Cruda realidad administrar el alimento, para que alcance todo un mes...
El precio de la vida, Capítulo 1-parte 1
Pensamiento
Cruda realidad administrar el alimento, para que alcance todo un mes...
Contenido de la publicación
El crujido de la tos de Euclides rompió el silencio de la madrugada antes de que el primer rayo de sol despuntara sobre la ciénaga. Era una tos seca, profunda, de esas que parecían arañarle las costillas por dentro. Ricardo, acurrucado en su estera sobre el suelo de tierra pisada, abrió los ojos en la penumbra. A sus diez años, había aprendido a leer el estado de su padre por el ritmo de su respiración, y esa mañana el aire le silbaba en el pecho como un fuelle roto.
Se incorporó en silencio para no despertar a Moisés, que a sus seis años dormía a pierna suelta a su lado, abrazado a una manta raída. Al otro lado del cuarto, en una hamaca que colgaba de las vigas de madera rolliza, Luis roncaba con la boca abierta. Tenía catorce años, la espalda ancha y una pereza que le pesaba más que el cuerpo.
Ricardo se asomó al marco de la puerta que daba al patio. Allí estaba su padre, un hombre curtido por el sol y la salitre, ajustándose el sombrero de paja con manos temblorosas. Apenas podía mantenerse erguido, pero ya tenía el machete amarrado al cinto.
—Pa —susurró Ricardo, acercándose descalzo sobre el polvo frío—. Quédese acotado. Yo voy por usted. Yo le echo la comida a los terneros.
Euclides se detuvo, se apoyó en el horcón del techo de palma y lo miró con unos ojos velados por la fiebre, pero llenos de una ternura cansada. Le alborotó el pelo negro con su mano áspera.
—Todavía no calzas mis abarcas, mijo —dijo, y la voz le salió ronca, ahogada—. Don Raúl cuenta conmigo. Ese hombre nos ha dado mucho pa' dejarle el ganao tirao por una simple calentura.
Era cierto. El rancho de bahareque en el que vivían, a la sombra de un frondoso árbol de tamarindo, estaba en tierras de los Manrique. Don Raúl era un hombre de los que ya no nacían: de palabra entera y corazón blando. Apenas unos meses atrás, para el cumpleaños de Moisés, había aparecido en el rancho con una ternera blanca. "Para que los pelaos tengan leche fresca", había dicho, quitándose el sombrero ante Diana. Pero la generosidad de don Raúl tenía un contrapeso amargo. Desde el balcón de la casona principal de la hacienda, su esposa, doña Leonor, solía clavarles miradas que cortaban como cristal roto. Para ella, los Domínguez no eran más que una plaga tolerada por la debilidad de su marido, sanguijuelas que se aprovechaban de su buena fe.
Euclides se alejó arrastrando los pies hacia los corrales, tosiendo en la bruma de la mañana. Ricardo se quedó mirándolo hasta que la figura de su padre se perdió entre los potreros. Sintió un nudo en la garganta. Quería crecer rápido, ensanchar los hombros de golpe para poder cargar con el peso que estaba doblando a su padre.
—¡Ricardo! ¡Deja de mirar pa' la loma y ven a ayudar!
La voz de su madre, Diana, venía de la cocina exterior. Olía a humo de leña, a maíz molido y a manteca caliente. Diana era una mujer de facciones afiladas, endurecida por la necesidad, pero con unas manos que hacían milagros con las sobras. Frente al fogón, con el sudor perlándole la frente a pesar de la hora, freía empanadas en un caldero negro y tiznado. Tomasita, la hermana mayor, aplastaba las bolas de masa de maíz amarillo sobre una hoja de bijao, mientras Delia, aún con los ojos pegados por el sueño, le alcanzaba los trozos de carne desmechada.
En un rincón del patio, bajo una enramada, su prima Astrid, de ocho años, tejía una coronita de flores de monte, ajena al bullicio, jugando a las visitas con muñecas hechas de tusa de maíz. Su hermano Darío, en cambio, ya estaba haciendo de las suyas. Con diez años recién cumplidos y una chispa de malicia permanente en los ojos, Darío estaba acorralando a una de las gallinas de Diana con una rama. Al ver a Ricardo acercarse, tiró la rama rápidamente y pateó la tierra.
—Fue el perro negro de los peones que andaba asustando a la gallina, tía —gritó Darío antes de que Diana siquiera volteara a mirar, señalando hacia la nada—. Yo la estaba salvando.
Ricardo solo rodó los ojos. Estaba acostumbrado a que su primo encendiera los fósforos y escondiera las manos, muchas veces dejándole a él la culpa del humo. Pero hoy no tenía cabeza para las mentiras de Darío. La tos de su padre aún le resonaba en los oídos.
—Despierta al zángano de tu hermano —le ordenó Diana a Ricardo, pasándose el reverso del brazo por la frente para no mancharse con manteca—. Tienen que irse ya pa'l pueblo. La plaza se llena temprano y necesito que me vendan todo esto. La medicina de tu papá no se va a comprar con aire.
Cuando Ricardo logró arrancar a Luis de la hamaca, el sol ya empezaba a picar. Luis salió refunfuñando, rascándose la barriga y echándose agua en la cara con una totuma. Diana le entregó a cada uno un canasto de mimbre cubierto con un trapo blanco, impecable, bajo el cual humeaban las empanadas.
—No me fían ni una, ¿oyeron? Y se vienen directo. Cuidado con ponerse a jugar en el río.
El camino hacia el pueblo era una trocha polvorienta que serpenteaba a través de pastizales quemados por el sol de finales de la década de los cuarenta. Luis caminaba adelante, llevando el canasto con desgano. Al pasar por el lindero de la casa grande de los Manrique, Luis se enderezó de golpe, sacó pecho y se arregló el cuello de la camisa gastada. Ricardo miró hacia la casona. Allí, apoyada en la baranda de madera tallada del porche, estaba Susana. A sus catorce años, la hija de los patrones tenía el pelo recogido en trenzas y unos ojos oscuros e inteligentes que no se despegaban de Luis. Susana levantó una mano, apenas unos centímetros, en un saludo tímido y clandestino. Luis le devolvió una sonrisa ladeada, arrogante, que a Ricardo le pareció ridícula.
Llegaron a la plaza del pueblo cuando el calor ya derretía las sombras. El lugar bullía de gente: campesinos descargando racimos de plátano, mujeres vendiendo bollos de yuca, y burros rebuznando espantándose las moscas.
—Tú vete por la calle de la iglesia y yo me quedo por el estanco —le ordenó Luis, buscando la sombra de un almendro—. Nos vemos aquí cuando el sol esté a plomo.
Ricardo no protestó. Acomodó el trapo de su canasto y empezó a caminar, ofreciendo con su voz aguda de niño. Tenía buena mano para las ventas; la gente del pueblo conocía la sazón de Diana y no regateaban el centavo. El canasto se fue vaciando, y en su bolsillo de tela empezaron a sonar las monedas. Con cada moneda que caía, Ricardo pensaba en la botella de jarabe que podrían comprarle a Euclides, en cómo la tos desaparecería y su padre volvería a caminar derecho. Ese pensamiento le daba fuerzas para ignorar sus propios pies descalzos sobre las piedras calientes de las calles.
Solo le quedaban tres empanadas cuando dobló por el callejón de la trilladora de arroz, buscando atajar hacia la plaza. Fue entonces cuando lo vio.
Tirado junto a un muro de adobe desconchado, a la sombra escasa de un trupillo, había un perro. No era un perro cualquiera. Era un amasijo de huesos envuelto en una piel color arena, cubierta de polvo y garrapatas. Estaba recostado sobre su costado, respirando de forma tan superficial que apenas se le movía el costillar. Tenía los ojos entreabiertos, vidriosos, mirando a la nada.
Ricardo se detuvo en seco. Algo en la vulnerabilidad de aquel animal le estrujó el estómago. Se acercó despacio. El perro ni siquiera tuvo fuerzas para levantar la cabeza, pero movió débilmente el rabo, un latigazo rasposo contra la tierra seca, en un ruego mudo.
Ricardo miró a su alrededor. El callejón estaba vacío. Metió la mano en el bolsillo; las monedas le pesaron de repente. Pensó en su padre. Pensó en la mirada dura de su madre. Sabía lo que valía cada centavo en su casa. Pero al mirar de nuevo al perro, vio algo que no pudo soportar: la derrota absoluta. El abandono total.
Destapó el canasto. Quedaba muy poco. Tomó la empanada más grande, la que aún conservaba un poco del calor de la manteca. Sabía que a su madre le costaba sudor y lágrimas hacerla. La partió por la mitad con sus manos pequeñas para que enfriara un poco y se la acercó al hocico del animal.
El olor a carne y maíz pareció revivir al perro. Con un esfuerzo titánico, levantó la cabeza y, temblando, empezó a comer. No masticaba, tragaba con una desesperación que le hizo un nudo en la garganta a Ricardo. El niño se sentó en cuclillas a su lado, acariciándole la cabeza llena de tierra mientras el perro devoraba los restos de la masa.
—Come, come pa' que te pares —le susurró Ricardo, sintiendo una calidez extraña en el pecho, una mezcla de tristeza infinita y consuelo.
—¿Qué estás haciendo, pendejo?
La voz de Luis resonó a sus espaldas como un latigazo. Ricardo dio un brinco, soltando el trapo blanco. Su hermano mayor estaba parado al inicio del callejón, con el canasto vacío bajo el brazo y los brazos en jarras.
—Le estoy dando un pedacito, Luis... se iba a morir —tartamudeó Ricardo, levantándose rápido, poniéndose delante del perro como para protegerlo.
Luis se acercó a zancadas, agarró a Ricardo por el brazo y le dio un empellón que casi lo hace caer.
—¡Estás botando la plata, animal! ¡Mi mamá te va a despellejar! —Luis miró el canasto de Ricardo, agarró las dos empanadas que quedaban y las guardó en el suyo—. Vámonos de aquí antes de que te regale las otras también a cualquier sarnoso que te encuentres.
Ricardo miró al perro una última vez. El animal se había puesto de pie, tambaleándose, y lo miraba lamiéndose los belfos. Había vida en sus ojos de nuevo. Pero el camino de regreso a la hacienda fue un calvario silencioso. El nudo que Ricardo tenía en la garganta ya no era de pena, sino de terror puro.
Cuando llegaron al rancho, Diana estaba sentada en un taburete bajo el tamarindo, desgranando frijoles en una olla de aluminio. El sol del mediodía partía la tierra.
—A ver —dijo ella, extendiendo la mano callosa.
Luis le entregó su canasto y el de Ricardo, sacando las monedas de su bolsillo y depositándolas en la palma de su madre. Diana empezó a contar. Las monedas chocaban unas con otras con un tintineo que a Ricardo le sonaba a sentencia. La mujer frunció el ceño. Volvió a contar.
—Aquí falta plata —dijo Diana, levantando la vista, con los ojos clavados primero en Luis y luego en Ricardo—. Falta lo de una empanada. ¿Se les cayó, se la robaron o se la comieron?
Ricardo abrió la boca para explicar, pero Luis se adelantó, rápido y afilado como una navaja.
—Yo le dije que no lo hiciera, mamá. Yo le dije. Pero el pendejo este le dio la empanada a un perro en la calle. Yo llegué cuando ya se la había tirado al suelo.
El silencio que siguió fue más pesado que el calor. Diana se levantó despacio. Dejó la olla de frijoles en el taburete. No gritó, y eso fue lo peor. En su rostro no había furia ciega, sino la desesperación profunda de quien cuenta los granos de arroz para que alcance a fin de mes. Miró hacia los corrales, por donde Euclides debía estar tosiendo y sudando frío.
Se acercó al horcón del rancho, de donde colgaba un rejo trenzado de cuero de vaca que Euclides usaba para arrear el ganado.
—¿Tú te crees que los Manrique somos nosotros, Ricardo? —preguntó Diana, con la voz temblorosa, ronca por la impotencia—. ¿Tú te crees que tu papá se está matando allá afuera con los pulmones podridos para que tú andes regalándole la comida a los perros de la calle?
—Mami, es que se estaba muriendo... —lloriqueó Ricardo, retrocediendo un paso.
—¡Nosotros nos vamos a morir si no hay pa' la medicina! —estalló Diana por fin.
El primer correazo le cruzó las piernas, ardiendo como fuego. Ricardo apretó los dientes. No corrió, no se escondió detrás de Luis, que miraba la escena con una mueca de superioridad desde la puerta. Darío, asomado por una rendija de la pared de bahareque, observaba con los ojos muy abiertos.
Diana le dio tres golpes. Ni uno más, ni uno menos. Cada uno era un latigazo de la realidad, un castigo que no nacía de la maldad, sino del pánico de una madre que sentía que su mundo se venía abajo. Cuando terminó, Diana tiró el rejo al suelo y se tapó la cara con las manos, respirando entrecortadamente.
Ricardo se quedó de pie en el polvo. Le ardían las pantorrillas y le picaban los ojos, pero se tragó el llanto hasta que le dolió la garganta. Miró a su madre, pequeña y vencida, y luego miró hacia el camino del pueblo. Mientras el escozor del cuero le recordaba su error, allá en algún callejón lejano, un perro callejero volvía a caminar bajo la sombra gracias a él. Había hecho lo correcto, lo sabía en su pecho infantil, pero acababa de aprender una lección brutal: en la miseria, hasta el acto de amor más puro se pagaba con sangre.
Thoughts
-
PermalinkTu historia está bien hilada y bien escrita, usa la forma particular del México de hablar propio de los pueblos, me parece que evoca el realismo mexicano y la pobreza del pueblo, también la adolescencia y la visión infantil que desea crecer.
-
PermalinkCruda realidad administrar el alimento, para que alcance todo un mes...
-
PermalinkOtra historia por entregas en este grupo: Shadow : capítulo 4. Misterio de noche en la ciudad, con un secreto que va creciendo capítulo a capítulo.
-
PermalinkTambién en este grupo: CharlieMarian publica De las chicas finales (07), otra historia por entregas con una familia adinerada en el centro. Abre con avisos de contenido.
-
PermalinkEse perro color arena vuelve a aparecer, fijo. Uno no le da media empanada caliente a un animal así para no verlo más, ho.
-
PermalinkRicardo saca la conclusión de que el cariño se paga caro, pero el capítulo deja otra cuenta abierta: el que mintió fue Luis, se quedó con las dos empanadas y miró los correazos desde la puerta sin pagar nada. Diana pega tres veces y se tapa la cara, y eso se lee más como miedo por Euclides que como castigo. Apuesto a que lo que de verdad marca a Ricardo en lo que sigue es el hermano, más que la madre.
Publicaciones relacionadas
-
El precio de la vida, Capítulo 1-parte 2
La visita del padre Héctor ocurrió un martes por la tarde, cuando el sol ya empezaba a esconderse detrás de los manglares y el aire olía a tierra húmeda. El sacerdote no era un hombre de sotanas…
-
El precio de la vida, Capítulo 2 - parte 2
El décimo aniversario llegó un jueves de vientos secos. A sus treinta años, Ricardo nunca había sido un hombre de llevar cuentas en el calendario; su amor por Elena se medía en techos arreglados, en…
-
El precio de la vida, Capítulo 1 - parte 3
El destierro los empujó a las orillas de la ciénaga, a un terreno fangoso donde los mosquitos dictaban la hora de dormir. Construyeron un cambuche con latas oxidadas, tablas podridas y palmas secas.…
-
El precio de la vida, Capítulo 2 - parte 3
El sonido de la tierra cayendo sobre el cajón de madera fue el único ruido que Ricardo escuchó en todo el día. El cementerio estaba lleno, pero él estaba completamente solo. A su lado, Matías, con…
-
El precio de la vida, Capítulo 1 - parte 4
La casa de Ricardo y Elena no brotó de la tierra por obra de magia, sino a punta de cal, arena y el sudor de muchos domingos sin descanso. Se casaron una mañana de abril, sin más fiesta que la…
-
El precio de la vida, Capítulo 2 - parte 1
El lugar que Elena se ganó entre los Domínguez no fue impuesto por su condición de esposa, sino cultivado con la misma paciencia con la que cosía los dobladillos deshilachados. Para una familia de…
-
El precio de la vida, Capítulo 3 - parte 1
El tiempo tiene una forma curiosa de estirar los días y encoger los años. Sin darse cuenta, la década de los setenta se instaló en el pueblo costero, trayendo consigo pantalones de bota campana,…
-
CAPITULO 26: EL SOLDADO Y EL PROFETA
Yuan a paso lento recorría la ciudad, no sabía dónde estaba, ni para donde iba, un alma en pena que solo divagaba sin rumbo fijo. Su mente estaba cansada, vacía, sin vida. Anhelaba con todo su ser…
El crujido de la tos de Euclides rompió el silencio de la madrugada antes de que el primer rayo de sol despuntara sobre la ciénaga. Era una tos seca, profunda, de esas que parecían arañarle las…