Año 1578, los ecos de los últimos grandes enfrentamientos armados comandados por los heroicos caciques guerreros se habían apagado en la Serranía del pacairigua y en las márgenes del río Curupao. Aquellos años de feroces emboscadas, flechas envenenadas y gritos de libertad al mando de Guaicaipuro, Aramaipuro y Guaymacuare parecían ahora recuerdos lejanos de una vida extinta, sobrevino la desolación: las epidemias traídas por los barcos europeos hacían estragos en las chozas, los conucos tradicionales habían sido arrasados para dar paso al pastoreo, y la población indígena vagaba en un luto silencioso, dividida y sin esperanzas de recuperar la soberanía sobre sus tierras ancestrales.
Mientras tanto, en la penumbra de las casas señoriales y despachos de madera de la ciudad recién levantada, el dominio peninsular afinaba su maquinaria administrativa. De manera sigilosa y «por debajo de cuerda», los conquistadores terminaban de institucionalizar el régimen de encomienda, consolidando en el papel lo que las espadas ya habían conseguido en la práctica: la repartición de seres humanos como tributarios y mano de obra servil (semiesclavitus)
Tras ser derrotados militarmente, los Chagaragotos y Huerenas sobrevivientes sufrieron el despojo absoluto de sus tierras. Sus espacios sagrados y de cultivo fueron transformados paulatinamente en estancias de ganado y, más tarde, en lucrativas haciendas coloniales de caña de azúcar y cacao controladas por terratenientes.
Una mañana 1579, el silencio del asentamiento nativo comarca habitada por las parcialidades Chagaragotos y Huarenas fue roto por la llegada de varios soldados a caballo, acompañados por un intérprete. Llevaban una orden perentoria e ineludible dictada desde la Casa Real y la Sede de la Gobernación por las autoridades nombradas por el gobernador asignado:
Habla en voz alta: ➖"Súcuta y otros indígenas cabezas de las tribu debe comparecer de inmediato ante las autoridades de la Capitanía General para conciliar los términos de la paz y conocer las encomiendas dispuestas por S.M. el Rey."
Para Súcuta, la citación no era una invitación a dialogar, sino la notificación de una condena. Sabiendo que la opción de tomar las armas significaba la masacre total de las pocas familias que le quedaban, el líder acudió al llamado internándose por los escarpados caminos montañosos hasta el cuadrante urbano de Caracas.
Al llegar a la casona administrativa de la Capitanía, el ambiente olía a cera de vela, tinta de agallas y cuero mojado. Sobre una mesa larga de roble reposaban pliegos de papel sellado, mapas esquemáticos trazados a pluma y los padrones donde figuraban nombres hispanizados junto al recuento de indios "de paz" y "de guerra".
Frente a Súcuta no había un capitán de armadura resplandeciente preparado para combatir, sino escribanos, alcaldes ordinarios y encomenderos armados solo con plumas y registros notariales. El tono del oficial español pretendía ser cordial, envuelto en una tibia diplomacia:
➖Habéis comprendido finalmente que la guerra contra el Rey solo os trae ruina y muerte— comenzó el funcionario colonial mediante el intérprete. —Por la Gracia Real, no se os venderá como esclavos en las islas. El Rey en su piedad ha resuelto recibiros como sus vasallos bajo el piadoso régimen de la Encomienda.
El oficial desplegó el documento y comenzó a detallar el reparto:
Súcuta y sus acompañantes asombrados, con mucha impotencia, y desolacion escuchan al traductor, sin conocimiento de lo que le indican…
La Asignación: La población originaria y los valles aledaños de Huarenas quedaban legalmente repartidos entre los capitanes, encomenderos y vecinos de la ciudad (como la familia nombradas y los primeros colonos asignados al valle).
Súcuta a Aram, ➖Inse Kuro´kon nonory, eruwa kétammoi / nuestras tierras!!!, donde viviremos…?
El Tributo y el Trabajo: A partir de ese instante, la comunidad ya no cultivaría la tierra libremente para su propio sustento. Las indigenas debían entregar periódicamente cargas de maíz, yuca, telas de algodón y, sobre todo, aportar jornadas de trabajo agotador en los trapiches, los hatos de ganado y los campos de siembra.
Neri a Súcuta ➖ Kutamo´Katoi Paranakiri karaiba… / Vamos a trabajar para los conquistadores..!!!
La Evangelización y el Cura Doctrinero: A cambio de su fuerza de trabajo, el encomendero se comprometía a darles "protección" e impartirles la doctrina cristiana a través de un sacerdote, prohibiendo de manera tajante el uso de sus lenguas nativas en los ritos, sus bailes ceremoniales y sus prácticas.
Súcuta rumia en silencio, como si un león se apoderara de su alma.
Súcuta y sus compañeros escucharon la lectura sin interrumpir. Sabía bien que la palabra "conciliación" empleada por la Capitanía no era más que una máscara para encubrir el sometimiento definitivo. No había margen de negociación sobre aquellos pergaminos firmados.
Al sellar el acto con un asentimiento forzado, Súcuta y sus acompañantes regresaron al valle con la amarga noticia para su gente: el tiempo de los guerreros había terminado y comenzaba el tiempo del vasallaje y la servidumbre.
Según conteo de Sucuta y los peaches muchos indígenas fueron finalmente capturados o reducidos bajo el régimen de encomienda. El comportamiento de los indígenas no fue completamente pasivo, hubo sabotaje y trabajo a ritmo lento, Como forma de protesta contra los abusos del trabajo forzado, aplicaban la reducción voluntaria de la productividad en las plantaciones de caña y maíz. Preservación clandestina de creencias, los peaches aunque públicamente recibían la doctrina católica impartida por los sacerdotes, continuaban practicando de manera oculta sus rituales, curaciones con chamanes y el uso de plantas sagradas.
En el valle de pacairigua, a orillas del curupao y la cuenca de Huarenas— las estrategias de huida y, finalmente, una adaptación forzada para sobrevivir a la encomienda.
Neri le dice a Súcuta: ➖ se me quiebra el corazón, pero no nos queda otra opción... En la penumbra de la madrugada huiré con mi familia hacia la selva de Guatopo. Prefiero la inclemencia del bosque a llevar las cadenas de la encomienda. Allá donde la vegetación se vuelve un muro impenetrable, los invasores jamás podrán alcanzarnos.
Súcuta: ➖Ve en paz, hermano mío. Que los dioses del monte cubran vuestro rastro y velen por tu familia. Mantén la mente alerta y el corazón templado, porque la travesía será dura y el bosque no perdona descuido alguno.
Muchos indígenas comenzaron el retiro hacia zonas inaccesibles: Múltiples familias y grupos Chagaragotos y Guarenas abandonaron sus conucos y tierras originarios para adentrarse en las zonas más profundas de la fila montañosa (dirección Barlovento y la cordillera de la Costa). Al ocultarse en la selva, evitaban el reclutamiento para el trabajo en los trapiches y cultivos, complicando las labores de empadronamiento de los encomenderos.
Así fue durante décadas hasta el año 1620…