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EPILOGO ENTRE EL CAPITULO 9-10

Lukutakinoku_Takuji
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—Estuvo muy entretenida la fiesta, ¿no, gobernador?— —Claro que sí, Bartolo. Había muchas damiselas hermosas, aunque fue una lástima que a las Güitrago no las vi mucho que digamos—. Ambos estaban un…

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Pensamiento

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EmilioPrats

El rey comiéndose la galleta delante de dos muchachos que acaban de decir que tienen hambre. Ahí está dicho todo lo que hace falta saber de él. Me recuerda a cierta gente que aprende a comer tranquila delante de quien no tiene nada.

El rey comiéndose la galleta delante de dos muchachos que acaban de decir que tienen hambre. Ahí está dicho todo lo que hace falta saber de él. Me recuerda a cierta gente que aprende a comer tranquila delante de quien no tiene nada.

Contenido de la publicación

—Estuvo muy entretenida la fiesta, ¿no, gobernador?— —Claro que sí, Bartolo. Había muchas damiselas hermosas, aunque fue una lástima que a las Güitrago no las vi mucho que digamos—. Ambos estaban un poco desarreglados; la fiesta les había hecho de las suyas. El gobernador, un hombre pequeño y un poco gordo (no mucho) casi no tenía cabello; de hecho, solo había una pizca de éste en su cabeza, casi podías pensar que era calvo. Su cara estaba llena de labial causada por los besos de las mujeres y su corbata estaba desarreglada; además, su cinturón no estaba ajustado, sino que se encontraba suelto. Su acompañante era su mano derecha, el que administraba sus propiedades, amigo y mayordomo: Bartolomé La Torre. Era un poco más alto que él, aunque flaco; contaba con un monóculo y un mostacho, aunque su peinado era todo lo contrario a alguien refinado, pues tenía todo su cabello juntado en tres colas de caballo: una apuntaba hacia arriba, la otra estaba en la sien derecha y la última en la izquierda. Parecía un ñero sacado de algún callejón de Timitry. Los dos formaban la típica pareja de un gordo y un flaco. Ellos ya habían salido de la mansión y se estaban dirigiendo a la casa gubernamental a pie, ya que no se encontraba tan lejos de aquel lugar. Solo debían de caminar cuatro cuadras, salir hacia la avenida, cruzarla y ya llegarían al sector donde vivía la nobleza de Timitry. No temían a que los robaran, ya que iban acompañados de dos Guardias Reales, además de que las luces de la ciudad iluminaban todo. —¿Siempre conseguiste lo que te pedí?— preguntó el gobernador—. —Sí, mi señor, aquí lo tengo—. Bartolomé saca del bolsillo de su esmoquin un colmillo que brillaba de color morado. El gobernador lo toma y lo observa detenidamente. —¿Sabías que el rey mandó a un pelotón de unos 100 soldados para poder obtener uno de estos? No pudieron conseguir ninguno y reportaron el suceso como un ataque rebelde. Nadie sobrevivió, ni siquiera el Guardia Real que dirigía la misión. Nadie sabe muy bien lo que pasó, pero ahora aparece uno de estos en mi provincia, en manos de un traficante cualquiera. El muy tonto cree que es buena idea presentarlo a un grupo de nobles que saben de la historia de esta cosa, jajajaja. La vida está llena de giros, mi amigo—. —¿Qué piensa hacer con eso?— —Entregárselo al rey; así él estará agradecido conmigo y mi familia, mostrando así lealtad a su reinado—. —¿Tú sabes para qué funciona eso?— —Claro que no, pero si el rey dice que es importante, debo respetar su palabra. Mañana mismo envías una carta hacia Rimbrin diciendo que poseemos un Colmillo de Tigre Oscuro—. Hubo una pausa mientras cruzaban la avenida. —Señor gobernador, ¿qué piensa hacer con los rebeldes que azotan el norte de la provincia?— —Por ellos no te preocupes, los tenemos monitoreados y sabemos dónde están. Solo cumplamos con algunas de sus exigencias y, de vez en cuando, mataremos a algunos para mantener relajada a la gente. No es algo que vaya a escalar para mal; velo de esta forma: “Oh no, gobernador, hay muchos rebeldes en los campos, necesitamos la presencia de fuerzas militares”—. El gobernador cambió su voz a la de una mujer, aunque no le salía tan bien—. —Entonces nosotros mandamos a unos soldados junto a un Guardia Real, nos juntamos con el jefe de los rebeldes, ellos nos dan Pascales para que no los matemos, nosotros les dejamos comida y armas, y por un mes ya no están rondando por los campos de siembra. “Señor gobernador, usted es lo máximo, tómeme y hágame suya”—. Cambió nuevamente la voz—. —Ah, con que eso es lo que hacen esas patrullas de reconocimiento que tú mandas cada trimestre al norte. Con razón me pides que les dé cinco armas por hombre, aunque en este último año ya casi no llevan armas. ¿Crees que las están comprando en otro lugar? No es mentira para nadie que esas armas que les das son de muy mala calidad—. —No, yo creo que ya tienen suficientes y se deben de estar preparando para un ataque. Son como perros hambrientos que, cuando les dejas de dar carne, te atacarán de golpe. Pero eso ni me preocupa, son muy pocos y unos cinco Guardias Reales se harían cargo de ellos muy fácilmente. Por ahora solo mantengamos de nuestro lado a los poderosos; sería una piedra en el camino si alguna familia noble los apoya—. Y así, el hombre más poderoso de Timitry caminaba por las resplandecientes calles de la ciudad que dominaba. Rimbrin – Capital del Reino de Ahet-Mit. Verano 17 del Reinado de Bajhuc. El gran palacio del Rey, tan hermoso y decorado como siempre, totalmente diferente al resto de la ciudad, el lugar más hermoso de lo que una persona podría imaginar. Allí dentro, en los aposentos del Rey, se encontraba Bajhuc en su gran cama, acompañado por tres de sus concubinas más cercanas. Una tenía el cabello plateado, blanca y agraciada, con un rostro que parecía estar saliendo apenas de la adolescencia, pero su cuerpo decía lo contrario; sus senos, recostados y aplastados en el pecho del Rey, mostraban el favoritismo del creador hacia ella, pues no eran extremadamente grandes, pero sí bien definidos, no perfectos, pues se caían por el peso. Las cobijas la tapaban toda, pero no su pierna derecha, que se encontraba encima del Rey; mostraba sus jugosos y suaves muslos. Al otro lado del Rey se encontraba una hermosa morena, no tan quemada, sino más bien con una piel cuidada, semiblanca, pero no lo suficiente como para estar en ese tono. Sus cabellos rizados eran lo que más llamaba la atención, ya que tenía demasiado; sus manos, suaves como las de ninguna otra mujer, acariciaban el rostro del Rey mientras le daba una ensalada de frutas con queso rallado encima. La tercera… la tercera se encontraba realizándole una felación. —Señor Rey, perdone las molestias, necesi… El hombre, cuyo aspecto era viejo, arrugoso y medio jorobado, calló su boca y apartó la vista al ver aquella escena. —Ya te he dicho, Mora, que no me interrumpas en medio de la noche. Con cuidado, aparta a las tres chicas de su cuerpo y, despacio, se sienta en la cama para ponerse las pantuflas. —¿Qué es lo que necesitas? —dijo calmado el Rey. —Mi Rey, los Guardias Reales lograron capturar a dos rebeldes cerca del palacio. Están esperando órdenes suyas para ver qué hacen con ellos. —¿Dos rebeldes cerca del palacio? Estos locos ya perdieron el respeto hacia mí. Qué descaro lo que hace el pueblo por una simple crisis. Tráeme la túnica y guíame a donde los tienen. —Sí, mi Rey. A altas horas de la noche, en un silencio que se transforma en terror, el palacio volvía a ser testigo de una crueldad cotidiana entre sus muros. En una habitación amplia de color rojo se encontraban cinco hombres amarrados de pies y manos, con una sábana en la cabeza para que no vieran a nadie; dos estaban de un lado y tres del otro. —Aquí están, mi Rey. Dos Guardias Reales le abren la puerta al Rey y a su sirviente. —Estos son los rebeldes que capturamos. Se encontraban husmeando en su oficina, mi Rey. Fue gracias a una sirvienta que se encontraba haciendo la limpieza que logramos darnos cuenta. —En primer lugar, ¿cómo es que lograron llegar allá? El jefe de guardia se acerca avergonzado al Rey. —Mi Rey, al parecer ingresaron con ayuda de alguien interno del palacio. —¿Saben quién es? —No, mi Rey, todavía estamos buscando. Mientras tanto, en la perspectiva de los atrapados, sus mentes se llenaban de rabia hacia aquella sirvienta. Sus pensamientos, llenos de odio, no se podían contener solo en la cabeza; por ende, algunos sonidos salían de sus bocas. —Maldita zorra, nos traicionó. —¿Decías algo? —les preguntó el Rey, que tenía un aspecto borroso a través de la manta. —Quitenles eso, necesito ver sus rostros. Al quitarles las mantas que cubrían sus cabezas, se notó que eran dos jóvenes no mayores de veinticinco años los que se encontraban ahí. —Muchachos estúpidos, yendo a la boca del lobo por órdenes de gente más estúpida que ustedes. Me da lástima ver qué tan bajo caen las personas. ¿Acaso tienen hambre? El Rey saca un pedazo de galleta y se lo come delante de ellos. Su rostro era amenazante, muy bien cuidado, sin manchas, era perfecto. —¿Quiénes son los de allá? —señala el Rey a los otros tres. —Son solo vagos que encontramos merodeando el palacio. Me pareció buena idea darles un susto —dijo el jefe de la Guardia Personal del Rey. —¿Qué hacemos con ellos, mi Rey? —preguntó su sirviente. —Déjame pensar… mmm… a ver —pone sus manos en el mentón—. Ya lo tengo: matemoslos aquí mismo, delante de un escritor de los medios, y que en vez de dos revolucionarios sean cinco, y así nos deshacemos de estos otros tres de allá. Así la gente creerá que hacemos un buen trabajo y le echamos la culpa a estos miserables de la situación en la que nos encontramos. Los dos jóvenes se sobresaltan y empiezan a alegar a gritos. —No seas tan monstruo. Esos muchachos de allá no tienen nada que ver con nosotros. Suéltalos y déjalos libres, tirano de mierda —dijo uno. —Que el creador acabe con tu miserable vida. Espero que los ángeles celestiales me den el privilegio de verte arder en el infierno, miserable.— Dijo el otro. Los jóvenes amarrados aparte escuchaban la conversación con una manta tapando sus cabezas. —Por favor, gran Rey, tenga piedad de nosotros. Solo estábamos buscando algo de qué comer para nuestras casas. No hicimos nada malo, déjenos ir. Le prometemos que jamás volveremos a estar cerca del palacio. El Rey, con una sonrisa en el rostro, se acercó a los tres muchachos que estaban aparte y, con voz calculadora, arrogante y gruesa, les dice: —Tranquilos, cuando yo salga de esta habitación, ustedes podrán irse a otro plano astral rápidamente, para que vean que soy bueno con ustedes. —No, mi Rey —los muchachos empiezan a llorar—. Mi hermana está enferma y necesita de mi cuidado. —Tranquilo, que si ella sobrevive y es hermosa, la pasará muy bien en mis aposentos. El Rey se dirige hacia la puerta para abandonar el lugar. —Malparido —le grita un revolucionario antes de salir del lugar—. Más adelante en la noche, los gritos de agonía se podían escuchar fuertemente cerca del lugar de los hechos e iban menguando conforme se alejaba de la habitación, siendo menos perceptibles en la puerta del palacio que daba a la calle de la ciudad. Una noche más en este reino miserable.

Thoughts

  • LauraLetras

    Los dos que capturaron insultan al rey y los tres de al lado solo piden que los suelten, y al final los cinco terminan igual. Lo que me da vueltas es que no los mata por rebeldes, los mata por el número: dos no alcanzaban para el diario. Me recuerda a cuando en las noticias sale primero la cifra y después, si acaso, los nombres. Me quedo con la sospecha de que la sirvienta que los delató vuelve más adelante.

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  • GasparLeon

    Lo del arreglo trimestral con los rebeldes está contado con una naturalidad que asusta: les dejan comida y armas, ellos entregan Pascales, y cada tanto matan a unos pocos para que la gente esté tranquila. Da la impresión de que eso no lo inventaste de cero, que viste algo parecido contado en otro lado. ¿De dónde salió esa parte?

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  • EmilioPrats

    El rey comiéndose la galleta delante de dos muchachos que acaban de decir que tienen hambre. Ahí está dicho todo lo que hace falta saber de él. Me recuerda a cierta gente que aprende a comer tranquila delante de quien no tiene nada.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, mandar la carta a Rimbrin diciendo que tiene el colmillo es de esas jugadas que te explotan en la cara. Me la juego a que ese favor al rey le sale carísimo antes de que se acabe todo esto.

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  • rellenoPuro

    Cien soldados para no traer ninguno, y el colmillo aparece igual en el bolsillo de un traficante cualquiera. Las cuentas de ese reino no cierran por ningún lado.

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  • gmedina33

    Ese rey se pone las pantuflas tranquilo antes de ir a mandar matar gente. Apuesto a que tampoco le tembló nada en lo de antes.

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  • TeoSanabria

    Los tres de al lado no abren la boca hasta el final, y uno suelta lo de su hermana enferma como pidiendo permiso. Esos tres me dan más que los dos rebeldes. ¿Aparecen otra vez más adelante o se acaba ahí?

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  • Ovid

    Bartolomé con el monóculo y las tres colas de caballo, una para arriba y una en cada sien, me hizo pensar en un par de villanos de dibujos animados, salvo que estos deciden a quién matan mañana. Se nota que esos dos ya existían antes de que empezaras a escribir la escena. Muy bueno el salto al palacio después!

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  • RubenOrtega

    Cinco armas por hombre cada trimestre y de las malas, y este año ya casi no las llevan encima. El gobernador se contesta solo diciendo que ya tienen bastante. Eso es lo que dice uno cuando no quiere contar mal las cajas.

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