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El precio de la vida, Capítulo 1 - parte 3

DaveOaks
Pensamiento

Pensamiento

mvillar74

La que mejor sale de todo esto es Tomasita, que entró al taller muerta de miedo y acabó casada con el hijo de la dueña. Me alegro, hombre.

La que mejor sale de todo esto es Tomasita, que entró al taller muerta de miedo y acabó casada con el hijo de la dueña. Me alegro, hombre.

Contenido de la publicación

El destierro los empujó a las orillas de la ciénaga, a un terreno fangoso donde los mosquitos dictaban la hora de dormir. Construyeron un cambuche con latas oxidadas, tablas podridas y palmas secas. El aire allí siempre olía a agua estancada y a desesperanza. Euclides se convirtió en un mueble más de aquel rancho miserable. La depresión lo devoró; pasaba los días sentado en un tronco, con la mirada vacía, escupiendo reproches amargos cada vez que Luis pasaba por su lado. Padre e hijo se enfrascaban en discusiones a gritos que terminaban con el viejo tosiendo hasta casi ahogarse y Luis largándose a caminar sin rumbo, huyendo de su propia culpa.

Luis seguía siendo un muchacho de espaldas anchas pero de voluntad blanda. La desgracia no lo hizo madurar de golpe, sino que lo acobardó. Se excusaba diciendo que nadie le daba trabajo por ser el desterrado de los Manrique, pero la verdad era que el orgullo le impedía aceptar los jornales más duros.

Quien terminó sosteniendo las vigas invisibles de aquella familia rota no fue él, sino Susana. La muchacha de cuna de seda demostró estar hecha de hierro. Se quitó los zapatos finos, se remangó el vestido y se hundió en el barro con ellos. Con una dulzura firme, organizó la miseria. Fue ella quien se dio cuenta de que Tomasita, silenciosa y resignada, tenía unas manos delicadas y precisas para remendar la ropa vieja. Susana usó sus modales educados y su buena dicción para ir al pueblo, tragar saliva ante las miradas curiosas, y hablar con doña Carmela, la dueña de la mejor modistería de la plaza.

Susana convenció a la mujer de que probara a su cuñada. Tomasita entró al taller con la cabeza gacha, asustada por el ruido de las máquinas de coser, pero en una semana ya era indispensable. Y allí, entre retazos de lino y carretes de hilo, Tomasita encontró su propio milagro. El hijo de doña Carmela, un hombre de treinta y largos, tímido, de caminar pausado y sonrisa noble, quedó prendado de la muchacha campesina. Su madre, que ya lo hacía vistiendo santos para toda la vida, bendijo la unión sin chistar al ver cómo los ojos de su hijo brillaban de nuevo. Tomasita se fue a vivir con ellos, encontrando un puerto seguro en medio de la tormenta.

Pero en el cambuche de la ciénaga, la tormenta arreciaba. El vientre de Susana crecía, y con él, el pánico de Ricardo. Él trabajaba deslomándose en el puerto descargando bultos, pero el jornal era una miseria. Sus hermanos menores, Delia y Moisés, seguían yendo a la escuela del padre Héctor con los zapatos rotos. Ricardo prefería no comer antes que sacarlos de allí. Quería que aprendieran, que fueran todo lo que él y Luis no pudieron ser.

Fue el peso de la responsabilidad lo que quebró su buen juicio. Faltaban semanas para el parto y en la casa no había un solo peso para pañales, medicinas o para pagarle a la partera. Una noche de viernes, con el cansancio moliéndole los huesos, Ricardo escuchó en el puerto a unos estibadores hablar de una partida de dados en la trastienda de un billar. Hablaban de dinero fácil, de sueldos triplicados en un par de tiros.

La desesperación es mala consejera, y la de Ricardo tenía el rostro de su familia hambrienta. Tomó los billetes arrugados que guardaba en un tarro de lata bajo la tierra de su cuarto —los ahorros de tres meses de sudor y sangre— y entró al billar.

El humo del tabaco le picó en los ojos. No sabía apostar, no sabía leer las miradas turbias de los hombres que frecuentaban esas mesas. En menos de una hora, los dados le arrebataron hasta el último centavo. Cuando salió a la calle, la brisa fría de la madrugada lo golpeó en la cara como una cachetada. Había perdido todo. El abismo se abrió bajo sus pies, negro y absoluto. Había querido salvarlos, y los había condenado.

Sin dinero ni siquiera para comprar un saco de maíz, Ricardo tuvo que tragar tierra. A escondidas de su padre, mandó un recado con un camionero hacia un pueblo minero del interior, buscando a los hermanos de Euclides. Sabía que su padre y sus tíos llevaban años sin hablarse por viejas riñas de tierras, pero no le quedaba otra salida.

Los tíos llegaron cuatro días después. Eran hombres ásperos, con las manos curtidas por la pica y el olor a socavón impregnado en la ropa. Vieron el estado del rancho, la decrepitud de su hermano, y no tuvieron compasión, solo un sentido del deber duro y frío.

Decidieron llevarse a Euclides. El viejo, sin fuerzas para negarse, aceptó el destierro definitivo con la mirada perdida en el suelo. Los tíos también agarraron de los brazos a Darío y a Astrid. "Aquí estos pelaos se van a morir de hambre, nos los llevamos pa' la mina, que allá al menos hay trabajo pa' los hombres y cocina pa' las mujeres", sentenció el mayor de los tíos. Ricardo, ahogado en la culpa por haber provocado aquella desintegración, no dijo nada cuando vio a sus primos subir al camión.

Pero cuando uno de los tíos intentó agarrar a Moisés por el hombro, Ricardo reaccionó como un perro rabioso. Se interpuso entre el hombre y sus hermanos pequeños, empuñando el machete que siempre llevaba al cinto.

—De aquí no se mueven —dijo Ricardo, con una voz que no parecía de un muchacho de su edad—. Ellos están en la escuela. Ellos no van a tragar polvo de mina. Se quedan conmigo.

El tío lo miró de arriba abajo, escupió en el barro y se dio la vuelta. Esa fue la última vez que Ricardo vio a su padre. Euclides se marchó en la parte trasera de aquel camión, encogido sobre sí mismo. Un par de meses después, llegaría la noticia de que el viejo no había soportado la altura y la tristeza del pueblo minero; se había apagado en una cama de hospital, devorado por la melancolía.

La partida de su padre dejó a Ricardo sumido en un silencio oscuro. Solo quedaban en el rancho él, Luis, Susana, y los dos pequeños.

Y entonces, los dolores de parto comenzaron.

Fue una noche cerrada, de esas en las que ni los sapos cantan en la ciénaga. Susana se retorcía sobre la estera, bañada en sudor. Ricardo corrió a buscar a la partera del barrio, prometiéndole pagarle con jornadas de trabajo, ya que no tenía un peso partido por la mitad. La mujer llegó con agua caliente y trapos limpios, mientras los hermanos aguardaban afuera, bajo la lluvia fina, escuchando los gritos de la muchacha.

Cuando finalmente se escuchó el llanto vigoroso de un niño, Luis se dejó caer de rodillas en el barro, llorando a mares. Era un niño sano, pálido, con la frente ancha de los Manrique. Pero la alegría duró lo que tarda un suspiro. Al amanecer, la realidad los golpeó: había una boca más que alimentar y los bolsillos estaban vacíos por culpa de Ricardo.

La tensión acumulada estalló esa misma tarde. Luis estaba sentado bajo el alero, mirando la lluvia, sin hacer el amago de ir a buscar algo de comer. Ricardo, que venía de mendigar un poco de arroz en la tienda de la esquina, tiró la bolsa contra la pared de latas.

—¿Hasta cuándo, Luis? —bramó Ricardo, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes—. ¿Hasta cuándo vas a ser un inútil? ¡Tienes un hijo ahí adentro, carajo! ¡Tu mujer se está muriendo de hambre y tú sigues esperando que don Raúl venga a perdonarte!

Luis se puso de pie de un salto, con los puños apretados, los ojos inyectados en sangre.

—¡No me hables así, cabrón! —le gritó Luis, empujándolo por los hombros—. ¡Tú nos dejaste en la ruina! ¡Por tu culpa se llevaron a mi papá a morirse por allá! ¡Por dártela de hombrecito te robaron todo!

El golpe de Ricardo le partió el labio a su hermano. Luis respondió con un puñetazo que estrelló a Ricardo contra el fango. Cayeron al suelo los dos, enredados en una pelea brutal y desesperada. Se golpeaban con rabia, con dolor, revolcándose en el lodo como animales heridos, liberando todo el veneno que la vida les había inyectado.

—¡Yo me partí el lomo por ustedes! —gritaba Ricardo, inmovilizando a Luis contra el suelo—. ¡Yo aguanté cuero por darte de comer a ti, desde que éramos pelaos! ¡Yo vi cómo te quedabas mirando la ventana de la escuela, Luis! ¡Te vi!

Luis dejó de forcejear de repente. El golpe de esa verdad lo desarmó más que los puños.

—¡Yo quería que tú estuvieras ahí adentro, no yo! —continuó Ricardo, con la voz quebrada por el llanto, soltando el cuello de su hermano—. ¡Y tú preferiste cruzarte de brazos! ¡Igual que el día de la empanada! ¡Tú dejaste que mi mamá me reventara a rejo por salvar tu pellejo! ¡Siempre has sido un cobarde!

Luis se quedó tirado en el barro, con la lluvia lavándole la sangre de la cara. El pecho le subía y bajaba con violencia. De repente, un sollozo gutural, feo y ronco, le brotó de la garganta. Se cubrió el rostro con las manos, y lloró. Lloró por la vergüenza, lloró por Susana, lloró por su padre, y lloró por la miseria que él mismo había provocado.

—Perdóname —balbuceó Luis entre lágrimas, destrozado, sin atreverse a mirar a Ricardo—. Perdóname, hermano. Tengo miedo... No sé qué hacer. Te lo juro que no sé cómo ser un hombre.

El resentimiento que Ricardo había acumulado durante años se disolvió en el agua lluvia al ver a su hermano mayor, el que siempre había querido ser fuerte, convertido en un niño asustado. Ricardo se sentó en el lodo, a su lado. Respiró hondo, tragándose sus propias lágrimas, y le puso una mano firme en el hombro.

—Pues vas a aprender, Luis —le dijo Ricardo, con una suavidad que sorprendió a ambos—. Vamos a aprender los dos. Ya no hay nadie más. Somos tú y yo.

Se quedaron allí sentados bajo el aguacero, cubiertos de barro y sangre, pero por primera vez en sus vidas, sin rencores. Cuando finalmente se ayudaron a levantarse y se abrazaron, apretándose el uno contra el otro, el peso del mundo pareció un poco más ligero. Habían perdido a su padre y su hogar, pero en medio de la peor de las miserias, Ricardo y Luis al fin se habían encontrado como hermanos.

Thoughts

  • mvillar74

    La que mejor sale de todo esto es Tomasita, que entró al taller muerta de miedo y acabó casada con el hijo de la dueña. Me alegro, hombre.

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  • pastorSinPulpito

    Por fin le cobran a Luis lo de las empanadas, y se lo cobra el mismo que recibió los correazos. Luis pide perdón sin discutir, pero esa paz en el barro me parece frágil: ya usó lo de los dados como arma una vez y, sin un peso, lo va a volver a sacar.

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