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Pensamiento

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Fíjate, al final te sacó de la base una canción de Axel más que cualquier plan. En las complacencias que oigo por las tardes, los muchachos de cuartel pedían canciones para la novia cada semana.

Fíjate, al final te sacó de la base una canción de Axel más que cualquier plan. En las complacencias que oigo por las tardes, los muchachos de cuartel pedían canciones para la novia cada semana.

Contenido de la publicación

CAPÍTULO V

UN CORTO SERVICIO

Antes de que terminara el año 2011, hice un viaje con mi madre y mi hermano a un distrito cercano, a aproximadamente una hora y media de nuestra localidad. El motivo era un asunto de trabajo de mi hermano. No recuerdo todos los detalles de aquel viaje, pero sí una imagen que, sin saberlo, terminaría influyendo en una de las decisiones más importantes que tomé a los dieciocho años.

A la salida de nuestra ciudad había una base de la Fuerza Aérea del Perú. La vi durante el trayecto y, de pronto, se me metió una idea en la cabeza.

¿Y si hacía el servicio militar?

En ese momento, estudiar se había vuelto complicado. Había intentado seguir una carrera universitaria, pero las cosas no salieron como esperaba. La deuda que no pude pagar me había obligado a detener mis estudios, y aunque seguía teniendo ganas de prepararme, todavía no encontraba la manera de hacerlo. Necesitaba trabajar, reunir dinero y buscar alguna alternativa que me permitiera construir un futuro distinto.

Pensé que ingresar a la Fuerza Aérea podía ser una oportunidad. Tal vez podría hacer el servicio militar y, más adelante, continuar una carrera dentro de la institución. Quizá incluso tendría la posibilidad de estudiar alguna carrera técnica. No conocía demasiado sobre la vida militar, pero la idea me parecía una salida posible a la situación en la que me encontraba.

Cuando Valeria regresó a la iglesia, yo todavía tenía aquel plan en la cabeza.

Para entonces, sin embargo, las cosas entre nosotros empezaban a cambiar. Ya no era solamente aquella muchacha bonita con la que conversaba por Facebook. Nos buscábamos, salíamos y nos besábamos. Estaba empezando a formar parte de mi vida de una manera que no había previsto cuando la conocí.

Y, aunque me gustaba estar con ella, la idea de ingresar a la Fuerza Aérea seguía allí.

Había una oportunidad para mi futuro y una muchacha a la que cada vez me costaba más imaginar lejos de mí. No recuerdo haberme sentado a pensar en aquella decisión como si tuviera que elegir formalmente entre una cosa y la otra. En ese momento, seguramente, ni siquiera entendía del todo lo que estaba poniendo en juego.

Lo que sí sé es que decidí inscribirme.

Fui con mis padres una mañana. Recuerdo haber llenado varios formularios, uno tras otro, con los datos que me solicitaban. Hasta ese día ni siquiera me sabía de memoria mi número de DNI. Tuve que repetirlo tantas veces mientras completaba los documentos que terminé aprendiéndomelo.

Me entregaron una orden para realizarme unos análisis médicos. Necesitaban comprobar que estaba sano y que cumplía con las condiciones para ingresar. Tenía que hacerme un análisis de sangre y llevar una muestra de orina.

La cita para los exámenes era al día siguiente.

Había un pequeño detalle que no había considerado demasiado: toda mi vida le había tenido miedo a las agujas.

Nunca me habían sacado sangre. Nunca, hasta ese momento. Y ahora tenía que presentarme en una clínica, sentarme frente a alguien que iba a pincharme el brazo y fingir que todo estaba bien.

Mi tipo de sangre es “AV” de «a ver quién se atreve a acercarme una aguja».

Por supuesto, en aquel entonces no me hacía tanta gracia.

Así que decidí pedirle a Valeria que me acompañara.

Ella aceptó.

No sé si comprendía cuánto me asustaba aquel examen, aunque seguramente se dio cuenta cuando llegó el momento. Quedamos en encontrarnos temprano. Creo que fue cerca del Titanic, aquel lugar de la Plaza de Armas donde nos habíamos reunido otras veces. Tal vez nos vimos en una banca cercana. No recuerdo con exactitud ese detalle.

Lo que recuerdo es que caminamos juntos hasta la clínica.

Esperamos un rato. No fue demasiado, pero para mí cada minuto parecía acercarme a algo que llevaba toda la vida evitando. Finalmente, escuché que me llamaban.

Me senté donde me indicaron. Intentaron tranquilizarme, me dijeron que no me pusiera nervioso y prepararon todo para sacarme sangre.

Yo estaba asustado.

No recuerdo haber mirado la aguja. De hecho, creo que hice todo lo posible por no verla. Solo sentí el pinchazo y, casi de inmediato, busqué refugio en Valeria. La abracé con el brazo izquierdo mientras me sacaban la sangre. Se me escaparon algunas lágrimas por el miedo.

A mis dieciocho años, allí estaba yo, intentando reunir valor para una extracción de sangre y aferrándome a la muchacha que me gustaba.

Ella se quedó conmigo.

No sé qué pensaría al verme así. Quizá le causó ternura; quizá le pareció gracioso. No puedo hablar por ella. Lo que sí recuerdo es que estuvo a mi lado mientras yo intentaba superar aquel momento que, para otras personas, probablemente no habría significado gran cosa.

Para mí sí significó.

Y todavía me acuerdo de ello.

Los resultados tardaron varios días. Creo que pasó aproximadamente una semana y media antes de que pudiera saber si estaba apto. Durante ese tiempo seguí trabajando en el canal y aproveché para pasar más tiempo con Valeria.

Había una razón por la que cada salida me parecía especialmente valiosa: si ingresaba al servicio militar, tendría que pasar los primeros tres meses internado, sin poder regresar a casa como lo hacía habitualmente. Después vendrían los llamados francos militares, esos días de descanso en los que se permitía salir los fines de semana.

Tres meses.

Hoy puedo decirlo con bastante tranquilidad. En aquel entonces, en cambio, pensar que iba a pasar tanto tiempo lejos de mi familia y de Valeria me producía una sensación difícil de explicar.

Ya había iniciado el proceso. Había llenado los documentos, me había sometido a los exámenes y estaba esperando los resultados. En teoría, tenía una idea bastante clara de lo que quería hacer. Sin embargo, a medida que se acercaba el momento de ingresar, empecé a preguntarme si realmente estaba preparado para dejar todo lo que conocía durante tanto tiempo.

No podía negar que me daba miedo.

Y tampoco podía negar que quería estar con ella.

Los días previos a mi partida los recuerdo como una mezcla de ilusión y tristeza. Seguía adelante con el plan, aunque cada vez era más consciente de lo que tendría que dejar atrás. Mi madre, mi hermano, mi padre y Valeria formaban parte de mi vida cotidiana. No estaba acostumbrado a pensar en ellos como personas a las que no podría ver durante meses.

Poco antes de irme, recuerdo haber dejado mi computadora protegida con contraseña. También desarmé mi celular. No quería que otras personas pudieran revisar los mensajes que había intercambiado con Valeria. Eran cosas nuestras, conversaciones privadas que prefería mantener así.

No sé si fue una decisión demasiado precavida o simplemente una reacción propia de mi edad. Lo cierto es que me preocupaba que alguien pudiera leer aquello que nos escribíamos.

En febrero de 2012 ingresé a la Fuerza Aérea del Perú para realizar el servicio militar.

Los primeros días fueron difíciles.

Llegamos algo tarde el día del ingreso y un técnico me acompañó para que no me perdiera parte de las actividades que se estaban realizando. Creo que estaban llevando a cabo una de esas formaciones o ceremonias cívicas que se organizaban al inicio de la semana. Me condujeron hasta las barracas, donde conocí a quienes serían mis compañeros durante aquella etapa.

Todo era nuevo para mí.

Las instalaciones, las reglas, los horarios, la forma de dirigirse a los superiores y la rutina que empezaba desde temprano. Había pasado de trabajar en un canal de televisión, conversar con mis amigos y regresar a casa al terminar el día, a vivir en un lugar donde prácticamente todo estaba organizado de acuerdo con unas normas que yo apenas empezaba a conocer.

Recuerdo incluso una anécdota de aquellos primeros días.

En algún momento escuché que alguien dijo algo parecido a que ya no había epidemia. No sé cuál era el contexto exacto ni a qué se referían, pero la palabra se me quedó dando vueltas en la cabeza.

¿Epidemia?

¿Había habido personas enfermas allí?

Me asusté bastante. Acababa de ingresar y ya estaba imaginando cosas sin saber realmente qué había sucedido. Viéndolo ahora, me resulta gracioso recordar lo fácilmente que aquella palabra consiguió preocuparme. Pero así era yo entonces: estaba en un lugar desconocido, lejos de mi casa y sin saber muy bien qué me esperaba.

Con el paso de los días fui acostumbrándome a algunas cosas. Aprendí a seguir la rutina, a convivir con mis compañeros y a cumplir con las tareas que nos asignaban. Había momentos en los que incluso podía encontrar algo divertido en aquella nueva experiencia.

Pero había algo que no cambiaba.

Extrañaba mi casa.

A veces, mientras lavaba mi ropa, levantaba la mirada hacia el cielo. No sé por qué recuerdo especialmente esos momentos. Quizá porque eran ratos en los que podía estar solo, sin tantas personas alrededor ni actividades que cumplir. El agua, la ropa que tenía que lavar y el cielo sobre mí me daban unos minutos para pensar.

Pensaba en mi madre.

Pensaba en mi hermano y en mi padre, que no había querido que ingresara al servicio militar. Recuerdo que él se había opuesto a mi decisión, aunque finalmente no le quedó más que aceptarla. No sé si llegó a comprender por qué quería hacerlo, pero sé que su preocupación estaba allí.

Y, por supuesto, pensaba en Valeria.

La extrañaba más de lo que había imaginado.

Habíamos pasado de conversar casi todos los días a estar separados por una distancia que no podía resolver simplemente escribiéndole un mensaje. No tenía mi celular a mano para hablar con ella cuando quisiera. Tampoco podía salir de la base para visitarla. Si quería volver a verla, tenía que esperar a que llegara el momento permitido para hacerlo.

Y todavía faltaba mucho.

En una de esas jornadas escuché que algunos compañeros hablaban de quedarse para hacer carrera militar. Hasta ese momento, yo había entendido que todos estábamos allí para cumplir el servicio y que, después, cada uno seguiría con su vida. Entonces me explicaron que, durante las primeras semanas, quienes quisieran podían evaluar la posibilidad de continuar en la institución y hacer una carrera militar.

Aquello me llamó la atención.

Si decidía quedarme, tendría una oportunidad de seguir avanzando dentro de la Fuerza Aérea. Podía ser una alternativa para mi futuro, una forma de estudiar y trabajar que no había tenido cuando intenté ingresar a la universidad.

Pero también significaba prolongar mi ausencia.

Y yo ya no estaba seguro de querer hacerlo.

Fue entonces cuando empecé a pensar seriamente en regresar.

No tomé la decisión de un día para otro. Le di vueltas durante varias jornadas, intentando convencerme de que debía ser sensato, de que había ido allí por una razón y de que no podía abandonar tan pronto una oportunidad que quizá me serviría más adelante.

Sin embargo, cada día que pasaba lejos de Valeria me hacía sentir que algo me faltaba.

Quizá alguien podría pensar que era una tontería. Apenas llevábamos un tiempo conociéndonos, nuestra relación todavía estaba empezando y yo ya me encontraba en una base militar, preguntándome si debía volver a casa por una muchacha a la que acababa de besar por primera vez.

Pero no puedo contar esta historia como si a los dieciocho años hubiera tenido la madurez de alguien que ya ha vivido muchas cosas. Yo sentía lo que sentía, y en aquel momento no sabía medirlo de otra manera.

Fue allí, lejos de ella, donde empecé a comprender que aquello ya no era un simple gusto.

Estaba enamorado.

No recuerdo el día exacto en que llegué a esa conclusión. No hubo una conversación que me lo revelara ni un acontecimiento extraordinario. Fue más bien una certeza que empezó a tomar forma mientras pasaban los días y yo seguía pensando en ella.

Por las noches, cuando tenía tiempo para hacerlo, la echaba de menos. A veces miraba las estrellas y buscaba las constelaciones que conocía. Recordaba que, durante una de nuestras salidas, le había enseñado algunas de ellas. Siempre me ha gustado leer y aprender cosas por mi cuenta. Soy, en ese sentido, bastante curioso, y la astronomía era una de esas cosas que me llamaban la atención.

Me gustaba reconocer las estrellas, encontrar figuras en el cielo y aprender sus nombres.

Pero ahora, desde aquel lugar, mirar el cielo tenía otro significado.

Ya no era solamente una forma de entretenerme o de recordar algo que había leído. También me llevaba de vuelta a las noches que había compartido con ella. Me hacía pensar en aquella alameda, en nuestras conversaciones y en el momento en que nos dimos nuestro primer beso.

A lo lejos podía distinguir las luces de la ciudad. La base estaba algo retirada y, desde allí, las luces parecían pertenecer a un lugar al que no podía regresar cuando quisiera.

A veces me quedaba mirando en esa dirección.

Me preguntaba qué estaría haciendo Valeria. Si estaría en casa, si pensaría en mí o si también recordaría nuestros besos. No tenía forma de saberlo. Solo podía imaginarlo.

Y entonces volvía a pensar en la canción de Axel que se había quedado conmigo durante aquellos días: Me estoy enamorando.

La había escuchado antes de ingresar, pero ahora parecía hablar de lo que estaba viviendo. La distancia, la ausencia y el recuerdo de aquellos besos hacían que la canción adquiriera un significado diferente. Ya no era simplemente una balada romántica que podía compartir con ella. Se había convertido en una especie de compañía durante las noches en las que más la extrañaba.

Había una parte de la canción que me devolvía la esperanza de volver a estar juntos. Pensaba en regresar a casa, en encontrarme otra vez con ella y en recuperar esos momentos que, hasta hacía poco, me parecían tan cotidianos.

Y cada vez que la escuchaba, la idea de volver se hacía más fuerte.

No sé si fue la mejor decisión que pude tomar. Todavía hoy sería injusto decir que una cosa tenía más valor que la otra. Había ingresado a la Fuerza Aérea buscando una oportunidad para mi futuro, y no puedo negar que aquella decisión tenía sentido dadas las circunstancias en las que me encontraba.

Pero también estaba enamorado.

Y a los dieciocho años, cuando uno empieza a descubrir lo que significa querer de verdad a alguien, puede ocurrir que la distancia haga más ruido que cualquier argumento razonable.

Yo había ido a la base pensando en lo que podría conseguir para mi futuro. No había imaginado que terminaría pasando tantas noches mirando el cielo, recordando a una muchacha y preguntándome si había tomado el camino correcto.

Hasta que llegó el momento de decidir.

Podía quedarme, intentar hacer carrera militar y continuar con el plan que me había llevado hasta allí. O podía regresar a casa, retomar mi vida y volver a verla.

Durante varios días, esa pregunta me acompañó mientras cumplía con mis obligaciones. Intentaba concentrarme en lo que tenía que hacer, pero mi mente volvía una y otra vez al mismo lugar.

A Valeria.

Finalmente, decidí regresar.

No sé si fue una decisión acertada. Lo que sé es que, en aquel momento, quería estar con ella más de lo que quería seguir intentando acostumbrarme a una vida que me mantenía lejos de todo lo que extrañaba.

Había ingresado a la Fuerza Aérea con la idea de construir un futuro distinto.

Y terminé comprendiendo que, por entonces, una parte importante de ese futuro que imaginaba estaba ligada a una muchacha que me esperaba en casa.

O al menos eso era lo que yo deseaba.

El día que salí de la Fuerza Aérea, lo primero que recuerdo de mí mismo es la cabeza rapada.

Nunca me había visto así. Me habían cortado el cabello casi por completo y, aunque seguramente para los demás no era algo extraordinario, para mí sí resultaba extraño. Era otra de esas cosas a las que había tenido que acostumbrarme durante mi breve paso por la vida militar.

Pero ya estaba fuera.

Había tomado la decisión de regresar y, mientras volvía a casa, solo podía pensar en lo que haría cuando llegara. Quería ver a mi familia, descansar después de aquellos días y, sobre todo, encontrar la manera de comunicarme con Valeria.

La había extrañado muchísimo.

No era solamente que me acordara de ella de vez en cuando. La pensaba todos los días, especialmente por las noches, cuando el cansancio no conseguía distraerme de su ausencia. Recordaba nuestros besos, las conversaciones y las veces que habíamos salido juntos. En medio de aquella rutina nueva, pensar que volvería a verla era una de las pocas cosas que me ayudaban a sobrellevar la distancia.

Salí el 14 de febrero de 2012.

El servicio militar me había durado poco, mucho menos de lo que había imaginado cuando me inscribí. Había ido buscando una oportunidad para mi futuro y terminé regresando porque no quería seguir lejos de ella. No sé si fue una decisión acertada, pero en aquel momento no podía imaginarme quedándome más tiempo allí.

Cuando llegué a casa, encendí mi computadora.

Quería entrar a Facebook y buscar a Valeria. Era lo primero que se me ocurrió hacer, quizá porque durante los meses anteriores nuestras conversaciones habían sido una parte importante de mi vida. Me senté frente a la pantalla, abrí la cuenta y traté de encontrar su perfil.

No aparecía.

La busqué otra vez, pensando que quizá había escrito mal su nombre o que el buscador no estaba funcionando como debía. Pero no conseguía encontrarla.

Entonces empecé a preocuparme.

¿Me había bloqueado?

No entendía qué había pasado. Había regresado con tantas ganas de hablar con ella que encontrarme con aquella ausencia me dejó desconcertado. Después de haber pasado tantos días imaginando el momento de volver a verla, ahora ni siquiera sabía si podía comunicarme con ella por la red social donde habíamos compartido tantas conversaciones.

Con el tiempo me explicó lo que había sucedido.

Mi hermano había estado utilizando mi computadora y, por aquella época, algunas aplicaciones permitían recibir notificaciones o mensajes de Facebook directamente en el escritorio. Recuerdo que acababa de aparecer una versión nueva de Windows, aunque no podría asegurar ahora si era Windows 8 o alguna de sus actualizaciones.

Al parecer, Valeria había visto que mi cuenta aparecía conectada mientras yo estaba haciendo el servicio militar. Pensó que alguien podía estar revisando los mensajes y, para evitar que otras personas los vieran, decidió bloquearme.

Eso fue lo que me contó después.

No había sido una discusión ni una decisión motivada por algo que yo hubiera hecho. Había sido una manera de proteger nuestras conversaciones, aunque en ese momento yo no tenía forma de saberlo.

Por suerte, todavía tenía otra manera de comunicarme con ella.

Mi celular.

Era un Alcatel de teclas, de esos teléfonos que hoy parecen pertenecer a otra época. No tenía pantalla táctil ni las facilidades de los teléfonos actuales. Durante mi estancia en la base había escondido la batería, y ahora podía volver a utilizarlo.

Lo encendí y le escribí.

No recuerdo exactamente qué palabras utilicé. Creo que fueron pocas. Tal vez simplemente le dije que había regresado.

No puedo reconstruir aquel mensaje con precisión, pero sí recuerdo las ganas que tenía de enviarlo. Después de tantos días sin verla, necesitaba hacerle saber que estaba en casa, que había vuelto y que, de alguna manera, seguía allí, pensando en ella.

No sé cuánto tardó en responder ni qué nos dijimos durante aquella primera conversación. Los años han dejado algunos espacios en blanco en mi memoria. Lo que no han borrado es la emoción de haber regresado.

Había pasado cada día y cada noche pensando en volver a casa. Había extrañado a mi madre, a mi hermano, a mi padre y, por supuesto, a Valeria. Pero había algo especial en la idea de encontrarme otra vez con ella, de poder sentarme a su lado y besarla como lo habíamos hecho antes de que me marchara.

Sus besos se habían convertido en uno de los recuerdos a los que más regresaba durante aquellos días.

A veces, cuando estaba cansado o cuando la nostalgia se hacía más difícil de soportar, pensaba que todo aquello terminaría y que volvería a verla. Me aferraba a esa posibilidad. No tenía mucho más que hacer, aparte de cumplir con mis obligaciones y esperar.

Y ahora estaba en casa.

No pudimos salir aquel 14 de febrero. Aunque había regresado precisamente ese día, no fue posible encontrarnos para celebrar San Valentín ni para recuperar de inmediato el tiempo que habíamos pasado separados.

Tuvimos que esperar un poco más.

Pero ya no eran semanas ni meses. Ahora solo faltaban un par de días.

El 16 de febrero volveríamos a encontrarnos junto al mar, con algunos de los mismos amigos con los que habíamos compartido aquella primera salida a la playa.

Yo todavía no sabía todo lo que vendría después. Por el momento, me bastaba con haber regresado, haber conseguido comunicarme con ella y saber que pronto podría volver a tenerla cerca.

Después de tantos días mirando las estrellas desde lejos, de pensar en la ciudad y de preguntarme qué estaría haciendo mientras yo no estaba, finalmente podía volver a verla.

Y eso era lo que más esperaba.

Thoughts

  • radiovieja

    Fíjate, al final te sacó de la base una canción de Axel más que cualquier plan. En las complacencias que oigo por las tardes, los muchachos de cuartel pedían canciones para la novia cada semana.

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  • Dei

    Narras muy bien, con todos esos detalles que hacen que uno quiera terminar de leer de un solo tirón. El celular Alcatel y la canción de Axel, “Me estoy enamorando”, por ejemplo. Pude mirar, escuchar y sentir cada escena mientras te leía.

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