Qué capítulo tan cargado. Me quedé con la nota anónima que le pasan por debajo de la puerta, la que le dice que desconfíe de los dos hermanos, porque esa misma noche Analián recibe las dos cosas: Danka contra la pared y Lessán acomodándole el cuello de la blusa. Me dejó fría pensar que a ella la leen mucho mejor de lo que ella los lee a ellos. Y Lua ululando justo cuando se calla el ruido de arriba me tiene convencida de que esa ave es su única aliada.
EXTRAÑOS SUCESOS II
El ambiente se hizo espeso por unos segundos que parecieron una eternidad y entonces volví a escuchar su voz.
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Qué capítulo tan cargado. Me quedé con la nota anónima que le pasan por debajo de la puerta, la que le dice que desconfíe de los dos hermanos, porque esa misma noche Analián recibe las dos cosas: Danka contra la pared y Lessán acomodándole el cuello de la
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El ambiente se hizo espeso por unos segundos que parecieron una eternidad y entonces volví a escuchar su voz.
—Hay un niño que se mete conmigo, se burla de mí —soltó al fin, olvidándose del instrumento y con una voz que pretendía sonar herida pero que vibraba con un resentimiento peligroso, casi volcánico.
¡Al fin!, pensé para mis adentros mientras un destello de justicia poética iluminaba mi mente. Alguien le estaba haciendo sentir mal a la pequeña emperatriz. Sentí un impulso casi incontenible de ir a felicitar a ese pequeño héroe anónimo, tal vez comprarle un helado o una medalla al valor civil por su valentía suicida. Pero, por desgracia, no podía mostrar mi alegría frente a este demonio disfrazado de ángel.
—A veces, cuando un niño se burla de ti, es porque le gustas —dije, recurriendo al gastado manual de psicología barata para niñeras—. Es como un mecanismo de defensa cuando no quieren admitir que se mueren por llamar tu atención.
Eira me vio con los ojos entreabiertos, una mirada de fastidio tan profunda que habría hecho marchitar una planta de plástico. Pero entonces, su expresión se transformó. Una sonrisa lenta, húmeda y perversa curvó sus labios, y sus ojos brillaron con un fuego que no eran de una niña. Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio, y susurró con una voz cargada de un veneno que me heló la sangre y me abofeteó la realidad:
—¿Lo dices por experiencia, Analián? —preguntó, arrastrando las palabras con obscenidad—. Porque si es así, deberías saberlo bien. Danka no se burla porque le gustes… se burla porque sabe que te desarma. Sabe que te pone nerviosa, sabe que te humilla y que, aun así, te mueres por que te toque, por que te diga algo, por que te deje ser algo más que un trapo sucio para limpiarle los zapatos. No es defensa, es posesión. Y él, querida, te tiene completa y miserablemente toda.
Me quedé petrificada, sintiendo cómo sus palabras desnudaban el interior de mi ser y me escupían en la cara una verdad que yo misma me negaba a ver.
—Qué tonterías dices… ¿Qué sabes tú de eso? —añadió, arqueando una ceja con superioridad, volviendo a su máscara inocente como si no me hubiera acabado de apuñalar por la espalda—. Lo que dices no es por experiencia con Danka, es por mera estúpidez.
Auch. Eso dolió con la precisión de un puñetazo en la cara. Mugre escuincla, tiene la lengua tan afilada como sus hermanos y la capacidad de detectar puntos débiles digna de un depredador alfa. Sentí que el sarcasmo se me atoraba en la garganta; para no terminar ahorcándola ahí mismo y convertirla en el próximo caso de mi propia especialidad, decidí que lo mejor era la distracción táctica.
—Oye, niña… ¿quieres hacer algo?
—No. Ven —ordenó ella, levantándose de la cama con una rigidez impropia.
Me sentía bajo las órdenes de una pequeña dictadora de trece años que, por la forma en que pensaba y se expresaba, parecía una mujer demasiado longeva atrapada en un cuerpo puberto. Su madurez no era sabiduría; era algo… rancio. Algo que no encajaba con el calendario del crecimiento biológico humano.
—Tenemos que preparar un baile para la danza macabra —sentenció, arrastrándome hacia su habitación con una fuerza sorprendente.
El silencio que quedó a nuestras espaldas pesaba como plomo. Si aquella niña insistía en habitar espacios mentales tan oscuros, tendría que vigilar mis propios flancos antes de que terminara convirtiendo nuestra convivencia en un expediente de homicidio involuntario.
—Vamos a hacer un desfile de modas —soltó Eira, con esa ligereza que anticipaba un desastre.
—¿En serio? —pregunté, forzando una sonrisa helada que me tensaba los músculos de la mandíbula hasta doler—. ¿Esta vez no habrá destripados de por medio?
—No —respondió ella con una naturalidad tan pasmosa que me recorrió un escalofrío por la base de la nuca—. Eso ya pasó. Ahora nos reconciliaremos.
Vaya. En el mundo retorcido de la pequeña emperatriz, las crisis existenciales se resolvían perdiendo la cabeza, literalmente. Se dirigió hacia el armario de caoba y comenzó a descolgar vestidos de gala con la solemnidad de quien prepara una ofrenda fúnebre para un gran evento imaginario. Yo dejé escapar una mueca de puro agotamiento mental, sintiendo cómo las sienes me latían al ritmo de un tambor lejano.
—Eira, no vas a enfundarte en seda para asistir a un baile que solo existe en los recovecos enfermos de tu cabeza.
—Eres una pésima sirvienta… ¡Cállate! He recibido la invitación formal de la Señora Cionabu y no pienso faltar a su cortejo.
Por todos los malditos dioses, dame paciencia, porque si me das la fuerza que pido, la mando a volar por la ventana hacia el jardín de las sombras. A pesar del impulso homicida, ahí me quedé, atrapada en una dimensión paralela, convertida en el maniquí viviente de una psicópata durante cuatro horas eternas de desfiles y exigencias absurdas. Cuando finalmente se cansó y decidió que quería estar a solas con sus delirios, salí disparada de su cuarto como un tapón de sidra a presión antes de que cambiara de opinión y le diera por inaugurar un taller de guillotinas a escala real.
Cerré la puerta tras de mí con un golpe seco, apoyando la espalda contra la madera noble mientras el pecho se me agitaba en bocanadas rápidas. En medio del falso alivio por haber escapado de su órbita, súbitamente me asaltó esa sospecha sorda que se negaba a dar tregua: ¿Y si no son solo juegos mentales? Esa adolescente sonríe con una fruición indecente cuando articula palabras como daño, corte, separación. Nadie finge ese brillo febril en las pupilas cuando nombra horrores que deberían provocar arcadas. Se divierte empujando los límites de la decencia humana con una precisión increíble, probando exactamente cuánto puede estirar la cuerda antes de que alguien se rompa. No es inocencia tardía ni un capricho de pubertad descarriada; es una falla tectónica en su naturaleza, algo oscuro que oculta tras risas de porcelana. He tomado la firme decisión de marcar distancias con ella y con sus hermanos; su absoluta falta de empatía es una bomba de tiempo para cuando tenga que enfrentarse al mundo exterior, a ese nido de idiotas con los que comparte pupitre.
Al llegar a mi habitación sobe exaltada, me desplomé sobre el colchón, estirándome cual lagartija hastiada, buscando una tregua que sabía que no llegaría. La paz duró lo que un suspiro antes de que Danka volviera a contaminar el refugio de mi mente. El maldito tipejo se da el lujo de desaparecer y hacerse el occiso después de haberme dejado el pulso desbocado. Sus amenazas se encontraban siempre suspendidas en la habitación como gas venenoso, disolviendo cualquier rastro de tranquilidad. Debo caminar con pies de plomo; él es una estructura agrietada a punto de ceder al eminente colapso.
Me giré sobre mi costado derecho, apretando la colcha con los nudillos mientras intentaba ordenar el caos en mi cabeza. En el silencio de mi refugio, la sospecha que traía desde la habitación de al lado cobró un relieve más afilado, más siniestro. No era solo ella. Giré el rostro hacia la pared, contemplando la revelación: esa adolescente que juega al peligro con tanta soltura es simplemente el eco exacto de su hermano. Me estremecí al asimilarlo por completo. Son una copia exacta de carbón el uno del otro, una caligrafía idéntica trazada con distinta tinta; solo que él lo disimula con una maestría aterradora. Mientras Eira exhibe su crueldad a flor de piel, entre risas estridentes que nublan el juicio, Danka encierra esa crueldad tras una fachada de paciencia glacial, de sonoridades educadas que jamás llegan a tocarle los ojos. Ambos comparten el mismo apetito morboso por el control, la misma fascinación por ver temblar a los ajenos, midiendo con frialdad milimétrica hasta dónde pueden llegar antes de que la víctima estalle en mil pedazos.
No son dos criaturas con excentricidades de época; son dos caras de la misma moneda fundida en plomo puro, y esa constatación es infinitamente más peligrosa de lo que me atrevía a admitir en voz alta.
—Pero si quieren sufrir con sus juegos de odio, veamos a quién le duele más —susurré al techo del dormitorio, mirando fijamente las molduras blancas donde las sombras parecían acumularse por densidad propia—. Eso va para los cuatro. No tienen idea de quién soy yo… o de lo que implica cruzarse en el camino de una niñera dispuesta a sobrevivir a su propio contrato.
Para salir ilesa de este manicomio con fachada de mansión señorial, lo primero era desenterrar los cimientos podridos de su estirpe. En este lugar las reglas biológicas y sociales operaban bajo un código de silencio impenetrable: nadie come con apetito real, nadie duerme las horas que corresponden, y la servidumbre camina por los pasillos rezando en voz baja como si la muerte fuera un visitante puntual con cita previa. ¿Y el patriarca? ¿Dónde quedaba la figura paterna en medio de este mausoleo? ¿Y la madre de estas criaturas? Su existencia había sido borrada del mapa genealógico con una pulcritud anticipada, evaporada de cualquier conversación como si jamás hubiera respirado bajo el mismo techo.
Lessán, Celian y hasta el propio Danka forman un cordón umbilical de protección alrededor de su hermana menor con una ferocidad que raya en lo patológico. Comprendí, con un nudo frío en la boca del estómago, que tendría que extremar los cuidados con Eira hasta rozar la paranoia; si a esa muñeca de cristal rota le llegaba a ocurrir un solo rasguño, el desenlace estaba escrito. Sería el último día de mi existencia en este plano. No pienso convertirme en la víctima principal de un informe pericial redactado por mis propios colegas.
El hilo de mis pensamientos se rompió cuando la ventana de mi habitación cedió de golpe, abriéndose con violencia ante una racha de aire helado que olía a tierra mojada.
—¡Vaya…! —murmuré, conteniendo la respiración—. Es un Oule.
El ejemplar se posó con una elegancia imponente, casi altiva, sobre la superficie de mi mesita de noche. Me acerqué con pasitos sigilosos, midiendo cada músculo; después de todo, esas aves de rapiña no son mascotas domésticas, sino depredadores silenciosos diseñados para matar. El ave se quedó inmóvil, observándome fíjamente con esos orbes redondos, brillantes y oscuros que parecían cámaras de seguridad registrando cada latido de mi pulso.
—Eres hermosa de verdad… —murmuré con un deje de fascinación involuntaria—. ¿Qué te parece si te ponemos nombre? ¿Te gusta? ¿Te llamaremos Lua?
Pareció comprender el cumplido. El Oule emitió un chasquido sutil, se elevó con un aleteo completamente silencioso y se desvaneció en la negrura de la noche exterior. Corrí hasta el marco de la ventana solo para verla perderse en la vastedad del bosque que rodeaba la propiedad.
Los días posteriores transcurrieron bajo una tregua armada, una calma tensa que olía a pólvora húmeda. El golpe seco en la madera de mi puerta rompió el hechizo: era Dumas, con su eterna postura de mayordomo de ultratumba.
—Mi señora, le traigo la cena —anunció con voz monocorde, cruzando el umbral con una bandeja plateada—. Hemos notado que ya lleva varias horas sin bajar al comedor principal.
—Gracias, Dumas. ¿Ya merendó la niña?
—Sí, lo hizo en su habitación, como de costumbre —respondió sin inmutarse—. Por cierto, el amo Lessán ha dado instrucciones precisas: a partir de ahora, usted dispondrá de las comandas de las comidas y supervisará los deberes del hogar de toda la Mansión.
—¿Yo? —solté, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo mis zapatos, a punto de dejar caer la taza de té.
Me estaba entregando las llaves de su reino, el control logístico del nido de serpientes. ¿Se trataba de un voto de confianza retorcido o simplemente de una cadena más larga para dejarme ahorcar con elegancia? Antes de que pudiera procesar el alcance de la jugada, Dumas añadió el golpe final:
—La señora —dijo, refiriéndose implícitamente a la jerarquía invisible de la casa— exige que el menú sea exactamente el mismo para todos los moradores, o bien que se manden a cocinar guisos diferenciados exclusivamente para el consumo de la servidumbre. Las reglas han cambiado.
—¡Oh, no! —intervine, cruzándome de brazos con una firmeza calculada para cortar de tajo cualquier privilegio feudal—. Si no hay ningún inconveniente, todos comemos lo mismo en esta casa. Nada de menús exclusivos ni privilegios de realeza para calmar los caprichos de la casta. En mis adentros pensé que aquí el único banquete que importaba era el de los secretos que se guardan bajo la alfombra.
Dumas se retiró con la rigidez de un autómata, no sin antes lanzarme una advertencia seca como si hubiese podido leer mis pensamientos: a los amos de la casa les repugnaba visceralmente que cruzaran las líneas de su intimidad. Me quedé pensativa por un momento ante su comentario, sopesando el peso de la amenaza, pero decidí pasarlo por alto con una mueca de desdén. Engullí la cena con la velocidad de quien se alimenta por pura supervivencia; al día siguiente tenía clases y la última excusa que necesitaba era llegar tarde al mundo exterior con la mente saturada de paranoias tétricas. Estaba terminando de ordenar mis libros en el bolso cuando un sonido anómalo cortó el silencio del pasillo.
Un chasquido metálico, un arrastre pesado de cadenas seguido de un pujido ronco y gutural que me obligó a dar un brinco involuntario, sintiendo cómo el estómago se me encogía en un nudo helado. Mi instinto de supervivencia se encendió como una bengala en medio de la negrura: aquello no pertenecía al registro humano normal.
Salí de la habitación con el andar de un felino, pisando con la punta de los zapatos sobre las baldosas crujientes. Seguí el rastro del sonido hasta una pesada puerta de roble que solía estar siempre cerrada, hermética y prohibida. Alguien, desde el otro lado, pronunció mi nombre con un susurro que olía a humedad, óxido y hierro antiguo. Tomé el pomo, lo giré con lentitud y la empujé con cautela, enfrentándome a una penumbra tan densa que parecía masticable.
—¿Hola? —susurré al vacío, sintiendo el aire espeso y pesado en la garganta.
Nada. Absoluto silencio.
Al dar media vuelta para huir antes de que la curiosidad terminara firmando mi acta de defunción, mi realidad se desmoronó en una fracción de segundo. ¡Danka! En un parpadeo que desafiaba las leyes del movimiento, me arrebató los sentidos, me tomó de los puños con una brutalidad fría y me estampó de espaldas contra la pared. El impacto me sacó el aire de los pulmones, pero lo verdaderamente desconcertante fue la temperatura: un contraste enfermizo entre su piel gélida como el hielo y el calor denso que emanaba de su cuerpo, una contradicción física que me hizo flaquear las piernas. Mi respiración se desbocó en un jadeo errático, un sonido frágil y entrecortado que él absorbió con una avidez descarada, saboreando mi descontrol como si fuera un manjar.
—¿Qué tenemos aquí? —susurró contra el lóbulo de mi oreja, su aliento helado rozando la piel de mi cuello con la parsimonia de una caricia prohibida y letal—. ¿Una niñera curiosa jugando a la heroína suicida?
Con una fuerza sobrenatural que no admitía réplica, estiró mis muñecas por encima de mi cabeza, inmovilizándome contra los paneles de ásperos de la pared. Su mano libre comenzó un recorrido lento, milimétrico, bajando por la línea de mi antebrazo, acariciando la clavícula con una posesividad enfermiza hasta rozar apenas la curva de mi seno. Una descarga eléctrica, violenta y traicionera, me recorrió de la columna a la nuca, desatando un gemido ahogado que intenté tragarme sin éxito.
Él detuvo el movimiento un instante, sintiendo cómo mi cuerpo traicionaba mi fachada de frialdad. Su sonrisa, invisible en la penumbra pero evidente en la tensión de sus labios contra mi piel, me confirmó lo que ya sabía: nos estábamos devorando vivos, y ninguno de los dos pensaba ceder primero.
—Maldita sea, Analián… —murmuró con una voz ronca, perdiendo por fin esa pulcritud cínica que lo definía, dejando escapar un atisbo de desesperación contenida—. Siempre encuentras la forma exacta de ponerme los nervios de punta.
—¿Te gusta el juego, niñera? —preguntó, mordiendo suavemente la piel de mi hombro.
Ese roce fue la mecha definitiva. Ya no podía, ni quería, fingir indiferencia. Con un movimiento espasmódico, violento y desesperado, solté un gemido gutural que se ahogó contra su hombro al mismo tiempo que arqueaba la espalda salvajemente hacia él. Mis manos, hasta entonces inertes, se zafaron de su agarre y buscaron su nuca con avidez, clavando los dedos en su cabello revuelto para atraerlo aún más, para fundirme con su cuerpo contradictorio.
Él absorbió mi rendición con un gruñido de aprobación salvaje, cambiando el ángulo de su cuerpo. El roce de nuestras caderas fue una descarga eléctrica que me hizo temblar de pies a cabeza, una fricción obscena y prometedora que borró cualquier límite profesional. Mis muslos, traicioneros y húmedos, se abrieron sin permiso, buscando el punto de apoyo exacto contra su dureza, buscando el ancla en medio de este huracán de perversidad y deseo.
Nos estábamos devorando vivos en una caída libre de la que ninguno de los dos saldría ileso… y, en ese momento exacto, a mí ya no me importaba caer hasta el infierno con tal de seguir sintiendo cómo su oscuridad se clavaba en mí.
Traté de recuperar mi temple y la poca conciencia que me quedaba, intentando reconstruir la muralla de mi profesionalismo con los escombros humeantes de mi propia compostura. Me despegué ligeramente de su cuerpo, buscando oxígeno en un aire que olía a su perfume amaderado y a peligro puro, y le espeté con una furia fingida que apenas lograba sostener el temblor de mi voz:
—Suéltame de inmediato —le reclamé, tratando desesperadamente de ignorar cómo cada terminal nerviosa de mi piel se encendía y suplicaba lo contrario bajo su tacto—. ¡Quítate de encima, maldito idiota!
En lugar de obedecer la orden, su reacción fue un despliegue de posesividad visceral. Ante el eminente rechazo, lejos de retroceder, pegó su cuerpo con una brutalidad calculada contra el mío, obligándome a ponerme de puntitas para no perder el equilibrio. La pared a mis espaldas actuaba como una losa de hielo puro, pero su pecho era un horno desbocado, un incendio compacto que me devoraba viva por el simple hecho de compartir el mismo aire.
—¿Pensabas husmear a tus anchas por los rincones prohibidos… eh, niñita hermosa? —burló, destilando una ironía que quemaba.
Al mirarlo de cerca, vi una chispa de profunda extrañeza cruzando su mirada, una grieta fugaz en su fachada de acero que no hizo más que encender aún más su furia contenida. Sin previo aviso, me estrecho con una agilidad felina y pasmosa, volviéndome a aprisionar. Sus dedos largos, fríos como el invierno, recorrieron cada vértebra de mi espalda con una lentitud tortuosa, despertando deseos primitivos que yo ni sabía que habitaban en los rincones muertos de mi mente. Quería odiarlo, pero mis manos tenían otra voluntad: querían besarlo con la furia destructiva de mil volcanes haciendo erupción.
Por puro instinto de supervivencia o de rendición, rodeé su cuello con mis brazos. Él no desaprovechó el impulso; tomó una de mis piernas con firmeza y la enroscó de inmediato en su cadera, obligándome a presionar mi intimidad contra su cuerpo. Me dejó sentir sin filtros la geografía de su deseo, rígido, implacable y abrasador. Un calor denso, pesado y febril invadió mis zonas más bajas, haciendo que mis palmas parecieran memorizar y reconocer con urgencia cada músculo esculpido de su pecho. Sus labios rozaron los míos en una advertencia muda, una promesa de perdición absoluta que me arrancó un gemido depravado, un sonido roto que no pude contener.
Danka parecía un cráter a punto de fracturarse. Me aprisionó con más fuerza, borrando cualquier milímetro de distancia, dejándome percibir la vibración de su excitación, ese fuego ciego que apenas lograba someter bajo su control de hielo. Su mano, audaz, pesada y dueña de todo, se deslizó sin prisa y tocó de lleno mi intimidad por encima de la tela, palpando la humedad febril y el temblor exacto que nos quemaba a ambos por igual. Ahogó mi siguiente quejido cubriendo mi boca con la suya en un beso que no guardaba nada de ternura; fue una invasión sensorial, un asalto absoluto que me dejó sin pulso y sin patria.
—No me hagas desearte más allá de lo imposible, Analián… —gruñó directamente en mi oído, con una voz que era una cuchilla afilada—, o no tendrás rincón en este maldito universo donde esconderte de mí.
Apreté sus hombros con las uñas, clavándolas con tal ferocidad que él mismo soltó un leve quejido de asombro ante la marca. Ese chasquido de la realidad nos sacudió de golpe. El sonido de unos pasos lejanos cruzando el pasillo principal rompió el hechizo como un cristal estallando. Danka se separó de mí con la velocidad de un rayo, retrocediendo un paso mientras se acomodaba las prendas con una frialdad milimétrica, intentando borrar los estragos de la batalla. Yo, con las manos temblando, me sacudí la ropa frenéticamente, tratando de recomponer los jirones de mi fachada y de borrar el rastro evidente de nuestro combate carnal.
—No sabes cuánto te odio —le solté, destilando todo el veneno acumulado antes de descargar la mano abierta contra su mejilla con un golpe seco que resonó con eco metálico en las paredes del pasillo.
Él ni siquiera se inmutó; lentamente giró el rostro de regreso, arqueando una ceja con una arrogancia insoportable, sabiéndose dueño de las cenizas.
—Vete a la cama, Analián —espetó con una neutralidad insultante, dándose la media vuelta para observar la negrura del pasillo—. Las niñeras curiosas no suelen durar mucho en esta casa.
Me quedé un segundo más tragando bocanadas de aire helado, maldiciéndolo en silencio con cada fibra de mi ser, y maldiciéndome a mí misma con la misma bilis por haberle regalado el gusto de verme flaquear en su trampa.
—La situación cambio de golpe ya no sé si por el incendio que fue cortado de tajo o por el eco del guantazo que le propiné apenas un segundo antes.
Pero Danka ni siquiera parpadeó ante el impacto de mi bofetada; se limitó a pasar la lengua por el interior de su mejilla con una calma insultante, saboreando el caos que acababa de desatar en mi sistema nervioso. Y entonces espetó con rabia,—¿Qué demonios haces aquí? Este pasillo está estrictamente prohibido —dijo él con una aspereza calculada, intentando recuperar el control de la escena.
—Nadie me ha prohibido absolutamente nada en esta casa —respondí con los dientes apretados, tratando de enderezar los restos de mi dignidad, aunque mis extremidades seguían temblando por el rastro tóxico de su tacto—. Tus caprichos de tirano no figuran en mi contrato.
—¿Quieres decir que mi querido Lessán no te advirtió sobre los límites de la mansión? Qué extraño que se le haya olvidado un detalle tan elemental.
Me di media vuelta de inmediato, con el corazón martilleándome en las costillas como un motor a punto de griparse. No quería que siguiera leyendo en mis ojos la verdad más humillante: el deseo irrefrenable de que volviera a tocarme. Tenía que exterminar esa imperfección antes de que el fuego terminara por devorarme los huesos, reduciéndome a cenizas en medio de éste manicomio.
¡La olla a presión acababa de estallar por completo!
Me alejé de Danka a tropezones, con las piernas pesadas, experimentando una debilidad muscular que mi mente catalogaba de inmediato como una respuesta autonómica al estrés extremo y a la adrenalina pura. Sentía todavía el rastro de sus manos quemándome la dermis a través de las fibras de la ropa, una marca térmica invisible que parecía haber alterado mi composición molecular para siempre. Él se quedó allí, apoyado indolentemente en el marco de la puerta de roble con esa sonrisa de suficiencia depredadora que me provocaba el impulso suicida de borrarle de un guantazo… o de besarlo otra vez hasta perder el conocimiento. La disonancia cognitiva me estaba masacrando por dentro.
Pero el destino, que parecía regocijarse diseñando tragedias de circo romano, decidió que la noche aún no era lo suficientemente caótica.
Al doblar la esquina hacia el pasillo principal, mi carrera se detuvo en seco al chocar de frente contra un muro de elegancia solemne y gélida. Lessán.
Se quedó petrificado al verme. Sus ojos, perpetuamente analíticos y con ese tono gris plomizo de las lápidas bajo la tormenta, recorrieron mi silueta con una rapidez clínica, casi invasiva, de un médico evaluando un cadáver reciente. Su mirada de rayos equis se detuvo, con precisión, en mi cabello revuelto por las caricias de su hermano, en mis mejillas encendidas por una circulación sanguínea completamente desbocada, y el cuello de mi blusa que, por el pánico y las prisas de la huida, había quedado mal acomodado. Su rostro, habitualmente una máscara de cortesía aristocrática e inquebrantable, se ensombreció de golpe, como si un banco de niebla negra hubiera descendido sobre el corredor.
—Analián… —su voz sonó como un trueno subterráneo y contenido, una frecuencia baja que hizo vibrar los marcos de los cuadros en la pared—. ¿Qué haces en esta ala restringida de la mansión a altas horas de la noche?
Antes de que pudiera inventar una coartada medianamente coherente que no involucrara mi combustión espontánea junto a su hermano, Danka apareció a mis espaldas, deslizándose con esa elegancia felina, balanceando los hombros con la suficiencia de quien sabe que posee todas las cartas de la baraja.
—Solo le estaba dando un recorrido guiado por las zonas… prohibidas, hermano —soltó Danka, arrastrando las sílabas con una malicia que cortaba el aire como un bisturí sin afilar—. La señorita tiene una curiosidad patológica que un día de estos va a terminar costándole la vida. Pero si tanto le atrae el peligro, supongo que otras puertas de la mansión están completamente abiertas para ella… solo tiene que girar el pomo y cruzar al otro lado.
Lessán fulminó a su hermano con una mirada seca, carente de parpadeo, cargada de un veneno sordo. La tensión entre ambos hombres era tan densa, tan magnética, que la atmósfera del pasillo crujía con estática pura, erizando cada vello de mi piel. Sin apartar los ojos de Danka, Lessán dio un paso hacia mí. Con una delicadeza desconcertante, un tacto clínico que me hizo sentir mil veces más culpable que si me hubiera gritado, levantó los dedos y comenzó a acomodar con pulcritud el cuello desalineado de mi blusa. Su piel era notablemente más cálida que la de su hermano, pero la frialdad de sus ojos era una sentencia de muerte sin apelación.
—Danka, retírate de una vez. Ahora, no te lo voy a volver a repetir —ordenó Lessán.
Su voz no elevó ni un solo decibelio, pero el tono contenía una autoridad sorda, un mandato de hierro que pareció hacer crujir los cimientos de piedra de la mansión, como si las paredes mismas temieran desobedecerle.
Danka soltó una carcajada seca, un sonido metálico, áspero y deliberadamente provocador que me taladro hasta el último folículo de la piel. Sin decir una sola palabra en respuesta, comenzó a retroceder con pasos perezosos, fundiéndose de manera grotesca con la negrura del pasillo, como un espectro que regresa a su fosa. Pero antes de desvanecerse por completo entre las sombras, giró el rostro con una lentitud infuriante. Me lanzó una última mirada de reojo; una promesa silenciosa y sucia, un recordatorio físico de que mi dermis aún latía con el mapa térmico de sus manos y que la marca de su posesión ya estaba grabada a fuego en mi sistema nervioso.
—Analían… mírame y escúchame con absoluta atención —Lessán bajó la voz un par de tonos, transformándola en un susurro grave que raspaba, y deslizó sus manos para tomarme firmemente de los hombros.
Su tacto no era el de su hermano; era cálido, metódico, casi imperceptible, anclándome a la realidad con una fuerza que me impidió huir—. Te prohíbo terminantemente explorar este sector de la casa. Y créeme que no lo hago por un capricho; lo hago por tu propia y frágil supervivencia. Hay cosas en esta casa que son demasiado viejas, estructuras podridas que no deben ser profanados por alguien que apenas entiende las reglas básicas de este lugar. En ese sótano no hay corriente eléctrica; los escalones de roble están carcomidos por la humedad acumulada del tiempo, convertidos casi en polvo. Si intentas bajar a ciegas buscando respuestas que no te competen, podrías despeñarte, romperte el cuello y pudrirte ahí abajo antes de que nadie note tu ausencia. Prométeme que jamás, bajo ninguna circunstancia, volverás a acercarte a esa puerta. Jamás.
—Lessán, no estoy jugando a la heroína… escuché ruidos reales, tangibles —repliqué, haciendo un esfuerzo titánico para que mi voz no temblara bajo el peso de su inspección —. Cadenas de arrastre pesado, algo golpeando el suelo con desesperación, e incluso alguien pronunció mi nombre con una claridad espeluznante. No soy una simple entrometida buscando emociones baratas, pero esa puerta estaba entreabierta y…
—¡Esa puerta siempre debe estar cerrada! —me interrumpió de golpe, con un tono tan cortante que sentí como si me clavara un bisturí en el pecho.
Por una fracción de segundo, en la profundidad inescrutable de sus ojos grises, vi una grieta de puro terror paralizante, un abismo de angustia genuina que destrozaba su fachada de control aristocrático. Era miedo puro disfrazado de orden jerárquico.
—Si vuelves a escuchar algo al otro lado, te exijo que lo ignores como si fueras sorda. Es solo el viento de la madrugada colándose por las tuberías oxidadas y el crujir natural de las losetas viejas. Ahora, camina. Ve a tu habitación de inmediato. Mañana tienes clases en el mundo exterior y necesitas descansar la mente antes de que termines perdiendo el poco equilibrio mental que tienes, sus ojos eran como dos anestésico generales, que recomponían mi realidad.
Me escoltó de regreso por el corredor con la rigidez protocolaria con la que se conduce a una prisionera de alta seguridad hacia el corredor de la muerte. Giró el pomo desde el exterior con un chasquido seco, dejándome caer en la penumbra de mi habitación. Me encerré con pestillo, pero la paz se sentía como una utopía inalcanzable, una mentira piadosa flotando en un campo de minas.
Me desplomé boca arriba sobre el colchón, con la mirada clavada en las molduras del techo, intentando desesperadamente desacelerar el ritmo salvaje de mi corazón… cuando de repente, perforando el silencio sepulcral de la noche, el sonido regresó para destrozar cualquier intento de cordura.
Clanc. Clanc.
Era más débil, pero más rítmico. Provenía del piso de arriba, justo sobre mi cabeza, donde el mapa de la mansión se volvía borroso. No eran cadenas esta vez; era como si alguien estuviera arrastrando algo pesado, algo de una densidad considerable que gemía con un dolor antiguo, un sonido que se filtraba por las vigas como un fluido viscoso. No podía dejarlo pasar: ese ruido no era un eco del pasado. Era algo vivo, algo que estaba sufriendo desesperadamente.
Me levanté y, por puro instinto de preservación, busqué el rosario que la señora Elroy me había dado. Lo apreté entre mis dedos, sintiendo el pequeño metal frío, casi cortante, contra mi palma. Me acerqué a la ventana para buscar a Lua, pero lo que vi en el jardín me dejó sin aliento, drenando el color de mi rostro.
Abajo, entre la niebla espesa que rodeaba la mansión como un sudario, los gitanos no estaban durmiendo. Estaban formando un círculo perfecto alrededor de un árbol seco y retorcido, con antorchas apagadas pero alzadas, mirando fijamente hacia mi ventana. Sus rostros eran máscaras de piedra iluminadas por la pálida luz lunar. Entre ellos, Dumas y Elroy parecían rezar en ese idioma extraño, un murmullo sordo que parecía subir por las paredes de piedra.
—¿Pero qué demonios…? —murmuré, sintiendo que el cristal de la ventana estaba más frío de lo normal.
En ese momento, un sobre blanco se deslizó por debajo de mi puerta con un siseo casi inaudible. Corrí a recogerlo. No tenía sello, solo mi nombre escrito con una caligrafía elegante, antigua y con una tinta negra que parecía brillar. Al abrirlo, mi corazón dejó de latir por un segundo.
“No confíes en el que te besa, ni en el que te protege. La verdad no está en sus labios, sino en lo que ocultan bajo el suelo que pisas.”
Cerré el papel entre mis manos y sentí que me quemaba. No venía de fuera. No venía de la puerta principal. Sabían que iba a asomarme a la ventana. Sabían que iba a buscar al Oule. Sabían que dudaba de los hermanos. Y lo más aterrorizante de todo: no era una advertencia. Era la confirmación de que ya era demasiado tarde para elegir bando. Porque el suelo que pisaba… ya se había abierto hacía rato, y yo llevaba semanas cayendo sin haberlo notado todavía.
El ruido de arriba regresó. Más cerca. Y esta vez no gemía solo. Lloraba mi nombre, bajando por las vigas como agua negra, y supe con una claridad brutal que aquello no era un mensaje. Era una cuenta regresiva.
¿Quién era? ¿Quién me escribía, quién conocía mis dudas, quién respiraba justo donde yo no podía ver? ¿Acaso era un mensaje de la propia mansión, como si las paredes de piedra hubieran cobrado conciencia y se apiadaran —o se burlaran— de mi estúpidez? ¿O era alguien, con pulso y malicia, que me observaba desde las sombras del techo, desde ese piso que ni los planos registran, esperando el momento exacto en que me atreva a cruzar la línea que todo el mundo insiste en trazarme?
El ruido en el techo se detuvo bruscamente. No se desvaneció, no se alejó… simplemente cesó, como si algo o alguien hubiera puesto un dedo sobre los labios de aquel sonido para callarlo de golpe. Un silencio sepulcral envolvió la habitación, espeso, pesado, tan cargado de electricidad estática que me erizó cada vello del cuerpo; un vacío sonoro roto solo por el ulular lejano y fúnebre de Lua, que parecía responder a algo que yo no podía ver más allá de los árboles secos.
Y entonces la pieza encajó, no con alivio, sino con la frialdad de un diagnóstico terminal. Me di cuenta de que Danka no estaba allí solo para “ocuparse de mí”, ni para marcar territorio, ni para jugar a ser el perro de caza de sus hermanos. Estaba allí para actuar como una barrera, un muro vivo y cruel, para evitar que yo viera quién —o qué— estaba realmente dentro de esa habitación prohibida. Lo que hay tras esa puerta no es solo un secreto: es algo que no debe respirar aire libre, algo cuya sola existencia desmoronaría todo lo que creen controlar.
—Mañana buscaré información en la biblioteca de la universidad sobre las “familias fundadoras” —susurré al vacío, con la voz quebrada pero con la mandíbula tan tensa que dolía—. Si los Zalgorán son una de ellas o solo son un mito creado para causar pánico en la población… yo voy a ser la que escriba el final de la leyenda. No me importa si la historia se escribe con sangre o con tinta. Aunque eso signifique que Danka cumpla su amenaza de no dejarme lugar en el universo donde esconderme. Que venga. Que intente borrarme. Antes de que me convierta en cenizas, sabré la verdad.
“¿Qué quiso decir con que otras puertas de la mansión están abiertas?”, pensé, mientras el miedo se mezclaba con una curiosidad mórbida, una atracción visceral hacia el abismo que me avergonzaba y a la vez me dominaba. ¿Puertas de qué? ¿De dónde vienen y a dónde llevan?
Quizás el peligro no era solo caer por unas escaleras podridas y partirme el cuello en la oscuridad. Quizás el verdadero horror no está en la caída, sino en lo que te espera abajo cuando llegas al fondo y descubres que no hay suelo, sino otra entrada. Quizás el peligro no era descifrar el pasado, sino comprender que en esta casa, las puertas no solo separan habitaciones, ni siquiera pisos… separan la vida de algo mucho más oscuro, mucho más antiguo y terriblemente hambriento.
Me quedé inmóvil, con el papel aún apretado en la mano hasta arrugarlo contra la piel, mirando la puerta cerrada como si fuera la boca de una bestia que respira despacio. Y supe, con una certeza que me heló la médula, que esta noche no dormiría. Que ninguna puerta se mantendría cerrada para siempre.
Y que yo ya no era la visitante. Era parte del menú.
La trampa estaba tendida, y mis propios pasos me habían llevado directo al centro de la red, sabiendo perfectamente que la única salida exigía atravesar el infierno con las manos desnudas.
Thoughts
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PermalinkYa merito cerraba el cel cuando empezó el clanc clanc en el techo. Ni modo, hasta el final con todas las luces encendidas.
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PermalinkPara mí el peligroso es Lessán. Danka amenaza de frente, pero el que te arregla la blusa con cuidado y te describe el sótano escalón por escalón es el que sabe exactamente qué hay abajo.
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PermalinkYo apuesto a que la nota viene de Elroy. Le dio el rosario, sabe que Analián busca a Lua en la ventana, y como estaba abajo rezando, alguien de adentro le pasó el sobre.
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PermalinkQué capítulo tan cargado. Me quedé con la nota anónima que le pasan por debajo de la puerta, la que le dice que desconfíe de los dos hermanos, porque esa misma noche Analián recibe las dos cosas: Danka contra la pared y Lessán acomodándole el cuello de la blusa. Me dejó fría pensar que a ella la leen mucho mejor de lo que ella los lee a ellos. Y Lua ululando justo cuando se calla el ruido de arriba me tiene convencida de que esa ave es su única aliada.
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