El crujido de las ramas secas bajo la hojarasca marcaba el ritmo de la marcha. Neri, un guerrero Chagaragoto de mirada firme y cicatrices grabadas en la piel como testimonio de las batallas pasadas, no volvió la cabeza hacia atrás ni una sola vez. A sus espaldas dejaba los valles de Pacairigua y Guarenas, donde el humo de los trapiches españoles comenzaba a asfixiar la libertad de su pueblo y donde los suyos, acorralados por el régimen de encomiendas, eran sometidos día a día al vasallaje.
En sus ojos ya no había espacio para la rendición. Al comprender que la tierra de sus ancestros había sido repartida sobre papeles entintados por hombres de armadura, tomó la única decisión que le devolvería la dignidad a su linaje: huir hacia lo profundo de la selva de Guatopo.
Junto a Neri caminaban su compañera, sus dos hijos pequeños y un puñado de parientes que prefirieron el abrazo incierto de la montaña antes que la servidumbre de la encomienda. Llevaban consigo únicamente lo indispensable: hachas de piedra pulida, arcos, flechas embadurnadas con veneno vegetal, chinchorros tejidos con fibras de curagua y un puñado de yuca seca.
El viaje fue una prueba implacable de supervivencia: Días y noches de penumbra: Bajo el dosel tupido del bosque tropical de Guatopo, donde los árboles gigantescos bloqueaban la luz del sol.
Neri ➖ Los días se confunden con las noches.
Avanzaban a paso lento, sorteando serpientes, zanjas traicioneras y el acecho constante del jaguar. Siguieron los cauces de los ríos que serpenteaban las montañas, cruzando a pie quebradas de aguas frías y corrientes traicioneras. El agua de las vertientes les dio vida, pero el barro constante desgastaba sus pies.
Cada crujido lejano o el chillido repentino de los monos araguatos encendía la alarma de Neri, temiendo que los perros de caza o los rastreadores encomenderos vinieran tras sus pasos. Pero a medida que se internaban más en el corazón verde de la serranía, la huella hispana se borraba por completo.
Tras varias jornadas de marcha agotadora, cuando el cansancio amenazaba con quebrantar a la familia, Neri se detuvo en la cima de una loma oculta por la vegetación. Ante sus ojos se abría un claro privilegiado: un meseta pequeña, resguardada por altos farallones de piedra, cruzada por un manantial de agua cristalina y rodeada de árboles frutales silvestres. Era un lugar inaccesible para los caballos españoles e invisible desde los senderos conocidos.
Neri contempló el paisaje, respiró el aire limpio de la montaña y, volviéndose hacia su familia, dijo con voz profunda:
➖«Aquí no llegan sus leyes, ni sus cadenas, ni su Dios de papel. Aquí la tierra sigue siendo nuestra.»
Sin perder tiempo, el guerrero y su gente pusieron manos a la obra para levantar su espacio de libertad: La Choza Ancestral: Con la madera resistente del guatopo y el yagrumo levantaron la estructura del bahareque, mientras que con las hojas anchas de la palma de cumare tejieron el techo, haciéndolo impermeable ante las copiosas lluvias de la selva. A la sombra de la arboleda, despejaron con cuidado un pedazo de tierra para sembrar las estacas de yuca, el maíz y la batata, cuidando de no dejar rastros de humo que delataran su posición.
Al caer la primera noche en la choza terminada, colgaron los chinchorros. El murmullo del río y los sonidos de la selva reemplazaron el eco de los azotes y los mandatos del encomendero.
En aquel rincón recóndito de Guatopo, el guerrero Neri no solo construyó un refugio para su familia; levantó un bastión de resistencia cimarrona indígena, preservando viva la llama de su cultura en las entrañas de la montaña sagrada.