Quisiera que te quedaras,
que me eligieras por una vez.
Y es que estoy tan cansada de extrañarte,
de esperarte,
de dejar siempre una puerta abierta
por si algún día decides volver.
Dices amarme, pero no lo siento.
Dices estar, pero no te veo.
Y es que me cubre un manto de soledad,
tan frío y delgado que no lo ves.
Guardo en mi memoria la promesa de tu querer,
el dolor de tu abandono,
y me duele tanto que seas inmune a mi sentir.
Que para ti sea un mero pañuelo,
que creas que siempre estaré para ti pese a tu indiferencia,
y quizá tenías razón.
Yo sí me hubiera quedado.
Te seguiría esperando
si no estuviera tan cansada de este patrón.
Sabes que te seguiría hacia la luz como una luciérnaga,
que caminaría sobre vidrio si estuvieras del otro lado.
Tal como un perro espera a que vuelvas a casa,
yo esperaba que volvieras conmigo.
Siento tanto que desbordo
y no tengo dónde apoyarme.
Camino sin rumbo hacia donde creo que estás,
pero no hay rastro de tus huellas.
Y es que te necesito tanto
que temo perderte para siempre.
Ni siquiera buscas comprenderme
y temo que nunca lo hagas.
Me he marchitado en tu jardín
sin que te des cuenta.
Lamento que tuvieras que soportar mi lamentable anhelo de amor.
Lamento que sientas que es tu culpa.
Perdóname por ser tan débil,
por rogar un poco de suavidad,
por querer quedarme contigo un momento más,
aun cuando sé que te irás.
Pero ya no quiero seguirte,
ni cargar con un peso que no me corresponde,
ni esperar que algún día mires hacia mi lado.
Esta vez no voy a dejar la puerta abierta.
Estoy agotada de todo.
Perdóname por no ser lo que querías,
por no esforzarme lo suficiente.
Y es que ya no puedo.
No puedo con el peso que me aplasta,
con la culpa que me ahoga.
Quizá esta sea la última vez que te escriba.
Quizá estas sean las últimas palabras
que me atrevo a dejarte.
Perdóname, papá,
pero ya no puedo esperarte.