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Espejismo

levij

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¿Qué tienes, espejo, que tanto relumbras?
¿Por qué resplandeces, por qué me deslumbras?
¿Qué guardas detrás de tu fría apariencia,
que al verte de cerca me invade la ausencia?

¿Por qué, si te tengo tan cerca de mí,
te siento tan lejos, tan lejos de aquí?
Tan lejos como el naciente del poniente,
como el sol que se marcha y no vuelve al presente.

¿Qué tienes, espejo, que acrecientas mi miedo?
¿Por qué ante tu rostro me descubro tan pequeño?
¿Por qué tiembla mi pulso, se agita mi pecho,
si apenas me acerco a contemplar tu reflejo?

Has visto pasar generaciones enteras,
rostros llenos de gloria, sonrisas sinceras;
has vestido de luz tantas bellas figuras,
has sido testigo de efímeras hermosuras.

Y, sin embargo, me asalta el temor
de encontrar en tus aguas mi más hondo dolor;
de que mires mis ojos, tan extraños, tan míos,
donde el color parece haberse perdido.

¿Qué verás en mis ojos cuando estés frente a mí?
¿Verás lo que he sido, lo que nunca viví?
¿Descubrirás la tristeza que escondo en la mirada,
o el alma que lucha detrás de una fachada?

¿Por qué mi sangre se enciende y se agita,
por qué el corazón tan deprisa palpita,
cuando, tambaleante, me acerco a tu encuentro,
como quien teme hallar su verdad en el centro?

Sé que no eres amigo, espejo engañoso,
ni tienes afectos ni un gesto piadoso;
no sabes de culpas, de penas ni amores,
ni distingues las almas detrás de sus flores.

La verdad parece habitar en tu seno,
aunque a veces su juicio resulte sereno
como el filo de un viento que corta la piel
y desviste de orgullo al más altivo laurel.

Pero también engañas, espejo indiscreto,
cuando haces del rostro un juicio incompleto;
cuando olvidas que el alma no puede medirse
por la piel que envejece ni el gesto al abrirse.

Deslustra tu vidrio el orgullo arrogante
de aquel que se cree superior y elegante;
le recuerda que el tiempo, sin pedirle permiso,
deshace los sueños que el ego construyó altivo.

Porque la belleza, tan frágil y pasajera,
es flor que se marchita cuando llega su hora;
y no existe disfraz, ni oro, ni fortuna
que detenga los pasos del tiempo y la luna.

Mas dime, espejo, si alguna vez has visto
un rostro que esconda un corazón bendito;
si detrás de unas facciones heridas
puede hallarse la luz que da sentido a la vida.

Quizás mis ojos no tengan los colores
que otros lucen orgullosos, cual preciosas flores;
quizás en mi rostro encuentres las señales
de inviernos vividos, de sueños mortales.

Pero hay cosas, espejo, que tú no conoces:
el dolor que se calla, las lágrimas sin voces,
la fuerza de aquel que, vencido y cansado,
se levanta del suelo con el pecho quebrado.

No puedes medir la nobleza de un alma,
ni reflejar la bondad que en silencio derrama;
no puedes mostrar lo que el tiempo no alcanza:
la dignidad que persiste, la fe y la esperanza.

Y llegará aquel día, lo sé, no muy lejano,
en que el último aliento se escape de mis manos;
cuando el aire abandone mi pecho cansado
y el silencio me encuentre sereno y callado.

Tal vez estés allí, aguardando mi partida,
con tu rostro de vidrio, tu quietud detenida;
y aunque estés frente a mí, tan cercano y presente,
no podré contemplarte, no veré tu semblante.

No será por temor, ni por falta de valor,
ni porque me atormente descubrir mi interior;
será que mis ojos, cerrados al mundo,
habrán encontrado un descanso profundo.

Y entonces, espejo, ya no habrá más engaño,
ni orgullo que duela, ni temor que haga daño;
no habrá comparación, ni juicio, ni apariencia,
solo paz en el alma, silencio y ausencia.

Porque al final de la vida, cuando todo termina,
ni el rostro más bello conserva su cima;
lo que queda en el mundo, lo que vence al olvido,
es el bien que sembramos y el amor que hemos sido.

Así que hoy te contemplo, espejo implacable,
con mi miedo en las manos y el pulso inestable;
pero empiezo a entender, mientras miro tu fondo,
que el reflejo es apenas la superficie de lo hondo.

Y si un día mis ojos no encuentran colores,
si mi rostro no alcanza los viejos fulgores,
que no sea tu vidrio quien dicte mi suerte:
¡hay bellezas que viven más allá de la muerte!

— Levi Díaz Echeverri

Thoughts

  • Anselma

    El espejo empieza como juez y termina como mentiroso, y el poema no se decide entre las dos cosas. A mí eso me suena a lo más honesto que tiene, porque frente al espejo uno tampoco se decide.

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