Lo que quedó en la mesa.
Se sentaron a comer completos, y sirvieron mi cuerpo de postre, lo partieron entre risas, lo masticaron sin culpa, sin corte.
Guagua de setenta kilos, dijo el tío entre carcajadas, y yo, la niña que fui, volvió a sentirse apagada.
No lloré ahí, no les di eso, guardé el grito bajo la lengua, pero por dentro algo se quebró, algo viejo que aún se adueña.
Sé que no debería creerles, que sus palabras no son verdad, pero el dolor no pide permiso, en mi piel se quedó a habitar.
No desaparece con los años, se esconde y luego regresa, cada vez que me miro al espejo, cada vez que dudo de mi belleza.
Porque no fue solo esa tarde, fue una piedra sobre piedras viejas, y hoy cargo más de lo que cargaba, aunque nadie afuera lo vea.
Tengo rabia de la que quema, de la que aprieta el pecho sin tregua, rabia de haber sido pequeña y no haber tenido la respuesta.
Tengo pena de la más honda, la que no se explica, solo pesa, pena de que sea mi familia quien clavó primero esa flecha.
Y sin embargo aquí estoy, con quince años por cumplir, cargando mi cuerpo como mío, no como algo que pedir permiso para existir.
No les debo mi silencio, no les debo mi perdón, solo me debo a mí el cuidado de no creerme su canción.
AT: Insomnia no duerme, solo escribe.