Preferimos sentir antes que saber qué provoca ese sentimiento.
Como una herida: sangra, pero no sabemos dónde… o no queremos saber dónde sangra. Simplemente sentimos el dolor.
Hablamos de nuestro dolor cuando alguien ve la sangre y pregunta qué ha pasado.
Y entonces respondemos con una especie de cobardía:
—Tú no sabes cómo me siento.
Nos escondemos detrás del dolor como quien levanta un escudo.
El dolor se convierte en una justificación.
No necesitamos explicar qué lo provocó. Basta con mostrar que estamos sufriendo.
Es como el religioso que habla de leyes y se esconde detrás de su dios para justificar sus propios prejuicios. No necesita confesar lo que realmente piensa. La ley habla por él. Dios habla por él. La moral habla por él.
Ambos confiesan algo.
Pero ninguno confiesa lo que realmente importa.
Uno muestra la herida para no tener que decir por qué sangra.
El otro muestra la moral para no tener que decir por qué odia.
Ambos encuentran un escudo en aquello que debería ser solo una explicación.
Porque, a veces, preferimos que reconozcan nuestro dolor antes que descubran la verdad que lo provoca.
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