todavía recuerdo cuando mamá decía que yo era una niña creativa, que pertenecía al arte. me enojaba, porque me daba miedo que solo ella viera eso en mi, temía decepcionarla.
pero es cierto, me encanta el arte, la música, el cine, las escrituras, todo lo que se puede trasmitir e interpretar, lo que puede acompañar a cada uno en sus peores, o mejores, momentos, lo que aparece aún cuando uno no lo busca. como esa canción que justo escuchaste cuando ibas sin auriculares, porque te los habías olvidado, que, sorprendentemente, describía con precisión lo que habías estado buscando expresar con palabras que no encontrabas hace semanas. o como esa película, que eligió tu hermano y estabas negada a verla, porque te parecía “muy aburrida” o porque “no era tu estilo”, que al final terminó cambiando tu perspectiva sobre la vida, sobre lo que creías conocer, y ya no estás tan segura. o como ese poema sin dueño, que te apareció en una página poco confiable cuando tratabas de hacer una tarea.
ese es el poder del arte, el poder de acompañar a cada uno en sus propias batallas, sin molestar, sin limitar, simplemente siguiendo el ritmo que cada uno establece sin condiciones. el arte no apura, no exige, no tiene reglas que seguir, no se basa en la lógica, porque no existe una lógica cuando son los sentimientos los que quieren salir a la superficie mediante el arte, mediante una canción, una escena, un diálogo de un libro, o mediante una pintura callejera.
incluso ahora sigo sin saber si mi madre tenía razón, y aunque ya no pueda leerle lo que escribo, mostrarle las fotos que tomo, o contarle del libro que terminé de leer, sé, con certeza, que en cada pedacito de mi arte se encuentra la suya, mantenerla conmigo y compartirla con el resto hace que siga estando viva, gracias al poder del arte, nunca la volveré a perder, o a perderme.
y por eso, no hay lógica para el arte, puede cambiar nuestras vidas, e incluso devolvernos a ella.