Vivimos obsesionados con ser productivos. Organizamos nuestros días alrededor de horarios, responsabilidades, reuniones, obligaciones y listas interminables de cosas por hacer. Descansar muchas veces deja de sentirse como un derecho para convertirse en una culpa. Si un día no hacemos nada, aparece inmediatamente la sensación de que estamos perdiendo el tiempo.
Pero, ¿cuándo fue la última vez que disfrutaste un día sin sentir que deberías estar haciendo otra cosa?
Creo que esa es la verdadera pregunta que plantea Ferris Bueller's Day Off.
A simple vista parece una comedia sobre un adolescente que decide faltar al colegio para pasar un día inolvidable junto a su mejor amigo y su novia. Ferris engaña a sus padres, inventa excusas, evita al director de la escuela y convierte cada pequeño obstáculo en una oportunidad para seguir disfrutando. Todo parece construido para hacer reír. Sin embargo, cuanto más avanza la película, más evidente resulta que John Hughes está hablando de algo mucho más profundo.
Ferris no representa la rebeldía, sino, representa la libertad.
Y no porque haga lo que quiera sin consecuencias, sino porque parece haber entendido algo que los demás personajes todavía no descubrieron: la vida no puede vivirse únicamente pensando en el día de mañana.
Hay una frase muy conocida de la película que resume perfectamente esa idea:
"Life moves pretty fast. If you don't stop and look around once in a while, you could miss it."
Siempre me pareció una frase hermosa porque habla de algo que nos pasa constantemente. Vivimos proyectando el próximo objetivo. Cuando termine la facultad. Cuando consiga ese trabajo. Cuando tenga más plata. Cuando pueda viajar. Siempre creemos que la felicidad está apenas un paso más adelante. Mientras tanto, dejamos pasar el presente sin darnos cuenta.
Ferris parece ser el único personaje que entiende que ese momento perfecto probablemente nunca llegue.
Y por eso decide vivir el día de hoy.
Pero creo que el verdadero protagonista de la película no es Ferris.
Es Cameron.
Mientras Ferris disfruta cada situación como si el mundo entero fuera un enorme patio de juegos, Cameron vive paralizado por el miedo. Tiene miedo de su padre, miedo de equivocarse, miedo de romper las reglas y, sobre todo, miedo de tomar decisiones por sí mismo. Si Ferris representa la libertad, Cameron representa exactamente lo contrario: una vida gobernada por el temor.
Y creo que todos tenemos un poco de Cameron.
Porque muchas veces no dejamos de hacer cosas porque no podamos.
Dejamos de hacerlas porque imaginamos todo lo que podría salir mal.
El viaje que emprenden durante ese día termina siendo mucho más importante para Cameron que para Ferris. Poco a poco empieza a cuestionar la autoridad que durante años definió su vida. La famosa Ferrari de su padre deja de ser simplemente un auto de lujo para convertirse en el símbolo de todo aquello que nunca se animó a enfrentar. Cuando finalmente decide dejar de esconderse detrás del miedo, entendemos que la película nunca trató sobre faltar al colegio.
Trataba sobre crecer.
Matthew Broderick construye un personaje con un carisma casi imposible de igualar. Ferris rompe constantemente la cuarta pared y habla directamente con el espectador, pero nunca se siente como un recurso forzado. Al contrario. Da la sensación de que estamos pasando el día junto a un amigo que disfruta compartir cada descubrimiento con nosotros. Esa cercanía hace que entendamos por qué todas las personas que lo rodean terminan siguiéndolo.
Alan Ruck, sin embargo, es quien sostiene el corazón emocional de la película. Cameron comienza la historia completamente dominado por sus inseguridades y termina enfrentándose, quizá por primera vez, a la posibilidad de vivir la vida según sus propias decisiones. Su transformación es silenciosa, pero profundamente conmovedora.
John Hughes dirige todo con una ligereza admirable. Chicago aparece llena de vida, de música y de energía. Cada parada del recorrido —el museo, el desfile, el restaurante o las calles de la ciudad— transmite la sensación de que cualquier rincón cotidiano puede convertirse en una aventura si uno está dispuesto a vivirlo con curiosidad. La película nunca necesita grandes conflictos porque entiende que el verdadero espectáculo está en aprender a mirar el mundo con otros ojos.
También me gustó mucho cómo utiliza el humor. No busca únicamente provocar una risa. Cada situación absurda sirve para poner en evidencia lo ridículas que pueden resultar muchas de las estructuras que organizan nuestra vida. Mientras los adultos viven obsesionados por el control, Ferris parece moverse con una naturalidad que desarma todas esas reglas sin necesidad de enfrentarlas directamente.
Pero hubo una idea que me quedó dando vueltas después de terminar la película.
Quizá crecer no consista únicamente en asumir responsabilidades.
Quizá también consista en aprender a no perder la capacidad de sorprendernos.
Porque hay algo que suele ocurrir cuando nos hacemos adultos. Dejamos de hacer cosas simplemente porque nos hacen felices. Empezamos a preguntarnos si son útiles, si son productivas o si tienen algún beneficio concreto. Poco a poco olvidamos que algunas de las experiencias más importantes de nuestra vida nunca tuvieron un objetivo más grande que hacernos sentir vivos.
Al terminar Ferris Bueller's Day Off entendí que la película nunca habla realmente de faltar al colegio.
Habla de aprender a detenerse.
De mirar alrededor.
De recordar que la vida no siempre ocurre cuando alcanzamos nuestras metas.
Muchas veces ocurre mientras caminamos hacia ellas. Y quizá esa sea la mayor enseñanza de Ferris, no invitarnos a escapar de nuestras responsabilidades, sino, recordarnos que ninguna responsabilidad debería hacernos olvidar cómo disfrutar el camino. Porque el tiempo sigue avanzando, y hay días que, si no nos animamos a vivirlos cuando aparecen, simplemente no vuelven nunca más.