He pasado tanto tiempo leyendo miradas,
descifrando silencios,
buscando en los gestos aquello
que las palabras esconden por miedo.
Aprendí a observar antes de hablar,
a pensar antes de actuar,
a reconocer el dolor en otros rostros
sin que tuvieran que pronunciarlo jamás.
Y me volví bueno comprendiendo,
tan bueno que a veces me pierdo,
porque escucho los gritos de otras almas
mientras dejo la mía hablando en silencio.
Me cuesta decir que no,
aunque por dentro ya no pueda más;
me acostumbré tanto a cuidar de todos
que olvidé que también me deben cuidar.
Y no, no es que quiera demasiado,
ni que espere un mundo a mis pies;
solo quiero recibir de vez en cuando
lo mismo que entrego sin saber por qué.
Porque también me canso,
también me quiebro,
también hay noches en las que ni yo mismo
sé qué demonios estoy sintiendo.
Hay dos voces dentro de mi cabeza:
una calcula cada paso que daré,
la otra se lanza contra el mundo
sin preguntarme si me lastimaré.
Una me dice: «Pensá, no te equivoques».
La otra responde: «Viví, aunque duela».
Y yo, en medio de esa guerra silenciosa,
solo intento encontrar la manera
de que ninguna de las dos me pierda.
A veces pienso que estoy roto,
que algo en mí dejó de funcionar,
que quizá tanto dolor de aquellos años
me enseñó a sentir de más.
Porque cuando era apenas un niño,
las palabras podían condenarme;
llegué a creer que era una mala persona
solo porque alguien supo lastimarme.
Y crecí buscando respuestas,
tratando de entender a cada ser,
como si al descifrar los corazones ajenos
pudiera evitar que me hirieran otra vez.
Pero hoy empiezo a comprender
que no todo se puede descifrar,
que hay personas que esconden sus inviernos
y otras que no saben cómo amar.
Que conocer a alguien no es vencer un misterio,
ni anticipar cada cosa que hará;
es quedarse con ganas de seguir descubriendo
incluso aquello que no se puede explicar.
Y si algún día alguien me ama,
no quiero que adivine cada pensamiento;
quiero que tenga la paciencia de mirarme
y el valor de escucharme cuando no encuentre palabras para hacerlo.
No necesito que haya vivido mis heridas,
ni que conozca de memoria mi dolor;
solo que no se burle de mis silencios
y que no confunda mi sensibilidad con debilidad.
Que sepa que detrás de quien comprende
también existe alguien que necesita comprensión,
que detrás de quien siempre parece fuerte
hay un ser humano pidiendo un poco de amor.
Y mientras esa persona llega,
si es que algún día nuestros caminos se cruzan,
no voy a dejar mi vida en pausa
ni a convertir mi soledad en una tumba.
Porque aprendí a darme tiempo,
a respirar cuando todo sale mal,
a recordar que incluso el cielo más oscuro
no tiene la obligación de durar una eternidad.
No necesito odiar mis tristezas,
ni fingir que nunca sentí temor;
solo aprender que una emoción es una visita,
no una condena, ni una definición de quién soy.
No estoy obligado a salvar a todos,
ni a comprender cada corazón;
también puedo cerrar los ojos,
descansar y escuchar mi propia voz.
Y si alguna vez vuelvo a sentirme perdido,
si la vida vuelve a nublar mi dirección,
recordaré que aún existe algo en mí
que nunca se rindió.
No sé todas las respuestas,
ni pretendo conocer la verdad;
pero después de tanto buscarme en otros,
hoy quiero aprender a mirarme un poco más.
Porque quizá ser fuerte no sea resistirlo todo,
ni comprender lo que nadie comprendió;
quizá sea permitirme sentir sin perderme,
decir que no sin sentirme peor,
y aprender que cuidarme a mí mismo
también es una forma de amor.
Y si el mundo alguna vez me pregunta
qué fue lo que me mantuvo de pie,
no diré que nunca tuve miedo,
ni que jamás me faltó la fe.
Diré que, incluso cuando no sabía quién era,
incluso cuando dudaba de mi valor,
hubo algo en el fondo de mi pecho
que siguió apostando por mí.
Y esa vez, por fin,
decidí escuchar mi propia voz.