Entre recuerdos vagos, siempre hay uno que me hace volver al pasado, ese que me recuerda la calidez de tus abrazos, la compañía y la voz de aquellos que me criaron, el amor incondicional de quienes se quedaron y el adiós de los que no.
Crecí, y quizá mi forma de ver el mundo mejoró. Yo mejoré.
Cada recuerdo, incluso el más decepcionante, cruza esa línea que nunca fui buena para atravesar: la idea de no ser nadie, quizá; de no avanzar.
No me ahogo en esos recuerdos, ni siquiera en los buenos. Pero qué lindo es pensar que la idea de seguir no es huir, que la idea de estar no está obligada a un simple plural.
Soy creyente, pero no de esas que dicen adorar y se aferran a una confusa fe. Soy creyente porque creo que me salvó creer; creer en Dios, en mí y en todo aquello que al final llegó con luz.
Soy creyente porque sé que existe el amor, la vida misma. Soy creyente porque deseo creer en la fe, en los sí y en los tal vez.
Quizá esa sea la idea:
Creer.
Aunque muchas veces me desvanezco entre pensamientos y angustia, quiero creer que aquello que imploramos que regrese algún día lo hará. Quiero creer que no se irá otra vez sin despedirse. Quiero creer que será real.
Y si no es así, quiero creer que aún me cuidarás desde arriba, abuelo.
Espero ser esa mujer que algún día deseaste ver crecer, aquella a la que siempre le dijiste que te buscara en las estrellas, en las palabras, incluso cuando no era buena haciendo rimar una frase de par en par.
Por ti estoy aquí. Por ti aprendí que el amor más puro es el incondicional. Por ti deseo convertirme en todo aquello que alguna vez dijiste que sería: una gran mujer.
Y desde aquí, siempre escribo por ti.
A los nueve años no le encontré sentido, pero el llorar y escribir me encontraron a través de ti.
Te amo.