El mundo está perdiendo su magia.
Me angustia profundamente lo que está pasando en Palestina, en Gaza, en Afganistán; las decisiones que está tomando Estados Unidos; las acciones de Israel; el hecho de que la inteligencia artificial esté reemplazando, poco a poco, el pensamiento crítico del ser humano.
También me preocupa que existan mujeres que quieran renunciar a su derecho al voto porque desean una familia tradicional, donde su esposo las mantenga y ellas se dediquen únicamente a tener hijos. Lo que más me inquieta es que no solo quieran eso para ellas, sino que pretendan que todas las mujeres vivan de la misma manera. La realidad es que creo que la gran mayoría de las mujeres no quiere perder ese derecho. Sin embargo, muchas de las personas que promueven esas ideas viven desde el privilegio: tienen dinero, estabilidad económica o una posición que les permite ignorar la realidad de muchas otras mujeres. Y, desde ese privilegio, quieren imponer su forma de vivir sobre los demás.
Me resulta frustrante ver cómo todavía existen ideas tan machistas y cómo hay mujeres que las apoyan.
Cada día siento que el ser humano es más incoherente, más destructivo, más egoísta y, en muchos aspectos, más vergonzoso.
A veces pienso que somos una especie capaz de crear las obras más hermosas y, al mismo tiempo, las tragedias más terribles. Somos una especie llena de contradicciones: construimos hospitales y fabricamos armas; escribimos poemas mientras destruimos ciudades; hablamos de paz mientras aprendemos a odiarnos.