Los girasoles yacían suspirándose unos con otros en tierna y suave voz que robaron con encanto la larga ausencia del Sol.
Fue entonces el Sol a ver a la Tierra.
Sol: "Tierra, madre de todas las criaturas. Debo exigir tu ayuda. Solo así continuaré cosquilleando tu panza con mis rayos".
Tierra: "Sol, padre de seres luminosos. Háblame de tus pesares".
Sol: "La fuente de mis pesares es un ser que forma parte de tu espesa cabellera. Está hecha a semejanza mía; su centro es de un amarillo oro, como mi esencia. Sus pétalos simulan mis rayos. Desde que están, la humanidad ya no alza la vista al cielo para hallarme. Quiero que arranques la vida de esta planta. Mándala a iluminar la tierra de los muertos, donde yo no llego".
La madre tierra se tomó un momento.
Tierra: "Tal pedido no es para mí dificultad llevarlo a cabo. Pero a tu pesar lo promueve la envidia. Por tal caso, yo no osaría agraviar criatura alguna que en mi cuerpo habite".
Sol: "Lamentaría mucho convertir tus bosques en llano inhóspito. Secar tus valles, lagos, ríos, mares y océanos. Solo dejar sal y arena. Ayudémonos como en la infinitud de los tiempos pasados".
La tierra tembló.
Tierra: "Cierto es que mi piel y junto a ella la vida que me habita dependen de tus rayos. Voy a hacer lo que me pides. Pero a mi modo. Has de envidiar la semejanza que el girasol tiene contigo. Pues bien. Voy a alterar sus formas. Para que los dos habiten la tierra de los vivos".
Aceptó el Sol y la madre tierra actuó. Hizo rugir su panza desde lo más profundo, derrumbando viejos árboles en toda su superficie.
Los girasoles esperaban terrible final por haber hecho enojar a tan supremo ser. En ese instante, su pecho de oro empezó a tomar un color opaco. Mientras se oscurecía, figuras en forma de dientes salían para afuera, cubriendo por completo su dorso.
Sorprendidos mirábanse unos con otros tal transformación. Cuando la madre tierra hizo su aparición y a todos, incluido yo, nos relató su trato con el Sol.
Y asi, los girasoles perdieron su esplendor, guardando los rayos en forma de pétalos, que les recuerdan lo cerca que estuvieron de habitar entre los muertos.