Existe una idea que se repite desde hace siglos: que la conciencia de la muerte es lo que nos hace vivir intensamente. El filósofo alemán Martin Heidegger defendía algo parecido… llamaba «ser para la muerte» a la experiencia de enfrentarse a la propia finitud, algo que, según él, nos sacaría de la vida automática y nos impulsaría a vivir de una manera más auténtica.
Pero hay un problema con esta idea, y es sencillo: ningún filósofo que haya escrito sobre la muerte ha vivido para contar cómo es estar muerto… ni ser inmortal. Toda esta tradición de pensamiento fue construida por personas mortales que intentaban imaginar una condición que ellas mismas nunca llegarán a experimentar. Es como pedirle a un pez que describa cómo sería vivir fuera del agua, siendo un pez.
Lo mismo ocurre con quienes defienden lo contrario: que la inmortalidad sería un aburrimiento insoportable. El filósofo Bernard Williams, en su ensayo The Makropulos Case (1973), argumentó que vivir para siempre llevaría al agotamiento de todos los proyectos y relaciones posibles. Pero esta idea arrastra un problema similar: imagina a un inmortal pensando y tomando decisiones como si todavía tuviera prisa. Es decir, introduce en el escenario hipotético la misma urgencia de quien sabe que su tiempo es limitado y luego utiliza ese agotamiento para demostrar que la inmortalidad sería algo negativo. Es un argumento circular.
La cultura refuerza esta desconfianza a través de la ficción. Personajes como Drácula, de Bram Stoker, son eternos, pero están aislados… viven escondidos, han perdido a todos los que amaban y están cansados de los siglos. Sin embargo, esto no es una verdad sobre la inmortalidad en sí misma: es una elección narrativa. Toda historia necesita conflicto, y un inmortal feliz no genera una trama. También existe un interés psicológico colectivo en ello: las historias que presentan la inmortalidad como una maldición sirven de consuelo a quienes no tienen más opción que aceptar su propia finitud.
Esto recuerda al comportamiento humano frente a la riqueza. Casi nadie dice «es mejor ser pobre» solo porque «el dinero no trae felicidad»: esa frase se utiliza como advertencia, no como motivo para renunciar a ganar dinero. Sin embargo, cuando el tema es la inmortalidad, la misma lógica («no trae felicidad») se convierte en un argumento para rechazar la idea por completo. Es la fábula de la zorra y las uvas: despreciamos aquello que está fuera de nuestro alcance.
Y aquí reside el punto central de esta reflexión: en la práctica, la riqueza es una simulación parcial e imperfecta de la inmortalidad. Compra el tiempo de otras personas, mejores tratamientos médicos y la posibilidad de empezar de nuevo sin derrumbarse. Da la sensación de que las reglas habituales de la escasez no se aplican por completo. Pero es una ilusión… el multimillonario muere igual que todo el mundo. Simplemente vivió durante décadas como si no fuera a morir.
Ante esto, surge el giro más importante: la felicidad no es una consecuencia de la riqueza, el éxito o el tiempo de vida… es la condición de base. El propio diccionario define la felicidad como un estado interno de bienestar, sin mencionar el dinero ni la longevidad como requisitos previos. Tenerlo todo… incluso tiempo infinito… sin felicidad equivaldría a no tener nada: el tiempo infinito no sería un regalo, sino la prolongación infinita de un vacío.
Esto nos lleva a la conclusión final: quizá la verdadera inmortalidad no sea biológica, sino psicológica: la capacidad de seguir sintiendo curiosidad, tener hambre de aprender y estar dispuesto a reinventarse en cualquier década de la vida: a los 10, a los 50 o a los 90 años. No se trata de ser una buena persona, sino de no quedarse estancado para siempre. Quien cultiva esta capacidad no necesita la urgencia del reloj para avanzar, porque no está en una carrera contra el tiempo intentando demostrar algo antes de que se acabe; y precisamente por eso puede ser más paciente, más selectivo y comprender que reinventarse es un proceso, no un acontecimiento único.
Al final, la pregunta nunca fue «¿la inmortalidad sería buena o mala?». La pregunta correcta es: ¿qué necesita tener resuelto una persona en su interior para que el tiempo, ya sea escaso o infinito, signifique algo?
Referencias mencionadas:
Martin Heidegger, Ser y tiempo (1927): concepto de «ser para la muerte».
Bernard Williams, The Makropulos Case: Reflections on the Tedium of Immortality (1973).
Albert Camus: la idea de la rebelión frente al absurdo de la existencia finita.
Bram Stoker, Drácula (1897): arquetipo cultural de la inmortalidad como maldición.
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