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El precio de la vida, Capítulo 3 - parte 1

DaveOaks
Pensamiento

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chingolo

Ricardo le advierte al muchacho de las peleas de machete en las casetas, y a las dos de la mañana el que entra con machete al cinto es él. Por un rato el peligro de esa plaza era el papá. A mí se me hace que la navaja que afilaba por la tarde vuelve a sal

Ricardo le advierte al muchacho de las peleas de machete en las casetas, y a las dos de la mañana el que entra con machete al cinto es él. Por un rato el peligro de esa plaza era el papá. A mí se me hace que la navaja que afilaba por la tarde vuelve a salir.

Contenido de la publicación

El tiempo tiene una forma curiosa de estirar los días y encoger los años. Sin darse cuenta, la década de los setenta se instaló en el pueblo costero, trayendo consigo pantalones de bota campana, radios de transistores más potentes y un aire de rebeldía que se colaba por las rendijas de las puertas.

En la casa del techo de zinc, la ausencia de Elena se había solidificado. Ya no era una herida abierta que sangraba a diario, sino una cicatriz gruesa con la que Ricardo había aprendido a convivir. A sus treinta y tantos años, el trabajo en el puerto lo había curtido aún más. Tenía el cabello salpicado de canas prematuras, el ceño permanentemente fruncido y unas manos que parecían forjadas en hierro. Toda su existencia se había reducido a una sola misión, a un juramento sagrado: Matías.

Pero Matías ya no era el niño de nueve años que lloraba buscando el olor de su madre en las almohadas. Había cumplido quince. Era un muchacho alto, espigado, con la mirada viva e inteligente de Elena y la terquedad indomable de los Domínguez. Era buen estudiante, pero la sangre joven le hervía en las venas, exigiendo el espacio que su padre, dominado por el pánico a perderlo, le negaba sistemáticamente.

La casa se había convertido en un cuartel. Ricardo controlaba las horas de llegada, las amistades, el dinero para el refrigerio escolar, hasta la forma en que Matías se peinaba. Ricardo veía peligros en cada esquina del pueblo: en las mesas de billar recordaba el dinero que apostó y perdió en su juventud; en las cantinas veía la sombra del alcohol que casi le cuesta su matrimonio; en las esquinas oscuras veía los errores de su hermano Luis. Su amor por Matías era tan inmenso que se había transformado en una jaula.

El primer gran choque, el que hizo temblar los cimientos de la casa, ocurrió durante las fiestas patronales de noviembre.

El pueblo entero vibraba al ritmo de los "picós", esos gigantescos sistemas de sonido pintados con colores fluorescentes que hacían retumbar los vidrios de las ventanas. Se había levantado una gran caseta de baile en la plaza principal, rodeada de puestos de fritos, vendedores de ron blanco y muchachas con vestidos de flores. Para un joven de quince años, perderse esa verbena era el equivalente a no existir.

Era viernes por la tarde. Ricardo estaba sentado en el comedor, afilando su navaja de trabajo con una piedra de amolar. Matías llevaba media hora dando vueltas por la sala, arrastrando las chancletas, buscando el valor para hablar. Finalmente, se detuvo frente a la mesa. Llevaba puesta su mejor camisa, bien planchada, y el cabello húmedo peinado hacia atrás con un poco de vaselina.

—Pa —empezó Matías, con la voz a medio camino entre la niñez y la adultez—. Hoy es la coronación en la plaza. Van a ir los primos, los hijos de la tía Tomasita, y la cuadra entera. Quería pedirle permiso pa' ir un rato. No me demoro, a la medianoche estoy aquí.

El sonido rítmico de la piedra de amolar se detuvo de golpe. Ricardo levantó la vista lentamente, clavando sus ojos oscuros en el muchacho.

—No.

Fue una sola sílaba, seca y pesada como un ladrillo.

Matías apretó los puños a los costados.

—Pero, papá, si van todos. No voy a tomar, se lo juro. Solo es ir a escuchar la música y dar una vuelta. Ya tengo quince años, no soy un pelao chiquito.

—Dije que no, Matías —repitió Ricardo, volviendo a pasar la navaja por la piedra—. Esas casetas se llenan de borrachos, de peleas de machete y de vagos buscando pleito. Eso no es ambiente para un estudiante. Usted se me queda aquí, leyendo sus libros o escuchando el radio, pero de esta puerta no sale.

—¡Es injusto! —estalló Matías, subiendo el tono, algo que rara vez se atrevía a hacer—. ¡Me tiene asfixiado, papá! Del colegio a la casa y de la casa al colegio. ¡Mis primos salen, se divierten, y a ellos no les pasa nada! ¡Usted me trata como si yo fuera de cristal!

Ricardo se puso de pie, empujando la silla hacia atrás con un chirrido violento. La imponente figura del estibador llenó la habitación.

—¡Mientras usted viva bajo este techo de zinc que yo sudé para poner, se hace lo que yo diga! —bramó Ricardo, señalándolo con el dedo índice grueso y calloso—. ¡A usted no le falta nada! ¡Tiene comida, tiene zapatos, tiene cuadernos! ¡Afuera solo hay desgracia para los que andan de ociosos, y yo no me voy a partir el lomo en ese puerto para que un borracho me le dé una puñalada en una caseta por estar de gracioso!

Matías lo miró con los ojos cristalizados por la rabia y la impotencia. Quiso decir algo más, pero tragó grueso, dio media vuelta y se encerró en su cuarto, tirando la puerta con tanta fuerza que un cuadro del Sagrado Corazón tembló en la pared.

La noche cayó pesada y calurosa. A lo lejos, el bajo del "picó" sonaba como el latido de un corazón gigante: bum, bum, bum. Ricardo se acostó temprano, agotado por el turno doble en los muelles, convencido de que su autoridad había sellado el asunto. Se quedó dormido con el sueño pesado de los trabajadores.

Pero a las dos de la mañana, un ruido sordo lo despertó. No fue un estruendo, sino el crujido familiar de la tabla del pasillo. Ricardo abrió los ojos en la penumbra. El silencio en la casa era absoluto, solo roto por la música que aún llegaba débilmente desde la plaza. Sintió una punzada fría en la boca del estómago.

Se levantó descalzo, caminó por el pasillo y empujó la puerta del cuarto de Matías. La luz de la luna que entraba por la ventana desnudó su peor pesadilla: la cama estaba vacía. Las sábanas estaban revueltas y la ventana que daba al patio trasero estaba abierta de par en par.

El pánico se apoderó de Ricardo. No sintió furia en ese primer segundo, sintió un terror ciego, paralizante. La imagen de Elena tendida en el asfalto cruzó por su mente como un relámpago. Su niño, su única razón para respirar, estaba afuera, en la madrugada, expuesto a los lobos.

Se vistió a tropezones, se metió el machete en la funda del cinturón por puro instinto de protección, y salió a la calle. Corrió hacia el centro del pueblo. Las calles estaban llenas de basura, de borrachos durmiendo en las aceras y de perros callejeros hurgando en los restos de comida. Al llegar a la plaza, la caseta era un hervidero de sudor, luces rojas y música ensordecedora.

Ricardo entró empujando a la gente. Su mirada, fiera y desesperada, escaneaba el lugar. Lo encontró cerca de la tarima. Matías estaba recostado contra un poste de madera, riéndose con un grupo de muchachos mayores que él. En la mano, sostenía una botella de cerveza a medio terminar, tratando de aparentar una seguridad que no tenía.

La sangre le hirvió a Ricardo. Se abrió paso a empellones, sin importarle a quién pisaba. Cuando Matías lo vio aparecer, la sonrisa se le borró de tajo y la palidez de un muerto le cubrió el rostro.

Ricardo no le dijo ni una palabra. Llegó hasta él, le arrebató la botella de cerveza de un manotazo, estrellándola contra el suelo, y lo agarró por el brazo con una fuerza que le blanqueó los nudillos.

—¡Nos vamos! —rugió Ricardo por encima de la música.

—¡Papá, suélteme, me está lastimando! ¡Me está humillando delante de todos! —suplicó Matías, forcejeando débilmente, muerto de vergüenza mientras sus amigos miraban estupefactos.

Pero Ricardo no lo soltó. Lo arrastró literalmente fuera de la caseta, por toda la plaza y a través de las calles de tierra, sordo a los ruegos y protestas del muchacho. Caminaron las diez cuadras hasta la casa en un silencio que quemaba.

Al cruzar la puerta de la calle, Ricardo lo soltó con tanta brusquedad que Matías trastabilló y cayó sentado en el sofá de la sala. Ricardo cerró la puerta con seguro, respirando como un toro a punto de embestir.

—¡Me desobedeciste! —gritó Ricardo, con la vena del cuello a punto de reventar—. ¡Te volaste como un delincuente por la ventana! ¡Tomando trago! ¡Jugando a ser hombrecito en la calle!

Matías, con los ojos llenos de lágrimas de humillación y rabia, se puso de pie, enfrentándolo. Ya casi alcanzaba la estatura de su padre.

—¡Porque usted no me deja vivir! —gritó el muchacho, perdiendo el respeto por primera vez en su vida—. ¡Yo no estaba haciendo nada malo, solo quería ser normal! ¡Tengo amigos, tengo vida! ¡Pero usted quiere que yo esté encerrado aquí, viéndolo amargarse todos los días!

—¡Te encierro para que no te arruines la vida, pedazo de idiota! —respondió Ricardo, golpeando la mesa del comedor con el puño—. ¡Allá afuera no hay nada más que vicio y muerte! ¡Yo sé lo que es perderlo todo por estar de gracioso en la calle!

El dolor, la adolescencia y la falta de una madre se mezclaron en el pecho de Matías, formando un veneno que, en su desesperación, escupió sin pensar.

—¡Lo que usted tiene es miedo! —berreó Matías, llorando a gritos—. ¡Miedo de estar solo! ¡Si mi mamá estuviera viva, ella no dejaría que usted me tratara como a un preso! ¡Ella sí me entendería! ¡Usted se murió con ella en esa carretera y ahora quiere enterrarme a mí también en esta casa pa' que le haga compañía!

El silencio que siguió a esas palabras fue absoluto. Ni las chicharras se atrevieron a cantar.

Fue como si a Ricardo le hubieran vaciado un balde de agua con hielo en la sangre. El golpe fue tan bajo, tan preciso y tan devastador, que todo el enojo se le escurrió por los talones. Retrocedió un paso, tropezando con una silla. Su rostro se descompuso. Miró a su hijo, respirando entrecortadamente, viendo en el rostro desafiante del adolescente los mismos ojos oscuros de Elena.

Ricardo se dejó caer en la silla. No levantó la mano. No gritó. Simplemente se cubrió la cara con ambas manos, apoyando los codos en las rodillas. Y por primera vez desde el día del entierro de Elena, Matías vio a su padre llorar. Eran sollozos secos, roncos, que le sacudían los hombros anchos y cansados.

El muchacho se quedó congelado. La furia se le evaporó al instante, reemplazada por una culpa aplastante. Nunca había querido lastimarlo así.

—Papá... —susurró Matías, dando un paso vacilante hacia adelante.

Ricardo levantó una mano, pidiéndole que se detuviera, intentando recuperar el aliento. Se limpió la cara con el reverso del brazo, mostrándose más viejo y vulnerable que nunca.

—Tienes razón —dijo Ricardo, con la voz rasposa, mirándolo a los ojos con una tristeza infinita—. Tengo miedo, Matías. Tengo un miedo que me come vivo desde el día en que naciste, y que se volvió un monstruo el día que tu mamá no cruzó esa puerta.

Ricardo señaló la silla frente a él.

—Siéntate. Ya eres un hombre, ¿no? Entonces escúchame como los hombres.

Matías obedeció, tragando saliva, sintiendo que el corazón le latía en la garganta.

—Tú crees que yo nací siendo este viejo amargado —empezó Ricardo, bajando la voz, en un tono confesional que nunca había usado con su hijo—. Tú no sabes que a tu edad, por andar buscando plata fácil en una mesa de billar, perdí los únicos ahorros que tenía mi familia para comer. Por mi culpa, a mi papá se lo llevaron para una mina donde se murió de tristeza. Yo vi a mi hermano revolcarse en la miseria por cobardía. Y el día que al fin pude hacer las cosas bien... —la voz se le quebró, pero tragó aire y siguió—. El día que iba a celebrar que la vida me había dado una tregua, esa carretera me la quitó.

Ricardo se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos endurecidas sobre la mesa, buscando la mirada de su hijo en la penumbra.

—No te encierro por castigarte, mijo. Te encierro porque tú eres lo único bueno que yo he hecho en esta vida. Si a ti te pasa algo, si tú te dañas por andar en esas casetas buscando pleitos o tomando ron, a mí no me queda nada. Nada. Yo no quiero que la vida te cobre a ti los errores que yo cometí, ni que sufras lo que yo sufrí.

Matías sintió un nudo en la garganta del tamaño de un puño. Las palabras de su padre no eran las de un tirano, sino las de un náufrago aferrándose al único madero que lo mantenía a flote. Entendió el peso aplastante del amor de Ricardo.

El muchacho se levantó, rodeó la mesa y abrazó a su padre. Ricardo se aferró a la cintura de su hijo, enterrando la cara en su pecho juvenil, pidiendo perdón sin palabras por no saber hacerlo mejor, por amarlo de una forma tan asfixiante.

—Perdóneme, papá. Dije cosas que no sentía —lloró Matías, acariciando el cabello encanecido de Ricardo—. Yo sé que usted se mata por mí. Le juro que no lo vuelvo a desobedecer.

Esa madrugada, entre lágrimas y confesiones, la relación entre ambos cambió para siempre. Ricardo entendió que no podía proteger a su hijo del mundo encerrándolo en una caja de cristal, porque terminaría rompiéndolo él mismo; tenía que soltar un poco la cuerda, confiar en la crianza que le había dado junto a Elena. Y Matías entendió que la dureza de su padre no era falta de amor, sino un exceso del mismo.

El conflicto no desapareció de la noche a la mañana, pero la casa ya no volvió a ser un cuartel. Se convirtió, de nuevo, en un hogar de dos hombres que aprendían a cuidarse mutuamente.

Thoughts

  • Prudencia

    Ajá, el picó sonando bum bum bum hasta la madrugada y el pelao volándose por la ventana. Eso pasaba en todo noviembre, ombe.

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  • chingolo

    Ricardo le advierte al muchacho de las peleas de machete en las casetas, y a las dos de la mañana el que entra con machete al cinto es él. Por un rato el peligro de esa plaza era el papá. A mí se me hace que la navaja que afilaba por la tarde vuelve a salir.

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