¡MÁS AMOR, POR FAVOR!», como una protesta de quienes quieren amor, quieren recibir amor, quieren negociar el amor.

Es casi como esos carteles que anuncian:

¡SE COMPRA Y SE VENDE ORO!

Pero el amor no se pide.

El amor se da.

Podemos incluso comprar compañía, atención, sexo, comodidad, seguridad o cualquier otra cosa que confundamos con el amor. Pero, cuando vence el plazo, aquello que compramos también puede acabarse.

El amor es un subproducto de la pasión.

Quizá sea como los residuos de las cenizas nucleares de una central: la pasión produce una enorme cantidad de energía, pero después tenemos que lidiar con lo que queda. Podemos almacenarlo, cuidarlo o contaminar a otras personas con aquello que no conseguimos resolver.

Nadie está obligado a tener empatía.

Y mucho menos está alguien obligado a respirar el amor que otra persona ha decidido producir.

No existe una edad para amar, como existe una edad para sacarse el permiso de conducir.

Pero sí existe una edad para empezar a entender qué significa amar.

La pasión nos hace preguntarnos a quién amar.

El amor nos muestra qué queda cuando la pasión desaparece.

Y los intereses llegan con el tiempo.

Muchos depositan sus sentimientos en un banco esperando que generen rendimientos. Esperan que la otra persona nos ame como creemos merecer. Como creemos que deberíamos ser amados.

Es como guardar dinero debajo del colchón y descubrir, años después, que esos billetes ya no valen nada.

O, peor aún:

la casa se incendia.

El amor necesita circular.

Eso no significa gastarlo todo.

Ten sentido común.

No seas tan radical como para convertir lo contrario de tus creencias en una nueva creencia. Hay que escuchar propuestas, observar el mercado futuro y, sobre todo, ser capaz de verse a uno mismo dentro de él.

Porque en el futuro no existe la verdad.

Existe la realidad.

Imagínate lo siguiente.

Estás con esa persona.

Vivís en una bonita casa adosada, amueblada, con tres dormitorios, en un barrio también agradable. Los vecinos no son precisamente simpáticos, pero cada uno va a lo suyo.

Estás en medio del tráfico, volviendo a casa después de una jornada de trabajo estresante, o de cualquier cosa que hagas para mantener todo lo que tenéis.

Llegas.

Tu persona amada está en la habitación, trabajando.

La puerta está cerrada.

No sabes si está conectada, en una reunión o simplemente concentrada.

Entonces ves un letrero rojo encendido:

¡NO ENTRES!

Recuerdas que habéis discutido varias veces por eso.

Llevaba meses pidiéndote que instalaras aquel letrero.

Por fin lo has instalado.

De mala gana.

Pero lo has instalado.

Y lo has instalado bien.

Ahora miras el letrero y recuerdas las discusiones. Sin embargo, en lugar de sentir únicamente rabia, experimentas una pequeña satisfacción:

la discusión ha terminado.

El letrero está ahí.

Has resuelto algo que molestaba a la persona que amas.

Vas a la cocina.

No hay nada para comer.

Te enfadas.

Después piensas:

«Ella también está ocupada».

Ella trabaja.

Tú trabajas.

Los dos trabajáis para mantener lo que habéis construido.

Ella no está haciendo nada contra ti.

Está viviendo su propia vida a tu lado.

Así que preparas una carbonara.

O estás demasiado cansado y pides un buen plato a domicilio.

Llega la comida.

Recoges el pedido.

Y, unos minutos después, se ilumina el móvil.

Es un mensaje suyo:

«¡Qué bien huele! Perdona por no hacer nada, estoy hasta arriba de trabajo... Te quiero».

No es la frase «te quiero» lo que hace que aquello tenga valor.

No es la casa.

No son los tres dormitorios.

No es el coche.

No es el dinero.

No son las cosas que habéis conseguido juntos.

Es la capacidad de reconocer las cosas buenas y las malas.

Es hacer las cuentas en el Banco de los Sentimientos y darse cuenta de que, a pesar de las discusiones, las irritaciones, los días malos, las puertas cerradas, la comida que no se preparó y todo lo que salió mal, todavía queda saldo.

No un saldo perfecto.

Un saldo suficiente.

Suficiente para continuar.

Quizá eso sea lo que llamamos amor.

Encontrar un lugar.

Encontrar un propósito.

Encontrar pertenencia en alguien a quien decidimos dedicar una parte de nuestra existencia.

En el fondo, quizá amar sea cerrar los ojos en medio de la oscuridad y, aun sin poder ver lo que tenemos por delante, saber que estamos de la mano de alguien en quien confiamos.

El escenario puede ser horrible.

Puede ser imaginario.

Puede ser desconocido.

Puede ser exactamente aquello que más tememos.

Aun así, existe una certeza:

esa persona está ahí.

Eso es lo que imaginamos incluso antes de llegar a casa.

Eso es lo que esperamos encontrar cuando abrimos la puerta.

No la promesa de que todo saldrá bien.

Sino la posibilidad de que, incluso cuando no sea así, no estaremos solos.

Ese es el interés.

Ese es el interés del Banco de los Sentimientos S. A.

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Thoughts

  • bertaenlaterraza

    Pues yo no lo tengo tan claro. El letrero ese lo pidió ella durante meses y bien que hizo, porque al final está puesto. Pedir también es parte del asunto, y a veces la que no pide nunca nada es la que termina con la amargura que dices.

    Permalink
  • AndreaCampos

    Me chirría que el saldo lo calcule solo uno. Toda la escena está contada desde el que instala el letrero de mala gana, abre la nevera vacía y pide la comida; ella aparece apenas en un mensaje del móvil. Si el banco es de los dos, falta su extracto. Contada desde detrás de la puerta cerrada, con la reunión que no termina y el olor a carbonara llegando, sospecho que la cuenta da otro número.

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