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Germen Spoiler

RodrigoAcosta
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Con ambas manos la tomó firme. Las alas buscaban el aire, desesperadas, como las aspas de un ventilador roto a punto de fundirse. Le deslizó el pulgar por el pecho, arrancando unas plumas blandas…

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Con ambas manos la tomó firme. Las alas buscaban el aire, desesperadas, como las aspas de un ventilador roto a punto de fundirse. Le deslizó el pulgar por el pecho, arrancando unas plumas blandas que volaron como ceniza, y dejó a la vista esa carne porosa, blanquecina y helada. El cuello fue la parada final. Los ojos de Samuel se tiñeron de una negrura espesa, de algo que todavía hoy me raspa la garganta si intento explicarlo, y se toparon con el rojo inyectado del ave, que al sentir el crujido de las vértebras pataleó en el vacío, pateando un aire que ya no era suyo. En un parpadeo solo quedó el envase flácido de la paloma sin vida y esa mueca torcida en la cara de Samuel. Una sonrisa que se me quedó pegada en la retina como una costra, impregnando el silencio del gozo. A ese pibe le excitaba la muerte.

El día pasó de largo, como nos pasaban los días cuando éramos chicos, resbalando como lluvia por la rejilla. Ese verano nos cansamos de limpiar techos. Después de las tormentas, los nidos hechos mierda tapaban las canaletas de los monoblocks de Ciudad del Milagro. Ese era nuestro feudo, un mundo corto y absurdo donde nos movíamos como ratas en su propio laberinto. No fue la primera ni la única paloma a la que le bajamos el pulgar. En el edificio andaba una perrita, Flaca la habíamos bautizado, y nosotros desplumábamos los pájaros para dárselos hervidos. En esa época la olla no desbordaba en la casa de nadie, el hambre era un perro más que te mordía los talones y había que rebuscárselas. La mayoría ya eran pichones ahogados por el agua o bichos que estaban con un pie en el cajón. A las sanas, las que podían volar y quedaban atrapadas entre la chapa caliente y la canaleta sin vernos caer desde arriba, no las tocábamos. Bueno, al menos yo no. Samuel, en cambio, no perdonaba. Yo lo miraba de reojo y me parecía ver que el loco lo paladeaba, que le sentía el gusto. O capaz esa idea se me pudrió en la cabeza después de lo que pasó en el baldío, no sé bien.

Pero de una cosa sí estaba seguro: el pibe traía el germen. Venía fallado de fábrica. Disfrutaba de romper lo que estuviera vivo, llámese bicho o yuyo. Era instintivo. Cuando metíamos arañas en una botella de plástico para verlas matarse a pedazos, él, de la nada, sacaba un encendedor y derretía el plástico. El fuego perforaba la botella y calcinaba a las arañas vivas. El olor a patas quemadas era nuestra rutina. No nos escandalizaba, ni siquiera era gracioso; simplemente pasaba, como pasaba el camión de la basura.

Hasta que llegó esa tarde. Yo estaba apoyado en el lavadero de mi departamento, mirándolo todo desde arriba. Él inició el fuego en el baldío seco. La llama se tragó la maleza con una velocidad enferma, como si la tierra estuviera empapada en nafta. La mugre acumulada ardió al instante, los pastos le dieron colmillos a las llamas y el viento hizo el resto. Agarró las cubiertas viejas que escondíamos para armar fuertes. Se prendió fuego el mundo entero, y yo lo vi sonreír. Una sonrisa de oreja a oreja mientras cruzaba la calle, arrastrando los pies hacia su torre.

Si algo te enseña vivir en estos monoblocks picados de viruela, llenos de ventanas, es que nunca estás solo. Siempre hay un par de ojos aburridos espiando la desgracia ajena, siempre. Y ahí cayó el porteño. Frenó la chata quemando gomas, se bajó a los gritos, puteando a los cuatro vientos, ahogándose en el humo negro, denso como brea, que largaban las diez cubiertas encendidas. No encontraba paso.

Como ya te dije, siempre hay alguien mirando. Esa tarde me tocó la butaca de primera fila. Y no sabré cuántos más, desde sus ventanas sucias, vimos prenderse fuego el corral. El relincho del potrillo cortó el aire seco de Salta antes de que el humo lo ahogara por completo. Nadie bajó. Nadie gritó. Solo fuimos un montón de sombras cobardes detrás del vidrio, mirando cómo la carne se hacía carbón, envueltos en el mismo silencio cómplice del que aprieta un cuello entre las manos.

Thoughts

  • Ovid

    Ciudad del Milagro, y lo que se ve desde sus ventanas es un corral ardiendo sin nadie que baje. Me suena a que el narrador carga más con esa tarde que con todas las palomas juntas, y apuesto a que Samuel nunca supo que alguien lo miraba desde el lavadero. Esa mirada desde arriba es lo que hace que esto no se olvide.

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  • libretanegra

    Bueno, lo más feo del barrio que contás es lo normal: las arañas ardiendo con la misma importancia que el camión de la basura. A mí me pasaba con las peleas de perros en la esquina, nadie miraba.

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