Hoy desperté distinto.
Me levanté mejor que ayer, más animado, más liviano. No sé exactamente qué cambió, pero creo que una parte de la respuesta está en la charla que tuve con Emanuel.
Con él compartimos nuestras historias de vida. Hablamos de cosas que muchas veces cuesta poner en palabras, de heridas que quedaron abiertas desde nuestra infancia, del abuso que ambos sufrimos, aunque en momentos diferentes de nuestras vidas. Y, de alguna manera, hablarlo con alguien que entiende desde un lugar tan parecido al mío hizo que todo fluyera de otra manera.
También hablamos del consumo, de su historia, de su recaída y de todo lo que viene atravesando. Mientras lo escuchaba, sentí que podía devolverle algo desde mi propia experiencia. No porque tenga todas las respuestas, sino porque conozco ese camino. Conozco sus curvas, sus sombras y también esa pequeña luz que aparece cuando uno empieza a creer que todavía puede salir adelante.
Quizás por eso pienso que, cuando alguien está atravesando una recuperación, hay pocas cosas tan poderosas como encontrar a otro que ya caminó por ese mismo lugar. Alguien que no necesita que le expliques demasiado porque entiende silencios que para otros son difíciles de comprender.
Tal vez esa charla fue la razón por la que hoy desperté diferente.
Hoy es sábado. Día de visitas.
Para los chicos que están internados, es un día especial. Es un día de familia. Algunos reciben a sus seres queridos, otros esperan y algunos no tienen a nadie que venga a visitarlos.
Pero hay algo muy lindo que tiene esta fundación: acá se intenta que nadie se sienta solo.
Se nos enseña que somos una familia. Que si alguien no tiene visita, puede acercarse a la visita de otro compañero, compartir ese momento y ser recibido con los brazos abiertos. Y quizás eso, que al principio parece una simple frase, con el tiempo termina convirtiéndose en una verdad.
Porque yo también estuve del otro lado.
Hubo muchos días en los que no tuve visitas. Al principio, cuando escuchaba eso de que “somos una familia”, pensaba que eran simplemente palabras hechas, frases que se dicen porque suenan lindas. Pero después me tocó vivirlo. Y fue entonces cuando entendí que algunas palabras necesitan tiempo para demostrar lo que realmente significan.
Descubrí que una familia también puede ser alguien que se sienta al lado tuyo sin preguntarte demasiado. Alguien que te abraza cuando lo necesitás. Un compañero que te escucha. Una persona que, aun teniendo sus propios problemas, encuentra un momento para hacerte sentir que no estás solo.
Y también recuerdo los días en los que sí tuve visitas.
A veces venía una amiga desde La Plata. de vez en cuando.
La madre de mi hijo, nunca dejó de traerlo para que no perdiera el vínculo con el valorable después de cobrarle todos mis dolores a ella ( frase que dijo nuestro líder Felipe en un grupo de reflexion).
Recuerdo sus primeras visitas.
Entraba con una mirada cautelosa, observándolo todo. No empatizaba con nadie. Miraba desde lejos, intentando entender qué era ese lugar y quiénes eran todas esas personas que formaban parte de la vida de su papá.
Pero el tiempo hizo lo suyo.
De a poco comenzó a sentirse parte de esa gran familia que es Creer es Crear. Hasta que un día dejó de entrar como un visitante y empezó a entrar como uno más.
Llegaba saludando a todos.
Y eso, para mí, era enorme.
Porque verlo caminar por esos pasillos con confianza, saludando a cada persona, sintiéndose cómodo en esa casa, me hacía entender algo que quizás en aquel momento no podía explicar con palabras.
Esa casa no solamente estaba ayudando a salvar a su papá.
También estaba devolviéndome a mí.
Me estaba devolviendo las esperanzas, las ganas de vivir y, sobre todo, las ganas de volver a ser el padre que mi hijo merecía.
Hoy miro hacia atrás y entiendo que hay lugares que uno llega pensando que vienen a quitarnos algo, cuando en realidad vienen a devolvernos lo que creíamos perdido.
Gracias, vida.
Gracias, Creer es Crear.
Gracias a mis compañeros de internación, por cada palabra, cada abrazo, cada enseñanza y cada momento compartido. Por recordarme, incluso en los días difíciles, que no tengo que caminar solo.
Y gracias, Pedro, mi hijo.
Quizás algún día puedas entender lo que significó para mí verte entrar por esa puerta con apenas tres años y ocho meses, y cómo, sin saberlo, tu sonrisa fue una de las tantas cosas que me dieron fuerzas para seguir.
Vos no lo sabías.
Pero mientras yo intentaba encontrarme a mí mismo, vos me estabas dando razones para volver a tener más razones para ser una mejor persona y un mejor ser humano.