Parte 3: Viernes de tentación y el río para curar el chuchaqui
Yo manejaba mi vida con dos teléfonos y dos chips (dos números de WhatsApp diferentes). Un viernes, un amigo de la adolescencia al que conocía desde los 16 años —a quien llamaremos Daniel— vino a merendar a la casa acompañado de su novia. Se quedaron tomando unas cervezas, pero a la novia no le gustó nada el ambiente, se molestó, se subió a su moto y se fue sola a su casa.
Como era viernes y, como dice el dicho, es viernes y el cuerpo lo sabe, se lo comenté a Daniel entre risas, y él continuó tomando. Entre copa y copa, tras habernos acabado unas cinco botellas de litrona de cerveza, el ambiente cambió por completo. Empezamos a sentir otra chispa y terminamos haciendo... bueno, ustedes, mis queridos lectores, ya se imaginarán en qué terminó eso estando los dos solos y con unos tragos de más. Cabe aclarar que Daniel no es el mismo tipo grosero que me exigió favores antes; es un amigo de toda la vida.
El asunto es que Daniel se fue de la casa como a las 4 de la madrugada. Y para rematar la anécdota, al día siguiente su novia me llamó para invitarnos al río junto a mi hijo. Acepté, nos arreglamos y nos fuimos a la casa de ella para de ahí lanzarnos todos al paseo. En el río llevamos una rica comidita y, entre el agua helada, nos fuimos a sacar el chuchaqui de la tremenda fiesta de la noche anterior. ¡Cosas que solo pasan en esta vida!